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Arqueólogos localizan el costado este y la fachada externa de la torre de cráneos del Huei Tzompantli de Tenochtitlan

Han reconocido tres etapas constructivas de esa plataforma mexica, las cuales se remontan, por lo menos, a la época del gobierno del tlatoani Ahuízotl, entre 1486 y 1502.

Hace cinco años, investigadores del Programa de Arqueología Urbana (PAU), del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), localizaron los vestigios del extremo noreste del Huei Tzompantli de México-Tenochtitlan, la gran plataforma con empalizada que los mexicas consagraron a Huitzilopochtli, su dios tutelar. 

Este 2020, resultado del seguimiento que el Instituto brinda a los trabajos de remodelación del edificio histórico de la calle República de Guatemala 24, los arqueólogos localizaron el extremo este y la fachada externa de aquella torre o muro circular de cráneos humanos, de 4.7 metros de diámetro. 

“A cada paso, el Templo Mayor nos sigue sorprendiendo; y el Huei Tzompantli es, sin duda, uno de los hallazgos arqueológicos más impactantes de los últimos años en nuestro país, pues es un importante testimonio del poderío y grandeza que alcanzó México-Tenochtitlan”, comenta sobre este hallazgo la secretaria de Cultura del Gobierno de México, Alejandra Frausto Guerrero. 

La encargada de la política cultural de México, destaca también la importancia del INAH para seguir en la investigación sobre la memoria histórica: “La continuidad de proyectos arqueológicos y de investigación como éste son un claro ejemplo de que el trabajo en las instituciones culturales no se detiene; y una muestra fehaciente de la relevancia del trabajo de investigación, recuperación y rescate de nuestra memoria histórica y cultural, que todos los días llevan a cabo los especialistas del Instituto”.  

El titular del PAU, Raúl Barrera Rodríguez, y la jefa de campo en la excavación, Lorena Vázquez Vallín, señalan que fue hacia marzo del presente año, conforme se descendía en el nivel de piso para recimentar un muro que corre de norte a sur en el costado oeste del pasillo central del edificio histórico, cuando se detectaron los primeros cráneos fragmentados que forman parte de la estructura circular. 

La evidencia, explican, demuestra que, una vez caída la ciudad de México-Tenochtitlan en manos de los soldados españoles y sus aliados indígenas, se dio paso a la destrucción de la mayor parte de la última etapa constructiva del Huei Tzompantli, por lo cual se arrasó con los cráneos de la torre, cuyos fragmentos dispersos han sido recuperados y analizados por el equipo de antropología física. 

Hasta el momento, las y los investigadores del PAU han descendido hasta la profundidad de 3.5 metros desde el nivel actual de la calle de República de Guatemala, logrando identificar tres etapas constructivas de la plataforma mexica, mismas que se remontan, al menos, a la época del tlatoani Ahuízotl, quien gobernó Tenochtitlan entre 1486 y 1502. 

En esta nueva fase de vigilancia de las obras de restauración del inmueble histórico, se han visualizado, superficialmente, 119 cráneos humanos de la sección este de la torre, los cuales se suman a los 484 identificados anteriormente, comenta el antropólogo físico encargado del análisis del material óseo, Rodrigo Bolaños Martínez, cuya labor se efectúa bajo la supervisión del doctor Jorge Gómez Valdés, colaborador del PAU. 

Desde el análisis visual, Bolaños Martínez agrega que en esta fachada hay tanto cráneos de hombres como de mujeres y de, al menos, tres niños, reconocidos estos últimos por ser más pequeños y con dientes que estaban en desarrollo. Se aprecian también modificaciones cefálicas tabulares erectas y tabulares oblicuas, lo que indica que los individuos realizaban esta actividad como parte de sus prácticas culturales e identitarias.  

“Si bien estos individuos son una muestra importante de la población del periodo Posclásico ―anota Lorena Vázquez Vallín―, cada uno de estos cráneos forma un elemento arquitectónico que es parte del edificio y del discurso simbólico del mismo”. 

Raúl Barrera Rodríguez comenta que estos trabajos son resultado de la colaboración entre el INAH y los propietarios del inmueble, lo cual ha permitido la investigación y salvaguarda de este importante patrimonio arqueológico. Cabe anotar que, en esta fase de la investigación, se cuenta también con la asesoría de la jefa de restauración del Museo del Templo Mayor, Adriana Mariana Díaz de León Lastras. 

Huei Tzompantli: un templo consagrado a la vida 

En Mesoamérica el sacrificio ritual se practicaba bajo la noción que, a través de su ejercicio, se mantenía con vida a los dioses y, por ende, se daba continuidad a la existencia del universo. Esta visión, incomprensible para nuestro sistema de creencias, convierte al Huei Tzompantli en un edificio de vida más que de muerte. 

Si bien, comentan Barrera y Vázquez, este imponente monumento también era una declaración de poder y principios bélicos para los enemigos de los mexicas, es probable que muchos de los individuos, capturados en combate, hayan sido sacrificados como nextlahualtin (pago de deudas), buscando con ello ser favorecidos por los dioses otorgándoles vida a cambio.  

“Aunque no podemos determinar cuántos de estos individuos fueron guerreros, quizá, algunos eran cautivos destinados para ceremonias de sacrificio. Sí sabemos que todos fueron sacralizados, es decir, convertidos en dones para los dioses o, incluso, en personificaciones de las propias deidades, por lo cual se les vestía y trataba como tales”, explica el arqueólogo Barrera Rodríguez.  

Esta visión fue radicalmente combatida por los españoles, quienes debieron presenciar numerosos sacrificios rituales en los siete tzompantli que, se sabe, existían en el Recinto Sagrado de Tenochtitlan. 

Tal vez, agregan los expertos, por el asombro que les causó, y aun cuando Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo hablan de dichas estructuras en sus crónicas, el único soldado que se ocupó de describir el Huei Tzompantli fue Andrés de Tapia. 

“El sacrificio humano en Mesoamérica era un compromiso que cotidianamente se establecía entre los seres humanos y sus dioses, como una forma que incidía en la renovación de la naturaleza y en asegurar la continuidad de la vida misma”, concluye el titular del PAU. 

Vía: Conaculta

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