Ruiz-Domènec y el pasado europeo a través de su evolución musical

En Agosto de 2012 salía a la venta en nuestro país “Escuchar el pasado”, un ensayo del historiador granadino José Enrique Ruiz-Domènec, quien opina que “la música es hija de su tiempo y rara vez un músico hace música de otra época“.

'Escuchar el pasado', de José Enrique Ruiz-Domènec
‘Escuchar el pasado’, de José Enrique Ruiz-Domènec

Después de acaparar un gran éxito por el público y la crítica con su anterior obra “Europa, las claves de su historia”, Ruiz-Domènec se dispuso a escribir un libro sobre música clásica que ha resultado estar cargado de originalidad e ingenio.

Como declaró en una entrevista para la Agencia de noticias EFE, el historiador considera que su mayor aportación en “Escuchar el pasado” (publicado por la editorial RBA) es que es “la primera vez que se interpreta el ritmo de la Historia con la música como fuente documental, algo que sí se había hecho, en los años setenta con la arquitectura o con el arte”.

El libro se organiza en nueve sesiones, y por primera vez describe un recorrido por la historia de la música europea a lo largo de ocho siglos, en los cuales el autor abarca un amplio e interesante abanico de temas: la cultura, la política, la economía e incluso los sucesos de la vida de algunas figuras singulares.

El público al que va dedicada la obra es el lector medio, al que le puede gustar tanto la música clásica como la historia sin necesidad de ser ningún especialista en dichas índoles, por eso mismo Ruiz-Domènec desterró de su obra “la jerga musical y no se trata de un libro de música en el sentido clásico, no hay partituras“.

Y es que para el historiador, no hay nada que defina mejor el ritmo de la Historia de Europa que su música, “desde el siglo XII hasta ahora, y durante ese período la música fue el único elemento que compensó el espíritu agresivo y conquistador de sus pueblos“.

Muchos son los sucesos que acontecen en esos ochocientos años que Ruiz-Domènec analiza en su ensayo, “se producen dos o tres grandes guerras por siglo, y la música, que es además el único arte internacional -la pintura románica es diferente en el norte y en el sur- sirve en muchas ocasiones de catarsis“.

El autor nos recuerda que muchos de los grandes éxitos de la música clásica fueron compuestos gracias a los reveses que deparaba la historia: “Si no hubiera fracasado en la música religiosa, Monteverdi no se habría ido a Venecia, donde puso las bases de la ópera“. Al igual que Handel nunca hubiera creado su popular “Mesías” si Federico el Grande no hubiese demostrado tanta insensatez al atacar Austria con el propósito de conquistar Silesia en 1741, lo que supuso “la vuelta a las guerras de religión entre católicos y protestantes“.

Posteriormente, el mismo Handel bajo la protección del nuevo rey Jorge de Hannover, se involucró tanto en la política de su país que incluso compuso el actual himno británico.

A su vez, Giovanni Pierluigi da Palestrina llegó a ser “el arma musical de la Contrarreforma, pero se debe reconocer que evitó que el catolicismo, con el Papa a la cabeza, liquidara la música en el Concilio de Trento, y con ello permitió que llegara la música del Renacimiento, y (la composición conocida como) el madrigal pone las bases para que pudieran existir Monteverdi, Scarlatti y Vivaldi“.

El exponente más evidente de la importancia del factor humano en la divulgación de la música, fue Luis XIV, el Rey Sol, que en su palacio de Versalles se enamoró de la música alegre de Lully, pero que “al tener un mal envejecer y entrar en un misticismo agudo en sus últimos años, necesitará de otro compositor que le explique lo que le pasa y ese es Charpentier“.

A lo largo del ensayo, la representación de la música española brilla por su ausencia, una ausencia que Ruiz-Domènec explica de la siguiente manera: “El Imperio Español, que durante dos siglos dominó la escena europea, nunca entendió el ritmo de la Historia y aunque inicialmente su música se hizo sofisticada, recogiendo la tradición borgoñona, nunca tuvo un personaje crucial como sí sucedió en la literatura con Cervantes o en la pintura con Velázquez“.

El historiador culmina su largo análisis de la historia musical de Europa con Arnold Schönberg y 1933, la época en la que el nazismo toma el poder en Alemania.

Después de la II Guerra Mundial, “otras músicas como el swing, el tango, los boleros, el boggie boggie, el jazz, el folk o el rock dieron mejor respuesta a lo que sucedía que la música del canon“.

Asimismo, para Ruiz-Domènec el valor del cine como promulgador musical no pasa de inadvertido, de hecho lo llega a considerar como “el arte que mejor ha sabido interpretar el valor de la música a través de la banda sonora“.

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