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La tercera guerra púnica: la destrucción de Cartago

by Marcelo Ferrando Castro
25 febrero, 2026
in Roma
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Legiones romanas entrando en Cartago durante el asedio final de la tercera guerra púnica (146 a.C.)

El asedio final de Cartago (146 a.C.): las legiones de Escipión Emiliano entraron por el puerto y combatieron durante 17 días calle por calle hasta reducir la ciudad más antigua de Occidente a cenizas. Crédito: Red Historia

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En el año 146 a.C., la ciudad más antigua de Occidente dejó de existir. Cartago, fundada por colonos fenicios en torno al siglo IX a.C. y durante siglos la potencia comercial dominante del Mediterráneo occidental, fue arrasada hasta los cimientos tras 17 días de combate urbano. Sus habitantes fueron vendidos como esclavos, sus murallas demolidas, sus edificios incendiados y su territorio convertido en provincia romana. El general que dirigió el asedio final, Escipión Emiliano, contempló las llamas desde una colina y, según Polibio que estaba a su lado, rompió a llorar mientras recitaba versos de la Ilíada sobre la caída de Troya.

La tercera guerra púnica es la más breve y la menos militarmente compleja de las tres: duró tres años, del 149 al 146 a.C. y desde el principio fue un conflicto profundamente desigual entre una potencia en la cima de su poder y una ciudad que había sido desarmada medio siglo antes. No fue una guerra en el sentido pleno del término, sino un asedio prolongado con un resultado que nunca estuvo en duda.

Lo que la hace históricamente fascinante no es la campaña militar sino las preguntas que rodean todo el episodio: ¿por qué Roma decidió destruir una ciudad que no representaba ninguna amenaza real? ¿Qué papel jugó la propaganda en la fabricación del pretexto? ¿Qué significa que la civilización más poderosa de su tiempo eligiera el exterminio cuando la rendición habría sido suficiente?

La respuesta a esas preguntas dice tanto sobre Roma como sobre Cartago y proyecta una sombra larga sobre la historia de las relaciones entre potencias que llega hasta el presente.


Índice:

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  • Cartago después de Zama: la recuperación que asustó a Roma
  • El pretexto: Cartago, Masinisa y la guerra sin permiso
  • Las negociaciones trampa: de la rendición a la resistencia
  • El asedio: tres años ante las murallas
  • La caída: 17 días de combate urbano
  • La destrucción: ¿Roma echó sal sobre los campos de Cartago?
  • Las consecuencias: África romana y el fin de un mundo
  • Las tres guerras púnicas en perspectiva
  • Explora más en Red Historia
  • Fuentes y bibliografía
  • Preguntas frecuentes sobre la tercera guerra púnica
    • ¿Por qué Roma destruyó Cartago si ya no era una amenaza militar?
    • ¿Qué fue el ultimátum de Roma que provocó la resistencia cartaginesa?
    • ¿Es cierto que Roma echó sal sobre los campos de Cartago?
    • ¿Quién fue Escipión Emiliano y qué relación tenía con Escipión el Africano?
    • ¿Qué pasó con los supervivientes de Cartago?
    • ¿Qué fue de Cartago después de su destrucción?
    • ¿Qué dijo Escipión Emiliano al ver arder Cartago?

Cartago después de Zama: la recuperación que asustó a Roma

El Tratado de Zama del 201 a.C. tras la batalla del mismo nombre, había dejado a Cartago viva pero encadenada. Perdía todas sus posesiones exteriores, entregaba su flota de guerra, pagaba una indemnización de 10.000 talentos en cincuenta años y, lo más importante, renunciaba a hacer la guerra sin permiso de Roma. Era, en la práctica, un Estado vasallo.

Lo que Roma no calculó, o quizás no quiso calcular, fue la resiliencia económica de Cartago. Sin ejército que mantener ni guerras que financiar, la ciudad volcó toda su energía en el comercio. En pocas décadas recuperó una prosperidad que sorprendió a los propios romanos. Los mercados cartagineses volvieron a llenarse, las naves cartaginesas volvieron a surcar el Mediterráneo y la ciudad reconstruyó parte de las infraestructuras que la guerra había dañado. A mediados del siglo II a.C., Cartago había pagado anticipadamente la mayor parte de su indemnización de guerra y era de nuevo una de las ciudades más ricas del mundo conocido.

Esta recuperación inquietó a un sector del Senado romano que veía en Cartago no una ciudad comercial inofensiva sino un rival en latencia que, si se le daba tiempo, volvería a amenazar a Roma. El portavoz más conocido de esta posición fue Marco Porcio Catón el Viejo, el severo censor que había combatido en la segunda guerra púnica y que nunca olvidó el terror de los años de Aníbal.

Catón visitó Cartago en el 153 a.C. como miembro de una embajada romana y regresó convencido de que la ciudad era un peligro. Desde entonces, terminó todos sus discursos en el Senado — sobre cualquier tema — con la misma frase: Ceterum censeo Carthaginem esse delendam. «Por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida«.

La frase se convirtió en el símbolo de una posición política, pero la realidad era más matizada. No todos los senadores romanos compartían la obsesión de Catón. Publio Cornelio Escipión Nasica, primo de Africano, argumentaba que Roma necesitaba a Cartago como rival para mantenerse en forma: sin un enemigo exterior que temer, la disciplina romana se relajaría y las tensiones internas se intensificarían. Era un argumento sofisticado, casi maquiavélico y durante años frenó la facción de Catón.

Lo que finalmente inclinó la balanza fue una disputa territorial entre Cartago y el reino de Numidia.

El pretexto: Cartago, Masinisa y la guerra sin permiso

El rey númida Masinisa, que había sido el aliado decisivo de Escipión en Zama y a quien Roma recompensó con un reino grande y próspero en el norte de África, pasó los 50 años siguientes a la guerra aprovechando sistemáticamente la debilidad cartaginesa para arrebatarle territorios. Sabía que Cartago no podía defenderse militarmente sin el permiso de Roma y que Roma nunca se lo daría mientras Masinisa fuera un aliado útil.

Las quejas cartaginesas ante Roma fueron constantes durante décadas y Roma respondió invariablemente con arbitrajes que reconocían las conquistas de Masinisa o dejaban la situación sin resolver. Era una trampa perfecta: si Cartago aceptaba los arbitrajes, perdía territorio; si los rechazaba, violaba el tratado.

En el 150 a.C., después de décadas de provocaciones y pérdidas territoriales, Cartago tomó la decisión que Roma estaba esperando: declaró la guerra a Masinisa sin el permiso romano. El ejército cartaginés fue derrotado, Masinisa no precisó de ayuda y el episodio militar fue un fracaso rotundo. Pero Cartago había violado el tratado de paz. Roma tenía su pretexto.

El Senado romano declaró la guerra en el 149 a.C. Las fuentes antiguas y los historiadores modernos debaten si Roma actuó movida por el miedo genuino a una Cartago renacida o si la declaración de guerra fue un acto de imperialismo premeditado que utilizó la violación del tratado como excusa para una destrucción ya decidida de antemano. La evidencia apunta más hacia la segunda opción: la rapidez con que Roma rechazó todas las propuestas de rendición cartaginesas sugiere que el objetivo nunca fue la sumisión sino la eliminación.

Las negociaciones trampa: de la rendición a la resistencia

Lo que siguió a la declaración de guerra fue uno de los episodios más sórdidos de la diplomacia romana. El Senado envió a Cartago una serie de ultimátums que iban escalando en dureza, diseñados aparentemente para agotar la voluntad de resistencia cartaginesa antes de revelar el objetivo final.

El primer ultimátum exigió la entrega de 300 rehenes de las familias más nobles y Cartago obedeció. El segundo exigió la entrega de todas las armas y máquinas de guerra y Cartago volvió a obedecer, entregando según las fuentes más de 200.000 armas y 2.000 catapultas. Ya desarmada y con sus hijos en manos romanas, Cartago recibió el tercer ultimátum: la ciudad debía ser abandonada y sus habitantes trasladados al interior, a al menos 15 kilómetros del mar. Cartago quedaría despoblada y sería demolida.

La reacción cartaginesa a este último ultimátum fue la única posible: la resistencia desesperada. Una ciudad de comerciantes mediterráneos sin acceso al mar no era Cartago sino una condena a muerte lenta. La asamblea popular votó continuar la guerra. Se liberó a los esclavos para engrosar el ejército, se fundieron los objetos de oro y plata para fabricar armas, las mujeres cortaron su cabello para hacer cuerdas para las catapultas y Cartago, desarmada hacía semanas, comenzó a producir armas en régimen de emergencia: según las fuentes, la ciudad fabricaba 100 escudos, 300 espadas, 500 lanzas y 1.000 proyectiles de catapulta al día.

El primer ejército romano que llegó ante las murallas de Cartago en el 149 a.C. encontró una ciudad que no tenía intención de rendirse. Y las murallas de Cartago eran formidables: una triple línea de defensas de más de 30 kilómetros de perímetro, con torres de hasta 30 metros de altura y capacidad para albergar en su interior establos para 300 elefantes y 4.000 caballos. Tomar Cartago por asalto no iba a ser sencillo.

El asedio: tres años ante las murallas

Los dos primeros años del asedio fueron un fracaso humillante para Roma. Los generales consulares que dirigieron las operaciones en el 149 y el 148 a.C. no lograron ningún progreso significativo. Cartago recibía suministros por mar, sus defensores luchaban con la energía de quien no tiene nada que perder y las legiones romanas, acostumbradas a batallas campales, no estaban bien adaptadas para el lento desgaste de un asedio urbano.

La situación cambió en el 147 a.C. cuando el Senado, bajo presión popular, eligió como cónsul a Publio Cornelio Escipión Emiliano, el hijo adoptivo del hijo del Africano, que había dado muestras de valor excepcional en los combates del año anterior. Escipión Emiliano tenía 37 años y era el militar más respetado de su generación. Su llegada al campamento romano ante Cartago transformó las operaciones.

Lo primero que hizo fue restaurar la disciplina en un ejército que se había relajado tras dos años de campaña sin resultados. Expulsó del campamento a los comerciantes, las prostitutas y los adivinos que habían proliferado durante el estancamiento del asedio. Reorganizó las guardias, retomó los ejercicios y volvió a imponer el ritmo de trabajo que caracterizaba a los mejores ejércitos romanos.

Luego ejecutó el movimiento estratégico decisivo: construir un dique a través del puerto exterior de Cartago para cortar definitivamente el suministro por mar. La operación de ingeniería fue monumental — el dique tenía varios kilómetros de longitud y se construyó en cuestión de semanas — y cuando quedó completada, Cartago quedó completamente aislada. Los cartagineses respondieron con una ingeniería igualmente notable: excavaron un nuevo canal desde el puerto interior hasta el mar y construyeron una nueva flota en secreto. Cuando las naves salieron al mar a través del canal recién abierto, el asombro romano fue total, pero era demasiado tarde: la flota cartaginesa intentó atacar a la escuadra romana y fue destruida.

Con el puerto cerrado y sin posibilidad de recibir suministros, el hambre comenzó a hacer su trabajo dentro de las murallas. En el invierno del 147-146 a.C., Cartago estaba al límite de sus fuerzas.

La caída: 17 días de combate urbano

La ofensiva final comenzó en la primavera del 146 a.C. Escipión Emiliano ordenó el asalto general a las murallas y las legiones entraron en la ciudad por el puerto. Lo que siguió fueron 17 días de uno de los combates urbanos más brutales que registra la historia antigua.

Cartago no era una ciudad con una plaza central que tomar para forzar la rendición. Era un laberinto de calles estrechas, edificios de seis pisos construidos en piedra y terrazas interconectadas desde las que los defensores podían combatir casa por casa, piso por piso. Los romanos avanzaban tumbando edificios enteros con palancas para abrir paso, mientras los cartagineses contraatacaban desde las alturas con proyectiles, aceite hirviendo y cualquier cosa que pudiera arrojarse sobre los atacantes.

El combate fue especialmente feroz en torno a la ciudadela de Birsa, el núcleo más antiguo de la ciudad, donde se habían refugiado los últimos 50.000 supervivientes. Cuando la resistencia se hizo insostenible, el general cartaginés Asdrúbal negoció su rendición personal y se presentó ante Escipión Emiliano suplicando clemencia. Su esposa, que había contemplado la escena desde lo alto de la ciudadela, lo insultó públicamente por su cobardía, se lanzó con sus hijos a las llamas del templo y murió junto a ellos. La historia, transmitida por varias fuentes antiguas, tiene todos los rasgos de la elaboración literaria posterior, pero captura el espíritu de una resistencia que prefirió la muerte a la rendición.

Los 50.000 supervivientes que se rindieron fueron vendidos como esclavos y los que intentaron escapar fueron cazados. Las fuentes hablan de una población inicial de varios cientos de miles de habitantes al comienzo del asedio; las cifras de supervivientes sugieren una mortandad catastrófica durante los tres años de sitio.

La destrucción: ¿Roma echó sal sobre los campos de Cartago?

Escipión Emiliano recibió órdenes del Senado de demoler la ciudad hasta los cimientos. Las murallas fueron derribadas, los edificios incendiados y las ruinas allanadas. El territorio cartaginés se convirtió en la provincia romana de África, con Útica como capital.

Aquí entra uno de los mitos más persistentes de la historia antigua: la supuesta siembra de sal sobre los campos de Cartago para que nunca volviera a crecer nada. El relato es dramáticamente poderoso y ha sido repetido durante siglos como símbolo de la destrucción total. El problema es que ninguna fuente antigua lo menciona. Polibio, que estuvo presente, no dice nada de la sal. Livio tampoco. Apiano tampoco. La primera mención del episodio aparece en fuentes medievales y modernas y los historiadores contemporáneos lo consideran unánimemente una invención posterior, probablemente inspirada en pasajes bíblicos sobre ciudades malditas.

Lo que sí hizo Roma fue declarar el terreno donde había estado Cartago como ager publicus, tierra pública, con restricciones sobre su uso. Y unos años después, en el 122 a.C., el tribuno Cayo Graco intentó fundar una colonia romana en el solar de Cartago, lo que prueba que la tierra no fue ritualmente maldecida ni envenenada con sal. La destrucción de Cartago fue real y total, pero el mito de la sal es eso: un mito.

Lo que sí describe Polibio y que tiene toda la verosimilitud de un testimonio directo, es la reacción de Escipión Emiliano ante las llamas. Mientras contemplaba la destrucción de la ciudad, el general romano rompió a llorar y recitó en griego los versos de la Ilíada en que Héctor profetiza la caída de Troya. Cuando Polibio le preguntó qué le pasaba, Escipión respondió que lloraba pensando en que algún día le tocaría el mismo destino a Roma. Era una reflexión sobre la fugacidad de los imperios que los historiadores han citado desde entonces como uno de los momentos más lúcidos de la historia antigua.

polibio y escipion emiliano en cartago
Escipión Emiliano y Polibio caminan entre las ruinas de Cartago. Crédito: ilustración de 1797, Museo de Ámsterdam

Las consecuencias: África romana y el fin de un mundo

La destrucción de Cartago en el 146 a.C. marcó el fin de un mundo. En ese mismo año, Roma también destruyó Corinto, la ciudad más rica de Grecia, en un acto de brutalidad similar que extendió el control romano efectivo sobre todo el Mediterráneo oriental. El año 146 a.C. es, para muchos historiadores, el momento en que Roma dejó de ser una potencia entre varias y se convirtió en el poder hegemónico indiscutible del mundo mediterráneo.

La provincia de África se convirtió en uno de los graneros más importantes del Imperio. Las tierras que habían alimentado a Cartago alimentarían a Roma durante siglos. Útica, la ciudad fenicia que había colaborado con Roma desde el principio, prosperó como capital provincial hasta que la propia Cartago fue refundada como colonia romana — primero por César, definitivamente por Augusto — y le arrebató el protagonismo.

La Cartago romana que surgió sobre las ruinas de la ciudad púnica se convirtió en una de las ciudades más grandes del Imperio, la tercera o cuarta en población tras Roma, Alejandría y Antioquía. De ella saldrían figuras como Tertuliano, el primer gran teólogo cristiano en latín y San Agustín, que escribió sus Confesiones y La ciudad de Dios en el norte de África. La cultura que Roma creyó haber borrado del mapa en el 146 a.C. sobrevivió, transformada, en la civilización que la absorbió.

En cuanto a Aníbal, llevaba 37 años muerto cuando Cartago cayó, pero su sombra estuvo presente en todo el proceso: fue el miedo a un nuevo Aníbal, la memoria del terror de los años 218-203 a.C., lo que Catón el Viejo agitó durante años para convencer al Senado de que Cartago debía desaparecer. La segunda guerra púnica había terminado en el 201 a.C. con la derrota cartaginesa, pero Roma tardó 55 años más en sentirse lo suficientemente segura como para dejar de temer a la ciudad que Aníbal había usado como base. Eso, más que cualquier análisis estratégico, explica la tercera guerra púnica.

Las tres guerras púnicas en perspectiva

Guerra Período Duración Escenario principal Resultado
Primera guerra púnica 264-241 a.C. 23 años Sicilia y el Mediterráneo occidental Roma conquista Sicilia; Cartago paga indemnización
Segunda guerra púnica 218-201 a.C. 17 años Italia, Hispania y África Roma vence en Zama; Cartago pierde Hispania y su flota
Tercera guerra púnica 149-146 a.C. 3 años Cartago (norte de África) Destrucción total de Cartago; provincia romana de África

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  • Historia de Roma: de una aldea en el Lacio al gran imperio.

Fuentes y bibliografía

Fuentes:

  • Polibio. Historias, libros III-XV. Traducción de M. Balasch Recort. Gredos, Madrid, 1981.
  • Tito Livio. Desde la Fundación de la Ciudad (Ab Urbe Condita), libros XXI-XXX. Traducción de J. A. Villar Vidal. Gredos, Madrid, 1993.
  • Apiano. Historias Romanas — Ibérica y Líbica. Traducción de A. Sancho Royo. Gredos, Madrid, 1980.
  • Floro: Epítome de la historia romana, libro I. Fragmentos sobre la tercera guerra púnica.

Bibliografía en español:

  • González Wagner, C.: Cartago: historia de una metrópolis mediterránea. Alderabán, Madrid, 1999.
  • Huss, W.: Los cartagineses. Gredos, Madrid, 1993.
  • Lancel, S.: Cartago. Crítica, Barcelona, 1994.
  • Picard, G. C. y Picard, C.: Vida y muerte de Cartago. EDAF, Madrid, 1991.
  • Sáez Abad, R.: Zama: el fin del sueño cartaginés. Almena, Madrid, 2006.
  • Sanmartí, E. y Principal, J.: «Las cerámicas de importación itálicas e ibéricas procedentes de los campamentos romanos de Cartago«. Archivo Español de Arqueología, vol. 70, 1997.

Bibliografía en inglés:

  • Astin, A. E.: Scipio Aemilianus. Clarendon Press, Oxford, 1967.
  • Fantar, M. H.: Carthage: la cité punique. CNRS Éditions, Paris, 1995.
  • Ridley, R. T.: «To Be Taken with a Pinch of Salt: The Destruction of Carthage«. Classical Philology, vol. 81, 1986, pp. 140-146.
  • Warmington, B. H.: Carthage. Robert Hale, London, 1960.
  • Caven, B.: The Punic Wars. Weidenfeld & Nicolson, London, 1980.
  • Goldsworthy, A.: The Fall of Carthage: The Punic Wars 265-146 BC. Cassell, London, 2000.
  • Hoyos, D. (ed.): A Companion to the Punic Wars. Wiley-Blackwell, Oxford, 2011.
  • Walbank, F. W.: A Historical Commentary on Polybius, vol. I. Clarendon Press, Oxford, 1957.

Recursos digitales:

  • Livius — Artículos sobre las Guerras Púnicas
  • JSTOR — Artículos académicos sobre historia naval romana
  • Real Academia de la Historia — Diccionario Biográfico Español

Preguntas frecuentes sobre la tercera guerra púnica

¿Por qué Roma destruyó Cartago si ya no era una amenaza militar?

Es la pregunta central del episodio. La respuesta más honesta es que Roma actuó por una combinación de miedo irracional heredado de la segunda guerra púnica, ambición territorial y la influencia de una facción senatorial que había convertido la destrucción de Cartago en una cuestión de principios. Cartago en el 149 a.C. no tenía ejército, había entregado sus armas y pagado casi toda su indemnización de guerra. La amenaza real era mínima. Pero el recuerdo de Aníbal era poderoso, y Catón el Viejo supo explotar ese miedo durante años hasta convencer al Senado de que la única solución era la eliminación definitiva.

¿Qué fue el ultimátum de Roma que provocó la resistencia cartaginesa?

Roma presentó sus exigencias en tres fases sucesivas, cada una más dura que la anterior. Primero pidió rehenes de las familias nobles: Cartago obedeció. Luego pidió todas las armas y máquinas de guerra: Cartago volvió a obedecer, entregando más de 200.000 armas y 2.000 catapultas. Cuando Cartago ya estaba completamente desarmada, Roma reveló su exigencia final: la ciudad debía ser abandonada y trasladada al interior, lejos del mar. Ante eso, Cartago eligió resistir. La secuencia sugiere que Roma diseñó deliberadamente los ultimátums para agotar las defensas cartaginesas antes de revelar un objetivo — la destrucción de la ciudad — que nunca habría sido aceptado si se hubiera planteado desde el principio.

¿Es cierto que Roma echó sal sobre los campos de Cartago?

No hay ninguna evidencia de que esto ocurriera. Ninguna fuente antigua — ni Polibio, que estuvo presente, ni Livio, ni Apiano — menciona la siembra de sal. El mito apareció en fuentes medievales y modernas, probablemente inspirado en pasajes bíblicos sobre ciudades maldecidas. Los historiadores modernos lo consideran unánimemente una invención. Lo que sí es cierto es que la ciudad fue demolida, sus habitantes esclavizados y su territorio convertido en provincia romana, pero la tierra siguió siendo cultivable y productiva desde el primer momento.

¿Quién fue Escipión Emiliano y qué relación tenía con Escipión el Africano?

Publio Cornelio Escipión Emiliano era el hijo biológico de Lucio Emilio Paulo, el general que venció a Macedonia en Pidna en el 168 a.C., y el hijo adoptivo del hijo de Escipión el Africano. Era por tanto nieto adoptivo del hombre que había vencido a Aníbal en Zama. La coincidencia de que un Escipión destruyera Cartago, como otro Escipión había vencido a Aníbal cincuenta y seis años antes, no pasó desapercibida a los romanos, que la interpretaron como una especie de justicia histórica o destino familiar.

¿Qué pasó con los supervivientes de Cartago?

Los aproximadamente 50.000 supervivientes que se rindieron al final del asedio fueron vendidos como esclavos. Los que intentaron escapar durante el asedio fueron cazados. La población de Cartago al comienzo de la guerra era probablemente de varios cientos de miles de personas; la diferencia entre esa cifra y los 50.000 supervivientes da idea de la mortandad producida por tres años de asedio, hambre, enfermedad y combate.

¿Qué fue de Cartago después de su destrucción?

El solar de Cartago permaneció abandonado durante décadas. En el 122 a.C., el tribuno Cayo Graco intentó fundar una colonia romana allí, pero el proyecto fracasó por oposición política. Fue Julio César quien retomó el proyecto, y Augusto quien lo completó, refundando Cartago como colonia romana en torno al 29 a.C. La nueva Cartago romana se convirtió en una de las ciudades más grandes del Imperio y en un centro cultural de primera importancia. De ella salieron figuras como Tertuliano y, indirectamente, San Agustín, que nació en Tagaste pero estudió y enseñó en Cartago.

¿Qué dijo Escipión Emiliano al ver arder Cartago?

Según Polibio, que estuvo presente, Escipión Emiliano rompió a llorar mientras contemplaba las llamas y recitó en griego versos de la Ilíada sobre la caída de Troya. Cuando Polibio le preguntó qué le pasaba, Escipión respondió que pensaba en que algún día le tocaría el mismo destino a Roma. Es uno de los testimonios más citados de la historia antigua, y su verosimilitud es alta precisamente porque no es el tipo de cosa que un general romano habría inventado para su propia gloria.

Tags: CartagoGuerras PúnicasHistoria de Roma
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