Para los antiguos egipcios, la realidad era el teatro perpetuo de una batalla entre el orden y el caos. Cada amanecer, el dios sol Ra emergía de Nun, el océano primordial caótico, en un acto de creación diaria. Cada atardecer, Nut devoraba a Ra en el horizonte occidental y el dios sol viajaba durante la noche a través de su vientre, recorriendo los doce reinos del inframundo donde debía defender el universo contra Apofis, la serpiente del caos que acechaba en la oscuridad, para ser parido de nuevo al amanecer por el horizonte oriental. Cada amanecer, Ra emergía nuevamente. La creación ocurría de forma constante, ritual y perpetua.
Este entendimiento fundamental transformó toda la religión y la cultura egipcia. No era suficiente simplemente existir: existir requería participación en el ritual cósmico, requería que los seres humanos reforzaran el orden divino mediante la liturgia, la oración y la reafirmación diaria de que el caos sería mantenido a raya. La cosmología egipcia no era mera especulación filosófica sino un sistema de práctica religiosa concreta, un ritmo diario y estacional que reflejaba la batalla cósmica.
Nun es el océano primordial infinito, la potencia acuática caótica de la cual emergió toda forma. Atum, el dios creador, se auto-generó del caos de Nun, diferenciándose de la potencia sin forma. Pero Atum, aunque creador, depende de una renovación perpetua: sin los rituales diarios de los sacerdotes, sin la reafirmación constante de su poder creativo, Atum podría ser absorbido nuevamente en Nun y el caos lo reclamaría todo.
Apofis, la serpiente del caos, es una amenaza perpetua que no puede ser destruida pero que debe ser constantemente derrotada. Cada noche, durante el viaje de Ra a través del inframundo, Apofis acecha lista para devorar al sol. Los magos y los dioses luchan sin descanso contra ella, y la serpiente es derrotada noche tras noche, pero resurge cada noche, lista para nuevas luchas. El universo egipcio es un universo que permanece en existencia únicamente porque la vigilancia contra el caos nunca cesa.
Nun: el océano primordial indiferenciado
Nun es anterior a toda creación, el estado primordial donde nada está diferenciado y donde la potencia es ilimitada pero carece de forma. No es meramente agua sino la potencia del agua, el principio acuático primordial. Nun es tanto elemento como espacio, tanto sustancia como vacío, e infinito en todas las direcciones, eternamente quieto pero cargado de una potencia sin límite.
La característica más importante de Nun es su indiferenciación. En Nun no existen formas definidas: todo es potencia sin forma, la comprensión de la realidad anterior a la estructura, el estado de existencia antes de que la conciencia divina hubiera impuesto el orden. Nun es tanto generador como amenaza, generador porque de él surge toda forma y amenaza porque sin la diferenciación constante, toda forma retorna inevitablemente a Nun.
Atum se auto-generó de Nun mediante un acto de voluntad divina y, una vez emergido, diferenció nuevas potencias de sí mismo: Shu, el aire y Tefnut, la humedad, y luego Geb, la tierra y Nut, el cielo. Pero cada una de estas diferenciaciones es un acto de contención de la potencia primordial de Nun, que permanece bajo toda la creación como la base acuática primordial sobre la que toda forma está construida.
Lo extraordinario es que Nun no es presentado como un enemigo del orden sino simplemente como la realidad primordial anterior a él. Los dioses no pueden destruir a Nun porque Nun es una condición necesaria de la existencia misma. Lo que los dioses hacen es estructurarlo, diferenciarlo y domesticarlo, pero Nun permanece siempre, perpetuamente listo para reabsorber toda la creación si la vigilancia divina se debilita.
Atum: el creador auto-generado que continúa creando
Atum es el primer dios, auto-generado de Nun mediante un acto de pura voluntad divina. Su nombre significa «el completo», sugiriendo que su auto-creación es un acto de totalidad, que Atum surge completo de Nun sin necesidad de un creador externo. El acto de auto-creación de Atum es la primera diferenciación, la primera imposición de forma sobre el caos primordial.
Lo crucial es que Atum, aunque es el creador supremo, no es todopoderoso en el sentido de poder descansar en su creación y dejar que prosiga de forma independiente. Atum debe renovar su creación de manera continua. Cada día viaja a través del cielo en su manifestación como Ra, el dios sol, con el que se fusiona frecuentemente para representar el aspecto generador y el aspecto solar de una misma divinidad. Cada noche debe navegar el inframundo defendiendo la creación contra Apofis.
Atum es así una divinidad que trabaja sin descanso para mantener la creación en existencia, lo que contrasta con las concepciones de dioses que simplemente crean y luego disfrutan de su obra. Atum está atrapado en su propia creación, obligado a mantenerla, incapaz de un descanso eterno porque si descansa, Apofis prevalecerá y todo colapsará.
Apofis: la serpiente del caos que resurge cada noche
Apofis es la serpiente primordial del caos, quizá más antigua incluso que Atum. Es la potencia del caos acuático, la amenaza perpetua que representa el potencial de que Nun, el océano primordial, reclame toda la creación. Apofis no puede ser destruida definitivamente porque es la encarnación de una potencia fundamental: el potencial del caos, la amenaza permanente de la indiferenciación.
Cada noche, durante el viaje de Ra a través del inframundo, la Duat, Apofis acecha. Es representada como una serpiente colosal de un tamaño inconcebible, cuyo cuerpo sinuoso llena las cavernas del inframundo. Apofis intenta devorar a Ra, engullir el sol y con él la creación entera, pero Ra, con la ayuda de otros dioses como Set, derrota a Apofis noche tras noche.
Lo que hace a Apofis verdaderamente singular es que no puede ser derrotada de forma definitiva sino que cada noche reaparece, renovada en su ferocidad. Los egipcios realizaban rituales específicamente diseñados para debilitar a Apofis durante la noche: textos mágicos, invocaciones y dramatizaciones del combate. Los sacerdotes creían que su participación en estos rituales contribuía al poder de Ra en su batalla nocturna y que sin la ayuda de los seres humanos, Ra podría llegar a fallar.
Apofis es así no solamente una enemiga de los dioses sino también de la humanidad entera. Si Ra fuera devorado, el sol no saldría, toda vida moriría y el cosmos se disolvería en el caos primordial. La lucha contra Apofis es la lucha por la persistencia de la vida misma, una lucha que nunca termina.
Sekhmet: la potencia de la ira divina necesaria para mantener el orden
Sekhmet es la diosa leona, la encarnación de la ira divina. Mientras que Hathor, su contraparte gentil, representa el amor y la protección, Sekhmet representa la necesidad de la violencia, el castigo y la destrucción selectiva. Su nombre significa «la poderosa», y su poder es el poder de la aniquilación. Pero no es un poder arbitrario sino necesario.
Sekhmet emerge cuando el orden cósmico es amenazado, cuando los seres humanos se han vuelto demasiado depravados o cuando el caos primordial comienza a filtrarse en el mundo ordenado. Su función es restaurar el orden mediante la violencia y encarna una verdad que muchas religiones prefieren ignorar: que para mantener el orden, la destrucción selectiva es a veces inevitable y que esa capacidad destructora es también un aspecto de la divinidad suprema.
Para los egipcios, rechazar la naturaleza destructiva de la realidad, rechazar a Sekhmet, habría sido rechazar la realidad misma. Por eso Sekhmet es venerada, comprendida e integrada en el sistema religioso como un aspecto necesario de lo divino.
Ma’at e Isfet: la eterna batalla entre el orden y el caos
La cosmología egipcia es en esencia la batalla perpetua entre Ma’at, el orden y la justicia cósmicos, e Isfet, el caos y el desorden. Ma’at no es meramente un concepto abstracto sino una fuerza real, una potencia divina que mantiene el universo funcionando según la ley. Isfet es la potencia opuesta, la tendencia hacia el colapso, la degeneración y la anarquía.
Ma’at es representada como una mujer con una pluma de avestruz, que es la insignia de la verdad, la justicia y el orden. Cuando un ser humano moría, su corazón era pesado contra esa pluma en la balanza del juicio. Si el corazón era más pesado que la pluma, significaba que la persona había vivido sin justicia y había contribuido a Isfet. Si era más ligero o igual, significaba que había vivido según Ma’at y había contribuido al orden cósmico.
Isfet no tiene una deidad específica como Ma’at sino que es simplemente la tendencia hacia el caos, la entropía cósmica que se produce cuando la vigilancia divina se debilita. Está presente en el desorden social, en la ausencia de ley, en la guerra civil y en las enfermedades. Cuando Isfet prevalece, la sociedad colapsa, las inundaciones no llegan y el Nilo se seca.
Lo importante es que los egipcios comprendían que Isfet no puede ser completamente eliminado. El caos es parte fundamental de la realidad y lo que los dioses y los seres humanos pueden hacer es afirmar Ma’at de forma constante, renovar el poder del orden frente a la tendencia perpetua hacia el colapso. La vida es una vigilancia perpetua contra Isfet.
Atum y Ra: la renovación solar diaria como acto de creación
La identificación de Atum con Ra es central a la cosmología egipcia. Atum es el creador primordial, la potencia generadora inmóvil. Ra es la manifestación móvil de esa potencia, el viaje diario del sol que representa la creación renovada cada día.
Cada amanecer, Ra es parido de nuevo por Nut en el horizonte oriental y este no es simplemente un movimiento astral sino un acto cosmológico: Ra está naciendo nuevamente y el universo está siendo recreado. La noche anterior, el caos había amenazado y Apofis había acechado en las cavernas del inframundo, pero Ra había navegado el vientre de Nut, había derrotado a la serpiente y había mantenido la creación en existencia. Al amanecer, emerge renovado y listo para otro día de gobierno, otra jornada de mantener el orden contra el caos.
Cada atardecer, Nut devora a Ra en el horizonte occidental y el dios sol comienza su viaje nocturno a través de su vientre, donde libra su batalla contra Apofis en las profundidades del Duat. Los egipcios comprendían que la noche no era simplemente la ausencia de luz sino un tiempo de peligro cósmico, el momento en que el caos podía prevalecer si la vigilancia se debilitaba.
Esta comprensión hizo que los egipcios fueran extraordinariamente activos en sus rituales nocturnos. Se recitaban textos mágicos para proteger al sol durante su viaje, se presentaban ofrendas a Ra y se dramatizaban las batallas del inframundo. Los egipcios sabían que su participación en estos rituales contribuía al poder de Ra y que sin la ayuda de los seres humanos, el dios sol podría no sobrevivir a la noche.
La participación humana en el mantenimiento del cosmos
Una característica distintiva de la religión egipcia es que los seres humanos no eran meros espectadores del drama cósmico sino participantes activos e indispensables. Mediante el ritual, la oración y las ofrendas correctas, los seres humanos contribuían al poder de los dioses en su lucha por mantener el orden.
El faraón era considerado la encarnación de Horus, hijo de Osiris y era el responsable de mantener Ma’at en la tierra. Los sacerdotes realizaban rituales diarios en los templos diseñados específicamente para renovar el poder de los dioses y los ciudadanos ordinarios, viviendo según Ma’at y actuando con justicia, contribuían también al mantenimiento del orden cósmico.
La muerte y el más allá también eran comprendidos en el contexto de la batalla cósmica. El alma del difunto debía navegar el inframundo, vencer a los demonios que la amenazaban y ser juzgada según Ma’at. Si el alma era justa, continuaba existiendo en el más allá. Si era injusta, era aniquilada y devorada por Ammit, la «devoradora de los muertos». Cada alma tenía el potencial de contribuir al orden o al caos incluso después de la muerte.
El ciclo de la inundación como ritmo cósmico
Los egipcios observaban que la inundación anual del Nilo era el evento más importante de su año. Cuando la inundación llegaba, la tierra se fertilizaba y podía producir cosechas abundantes pero cuando fallaba, la hambruna y la muerte eran inevitables. Los egipcios comprendían que esta inundación anual era el reflejo terrestre del ciclo cósmico: el caos primordial de Nun, la diferenciación de Atum y la renovación diaria de Ra tenían su equivalente directo en el ritmo del río que sostenía su civilización.
Cuando la inundación no ocurría, los egipcios lo interpretaban como una señal de que los dioses habían fallado, de que el caos estaba prevaleciendo y de que Ma’at se debilitaba. En tiempos de sequía prolongada, intensificaban sus rituales, apelaban con mayor fervor a los dioses y buscaban restaurar el orden cósmico mediante actos de devoción más intensos. El Nilo no era simplemente un río sino la manifestación más visible de la batalla entre el orden y el caos que definía toda su cosmología.
Artículos relacionados con entidades cósmicas primordiales
- Entidades cósmicas primordiales de todas las tradiciones
- Entidades cósmicas del Cercano Oriente: Tiamat, Leviatán, Ahriman y el caos primordial
- Entidades primordiales griegas: Caos, Gaia, Eurynome
- Potencias cósmicas nórdicas: Ymir, Jörmungandr, Ragnarök
- Fuerzas primordiales hindúes: Kali, Shakti, Vritra
- Creadores primordiales mesoamericanos: Cipactli, Quetzalcóatl
- Potencias cósmicas chinas: Pangu, Nüwa, Longwang
Estos artículos profundizan en las potencias primordiales egipcias específicas:
- Mitología egipcia: guía completa
- Nun: el océano primordial indiferenciado de donde toda forma surge
- Apofis: la serpiente del caos derrotada cada noche por Ra
- Ra: el dios sol y su viaje diario de renovación creativa
- Ma’at e Isfet: la batalla eterna entre el orden y el caos
Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Textos de las Pirámides (c. 2400-2300 a.C.).
- Libro de los Muertos (Libro de la Salida al Día).
- Amduat («Lo que está en el más allá»). Trad. al inglés: Hornung, Erik. The Ancient Egyptian Books of the Afterlife. Cornell University Press, Ithaca, 1999.
Bibliografía:
- Sánchez Rodríguez, Ángel. Diccionario de mitología egipcia. Alderabán, Madrid, 1998.
- Vernus, Pascal y Yoyotte, Jean. Diccionario de los faraones. Planeta, Barcelona, 1998.
- Eliade, Mircea. Historia de las creencias y las ideas religiosas. Vol. 1. Paidós, Barcelona, 1999.
- Hornung, Erik. Conceptions of God in Ancient Egypt: The One and the Many. Cornell University Press, Ithaca, 1982.
- Pinch, Geraldine. Egyptian Mythology: A Guide to the Gods, Goddesses, and Traditions of Ancient Egypt. Oxford University Press, Oxford, 2002.
- Assmann, Jan. The Search for God in Ancient Egypt. Cornell University Press, Ithaca, 2001.
- Quirke, Stephen. The Cult of Ra: Sun-Worship in Ancient Egypt. Thames and Hudson, Londres, 2001.
Preguntas frecuentes sobre entidades cósmicas egipcias
¿Qué es Nun en la mitología egipcia?
Nun es el océano primordial que existía antes de la creación en la cosmología egipcia, el estado original de la realidad donde nada estaba diferenciado y toda potencia era ilimitada pero carecía de forma. No es simplemente agua en el sentido físico sino el principio acuático primordial, la substancia de la que emergió toda existencia. A diferencia de otras mitologías donde el caos primordial es derrotado y eliminado, Nun nunca desaparece: permanece bajo toda la creación como su base y su amenaza constante. Los egipcios representaban a Nun como un hombre azul o verde sumergido hasta la cintura en el agua, con los brazos alzados sosteniendo la barca solar, lo que refleja su naturaleza paradójica de sustentador y amenaza al mismo tiempo. Cada amanecer, cuando Ra emergía del horizonte, los egipcios lo comprendían como una nueva emergencia del océano primordial de Nun, una recreación del acto original de diferenciación cósmica.
¿Por qué Nut devora a Ra cada atardecer?
La imagen de Nut devorando a Ra al atardecer y pariéndolo de nuevo al amanecer es una de las más poderosas y coherentes de la cosmología egipcia. Nut es la diosa del cielo, representada como una mujer arqueada sobre la tierra con las estrellas pintadas en su vientre, y su relación con Ra no es de hostilidad sino de ciclo natural. Al atardecer, Ra es engullido por Nut y viaja durante la noche a través de su cuerpo, recorriendo los doce reinos del inframundo —el Duat— mientras combate a Apofis. Al amanecer, Nut lo pare de nuevo en el horizonte oriental, renovado y listo para gobernar el día. Este ciclo de deglución y nacimiento es la representación más vívida del concepto egipcio de renovación perpetua: Ra no simplemente se mueve por el cielo sino que muere y renace cada día, y con él el universo entero. En muchos sarcófagos egipcios se pintaba a Nut en la tapa interior precisamente para que el difunto pudiera ser también «tragado» y «renacido» como Ra.
¿Puede Apofis ser destruida definitivamente?
No, y esa es precisamente la diferencia fundamental entre Apofis y los monstruos del caos de otras mitologías. Apofis es la encarnación de una potencia primordial, el caos acuático que subyace toda la creación, y como tal no puede ser aniquilada de forma permanente. Cada noche es derrotada por Ra con la ayuda de otros dioses como Set, pero cada noche resurge, renovada en su ferocidad, lista para atacar de nuevo. Esta incapacidad de destrucción definitiva era tomada con absoluta seriedad por los egipcios: existían textos rituales específicos, como el Libro de Apofis o Apep (conocido también como Amduat), que contenían conjuros, maldiciones e instrucciones detalladas para debilitar a la serpiente durante la noche. Los sacerdotes realizaban rituales en los que escupían sobre imágenes de Apofis, las quemaban y las pisoteaban, contribuyendo simbólicamente a la victoria nocturna de Ra. La permanencia de Apofis refleja la convicción egipcia de que el caos es una condición permanente de la realidad que debe ser combatida sin descanso.
¿Qué es Ma’at y cómo se relaciona con la vida cotidiana egipcia?
Ma’at es el principio de orden, verdad y justicia cósmicos que sostiene el universo egipcio. No es simplemente una diosa sino una fuerza omnipresente que regula el movimiento de los astros, el ciclo del Nilo, el comportamiento de los dioses y la conducta de los seres humanos. Su representación como mujer con una pluma de avestruz resume su esencia: la pluma, ligera y perfecta, es el estándar contra el que se mide el peso del corazón humano en el juicio de los muertos. En la vida cotidiana, vivir según Ma’at significaba actuar con justicia, honrar a los padres, no robar ni mentir, cuidar a los débiles y cumplir con las obligaciones rituales. El faraón era considerado el garante supremo de Ma’at en la tierra: sus victorias militares, sus obras de construcción y sus rituales religiosos eran todos actos de afirmación del orden cósmico. Cuando Ma’at se debilitaba —en tiempos de guerra civil, sequía o injusticia— los egipcios lo interpretaban como un fallo cósmico que debía ser corregido mediante la renovación del orden ritual y social.
¿Cuál es la diferencia entre el Duat y el reino de Nun?
El Duat y Nun son dos realidades distintas aunque relacionadas en la cosmología egipcia. Nun es el océano primordial caótico que existía antes de la creación y que rodea y subyace todo el cosmos: es la potencia del caos sin forma, anterior a cualquier estructura. El Duat, en cambio, es el inframundo estructurado, el reino de los muertos que Ra recorre cada noche durante su viaje a través del vientre de Nut. El Duat tiene una geografía precisa: está dividido en doce cavernas o reinos correspondientes a las doce horas de la noche, cada uno con sus propios guardianes, peligros y divinidades. Es un lugar peligroso pero no simplemente caótico: tiene leyes, tiene estructura y tiene un propósito cosmológico claro. La confusión entre ambos surge porque el Duat está situado en las profundidades de la tierra, cerca del sustrato primordial de Nun, y porque Apofis, la encarnación del caos de Nun, acecha precisamente en el Duat. Pero mientras Nun es caos puro y anterior a toda forma, el Duat es una región ordenada del cosmos donde el drama nocturno de Ra se desarrolla con una lógica precisa.
¿Por qué Set ayuda a Ra contra Apofis si es un dios del caos?
La relación de Set con Apofis es uno de los aspectos más complejos y fascinantes de la religión egipcia. Set es el dios de la tormenta, el desierto y la violencia, y en muchos mitos es el antagonista de Osiris y Horus. Sin embargo, durante el viaje nocturno de Ra, Set ocupa la proa de la barca solar y combate a Apofis con su lanza, siendo en muchos textos el defensor más activo del dios sol. Esta aparente contradicción refleja la sofisticación de la teología egipcia: Set no es un dios del mal sino una fuerza de poder bruto y violencia que puede ser tanto destructiva como protectora según el contexto. Su energía salvaje, que en el mundo humano es perturbadora, resulta ser exactamente la potencia necesaria para combatir a Apofis en las profundidades del Duat. Los egipcios comprendían que incluso las fuerzas más perturbadoras del cosmos tienen su función en el mantenimiento del orden, y que la fuerza de Set, correctamente dirigida, es indispensable para que Ra sobreviva cada noche.
¿Qué es Isfet y cómo amenaza el orden cósmico?
Isfet es el principio opuesto a Ma’at, la encarnación del caos, la injusticia y el desorden en la cosmología egipcia. A diferencia de Apofis, que es una entidad concreta y amenazante, Isfet es más bien una tendencia, una fuerza entrópica que se filtra en el mundo cuando el orden se debilita. No tiene una representación iconográfica fija ni una deidad personal que la encarne: es simplemente lo que sucede cuando Ma’at falla. Isfet se manifiesta en el desorden social, la injusticia, la enfermedad, la guerra civil, la sequía y cualquier forma de ruptura del orden natural. Los egipcios creían que la acumulación de Isfet en el mundo podía debilitar a los dioses y fortalecer a Apofis, creando un círculo vicioso en el que el caos humano alimentaba el caos cósmico. Por eso la participación humana en el mantenimiento de Ma’at no era opcional sino una obligación cósmica: cada acto justo fortalecía el orden del universo, y cada injusticia lo debilitaba.
¿Qué papel tenía el faraón en el mantenimiento del orden cósmico?
El faraón ocupaba en la cosmología egipcia una posición única e insustituible: era simultáneamente un ser humano y una divinidad, la encarnación viva de Horus y, tras su muerte, de Osiris. Su función principal no era simplemente gobernar el país sino mantener Ma’at, el orden cósmico, en la tierra. Cada ritual que el faraón realizaba —y los textos describen rituales diarios desde el amanecer hasta el anochecer— era un acto de afirmación del orden del universo. Sus victorias militares eran presentadas no como conquistas políticas sino como victorias de Ma’at sobre Isfet. Sus grandes construcciones, como los templos y las pirámides, eran actos de ordenación del espacio físico según los principios cósmicos. Incluso la figura del faraón en los relieves, siempre más grande que los demás personajes y en postura de dominio, era una afirmación visual de que el orden prevalecía sobre el caos. Sin el faraón cumpliendo su función ritual, los egipcios creían que el cosmos entero podía desestabilizarse.
¿Cómo se relaciona la inundación del Nilo con la cosmología egipcia?
La inundación anual del Nilo, llamada Akhet, era el evento más importante del calendario egipcio y estaba directamente integrada en la cosmología como manifestación terrestre del ciclo cósmico. Cuando las aguas del Nilo crecían y fertilizaban los campos, los egipcios lo comprendían como la expresión del poder regenerador de Nun, el océano primordial, controlado y domesticado por los dioses para dar vida en lugar de destruir. El limo depositado por la inundación era llamado kemet —tierra negra—, en contraposición a deshret —tierra roja—, el desierto estéril que representaba el dominio del caos. La regularidad de la inundación era prueba de que Ma’at funcionaba, de que los dioses mantenían el orden. Cuando la inundación fallaba o era excesiva, los egipcios lo interpretaban como un fallo de Ma’at y respondían con rituales intensificados. Esta integración del fenómeno natural en el sistema cosmológico es una de las características más distintivas de la religión egipcia: para los egipcios, la geografía del Nilo y la geografía del cosmos eran expresiones de una misma realidad.
¿Qué ocurre con el alma egipcia después de la muerte?
El concepto egipcio del alma es considerablemente más complejo que el de otras tradiciones antiguas, porque los egipcios creían que el ser humano estaba compuesto por múltiples elementos espirituales. El ka era la fuerza vital, el ba era algo similar a la personalidad o el alma individual, y el akh era la forma transfigurada que el difunto alcanzaba tras superar el juicio. Tras la muerte, el ba del difunto debía navegar el Duat, el inframundo, enfrentándose a los guardianes de cada una de las doce cavernas y respondiendo correctamente a sus preguntas mediante los conjuros del Libro de los Muertos. Al final del viaje llegaba a la Sala de las Dos Verdades, donde el dios Anubis pesaba el corazón del difunto contra la pluma de Ma’at ante la presencia de cuarenta y dos jueces divinos. Si el corazón era ligero —es decir, si el difunto había vivido según Ma’at—, Osiris le concedía la vida eterna en el Campo de Juncos. Si el corazón era pesado, la criatura Ammit, mitad cocodrilo, mitad leona y mitad hipopótamo, lo devoraba, borrando al difunto de la existencia para siempre.









