Entre el 264 y el 146 a.C., durante más de un siglo, Roma y Cartago se disputaron el control del Mediterráneo occidental en tres guerras que transformaron el mundo antiguo de forma irreversible. Cuando terminaron, Cartago había desaparecido del mapa y Roma era la potencia hegemónica indiscutible de todo el mundo conocido. Las guerras púnicas no fueron solo el conflicto más importante de la historia romana, fueron el punto de inflexión que convirtió a una república itálica en el embrión del mayor imperio de la antigüedad.
El nombre viene del latín Punicus, la forma romana de referirse a los cartagineses, que eran de origen fenicio. Tres guerras, separadas por períodos de paz tensa, cada una con su propia lógica y sus propios protagonistas. La primera fue una guerra de desgaste naval por el control de Sicilia. La segunda, la más famosa, fue la guerra de Aníbal, 16 años de campaña en Italia que estuvieron a punto de destruir Roma. La tercera fue la liquidación final de una potencia que Roma había decidido que no podía seguir existiendo. El resultado de las tres juntas fue un mundo completamente diferente al que existía antes de que comenzaran.
Quiénes eran Roma y Cartago en el 264 a.C.
Para entender por qué estas dos potencias chocaron, hay que entender qué eran en el momento en que comenzó el conflicto.
Roma era en el 264 a.C. la potencia dominante de la península itálica, pero no mucho más. Había sometido a los pueblos del Lacio, los samnitas, los etruscos y los griegos del sur de Italia mediante una combinación de guerras y alianzas que le daban el control militar de la península pero no un dominio colonial directo. Su proyección marítima era mínima: Roma era una potencia terrestre que nunca había construido una flota de guerra significativa.
Cartago era algo completamente diferente. Fundada por colonos fenicios de Tiro en el siglo IX a.C. en el norte de África, en lo que hoy es Túnez, se había convertido en la mayor potencia comercial del Mediterráneo occidental. Controlaba las rutas del estaño desde el Atlántico, las minas de plata de Hispania, las costas de Sicilia y Cerdeña y una red de factorías que se extendía desde el Atlántico hasta el Adriático. Su poder descansaba sobre la flota, el comercio y los ejércitos mercenarios que pagaba con sus enormes riquezas.
Eran dos modelos de poder radicalmente distintos: Roma construía su poder sobre ciudadanos-soldados y alianzas territoriales; Cartago lo construía sobre rutas comerciales y mercenarios. Y ambas reclamaban Sicilia, la isla más rica del Mediterráneo occidental, como zona de influencia natural.
La primera guerra púnica (264-241 a.C.): la batalla por Sicilia
La primera guerra púnica comenzó por Mesina, una ciudad del estrecho de Sicilia que solicitó ayuda a Roma contra Cartago. Era un pretexto más que una causa: Roma intervino porque no podía permitir que Cartago controlara el estrecho y porque las ciudades griegas del sur de Italia presionaban a favor de la intervención. Cartago reaccionó porque no podía permitir que Roma pusiera un pie en Sicilia.
Lo que siguió fueron 23 años de guerra en la que Roma tuvo que aprender desde cero a construir y usar una flota de guerra. La tradición cuenta que los romanos capturaron un trirreme cartaginés naufragado y lo usaron como modelo para construir su primera flota en 60 días. Sea o no literal, el episodio captura algo real: Roma era una potencia terrestre que tuvo que reinventarse como potencia naval para ganar esta guerra.
El invento romano más importante fue el corvus, una especie de pasarela con garfio que se lanzaba sobre los barcos enemigos para inmovilizarlos y permitir el abordaje. Transformó los combates navales en combates terrestres sobre el agua, que era exactamente el tipo de combate en que los legionarios romanos eran superiores. Las victorias de Milas (260 a.C.) y Éknomo (256 a.C.) demostraron que el corvus funcionaba.

Pero la guerra no fue una victoria romana continua. Roma intentó invadir África directamente en el 256 a.C. con el cónsul Régulo, que avanzó hasta las puertas de Cartago antes de ser derrotado por el mercenario espartano Jantipo, que reorganizó el ejército cartaginés y aplastó a las legiones en campo abierto. Las flotas romanas sufrieron además varios naufragios catastróficos en tormentas que destruyeron más barcos de los que Cartago había hundido nunca.
La guerra terminó con la victoria naval romana en las islas Égatas en el 241 a.C. Cartago, exhausta financieramente, aceptó la paz: perdía Sicilia, pagaba una indemnización de 3.200 talentos y liberaba a los prisioneros romanos. Era una derrota dura pero no devastadora. Lo que la hizo irreparable fue lo que vino después: mientras Cartago combatía la guerra de los mercenarios — un conflicto interno que casi la destruyó — Roma aprovechó para arrebatarle Cerdeña y Córcega y exigir una indemnización adicional. Fue ese acto de pillaje diplomático, más que la derrota en Sicilia, el que sembró las semillas de la segunda guerra.
→ Leer el artículo completo: La primera guerra púnica
La segunda guerra púnica (218-201 a.C.): Aníbal contra Roma
La segunda guerra púnica es, en muchos sentidos, la historia de un hombre: Aníbal Barca, el general cartaginés que cruzó los Alpes con un ejército y un puñado de elefantes y pasó dieciséis años en Italia destruyendo ejércitos romanos sin poder destruir a Roma.
Los Barcidas — la familia de Aníbal — habían construido en Hispania, tras la derrota en Sicilia, un poder económico y militar que compensaba lo perdido en la primera guerra. Amílcar, el padre, había explotado las minas de plata del sur peninsular y reclutado un ejército de mercenarios ibéricos y africanos que era, en muchos aspectos, superior al que había combatido en Sicilia. Aníbal heredó ese ejército con 26 años y un plan: llevar la guerra a Italia antes de que Roma pudiera llevarla a África.
El detonante fue el asedio de Sagunto en el 219 a.C., una ciudad aliada de Roma en el sur de Hispania. Roma protestó pero no envió socorro. Sagunto cayó después de ocho meses de resistencia y Aníbal comenzó la marcha que definiría su vida.
El cruce de los Alpes en el otoño del 218 a.C. es uno de los episodios más famosos de la historia antigua. Aníbal partió con unos 90.000 hombres y llegó a la llanura padana con 26.000 infantes y 6.000 jinetes. El resto había muerto en el camino, en los combates con las tribus alpinas, en los barrancos y en el frío. Pero los que llegaron eran veteranos endurecidos, y la llanura padana les recibió con el apoyo de los galos cisalpinos que llevaban décadas resistiendo la expansión romana.

Lo que siguió fue una secuencia de victorias que no tiene paralelo en la historia militar antigua: la batalla del río Trebia (218 a.C.), donde explotó el frío y el hambre para destruir al ejército consular; la batalla del lago Trasimeno (217 a.C.), la mayor emboscada de la Antigüedad, donde 15.000 romanos murieron en tres horas en un desfiladero entre el lago y las colinas; y la batalla de Cannas (216 a.C.), donde la doble envoltura perfecta destruyó a ocho legiones romanas y mató entre 50.000 y 70.000 hombres en una sola jornada.
Roma no se rindió, esa es la otra historia de la segunda guerra púnica, tan importante como las victorias de Aníbal: la capacidad de una república para encajar tres catástrofes consecutivas, seguir reclutando ejércitos y seguir combatiendo. La respuesta institucional de Roma — el Senado que prohibió el luto público, rechazó las propuestas de negociación y votó las gracias al cónsul superviviente de Cannas «por no haber desesperado de la república» — es uno de los testimonios más extraordinarios de la historia política antigua.
La guerra cambió de naturaleza después de Cannas. Fabio Máximo, con su estrategia de desgaste, fue el único general romano que entendió que no se podía vencer a Aníbal en campo abierto. Mientras tanto, Escipión conquistaba Hispania y eliminaba la base de recursos de los Barcidas. Cuando cruzó a África en el 204 a.C. y Cartago llamó a Aníbal de vuelta, la segunda guerra púnica entró en su fase final.
La batalla de Zama (202 a.C.) fue el enfrentamiento definitivo. Escipión venció a Aníbal usando contra él los mismos principios tácticos que Aníbal había empleado en Cannas: la envoltura por los flancos completada por la carga de la caballería numida de Masinisa por la retaguardia. Era la primera derrota campal de Aníbal y el fin de la guerra. Cartago aceptó la paz: sin flota, sin posesiones exteriores, con una indemnización de 10.000 talentos y sin derecho a hacer la guerra sin permiso de Roma.
→ Leer el artículo completo: La segunda guerra púnica
La tercera guerra púnica (149-146 a.C.): la destrucción de Cartago
La tercera guerra púnica no fue una guerra en el sentido pleno del término. Fue la ejecución de una decisión política que Roma había tomado mucho antes de que comenzara el combate: Cartago tenía que desaparecer.
Cartago había sobrevivido a la segunda guerra con una energía que alarmó a Roma. En 50 años había pagado anticipadamente la indemnización de guerra y reconstruido su prosperidad comercial. No era una amenaza militar — su flota había sido destruida, su ejército disuelto — pero era una potencia económica que algunos senadores romanos, encabezados por Catón el Viejo, consideraban incompatible con la seguridad de Roma. Carthago delenda est — Cartago debe ser destruida — era la frase con que Catón terminaba todos sus discursos en el Senado, hablara del tema que hablara.
El pretexto llegó en el 150 a.C.: Cartago declaró la guerra a Masinisa de Numidia sin permiso romano, violando el tratado de paz y Roma exigió la rendición total. Los cartagineses obedecieron el primer ultimátum — 300 rehenes — y el segundo — todas sus armas y máquinas de guerra. Cuando llegó el tercero — abandonar la ciudad y reconstruirla a 15 kilómetros del mar — Cartago se negó y decidió resistir.
El asedio duró tres años. Los dos primeros fueron un fracaso romano: las murallas de Cartago resistieron los ataques y la ciudad organizó una producción de emergencia de armas que asombró a las fuentes antiguas. Solo cuando Escipión Emiliano tomó el mando en el 147 a.C. el asedio comenzó a funcionar. Construyó un dique que bloqueó el puerto y cuando Cartago excavó un nuevo canal y lanzó su flota secreta, era demasiado tarde: la ciudad estaba completamente rodeada.
En la primavera del 146 a.C., las legiones entraron en Cartago. Combatieron durante 17 días calle por calle, casa por casa, hasta la ciudadela de Birsa. Cuando terminó, 50.000 supervivientes fueron esclavizados, la ciudad fue incendiada y sus ruinas allanadas. El mito de que Roma sembró de sal el terreno para que nada volviera a crecer no aparece en ninguna fuente antigua — es una invención medieval — pero captura la intención: que Cartago no solo fuera destruida sino borrada.
Escipión Emiliano, según Polibio que estaba presente, lloró contemplando las ruinas y recitó versos de la Ilíada sobre la caída de Troya, añadiendo que «algún día le tocará el mismo destino a Roma.» Era el tipo de reflexión que solo podía hacer alguien que entendía que la historia no termina con la victoria del más fuerte.
→ Leer el artículo completo: La tercera guerra púnica

Las grandes batallas: una guía rápida
Las guerras púnicas produjeron algunas de las batallas más estudiadas de la historia militar. Esta es la guía de los artículos disponibles en Red Historia:
Segunda guerra púnica — La campaña de Italia:
- La batalla del río Trebia (218 a.C.): El primer gran desastre romano. Aníbal explotó el frío, el hambre y la impaciencia del cónsul Sempronio para destruir al ejército consular en pleno invierno.
- La batalla del lago Trasimeno (217 a.C.): La mayor emboscada de la antigüedad. 15.000 romanos murieron en tres horas en un desfiladero entre el lago y las colinas, sin haber podido formar en orden de batalla.
- La batalla de Cannas (216 a.C.): La doble envoltura perfecta. Entre 50.000 y 70.000 romanos muertos en una jornada. El modelo táctico más estudiado de la historia militar.
Segunda guerra púnica — El desenlace:
- La batalla de Zama (202 a.C.): La única derrota campal de Aníbal. Escipión usó contra él sus propios principios tácticos y cerró la segunda guerra púnica.
Los protagonistas
Las guerras púnicas produjeron una generación de figuras que la historia no ha olvidado. En el lado cartaginés, la familia Barca definió el conflicto durante dos generaciones: Amílcar, que construyó en Hispania la base para la revancha; Asdrúbal el Bello, que consolidó ese poder y negoció el Tratado del Ebro; y Aníbal, que ejecutó el plan con un talento táctico que los historiadores militares siguen estudiando veintitrés siglos después.

En el lado romano, Escipión el Africano fue el único general que comprendió que para vencer a Aníbal había que llevar la guerra fuera de Italia y crear las condiciones para una batalla que Aníbal no pudiera preparar con su minuciosidad habitual. Y Fabio Máximo, el Cunctator — el que demora — fue el único que entendió antes que Escipión que no se podía vencer a Aníbal en campo abierto, aunque su estrategia era demasiado lenta para la impaciencia de Roma.
→ Aníbal Barca: el general que cruzó los Alpes
→ Escipión Africano: el hombre que venció a Aníbal
→ Aníbal vs Escipión: dos genios militares frente a frente
Las consecuencias: el mundo después de Cartago
Las guerras púnicas transformaron el Mediterráneo de una forma que ningún conflicto anterior había logrado. Roma emergió de ellas como la potencia hegemónica indiscutible del mundo occidental y comenzó de inmediato a proyectar su poder hacia el este: Macedonia fue sometida, el reino seléucida de Siria fue frenado en sus ambiciones occidentales y los reinos helenísticos que habían observado las guerras púnicas desde la distancia entendieron que Roma era ahora una fuerza de naturaleza diferente a todo lo que habían conocido.
Hispania, teatro crucial de la segunda y la tercera guerra, quedó organizada en dos provincias romanas. Cerdeña y Sicilia, conquistadas en la primera, llevaban ya décadas bajo administración romana. El norte de África, con la destrucción de Cartago, se convirtió en la provincia de África con capital en Útica. Roma controlaba ahora todas las costas del Mediterráneo occidental.
El coste humano fue extraordinario. Las estimaciones modernas hablan de entre 500.000 y 700.000 muertos solo en el lado romano durante la segunda guerra púnica, incluyendo combatientes y civiles. Italia tardó décadas en recuperar la población perdida. Las regiones del sur que habían apoyado a Aníbal fueron castigadas con confiscaciones de tierras que aceleraron la concentración de la propiedad en manos de las élites romanas — un proceso que contribuyó a las tensiones sociales que estallarían un siglo después en las guerras civiles.
Cartago fue refundada como ciudad romana por Julio César y Augusto en el siglo I a.C. y se convirtió en la tercera o cuarta ciudad del Imperio, después de Roma, Alejandría y quizás Antioquía. Fue de esa Cartago romana de donde salieron Tertuliano y San Agustín, dos de los pensadores más influyentes del cristianismo antiguo. La ciudad que Roma había destruido para que no existiera siguió existiendo, con otro nombre y otra cultura, durante siglos más.
Las tres guerras púnicas
| Guerra | Período | Duración | Escenario principal | Resultado |
|---|---|---|---|---|
| Primera guerra púnica | 264-241 a.C. | 23 años | Sicilia y mar Mediterráneo | Victoria romana. Cartago pierde Sicilia. |
| Segunda guerra púnica | 218-201 a.C. | 17 años | Italia, Hispania y África | Victoria romana en Zama. Cartago queda como Estado vasallo. |
| Tercera guerra púnica | 149-146 a.C. | 3 años | Norte de África | Destrucción total de Cartago. Provincia romana de África. |
Explora más sobre las Guerras Púnicas en Red Historia
- La primera guerra púnica: Roma conquista el Mediterráneo
- La segunda guerra púnica: Aníbal contra Roma
- La tercera guerra púnica: el fin de Cartago
- Aníbal Barca: el general que cruzó los Alpes
- Escipión Africano: el hombre que venció a Aníbal
- Historia de Cartago: la gran rival de Roma
- Historia de Roma: de una aldea en el Lacio al gran imperio
Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Polibio. Historias, libros III-XV. Traducción de M. Balasch Recort. Gredos, Madrid, 1981.
- Tito Livio. Desde la Fundación de la Ciudad (Ab Urbe Condita), libros XXI-XXX. Traducción de J. A. Villar Vidal. Gredos, Madrid, 1993.
- Apiano. Historias Romanas — Ibérica y Líbica. Traducción de A. Sancho Royo. Gredos, Madrid, 1980.
Bibliografía:
- Barceló, P.: Aníbal de Cartago. Alianza Editorial, Madrid, 2000.
- Hoyos, D.: A Companion to the Punic Wars. Wiley-Blackwell, Oxford, 2011.
- Lancel, S.: Aníbal. Crítica, Barcelona, 1997.
- Lancel, S.: Cartago. Crítica, Barcelona, 1994.
- Lazenby, J. F.: Hannibal’s War: A Military History of the Second Punic War. Aris & Phillips, Warminster, 1978.
- Goldsworthy, A.: The Fall of Carthage: The Punic Wars 265-146 BC. Cassell, London, 2000.
Preguntas frecuentes sobre las guerras púnicas
¿Por qué se llaman guerras púnicas?
El nombre viene del latín Punicus, que era la forma en que los romanos llamaban a los cartagineses. A su vez, Punicus deriva de Phoenicus, es decir, fenicio: los cartagineses eran descendientes de colonos fenicios de Tiro que habían fundado Cartago en torno al siglo IX a.C. Los cartagineses se llamaban a sí mismos cananeos o usaban el nombre de su ciudad; fue Roma quien los denominó púnicos y ese nombre es el que ha persistido en la historiografía.
¿Cuánto duró la rivalidad entre Roma y Cartago?
Las tres guerras se extendieron entre el 264 y el 146 a.C., más de un siglo de conflicto intermitente. Pero la rivalidad comercial y política entre ambas potencias era anterior: hay tratados entre Roma y Cartago que se remontan al siglo VI a.C., lo que indica que ambas ciudades reconocían sus respectivas esferas de influencia mucho antes de que comenzaran las guerras. La primera guerra fue el momento en que esas esferas chocaron de forma irresoluble.
¿Podría Cartago haber ganado la segunda guerra púnica?
Es el debate historiográfico más persistente de todo el período. La respuesta más honesta es que Aníbal tuvo varias oportunidades — especialmente después de Cannas — que no supo o no pudo aprovechar. La decisión de no marchar sobre Roma después de Cannas es la más discutida: si la ciudad hubiera caído, la segunda guerra habría terminado de forma diferente. Pero también es cierto que Roma demostró una capacidad de resiliencia institucional que ningún otro Estado de la época habría podido mantener, y que incluso con la caída de Roma la guerra no habría terminado necesariamente: los aliados itálicos, la mayoría de los cuales siguieron fieles a Roma incluso después de Cannas, habrían seguido resistiendo.
¿Qué fue de Aníbal después de la guerra?
Aníbal sobrevivió a la segunda guerra púnica y fue elegido sufete — el cargo político más alto de Cartago — en el 196 a.C. Sus reformas administrativas alarmaron a sus enemigos internos, que lo acusaron ante Roma de conspirar contra el tratado. Roma exigió su entrega y Aníbal huyó. Pasó el resto de su vida al servicio de varios reyes helenísticos, siempre perseguido por Roma, hasta que se envenenó en Bitinia en torno al 183 a.C. para no caer en manos romanas.
¿Es verdad que Roma sembró de sal Cartago?
No hay ninguna fuente antigua que mencione que Roma sembró de sal el territorio de Cartago después de su destrucción en el 146 a.C. El episodio no aparece en Polibio, que estaba presente, ni en Livio, ni en ningún otro autor antiguo. Es casi con certeza una invención medieval o moderna que se fue incorporando a la narrativa histórica popular. Lo que sí ocurrió es que la ciudad fue incendiada y sus ruinas allanadas — lo suficientemente destruida como para que el mito de la sal resultara verosímil, aunque innecesario.












