La península ibérica no era tierra vacía cuando Cartago la convirtió en su base de operaciones contra Roma. La habitaban decenas de pueblos con culturas, lenguas y formas de guerra propias y ninguno de ellos participó en las Guerras Púnicas como espectador. Íberos, celtíberos, galos asentados en el noreste, lusitanos en el oeste y múltiples tribus del interior protagonizaron un papel que las fuentes romanas y cartaginesas documentan con detalle: lucharon en los dos bandos, cambiaron de alianza según les convenía, resistieron la ocupación de ambas potencias y, al final, quedaron absorbidos por el vencedor.
Entre el 237 a.C., cuando Amílcar Barca desembarca en la costa sur y el 206 a.C., cuando Escipión expulsa definitivamente a los cartagineses de la península, Hispania fue el escenario principal del conflicto que decidió quién dominaría el Mediterráneo occidental. Entender qué pueblos la habitaban, cómo reaccionaron ante los Barcidas y por qué algunos acogieron a Roma con alivio mientras otros combatieron a ambas potencias hasta el agotamiento resulta indispensable para comprender tanto las Guerras Púnicas como la posterior romanización de la península.
Este artículo no pretende ser un recorrido exhaustivo por todos los pueblos prerromanos de Hispania, tarea que requeriría un espacio muy diferente. Lo que ofrece es una lectura focalizada: quiénes eran los actores indígenas durante el período púnico, qué papel jugaron en el conflicto y qué consecuencias tuvo para ellos el resultado de la guerra.
El escenario humano: qué pueblos habitaban la península en el siglo III a.C.
Cuando Amílcar Barca llegó a Gadir —la actual Cádiz, de fundación fenicia— en torno al 237 a.C., encontró una península fragmentada en cientos de comunidades políticas independientes. No había una Hispania unificada ni nada que se le pareciera. Lo que había era una mosaico de culturas con niveles de desarrollo muy desiguales, desde ciudades con escritura propia y economía monetaria hasta comunidades tribales de pastores trashumantes.
Los íberos dominaban la franja mediterránea, desde el sureste hasta el noreste. Constituían el conjunto de pueblos más urbanizado e internacionalizado de la península. Llevaban siglos en contacto con fenicios y griegos, habían asimilado la escritura, acuñaban moneda y organizaban ejércitos profesionales. No eran un pueblo unitario sino una galaxia de comunidades —contestanos, edetanos, ilercavones, layetanos, indigetes— que compartían rasgos culturales sin formar ninguna entidad política común. Cada ciudad o confederación de ciudades tomaba sus propias decisiones, y eso significa que, ante la llegada de los Barcidas, cada una de ellas negoció por separado.
Al interior y al norte, los celtíberos ocupaban la meseta central y las sierras del Sistema Ibérico. Su nombre refleja ya la mezcla que los define: célticos llegados de Europa central fusionados con poblaciones indígenas durante siglos de convivencia. La arqueología los caracteriza por una cultura de la guerra muy desarrollada, una metalurgia del hierro de gran calidad y estructuras sociales organizadas en torno al guerrero. Polibio y Livio los describen como combatientes temibles y los cartagineses lo aprendieron rápido: los celtíberos nunca fueron fáciles de manejar ni como aliados ni como enemigos.
En el noroeste y el oeste, los lusitanos y otros pueblos atlánticos vivían en un mundo diferente, más alejado de los circuitos comerciales mediterráneos. La montaña y la ganadería estructuraban su economía y la guerra de razias se practicaba como sistema habitual de apropiación de riqueza. Su papel en las Guerras Púnicas fue secundario, pero su resistencia posterior a Roma —protagonizada por Viriato en el siglo II a.C.— arrancaría precisamente de las estructuras sociales forjadas en este período.
En el noreste, más allá del Ebro, habitaban pueblos de origen celta y galo, entre ellos los indigetes y los lacetanos, que vivían en la órbita de las colonias griegas de Emporion (Ampurias) y Rhode (Roses). Serían los primeros en entrar en contacto con Roma y sus alianzas con los griegos los inclinarían naturalmente hacia el bando romano desde el comienzo.
Al sur, en la Turdetania —el antiguo corazón del mundo tartésico—, vivían los pueblos más romanizables de la península. Urbanizados, comercialmente integrados con el mundo fenicio-púnico y sin una tradición guerrera muy marcada, los turdetanos serían a menudo espectadores del conflicto más que protagonistas activos.
Amílcar y los Barcidas: la conquista que no se llamó conquista
La llegada de Amílcar Barca a Hispania en el 237 a.C. no fue, formalmente, una conquista militar. Cartago acababa de perder la Primera Guerra Púnica y el tratado con Roma le prohibía expandir su territorio. Amílcar lo sabía y su estrategia fue presentar la campaña como una acción de represalia contra los pueblos que habían atacado los intereses comerciales cartagineses durante la guerra de los mercenarios, el conflicto brutal que casi destruye Cartago entre el 241 y el 238 a.C.
En la práctica, lo que Amílcar construyó fue un Imperio informal. Desembarcó en Gadir, avanzó hacia el interior sometiendo pueblo tras pueblo y fue tejiendo una red de alianzas, matrimonios estratégicos y acuerdos tributarios que convertían a los jefes locales en clientes de Cartago sin anexionar formalmente su territorio. Era el método cartaginés por excelencia: control sin administración directa, extracción de recursos humanos y económicos sin los costes de una burocracia de ocupación.
Los oretanos del sureste, que controlaban las ricas minas de Sierra Morena, fueron de los primeros en caer bajo influencia barcida. El acceso a esa plata era fundamental para Cartago que necesitaba financiar su ejército. Amílcar fundó Acra Leuce —probablemente en la zona de Alicante o Elche— como primera gran base de operaciones en el interior. La arqueología ha encontrado en varios yacimientos del sureste evidencias de la presencia militar cartaginesa de este período: armas, monedas y materiales de construcción de estilo norteafricano.
La resistencia no tardó en aparecer. Los vetones y algunos pueblos de la meseta combatieron a Amílcar desde el principio. En el 228 a.C., durante una campaña contra los orisios —un pueblo de ubicación debatida, probablemente en el entorno de Helice, en la cuenca del Júcar—, Amílcar murió en combate. Tenía unos 50 años. Los detalles de su muerte son confusos en las fuentes: Livio habla de una emboscada en la que el general cartaginés intentó proteger la retirada de su ejército y fue arrastrado por la corriente de un río mientras los enemigos lo acosaban.
Le sucedió su yerno Asdrúbal el Bello, que continuó la política de alianzas matrimoniales y fundó Cartago Nova —la actual Cartagena— en el 228 a.C. La nueva ciudad era una apuesta monumental: un puerto excepcional, acceso directo a las minas de plata más ricas de la península y una posición estratégica desde la que controlar tanto la costa mediterránea como las rutas hacia el interior. Cartago Nova se convirtió de inmediato en la capital real del dominio bárcida en Hispania y su existencia era un mensaje inequívoco a Roma: los Barcidas construían un reino.

Fue precisamente esta expansión la que llevó a Roma a negociar el Tratado del Ebro en el 226 a.C., por el que Cartago se comprometía a no cruzar ese río con fines militares. El tratado reconocía implícitamente el control cartaginés de la mitad sur de la península y dejaba a los pueblos del norte —especialmente a los saguntinos, al sur del Ebro pero aliados de Roma— en una situación de ambigüedad que acabaría siendo el detonante de la Segunda Guerra Púnica.
Los mercenarios hispanos: guerreros sin fronteras en el ejército barcida
Una de las consecuencias más directas de la expansión barcida fue la incorporación masiva de guerreros hispanos al ejército cartaginés. No como ciudadanos de una nación aliada, sino como mercenarios, una práctica que Cartago había desarrollado desde sus orígenes fenicios y que los Barcidas perfeccionaron en Hispania hasta convertirla en su ventaja militar decisiva.
Los celtíberos eran los más valorados. Su reputación como guerreros de infantería pesada era conocida en todo el Mediterráneo y su espada —el falcata, una hoja curva de acero de gran calidad, o la espada recta que los romanos acabarían copiando como gladius hispaniensis— era temida por igual en ambos lados del conflicto. Aníbal reclutó celtíberos en grandes cantidades durante su campaña de preparación y los incorporó a la infantería de su ejército junto a los africanos y los galos.
Los íberos del sureste aportaban infantería ligera y caballería. La caballería íbera, rápida y maniobrable, complementaba perfectamente la caballería numida que era el arma de choque principal de Aníbal. En Cannas, la batalla del 216 a.C. que aniquiló a ocho legiones romanas, combatían varios contingentes hispanos bajo el mando directo de oficiales barcidas.
Lo curioso y lo que las fuentes antiguas documentan con cierta admiración, es que estos mercenarios hispanos no fueron simples soldados de alquiler, muchos de ellos desarrollaron una lealtad personal hacia los generales bárcidas que iba más allá del contrato económico. Aníbal, en particular, cultivó esa lealtad con cuidado: aprendió dialectos locales, respetó las costumbres de los guerreros que mandaba, pagó puntualmente y trató a sus soldados hispanos con la misma consideración que a sus tropas africanas. El resultado fue un ejército de extraordinaria cohesión que mantuvo su eficacia combativa durante 16 años de campaña en Italia.
Lo paradójico es que esos mismos celtíberos que cruzaron los Alpes con Aníbal también lucharon contra Cartago en otras circunstancias. La lealtad tribal era más fuerte que cualquier alianza exterior y cuando Roma ofreció mejores condiciones —o cuando Cartago dejó de pagar— los guerreros hispanos cambiaban de bando con la misma naturalidad con que habían elegido el primero. Tito Livio registra varios episodios de defección de contingentes hispanos durante la guerra y la historiografía moderna los interpreta correctamente como una expresión de la autonomía política de esos pueblos, no como traición.
Sagunto: el conflicto que encendió la Segunda Guerra Púnica
Ninguna ciudad de la península ibérica tiene un papel más decisivo en las Guerras Púnicas que Sagunto, la ciudad costera al sur del río Ebro cuyo asedio por Aníbal en el 219-218 a.C. desencadenó formalmente la Segunda Guerra Púnica.
Sagunto era una ciudad de origen íbero —los arse o arsetanos de las fuentes griegas— que había desarrollado intensas relaciones comerciales con los griegos y, a través de ellos, con Roma. Cuando los Barcidas comenzaron a expandir su influencia hacia el norte, Sagunto buscó el respaldo romano como contrapeso. Roma aceptó y esa alianza convirtió a la ciudad en el punto de fricción inevitable entre las dos potencias.
El debate en torno a si Sagunto estaba al norte o al sur del Ebro —el río que el Tratado del 226 a.C. establecía como límite de la expansión cartaginesa— es uno de los más antiguos y menos resolubles de la historiografía antigua. Las fuentes no son concluyentes y la localización geográfica de la ciudad actual de Sagunt, en la provincia de Valencia, la sitúa claramente al sur del Ebro. Roma argumentó que el tratado no afectaba a ciudades aliadas preexistentes; Cartago respondió que la alianza de Sagunto con Roma era posterior al tratado y por tanto no estaba protegida por él.
Lo que resulta claro es que Aníbal eligió Sagunto deliberadamente. El asedio era una prueba de la reacción romana y al mismo tiempo, una demostración de poder ante los pueblos hispanos que todavía dudaban entre los dos bandos. La caída de Sagunto, tras ocho meses de resistencia desesperada en el 219 a.C., fue un mensaje inequívoco: Cartago controlaba la península y Roma no había llegado a tiempo para salvar a su aliada.
Los saguntinos resistieron con una tenacidad que las fuentes antiguas califican de heroica. Tito Livio relata que, ante la inminencia de la caída, los ciudadanos quemaron sus riquezas antes que entregárselas a Aníbal y muchos prefirieron morir antes que rendirse. El relato tiene todos los ingredientes de la elaboración literaria posterior, pero el núcleo histórico es indudable: Sagunto combatió hasta el final y fue destruida.
Roma declaró la guerra a Cartago en la primavera del 218 a.C. La Segunda Guerra Púnica había comenzado y el escenario peninsular quedaba abierto como frente secundario mientras Aníbal llevaba la guerra al corazón de Italia.
Roma en Hispania: la contraofensiva de los Escipiones
Roma no tardó en comprender que dejar Hispania en manos cartaginesas era dejar a Aníbal con una retaguardia segura desde la que recibir refuerzos, plata y mercenarios. En el verano del 218 a.C., el cónsul Publio Cornelio Escipión envió a su hermano Cneo Escipión con un ejército a la costa norte de la península, con la misión de cortar las comunicaciones entre Hispania e Italia y —si era posible— llevar la guerra al territorio enemigo.
Cneo desembarcó en Emporion, la colonia griega en el noreste y encontró allí una base de aliados naturales. Los indigetes, el pueblo íbero del entorno de Emporion, llevaban generaciones en relación con los griegos y habían visto con alarma la expansión bárcida hacia el norte. Su apoyo fue inmediato y resultó fundamental: proporcionaron guías, víveres, información sobre las rutas y en algunos casos, contingentes de guerreros.
La estrategia romana en Hispania durante los primeros años fue esencialmente la misma que la cartaginesa: construir una red de alianzas con los pueblos locales que aislara a Cartago de sus bases de reclutamiento. Los Escipiones —Publio Cornelio llegó al año siguiente para unirse a su hermano— comprendieron que la guerra en la península no se ganaría únicamente con victorias militares, había que convencer a los pueblos hispanos de que Roma era un aliado más conveniente que Cartago.
El argumento no era difícil de construir. Los Barcidas extraían recursos de la península con una eficiencia que muchos pueblos vivían como explotación. El tributo en plata, los reclutamientos forzosos de mercenarios, la confiscación de rehenes como garantía de lealtad: todas estas prácticas generaban resentimiento y Roma supo aprovecharlo. Los Escipiones prometieron a los jefes locales que se aliaran con ellos que Roma respetaría su autonomía y no impondría tributos onerosos. No era una promesa que Roma fuera a mantener indefinidamente, pero a corto plazo resultó convincente.
Los primeros años de la campaña romana fueron de éxitos moderados. Los Escipiones ganaron terreno al norte del Ebro, consolidaron la alianza con los pueblos del noreste y realizaron incursiones hacia el sur que perturbaron el reclutamiento cartaginés. Pero en el 211 a.C. sufrieron dos derrotas catastróficas en la zona del alto Guadalquivir, en las que ambos generales murieron con pocas semanas de diferencia. Cneo Escipión cayó en una emboscada; Publio fue derrotado en campo abierto.
Las derrotas de los Escipiones pusieron en peligro toda la posición romana en Hispania. Durante meses, el único oficial romano de cierta graduación que quedaba al norte del Ebro era Lucio Marcio, un caballero sin mando oficial que reunió los restos de los dos ejércitos y mantuvo la línea con una energía que Livio elogia extensamente. Fue Marcio quien resistió hasta que Roma pudo enviar refuerzos y fue Marcio quien mantuvo vivas las alianzas con los pueblos del norte en el momento más difícil.
Escipión el Africano y la reconquista: una nueva política con los hispanos
La llegada de Publio Cornelio Escipión, el futuro Africano, a Hispania en el otoño del 210 a.C. marcó un punto de inflexión. Tenía 25 años, carecía de experiencia de mando independiente y su designación como procónsul para la campaña hispana fue, según Livio, recibida con sorpresa por el Senado. Pero Escipión traía una visión estratégica que sus predecesores no habían tenido: entendía que Hispania era el talón de Aquiles de Aníbal y que conquistarla era ganar la guerra.
Su primer golpe fue el más espectacular. En la primavera del 209 a.C., marchó directamente sobre Cartago Nova con el grueso de su ejército. La ciudad estaba defendida por una guarnición modesta —los tres ejércitos cartagineses en Hispania se encontraban en el interior y no podían socorrerla a tiempo— y cayó en un solo día de asalto. Polibio describe el ataque con precisión táctica: Escipión coordinó un asalto anfibio por la laguna norte de la ciudad mientras sus legiones presionaban las murallas por el lado terrestre.
La caída de Cartago Nova fue decisiva por razones que iban más allá de lo militar. La ciudad contenía el tesoro de guerra cartaginés, los arsenales con armas y pertrechos y, lo más importante desde el punto de vista político, los rehenes que Cartago retenía de decenas de pueblos hispanos como garantía de su lealtad. Escipión los liberó a todos, sin exigir rescate ni contraprestación. Fue un gesto calculado, pero enormemente eficaz: en pocas semanas, las familias de los rehenes presionaron a sus jefes para que cambiaran de bando.
La política de Escipión con los pueblos hispanos fue sistemáticamente diferente a la de Roma en otras campañas. No saqueó las ciudades que se rendían, devolvió prisioneros, respetó a las mujeres capturadas, lo que Livio convierte en el célebre episodio de la «novia de Cartago Nova», una joven desposada cuya custodia Escipión devolvió intacta a su prometido, un jefe íbero llamado Alucio. Sea o no literalmente cierto el episodio, refleja una política real: Escipión construía su reputación entre los pueblos hispanos como un general que honraba su palabra.
Los resultados fueron rápidos. Edecón, el rey de los edetanos, se alió con Roma tras la toma de Cartago Nova. Indíbil y Mandonio, los dos jefes más poderosos de los ilergetes —el pueblo más importante del noreste interior—, desertaron del ejército cartaginés y se presentaron ante Escipión para ofrecerle su alianza. Eran los comandantes del mayor contingente de caballería hispana que servía a Cartago y su defección fue un golpe brutal para el esfuerzo bélico cartaginés.
Lo curioso de Indíbil y Mandonio es que no se convirtieron en aliados incondicionales de Roma, se aliaron con el vencedor potencial, no con un valor abstracto. Cuando, años después, creyeron que Roma no cumplía sus promesas, se rebelaron dos veces. La primera, en el 206 a.C., cuando Escipión todavía estaba en la península; la segunda, en el 205 a.C., ya con Escipión en África. Ambas rebeliones fueron aplastadas y Mandonio murió ejecutado. El episodio ilustra perfectamente la naturaleza de las alianzas hispanas: pragmáticas, condicionales y revocables.
La batalla de Ilipa (206 a.C.): el fin del poder barcida en Hispania
La batalla de Ilipa, librada en la primavera del 206 a.C. en el valle del Guadalquivir —probablemente cerca de la actual Alcalá del Río, en Sevilla—, fue la batalla decisiva que puso fin al dominio cartaginés en la península ibérica.
Escipión enfrentó allí al general cartaginés Asdrúbal hijo de Giscón, que mandaba un ejército de unos 70.000 hombres, reforzado por 4.000 jinetes y 32 elefantes. Las fuentes dan al ejército romano una inferioridad numérica, aunque los historiadores modernos discuten estas cifras. Lo que no se discute es la táctica que Escipión empleó y que hace de Ilipa uno de los episodios más estudiados de la historia militar antigua.
Escipión invirtió la disposición habitual de sus fuerzas. En lugar de colocar las legiones romanas en el centro y los aliados hispanos en los flancos, puso a los hispanos en el centro y las legiones en los flancos. Los cartagineses, que habían observado durante días la formación romana habitual, prepararon su propio centro —sus mejores tropas africanas— para enfrentarse a las legiones. Cuando se produjo el choque, las legiones romanas en los flancos arrollaron la caballería y la infantería hispana de Asdrúbal, mientras el centro romano, con los aliados hispanos, se limitaba a mantener la presión sin comprometerse en un combate decisivo. La envoltura fue total.
La derrota de Ilipa no fue solo una victoria militar, fue el derrumbe psicológico del poder bárcida en Hispania. Los aliados hispanos de Cartago que todavía quedaban comenzaron a desertar en masa. Las ciudades que habían permanecido neutrales se abrieron a los romanos. Cádiz, la ciudad más antigua de Occidente y bastión cartaginés desde los tiempos de Amílcar, negoció su rendición sin combate.
Asdrúbal hijo de Giscón huyó a África con los restos de su ejército. Magón Barca, el hermano menor de Aníbal, intentó mantener una última resistencia en las Baleares antes de zarpar también hacia África, donde ambos serían derrotados por Escipión en Zama seis años después. La guerra en Hispania había terminado.
Las consecuencias: una península transformada
El fin de las Guerras Púnicas en Hispania no significó el fin de la violencia. Roma, que había prometido autonomía y respeto, comenzó casi de inmediato a comportarse como potencia colonial. Los tributos que antes pagaban a Cartago ahora los pagaban a Roma. Los reclutamientos de auxiliares continuaron, bajo otro nombre pero con la misma lógica. Y la administración romana, con sus dos provincias —Hispania Citerior e Hispania Ulterior, creadas en el 197 a.C.— impuso una burocracia de ocupación que los pueblos más orgullosos del interior rechazaron durante décadas.
Las guerras lusitanas del siglo II a.C., protagonizadas por Viriato y las guerras celtibéricas que culminaron en la destrucción de Numancia en el 133 a.C. fueron, en cierta forma, el epílogo de las Guerras Púnicas. Los pueblos que habían combatido como mercenarios de Cartago o como aliados de Roma aprendieron en ese proceso que podían resistir a ejércitos regulares y que la guerra de guerrillas en su propio territorio era un arma eficaz. Esas lecciones las aplicaron contra Roma con una persistencia que asombró al mundo antiguo.
Pero el proceso de romanización, lento e irregular, fue también real. Las ciudades íberas que se aliaron con Roma pronto comenzaron a adoptar el latín, las monedas romanas, el derecho romano y las formas de vida romanas. Los hijos de los jefes aliados estudiaban en Roma. Los guerreros que servían como auxiliares volvían con hábitos, lengua y perspectivas diferentes. La Hispania que emergió de las Guerras Púnicas no era ni la tierra de los Barcidas ni la de los pueblos prerromanos: era algo nuevo, un espacio en transformación del que, siglos después, saldrían emperadores como Trajano y Adriano, filósofos como Séneca y poetas como Marcial y Lucano.
La península ibérica entró en las Guerras Púnicas como un mosaico de pueblos independientes que negociaban su supervivencia entre dos imperios y salió de ellas como el primer gran laboratorio de la expansión romana en Occidente, con todas las promesas incumplidas y todas las transformaciones irreversibles que eso implicaba.
Principales pueblos en las Guerras Púnicas
| Pueblo | Zona | Bando principal | Papel en el conflicto |
|---|---|---|---|
| Turdetanos | Sur (Guadalquivir) | Cartago | Base económica barcida; acceso a las minas de plata |
| Oretanos | Sureste interior | Cartago | Control de Sierra Morena; muerte de Amílcar en su territorio |
| Contestanos | Sureste costero | Cartago → Roma | Zona de Cartago Nova; cambiaron de bando tras la caída de la ciudad |
| Edetanos | Este (Valencia) | Variable | Edecón se alió con Roma tras Cartago Nova; Sagunto en su territorio |
| Ilergetes | Noreste interior | Cartago → Roma | Indíbil y Mandonio: la mayor defección al bando romano; luego dos rebeliones |
| Indigetes | Noreste costero | Roma | Aliados desde el inicio; base de operaciones de los Escipiones en Emporion |
| Celtíberos | Meseta central | Ambos bandos | Mercenarios en los dos ejércitos; infantería de élite; cruzaron los Alpes con Aníbal |
| Vacceos | Meseta norte | Neutral/variable | Papel limitado; mayor protagonismo en guerras posteriores contra Roma |
| Lusitanos | Oeste (Portugal actual) | Neutral/resistencia | Escasa implicación directa; su resistencia a Roma fue el conflicto siguiente |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes primarias
- Polibio. Historias, libros I-III y X. Traducción de M. Balasch Recort. Gredos, Madrid, 1981.
- Tito Livio. Desde la Fundación de la Ciudad (Ab Urbe Condita), libros XXI-XXVIII. Traducción de J. A. Villar Vidal. Gredos, Madrid, 1993.
- Apiano. Historias Romanas — Iberia. Traducción de A. Sancho Royo. Gredos, Madrid, 1980.
- Diodoro Sículo: Biblioteca histórica, libros XXV-XXVI. Fragmentos sobre las Guerras Púnicas.
Bibliografía en español
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- Blázquez Martínez, J. M.: Economía de la Hispania romana. Nájera, Bilbao, 1978.
- Blázquez Martínez, J. M.: Historia económica del Mediterráneo antiguo. Cátedra, Madrid, 1994.
- García Moreno, L. A.: España y el Imperio romano. Ariel, Barcelona, 1989.
- Gómez Espelosín, F. J.: Historia de España antigua. Tomo I: Protohistoria. Cátedra, Madrid, 1993.
- Lomas Salmonte, F. J.: Tartesios, íberos y celtas. Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1995.
- Quesada Sanz, F.: El armamento ibérico: estudio tipológico, geográfico, funcional, social y simbólico de las armas en la Cultura Ibérica. Monographies Instrumentum, Montagnac, 1997.
- Sánchez Moreno, E. (coord.): Protohistoria y Antigüedad de la Península Ibérica. Vol. I. Sílex, Madrid, 2007.
- Santos Yanguas, J.: Los pueblos de la España antigua. Historia 16, Madrid, 1989.
- Schulten, A.: Historia de Numancia. Barna, Barcelona, 1945.
- Tovar, A. y Blázquez, J. M.: Historia de la Hispania romana. Alianza Editorial, Madrid, 1975.
En inglés
- Caven, B.: The Punic Wars. Weidenfeld & Nicolson, London, 1980.
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- Hoyos, D.: Hannibal’s Dynasty: Power and Politics in the Western Mediterranean, 247-183 BC. Routledge, London, 2003.
- Keay, S. J.: Roman Spain. British Museum Publications, London, 1988.
- Lazenby, J. F.: Hannibal’s War: A Military History of the Second Punic War. Aris & Phillips, Warminster, 1978.
- Richardson, J. S.: Hispaniae: Spain and the Development of Roman Imperialism, 218-82 BC. Cambridge University Press, Cambridge, 1986.
- Scullard, H.H. Scipio Africanus. Thames & Hudson, London, 1970.
- Whittaker, C. R.: Frontiers of the Roman Empire: A Social and Economic Study. Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1994.
Preguntas frecuentes sobre los pueblos prerromanos en las Guerras Púnicas
¿Por qué los pueblos hispanos lucharon en los dos bandos durante las Guerras Púnicas?
La lealtad de los pueblos prerromanos no era ideológica sino pragmática. No combatían por Cartago o por Roma como proyectos políticos, sino que calculaban qué alianza les ofrecía mayor protección, mejores condiciones económicas o menor coste en vidas y tributos. Muchos jefes locales cambiaron de bando cuando la balanza militar se inclinó de forma definitiva, como ocurrió tras la toma de Cartago Nova por Escipión en el 209 a.C. Otros, como los ilergetes Indíbil y Mandonio, se aliaron con Roma y luego se rebelaron cuando sintieron que sus condiciones no eran respetadas. Esta autonomía de decisión era la norma, no la excepción.
¿Qué papel jugaron los mercenarios hispanos en el ejército de Aníbal?
Fundamental. Los celtíberos e íberos formaban parte de la infantería del ejército de Aníbal desde su salida de Hispania en el 218 a.C. Combatieron en Trebia, Trasimeno y Cannas, las tres grandes victorias de Aníbal en Italia. Polibio describe a los hispanici como tropas de gran calidad que complementaban la caballería numida y la infantería africana. La espada hispana —el prototipo del gladius hispaniensis romano— era su arma característica, y los romanos la adoptaron precisamente por su eficacia en combate cuerpo a cuerpo.
¿Qué fue del asedio de Sagunto y por qué importa tanto?
Sagunto era una ciudad íbera aliada de Roma situada al sur del Ebro, el río que el Tratado del 226 a.C. establecía como límite de la expansión cartaginesa. Aníbal la asedió en el 219-218 a.C. y la tomó tras ocho meses de resistencia. Roma declaró la guerra a Cartago como respuesta. El asedio importa porque fue el detonante formal de la Segunda Guerra Púnica, pero también porque ilustra la situación de los pueblos hispanos entre dos potencias: Sagunto buscó el amparo romano y Roma no llegó a tiempo para defenderla. Esa lección no fue olvidada por otros pueblos de la península.
¿Cómo trató Escipión a los pueblos hispanos para ganar su apoyo?
Con una política deliberadamente diferente a la de los Barcidas. Escipión liberó a los rehenes que Cartago retenía sin exigir rescate, devolvió prisioneros, respetó a las mujeres capturadas y honró sus compromisos con los jefes locales que se aliaban con él. El episodio más famoso es el de «la novia de Cartago Nova», una joven hispana que Escipión devolvió intacta a su prometido, el jefe íbero Alucio, en un gesto que tuvo más efecto político que cualquier victoria en campo abierto. Esta política fue eficaz a corto plazo, aunque Roma no la mantuvo una vez consolidado su control sobre la península.
¿Qué fue de los ilergetes Indíbil y Mandonio?
Fueron los jefes más importantes del noreste interior y protagonizaron uno de los episodios más complejos de la relación entre Roma y los pueblos hispanos. Se aliaron con los Barcidas, luego desertaron hacia Roma cuando la situación militar cambió, fueron recibidos con honores por Escipión y luego se rebelaron dos veces contra Roma cuando sintieron que sus condiciones no eran respetadas. La primera rebelión, en el 206 a.C., fue aplastada por el propio Escipión. La segunda, en el 205 a.C., terminó con la derrota y muerte de Mandonio, ejecutado por los romanos. Indíbil murió en combate. Su historia es un retrato exacto de la imposibilidad de mantener una autonomía real entre dos potencias en conflicto.
¿Cómo quedó la península ibérica al final de las Guerras Púnicas?
Roma organizó la península en dos provincias en el 197 a.C.: Hispania Citerior, con capital en Tarraco, e Hispania Ulterior, con capital en Corduba. Pero el control romano era todavía muy parcial: el interior y el noroeste permanecerían fuera del control efectivo romano durante décadas. Las guerras lusitanas y celtibéricas del siglo II a.C. —que culminaron con la destrucción de Numancia en el 133 a.C.— fueron el epílogo violento de un proceso de conquista que las Guerras Púnicas habían iniciado pero no completado.
¿Cuáles fueron los pueblos más romanizados tras las Guerras Púnicas?
Los que más rápidamente adoptaron la cultura romana fueron los que ya tenían mayor grado de urbanización y contacto con el mundo mediterráneo: los turdetanos del sur —herederos de la vieja cultura tartésica— y los íberos de la costa mediterránea. Las ciudades del sur, como Hispalis, Corduba e Itálica, se convirtieron en centros de romanización temprana. De Itálica procedía la familia del emperador Trajano, nacido allí en el 53 d.C., lo que da una medida del alcance del proceso.












