En el año 17 a.C., Augusto celebró en Roma los Ludi Saeculares, los juegos seculares, una festividad que se organizaba teóricamente cada siglo para marcar el inicio de una nueva era. El poeta Horacio compuso para la ocasión el Carmen Saeculare, un himno que pedía a los dioses prosperidad y paz para Roma y que los niños y niñas de las mejores familias romanas cantaron en el Capitolio. Era una declaración pública de que algo había cambiado: que las guerras civiles que habían desangrado Roma durante un siglo habían terminado y que comenzaba un tiempo nuevo.
Ese tiempo nuevo es lo que los historiadores llaman la Pax Romana, la paz romana, un período de dos siglos, desde el 27 a.C., cuando Augusto recibió su título, hasta el 180 d.C., cuando murió Marco Aurelio, en el que el mundo mediterráneo experimentó un nivel de estabilidad política, prosperidad económica y movilidad cultural que no tenía precedentes en la historia antigua y que no volvería a repetirse en esa escala durante más de mil años.
La expresión es engañosa, porque la Pax Romana no fue paz en el sentido absoluto. Hubo guerras fronterizas, rebeliones provinciales, represiones brutales y años de hambre y epidemia. Lo que hubo, en cambio, fue la ausencia de guerras civiles devastadoras en el corazón del Imperio y un sistema de gobierno lo suficientemente estable como para que el comercio, la cultura y la vida urbana florecieran durante generaciones.
Las condiciones que hicieron posible la Pax Romana
La Pax Romana no fue un accidente ni un regalo de los dioses, aunque Augusto y sus sucesores cultivaron esa imagen con cuidado. Fue el resultado de una serie de decisiones institucionales, militares y económicas que crearon las condiciones para la estabilidad.
La primera y más importante fue el monopolio de la violencia. Augusto centralizó el control de todos los ejércitos romanos en manos del princeps, eliminando la posibilidad de que un general ambicioso pudiera usar sus legiones para la guerra civil como habían hecho Mario, Sila, Pompeyo, César y el propio Augusto. Los soldados juraban lealtad al emperador, recibían su paga del emperador y dependían del emperador para su pensión al licenciarse. Era una cadena de dependencia económica que hacía la deslealtad muy costosa y la lealtad muy rentable.
La segunda condición fue la red viaria. El Imperio romano invirtió durante siglos en una red de calzadas pavimentadas que en su momento de máxima extensión superaba los 80.000 kilómetros, conectando todas las provincias con Roma y entre sí. Esas calzadas no eran solo infraestructura militar (aunque lo eran también) sino la columna vertebral del comercio, la comunicación administrativa y la movilidad de personas y mercancías. Un comerciante podía transportar aceite de oliva desde Hispania hasta el Rin, o garum desde las costas de África hasta los mercados de Britania, porque había calzadas, puentes, posadas y un sistema postal que funcionaba con una regularidad que Europa no volvería a conocer hasta el siglo XIX.
La tercera condición fue la ciudadanía. El concepto romano de ciudadanía fue ampliándose gradualmente durante el período imperial, incorporando a provinciales de orígenes diversos en una identidad común que trascendía la etnia, la lengua materna o el lugar de nacimiento. Ser romano no requería haber nacido en Roma ni hablar latín como primera lengua: requería vivir bajo la ley romana, pagar los impuestos romanos y aceptar la autoridad del emperador. Esa identidad inclusiva, completada en el 212 d.C. con el Edicto de Caracalla, que otorgó la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio, fue uno de los factores de cohesión más importantes del mundo romano.
La economía: el Mediterráneo como mercado único
Uno de los logros más notables de la Pax Romana fue económico. Por primera vez en la historia, el Mediterráneo entero funcionó como un mercado único bajo una sola autoridad política, con una moneda común, un sistema de pesos y medidas unificado y una ley mercantil aplicable en todo el territorio.
El comercio mediterráneo durante el Alto Imperio alcanzó niveles que no se recuperarían hasta la revolución comercial medieval y en algunos aspectos no hasta el siglo XIX. Los análisis de polución en los hielos del Ártico, que registran las emisiones de plomo de la minería y la metalurgia, muestran un pico durante el período romano que no vuelve a alcanzarse hasta el siglo XIV. El análisis de los pecios (barcos hundidos) del Mediterráneo muestra una densidad de tráfico comercial durante el siglo I y II d.C. que revela una economía de escala notable.
Las principales rutas comerciales conectaban los centros productores con los centros consumidores a través de toda la cuenca mediterránea. El trigo llegaba a Roma desde Egipto y el norte de África; el aceite de oliva, desde Hispania y la Bética; el vino, desde las provincias galas e itálicas; las especias y la seda, desde Oriente a través de las rutas que conectaban el Imperio con la Ruta de la Seda de Partia, Arabia e India. Roma era el nodo central de esa red, una ciudad de un millón de habitantes que consumía cantidades enormes de todo lo que el Imperio producía.
La vida en el Imperio: desigualdad y diversidad
La Pax Romana fue una época de relativa prosperidad para las élites urbanas del Imperio y una época de trabajo duro, impuestos y dependencia para la mayoría de la población. La imagen de un Imperio próspero y bien gobernado que la historiografía tradicional tendía a proyectar necesita matizarse con la realidad de que ese bienestar era profundamente desigual.
Los esclavos, que podían representar entre el 10% y el 35% de la población en diferentes regiones del Imperio, no participaban de la Pax en ningún sentido significativo. Los campesinos libres de las provincias pagaban impuestos que podían representar una parte sustancial de su producción y cualquier mala cosecha podía empujarlos a la deuda y la servidumbre. Las ciudades tenían barrios ricos con termas, teatros y foros monumentales y barrios pobres con insulae, bloques de apartamentos de varios pisos, donde vivían hacinadas familias en condiciones que las fuentes antiguas describen con claridad poco halagadora.
Lo que la Pax Romana sí garantizó a la mayoría de la población, incluso a la más humilde, fue algo que sus predecesores del siglo I a.C. no habían podido garantizar: la ausencia de guerra civil en su territorio. No ser reclutado por la fuerza para un ejército, no ver la cosecha quemada por soldados en tránsito, no encontrarse en medio de un campo de batalla que antes era la propia aldea. Esa ausencia de violencia organizada era, en el mundo antiguo, un bien extraordinariamente valioso.
La cultura: la koiné romana
Uno de los efectos más duraderos de la Pax Romana fue cultural. La estabilidad del Imperio y la movilidad que permitía, físicamente, a través de las calzadas; jurídicamente, a través de la ciudadanía, creó una especie de cultura común que los historiadores llaman a veces la koiné romana, por analogía con la lengua griega común del período helenístico.
Esa cultura común no era uniforme. Las provincias orientales siguieron siendo predominantemente griegas en lengua y cultura, mientras las occidentales adoptaron el latín. Egipto mantuvo sus tradiciones religiosas y culturales milenarias. Las provincias celtas del noroeste conservaron elementos de su cultura prerromana. Pero sobre esa diversidad se superpuso una capa de elementos comunes: la arquitectura de los foros, las termas y los teatros que aparecían en todas las ciudades del Imperio con variaciones locales pero con una estructura reconocible; el derecho romano que regulaba las relaciones entre ciudadanos en todo el territorio; el culto imperial que ofrecía un referente religioso compartido; y, en Occidente, el latín como lengua de la administración, el comercio y la cultura elevada.
Fue también un período de extraordinaria producción intelectual. Virgilio, Horacio y Ovidio escribieron bajo Augusto. Séneca, Plinio el Viejo y Tácito, bajo los Julio-Claudios y los Flavios. Juvenal, Marcial y Plutarco, bajo los Antoninos. La arquitectura del Panteón, del Coliseo y de las termas de Caracalla; la ingeniería de los acueductos que llevaban agua a ciudades de todo el Imperio; la escultura de la Columna Trajana: todo ello fue producto de la estabilidad que la Pax Romana hizo posible.
Las guerras que hubo: los límites del concepto
Llamar «paz» a dos siglos de historia romana requiere algunas precisiones importantes. La Pax Romana fue paz interior, no paz total. Las fronteras del Imperio estuvieron en conflicto casi continuo y algunas de esas guerras fronterizas fueron extraordinariamente costosas en vidas y recursos.
La conquista de Britania bajo Claudio y la posterior resistencia de las tribus del norte ocuparon legiones durante décadas. Las guerras dacias de Trajano, que la Columna Trajana celebra con detalle, fueron campañas de enorme escala que llevaron al ejército romano hasta el Danubio. Las guerras párticas fueron un conflicto casi permanente en la frontera oriental. Y dentro del propio Imperio, las rebeliones provinciales podían ser brutales: la revuelta judía del 66-73 d.C., que terminó con la destrucción del Templo de Jerusalén, o la segunda revuelta judía del 132-135 d.C., costaron centenares de miles de vidas.
La Pax Romana era también, desde la perspectiva de los pueblos conquistados, la paz del vencedor: el orden impuesto por una potencia militar que había derrotado a sus vecinos y que mantenía ese orden mediante la presencia de ejércitos, el cobro de impuestos y la amenaza de represión. Que ese orden fuera en muchos casos preferible al caos que le precedía no cambia su naturaleza.
El fin de la Pax Romana: la crisis del siglo III
La muerte de Marco Aurelio en el 180 d.C. marca convencionalmente el fin de la Pax Romana, aunque los problemas que terminarían con ella habían comenzado antes. Su hijo Cómodo fue un emperador caótico cuyo reinado terminó con su asesinato en el 192 d.C., desencadenando una guerra civil que recordaba los peores momentos del siglo I a.C.
Lo que siguió fue la crisis del siglo III, un período de 50 años del 235 al 284 d.C. en que el Imperio sufrió simultáneamente invasiones bárbaras en múltiples fronteras, una sucesión de emperadores-soldado que se alternaban en el poder mediante golpes militares, una inflación galopante que destruyó la economía monetaria y epidemias devastadoras que redujeron la población de algunas regiones en proporciones significativas. En ese medio siglo hubo más de 20 emperadores reconocidos, la mayoría de los cuales murieron violentamente.
La Pax Romana había sido posible porque Augusto había resuelto el problema de la guerra civil centralizando el control del ejército. Cuando ese control se fragmentó (cuando los ejércitos de diferentes fronteras comenzaron a proclamar a sus propios generales emperadores) el sistema que Augusto había construido se reveló tan frágil como brillante. Había durado dos siglos, que no es poco, pero no había resuelto el problema de fondo: cómo garantizar una sucesión ordenada en un sistema donde el poder dependía en última instancia de la lealtad militar.
Los emperadores de la Pax Romana
| Emperador | Reinado | Dinastía | Valoración histórica |
|---|---|---|---|
| Augusto | 27 a.C. – 14 d.C. | Julio-Claudia | Fundador del sistema. El más importante. |
| Tiberio | 14 – 37 d.C. | Julio-Claudia | Eficaz pero sombrío. Gobierno estable. |
| Calígula | 37 – 41 d.C. | Julio-Claudia | Caótico. Asesinado por la Guardia Pretoriana. |
| Claudio | 41 – 54 d.C. | Julio-Claudia | Mejor de lo que parecía. Conquistó Britania. |
| Nerón | 54 – 68 d.C. | Julio-Claudia | Buen inicio, final desastroso. Incendio de Roma. |
| Vespasiano | 69 – 79 d.C. | Flavia | Restauró la estabilidad tras el año de los cuatro emperadores. |
| Trajano | 98 – 117 d.C. | Antonina | Máxima expansión territorial del Imperio. |
| Adriano | 117 – 138 d.C. | Antonina | Consolidador. Gran viajero y constructor. |
| Marco Aurelio | 161 – 180 d.C. | Antonina | El filósofo emperador. Último de la Pax Romana. |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Tácito: Anales.
- Plinio el Joven: Cartas.
- Marco Aurelio: Meditaciones.
- Apiano: Historia romana.
Bibliografía:
- Gibbon, E.: Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (selección). Turner, Madrid, 2006.
- Montanelli, I.: Historia de Roma. Plaza & Janés, Barcelona, 1991.
- Le Glay, M.; Voisin, J. L.; Le Bohec, Y.: Historia romana. Akal, Madrid, 2001.
- Roldán Hervás, J. M.: Historia de Roma. Universidad de Salamanca, Salamanca, 1995.
- Beard, M.: SPQR: A History of Ancient Rome. Profile Books, London, 2015.
- Goldsworthy, A.: Pax Romana: War, Peace and Conquest in the Roman World. Yale University Press, New Haven, 2016.
- Garnsey, P.; Saller, R.: The Roman Empire: Economy, Society and Culture. Duckworth, London, 1987.
- Wells, C.: The Roman Empire. Fontana Press, London, 1992.
Preguntas frecuentes sobre la Pax Romana
¿Cuándo empezó y cuándo terminó exactamente la Pax Romana?
Las fechas convencionales son el 27 a.C. — cuando Octaviano recibió el título de Augusto y quedó establecido el Principado — y el 180 d.C., cuando murió Marco Aurelio. Algunos historiadores prefieren marcar el inicio en el 31 a.C., con la victoria de Actium que puso fin a las guerras civiles, y el final en el 192 d.C., con el asesinato de Cómodo que desencadenó una nueva guerra civil. En cualquier caso, se trata de un período de aproximadamente dos siglos de relativa estabilidad en el corazón del Imperio.
¿Era realmente una época de paz para todos los habitantes del Imperio?
No para todos. Las fronteras del Imperio estuvieron en conflicto casi continuo durante ese período, y las guerras fronterizas podían ser devastadoras para las poblaciones de las zonas afectadas. Las rebeliones provinciales, como la revuelta judía del 66-73 d.C., costaron centenares de miles de vidas. Los esclavos, que representaban una parte significativa de la población, no experimentaban ninguna forma especial de paz. Lo que la Pax Romana garantizó principalmente fue la ausencia de guerras civiles en el corazón del Imperio y un nivel de estabilidad institucional suficiente para que el comercio y la vida urbana prosperaran.
¿Qué relación tiene la Pax Romana con la Pax Britannica o la Pax Americana?
Los términos Pax Britannica — para el período de hegemonía naval y comercial británica en el siglo XIX — y Pax Americana — para la hegemonía estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial — son analogías deliberadas con la Pax Romana que enfatizan la idea de que una potencia hegemónica puede garantizar estabilidad en un sistema internacional complejo. Las analogías son sugerentes pero tienen límites: la Pax Romana implicaba un control político directo sobre el territorio, mientras que la Pax Britannica y la Pax Americana se basaban más en influencia económica y militar sin anexión formal.
¿Por qué Edward Gibbon dijo que la Pax Romana fue el período más feliz de la historia?
En su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, publicada entre 1776 y 1789, Edward Gibbon escribió que el período entre el reinado de Nerva y el de Marco Aurelio — del 96 al 180 d.C. — fue probablemente el más feliz y próspero que la humanidad había conocido. Era un juicio que reflejaba tanto las realidades del período como los valores ilustrados de Gibbon, que admiraba la estabilidad política, el buen gobierno y el florecimiento cultural. La historiografía moderna matiza ese juicio señalando la profunda desigualdad del mundo romano, la esclavitud como institución central de su economía y la violencia estructural del sistema imperial. Pero algo de verdad había en la observación de Gibbon: para las élites urbanas del Imperio, el siglo II d.C. fue efectivamente un período de prosperidad y cultura notable.
¿Qué quedó de la Pax Romana después de su fin?
El legado más duradero de la Pax Romana no fue político sino cultural y jurídico. El derecho romano, desarrollado y codificado durante ese período, es la base de los sistemas jurídicos de la mayoría de los países europeos continentales y de América Latina. El latín, difundido durante la Pax Romana como lengua de la administración y la cultura, evolucionó en las lenguas romances — español, francés, italiano, portugués, rumano — que hablan hoy más de mil millones de personas. La arquitectura, la ingeniería y el urbanismo romanos dejaron huellas físicas que todavía son visibles en todo el Mediterráneo y el norte de Europa.












