En el año 264 a.C., dos potencias que nunca habían combatido entre sí se encontraron frente a frente en Sicilia. Roma acababa de unificar la península itálica tras décadas de guerras y buscaba consolidar su influencia en el Mediterráneo occidental. Cartago llevaba siglos dominando el comercio marítimo de esa misma región y consideraba Sicilia parte de su esfera natural de control. El choque era, en retrospectiva, casi inevitable. Lo que nadie podía prever era que duraría veintitrés años, que transformaría a Roma en una potencia naval y que sembraría las semillas del odio que produciría, una generación después, la Segunda Guerra Púnica.
La primera guerra púnica es la menos estudiada de las tres, en parte porque sus batallas principales se libran en el mar — un escenario que la historiografía tradicional ha tratado con menos detalle que las grandes batallas terrestres — y en parte porque la Segunda, con Aníbal cruzando los Alpes y arrasando Italia, eclipsa todo lo que vino antes. Pero sin la primera guerra púnica no existe Amílcar Barca, sin Amílcar no existe Aníbal y sin Aníbal la historia de Roma habría sido muy diferente. El conflicto del 264-241 a.C. es el origen de todo.
Lo que comenzó como una disputa local en el estrecho de Mesina acabó redibujando el mapa del Mediterráneo occidental, convirtiendo a Roma en dueña de su primera provincia exterior y dejando a Cartago con una deuda de guerra que la obligó a explotar Hispania como fuente de recursos. Ese proceso de explotación fue el que llevó a los Barcidas a la península ibérica y puso en marcha la cadena de causas que desembocó en Cannas, en Zama y en la destrucción final de Cartago en el 146 a.C.
El detonante: los mamertinos y la trampa siciliana
Sicilia en el siglo III a.C. era un mosaico de poderes en permanente tensión. Los griegos controlaban el este de la isla, con Siracusa como ciudad dominante bajo la dinastía de los reyes Hierón. Cartago dominaba el oeste, con una presencia que se remontaba a siglos atrás y que incluía ciudades como Panormo —la actual Palermo— y Lilibeo. Entre ambas zonas de influencia, la isla había conocido guerras intermitentes durante generaciones sin que ningún poder lograra imponerse definitivamente.
El detonante del conflicto fue un grupo de mercenarios itálicos conocidos como los mamertinos — «hijos de Marte» en osco — que habían tomado por la fuerza la ciudad de Mesina a principios del siglo III a.C. Después de años de saquear la región y enfrentarse a Siracusa, los mamertinos se encontraron en el 265 a.C. en una situación desesperada: el rey Hierón II de Siracusa los tenía sitiados y Cartago había aprovechado la oportunidad para instalar una guarnición en la ciudadela de Mesina, convirtiendo la ciudad en un protectorado cartaginés de facto.

Los mamertinos reaccionaron pidiendo ayuda a Roma. Era una petición políticamente incómoda: los mamertinos eran mercenarios sin escrúpulos que habían masacrado a los ciudadanos de Mesina para apoderarse de la ciudad y Roma tenía motivos para no querer comprometerse con ellos. El Senado debatió la cuestión sin llegar a un acuerdo claro y finalmente fue la asamblea popular la que decidió intervenir, probablemente presionada por los cónsules que veían en Sicilia una oportunidad de expansión y botín.
La decisión romana de socorrer a los mamertinos supuso expulsar a la guarnición cartaginesa de Mesina. Cartago interpretó el gesto como una declaración de hostilidades. Roma también atacó a Hierón II de Siracusa, que había sido aliado de Cartago en el asedio de Mesina, pero el rey siracusano comprendió rápidamente que enfrentarse a Roma era una apuesta perdida y negoció una paz separada en el 263 a.C. que lo convirtió en aliado romano por el resto del conflicto. Fue una de las decisiones más inteligentes de su reinado: Siracusa prosperó durante la guerra mientras el resto de Sicilia ardía.
Una guerra de tierra que se convierte en guerra naval
Los primeros años del conflicto discurrieron de forma relativamente convencional. Roma era una potencia terrestre de primer orden, con legiones curtidas en décadas de guerras en Italia. Cartago era una potencia naval sin rival en el Mediterráneo occidental, pero su ejército terrestre dependía de mercenarios de calidad variable. Ninguna de las dos podía ganar la guerra jugando en el terreno del otro.
Roma avanzó por Sicilia con sus legiones, tomando ciudades y consolidando alianzas con las poblaciones locales que veían en Roma una alternativa al dominio cartaginés. Cartago respondió con su flota, cortando las líneas de suministro romanas y dificultando cualquier asedio prolongado de las grandes ciudades costeras. La situación se estancó pronto: Roma podía ganar batallas en tierra pero no podía tomar Panormo o Lilibeo sin controlar el mar y Cartago podía mantener sus posiciones costeras pero no podía expulsar a las legiones del interior.
La solución romana fue tan audaz como poco ortodoxa: construir una flota de guerra desde cero. Según Polibio, Roma apenas tenía experiencia naval cuando comenzó el conflicto y la flota que construyó en el 261 a.C. se basó en el modelo de un quinquerreme cartaginés que había encallado en la costa itálica. Los romanos copiaron el diseño, entrenaron a los remeros en tierra firme — una imagen que ha fascinado a los historiadores modernos — y añadieron su propia innovación táctica: el corvus, un puente de abordaje giratorio con un garfio metálico en la punta que permitía anclar la nave enemiga y convertir el combate naval en un combate de infantería sobre cubierta.
El corvus transformó la dinámica del conflicto. Roma no necesitaba superar a Cartago en maniobrabilidad naval si podía acercar sus naves y que sus legionarios hicieran el resto. Era una solución pragmática y típicamente romana: adaptar la guerra al terreno conocido en lugar de aprender a combatir en el terreno del enemigo.
Las grandes batallas navales: Milas, Écnomo y la catástrofe de Régulo
La primera gran prueba de la nueva flota romana llegó en el cabo Milas, en la costa norte de Sicilia, en el año 260 a.C. El cónsul Cayo Duilio enfrentó a la flota cartaginesa comandada por Aníbal el Rhodio — sin ninguna relación con el Aníbal Barca posterior — con una escuadra de 130 naves. El corvus funcionó exactamente como estaba previsto: los cartagineses, acostumbrados a maniobrar para embestir a las naves enemigas por el costado, no supieron reaccionar cuando los garfios romanos los anclaron y los legionarios tomaron sus cubiertas. Cartago perdió 44 naves, de las que 31 fueron capturadas intactas.
Milas fue la primera victoria naval romana de la historia. El Senado concedió a Duilio el primer triunfo naval concedido a un ciudadano romano y en el Foro se erigió una columna decorada con los espolones de bronce de las naves capturadas — la columna rostrata — que todavía existía en época imperial.
Envalentonada por el éxito, Roma tomó una decisión que a punto estuvo de costarle la guerra: llevar el conflicto directamente a África para atacar Cartago en su propio territorio. En el 256 a.C., una flota romana de 330 naves de guerra se enfrentó a la flota cartaginesa de tamaño similar frente al cabo Écnomo, en la costa sur de Sicilia. El resultado fue la mayor batalla naval de la Antigüedad en términos de número de combatientes — Polibio habla de casi 300.000 hombres en total — y terminó con una nueva victoria romana. La flota cartaginesa perdió 64 naves y el camino hacia África quedó abierto.
El ejército expedicionario romano, mandado por el cónsul Marco Atilio Régulo, desembarcó en África y avanzó hacia Cartago con un éxito inicial que pareció presagiar el fin rápido de la guerra. Las ciudades norteafricanas se rendían, las tribus bereberes aliadas de Cartago se pasaban al bando romano y el propio Régulo se permitió el lujo de imponer condiciones de paz tan duras que Cartago las rechazó: entre otras exigencias, pedía la entrega de la flota, la devolución de todos los prisioneros sin rescate y el pago de un tributo anual.
Lo que siguió fue una de las reversiones más dramáticas de la guerra. Cartago contrató al mercenario espartano Jantipo para reorganizar su ejército y en la primavera del 255 a.C., en la batalla de Túnez, Jantipo derrotó completamente al ejército de Régulo. Los elefantes de guerra cartagineses, que los romanos no habían enfrentado en ese número hasta entonces, destrozaron la infantería romana. Régulo fue capturado — el único cónsul romano hecho prisionero en toda la guerra — y pasó el resto de su vida en cautiverio en Cartago.
La historia posterior de Régulo, elaborada por la tradición romana, lo convierte en un símbolo de la virtud romana. Según el relato — probablemente más legendario que histórico — Cartago lo envió a Roma para negociar un intercambio de prisioneros, pero Régulo convenció al Senado de rechazar el trato y luego, fiel a su palabra de regresar, volvió voluntariamente a Cartago, donde murió bajo tortura. La historia tiene todos los rasgos de la construcción posterior, pero refleja los valores que Roma quería proyectar sobre su propia historia.
El largo desgaste: de Sicilia al tratado final
Tras la catástrofe africana, la guerra entró en una fase de agotamiento prolongado que duró casi 15 años. Roma y Cartago se enfrentaron en una serie de operaciones navales y terrestres en Sicilia sin que ninguno de los dos bandos lograra una victoria decisiva.
La flota romana sufrió durante este período pérdidas catastróficas, aunque no siempre por acción enemiga. Dos tormentas devastadoras, en el 255 y en el 253 a.C., destruyeron flotas enteras. Polibio calcula que Roma perdió más de 700 naves y cientos de miles de hombres durante toda la guerra, la mayoría por naufragios. Era una sangría económica y humana que ponía en cuestión la viabilidad del esfuerzo bélico.
En tierra, la guerra se concentró en el asedio de las grandes plazas fuertes cartaginesas en Sicilia. Agrigento cayó en los primeros años del conflicto, pero Panormo y sobre todo Lilibeo — el gran puerto en el extremo occidental de la isla — resistieron durante años. El asedio de Lilibeo, que comenzó en el 250 a.C., fue el más largo y costoso de toda la guerra. Cartago consiguió mantener el puerto abastecido gracias a su superioridad naval y los romanos nunca lograron tomarlo por asalto. Cuando la guerra terminó, Lilibeo seguía siendo cartaginesa en los hechos, aunque se rindió por las cláusulas del tratado.
El único general romano que logró victorias terrestres significativas en esta fase fue Lucio Cecilio Metelo, que en el 251 a.C. derrotó al ejército cartaginés en los campos de Panormo en una batalla en la que los elefantes de guerra cartagineses, acosados por proyectiles romanos, se volvieron contra sus propias tropas. La batalla de Panormo fue la primera gran derrota cartaginesa en tierra en toda la guerra y abrió el camino para la rendición de la ciudad.
La figura más interesante del período final del conflicto es Amílcar Barca, que apareció en escena en el 247 a.C., cuando la guerra llevaba ya 17 años. Amílcar tenía entonces unos 30 años y recibió el mando de las operaciones en Sicilia en un momento en que Cartago estaba agotada económicamente y Roma parecía en vías de ganar por acumulación. Lo que Amílcar hizo con esos recursos limitados fue notable: estableció una base en el monte Ercte, en la costa norte de Sicilia, desde la que lanzó una guerra de guerrillas que mantuvo en jaque a las legiones romanas durante años. No podía ganar la guerra, pero podía prolongarla indefinidamente.

El desenlace no llegó por tierra sino por mar y fue Roma la que dio el golpe final. En el 243 a.C., Roma estaba tan exhausta financieramente que el Senado no podía costear una nueva flota. La solución fue una suscripción privada entre los ciudadanos más ricos, que prestaron el dinero necesario para construir 200 quinquerremes bajo el acuerdo de que recuperarían su inversión con el botín de guerra si Roma vencía. Fue una apuesta que dice mucho sobre la confianza de la élite romana en la victoria final.
La nueva flota, construida con los diseños mejorados por dos décadas de experiencia naval, se enfrentó a la flota cartaginesa en las islas Egadas, frente al cabo Lilibeo, el 10 de marzo del 241 a.C. El resultado fue devastador para Cartago: perdió 50 naves hundidas y 70 capturadas, con más de 10.000 prisioneros. La flota cartaginesa quedó destruida como fuerza combatiente.
El tratado del Lutacio: las condiciones de la paz
Amílcar Barca, todavía invicto en su montaña siciliana, recibió la noticia de la derrota naval y comprendió que la guerra había terminado. Negoció la rendición con la dignidad que cabía esperar de él: los soldados cartagineses en Sicilia pudieron marcharse con sus armas y sin rescate. Era una cláusula inusualmente generosa para el vencido y refleja el respeto que el cónsul romano Cayo Lutacio Catulo sentía por un adversario que nunca había sido derrotado en el campo.
El Tratado del Lutacio, firmado en el 241 a.C., estableció las condiciones de la paz. Cartago renunciaba a toda pretensión sobre Sicilia y las islas adyacentes, agaba una indemnización de guerra de 3.200 talentos de plata, distribuida en diez años, liberaba a todos los prisioneros romanos sin rescate y se comprometía a no reclutar mercenarios en los territorios bajo influencia romana.
Las condiciones eran duras pero no humillantes. Roma no exigió la rendición de la flota ni la ocupación de territorio africano. Cartago seguía siendo una potencia independiente con capacidad de recuperarse. Lo que Roma quería era el control de Sicilia y la eliminación de Cartago como rival comercial en el Mediterráneo occidental y eso lo conseguía sin necesidad de destruir a su adversario.
Sicilia se convirtió en la primera provincia romana fuera de Italia y la experiencia de administrar un territorio no itálico sería el modelo para todas las provincias que Roma crearía en los siglos siguientes.
Las consecuencias: la guerra de los mercenarios y la semilla de Aníbal
El fin de la primera guerra púnica no trajo la paz a Cartago. Casi de inmediato estalló el conflicto más brutal de toda la historia cartaginesa: la guerra de los mercenarios, también conocida como la «guerra inexpiable» — bellum inexpiabile en latín — porque ninguna de las dos partes dio cuartel.
Los mercenarios que Cartago había prometido pagar al final de la guerra siciliana no recibieron su soldada. Cartago, agotada económicamente por la indemnización a Roma y por los costes de dos décadas de guerra, intentó renegociar los contratos a la baja y los mercenarios respondieron con una rebelión que duró tres años y medio, del 241 al 238 a.C., y que estuvo a punto de destruir Cartago. Las ciudades norteafricanas se unieron a los mercenarios. Las provincias sardas también. En el momento más crítico, Cartago estaba sitiada por tierra y sin recursos para pagar un nuevo ejército.
Fue Amílcar Barca quien salvó Cartago. Con una mezcla de táctica brillante, crueldad calculada y capacidad para mantener la moral de sus tropas en las peores circunstancias, aplastó la rebelión en el 238 a.C. Polibio, que no simpatizaba especialmente con Cartago, describe las campañas de Amílcar en esos años con una admiración apenas disimulada.
Roma aprovechó la debilidad de Cartago durante la guerra de los mercenarios para violar el Tratado del Lutacio y apoderarse de Cerdeña y Córcega, que Cartago no estaba en condiciones de defender. Exigió además una indemnización adicional de 1.200 talentos. Fue un acto de pillaje diplomático que los cartagineses no olvidaron y que Amílcar, según Livio, citó expresamente como una de las razones para iniciar la expansión en Hispania. La semilla de la Segunda Guerra Púnica se plantó en ese momento.
Amílcar desembarcó en Hispania en el 237 a.C. con su joven hijo Aníbal de la mano —el propio Aníbal contó más tarde que le había suplicado a su padre que lo llevara y que Amílcar le hizo jurar odio eterno a Roma antes de permitírselo— y comenzó la construcción del Imperio barcida en la península ibérica. Lo que siguió, todos lo sabemos.
Las grandes batallas navales de la primera guerra púnica
| Batalla | Año | Resultado | Consecuencia |
|---|---|---|---|
| Agrigento (terrestre) | 262 a.C. | Victoria romana | Roma consolida el interior de Sicilia |
| Cabo Milas (naval) | 260 a.C. | Victoria romana | Primera victoria naval romana de la historia; el corvus demuestra su eficacia |
| Cabo Écnomo (naval) | 256 a.C. | Victoria romana | Roma desembarca en África; mayor batalla naval de la Antigüedad |
| Túnez (terrestre) | 255 a.C. | Victoria cartaginesa | Captura de Régulo; Roma pierde todo lo ganado en África |
| Panormo (terrestre) | 251 a.C. | Victoria romana | Primera derrota cartaginesa con elefantes; caída de Panormo |
| Islas Egadas (naval) | 241 a.C. | Victoria romana | Destrucción de la flota cartaginesa; fin de la guerra |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Polibio. Historias, libros I-II. Traducción de M. Balasch Recort. Gredos, Madrid, 1981.
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- Diodoro Sículo: Biblioteca histórica, libros XXIII-XXIV. Fragmentos sobre la primera guerra púnica.
- Apiano. Historias Romanas — Sicelica y Libyca. Fragmentos conservados.
En español
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- Blázquez Martínez, J. M.: Historia del Mediterráneo antiguo. Cátedra, Madrid, 1994.
- Capalvo, A.: Celtiberia. Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1996.
- Connolly, P.: Las legiones romanas. Anaya, Madrid, 1989.
- Ferrer Maestro, J. J.: La República romana y sus aliados. Publicaciones de la Universitat Jaume I, Castellón, 2000.
- García Riaza, E.: Celtíberos y lusitanos frente a Roma: diplomacia y derecho de guerra. Universidad del País Vasco, Vitoria, 2002.
- González Wagner, C.: Cartago: historia de una metrópolis mediterránea. Alderabán, Madrid, 1999.
- Huss, W.: Los cartagineses. Gredos, Madrid, 1993.
- Lancel, S.: Cartago. Crítica, Barcelona, 1994.
- Sáez Abad, R.: Zama: el fin del sueño cartaginés. Almena, Madrid, 2006.
En inglés
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- Hoyos, D. (ed.): A Companion to the Punic Wars. Wiley-Blackwell, Oxford, 2011.
- Lazenby, J. F.: The First Punic War: A Military History. UCL Press, London, 1996.
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- Tipps, G. K.: «The Battle of Ecnomus«. Historia, vol. 34, 1985, pp. 432-465.
- Walbank, F. W.: A Historical Commentary on Polybius, vol. I. Clarendon Press, Oxford, 1957.
Recursos digitales:
- Livius — Artículos sobre las Guerras Púnicas
- JSTOR — Artículos académicos sobre historia naval romana
- Real Academia de la Historia — Diccionario Biográfico Español
Preguntas frecuentes sobre la primera guerra púnica
¿Por qué empezó la primera guerra púnica?
El detonante inmediato fue la petición de ayuda de los mamertinos, un grupo de mercenarios itálicos que controlaban Mesina y se encontraban amenazados por Siracusa y por una guarnición cartaginesa. Roma decidió intervenir, lo que Cartago interpretó como una declaración de hostilidades. Pero las causas profundas eran estructurales: Roma acababa de unificar Italia y buscaba expandir su influencia en el Mediterráneo occidental, la misma región que Cartago consideraba su esfera natural de dominio. El choque era prácticamente inevitable.
¿Qué fue el corvus y por qué cambió la guerra?
El corvus fue una innovación táctica romana: un puente de abordaje giratorio con un garfio metálico en la punta que se instalaba en la proa de las naves de guerra. Cuando una nave enemiga se acercaba lo suficiente, el corvus caía sobre su cubierta y la anclaba, permitiendo a los legionarios romanos cruzar y combatir mano a mano. La invención transformó los combates navales en batallas de infantería sobre el agua, eliminando la ventaja de la mayor maniobrabilidad cartaginesa. Funcionó brillantemente en las primeras batallas, aunque su peso también hacía a las naves más vulnerables a las tormentas.
¿Quién fue Régulo y qué le pasó?
Marco Atilio Régulo fue el cónsul romano que dirigió la expedición a África en el 256-255 a.C. Tras varios éxitos iniciales, fue derrotado y capturado por el mercenario espartano Jantipo en la batalla de Túnez. La tradición romana posterior lo convirtió en símbolo de virtud: según el relato, Cartago lo envió a Roma para negociar un intercambio de prisioneros, pero Régulo convenció al Senado de rechazar el trato y regresó voluntariamente a Cartago, donde murió bajo tortura. Los historiadores modernos son escépticos sobre los detalles del relato, que encaja demasiado perfectamente con los valores que Roma quería proyectar, pero el núcleo histórico — su captura y muerte en cautiverio — es indudable.
¿Por qué tardó tanto en resolverse la guerra?
Veintitrés años es un período extraordinariamente largo para un conflicto de la Antigüedad, y la razón principal es que ninguno de los dos bandos podía ganar en el terreno del otro. Roma era imbatible en tierra pero tardó años en construir una flota competente. Cartago dominaba el mar pero no podía expulsar a las legiones del interior de Sicilia. El resultado fue un agotador desgaste en el que ambos bandos sufrieron pérdidas enormes — muchas de ellas por tormentas más que por combate — sin que ninguno lograra una ventaja decisiva hasta la batalla final de las Egadas.
¿Qué pasó con Amílcar Barca durante la primera guerra púnica?
Amílcar llegó a Sicilia muy tarde, en el 247 a.C., cuando la guerra llevaba ya diecisiete años. Con recursos limitados, estableció una base en el monte Ercte y luego en Éryx y condujo una guerra de guerrillas brillante que nunca fue aplastada militarmente. Cuando la guerra terminó en el 241 a.C., Amílcar era el único general cartaginés que podía considerarse invicto. Esa experiencia — la conciencia de haber sido derrotado diplomáticamente, no militarmente — marcó profundamente su visión de Roma y su determinación de construir en Hispania un poder suficiente para vengar la derrota.
¿Cómo afectó la primera guerra púnica a la relación posterior entre Roma y Cartago?
La guerra dejó heridas que no cicatrizaron. Roma violó el Tratado del Lutacio al apoderarse de Cerdeña y Córcega durante la guerra de los mercenarios, exigiendo además una indemnización adicional que Cartago no estaba en condiciones de rechazar. Los cartagineses, y los Barcidas en particular, nunca olvidaron esa humillación. La expansión de Amílcar y Aníbal en Hispania fue, en parte, una preparación deliberada para el revancha. La primera guerra púnica no resolvió la rivalidad entre Roma y Cartago: la aplazó y la intensificó.
¿Cuándo y cómo terminó la primera guerra púnica?
Terminó el 10 de marzo del 241 a.C. con la batalla de las islas Egadas, frente al cabo Lilibeo en el extremo occidental de Sicilia. La nueva flota romana, financiada mediante una suscripción privada de los ciudadanos más ricos de Roma, destruyó a la flota cartaginesa, que transportaba suministros para las guarniciones sitiadas. Cartago perdió 50 naves hundidas y 70 capturadas. Sin flota, la posición cartaginesa en Sicilia era insostenible, y Amílcar Barca negoció la rendición. El Tratado del Lutacio, firmado ese mismo año, cedía Sicilia a Roma y obligaba a Cartago a pagar una indemnización de 3.200 talentos en diez años.












