Durante más de cuatro siglos, Roma se gobernó como una república. Un sistema de magistraturas anuales, un Senado de patricios que deliberaba y decidía y una serie de mecanismos institucionales diseñados para impedir que ningún hombre acumulara demasiado poder. El sistema era imperfecto, desigual y frecuentemente injusto con los más pobres, pero funcionó. Funcionó mientras Roma fue una ciudad, luego mientras fue la potencia dominante de Italia y finalmente mientras conquistaba el Mediterráneo occidental. Lo que no pudo sobrevivir fue el peso de ese propio éxito.
El siglo que va del 133 al 27 a.C. fue el período en que la República romana se deshizo. No fue un proceso rápido ni un único evento: fue una acumulación de crisis, guerras civiles, proscripciones, dictaduras y asesinatos que fueron erosionando uno a uno los mecanismos que mantenían el equilibrio del sistema. Cuando Octaviano derrotó a Marco Antonio en Actium en el 31 a.C. y recibió del Senado el título de Augustus en el 27 a.C., la República no había sido abolida formalmente. Simplemente había dejado de existir como realidad política, vaciada por dentro hasta quedar como una cáscara de ceremonias y títulos sin contenido.
Este artículo es el punto de entrada a este período. Aquí encontrarás el mapa completo de la crisis: sus causas, sus protagonistas, sus momentos decisivos y los artículos de Red Historia donde cada tema se desarrolla en profundidad.
Las causas: por qué un sistema que funcionó durante siglos colapsó
La crisis de la República no tuvo una causa única. Fue la convergencia de varios problemas estructurales que el éxito militar de Roma había agravado hasta hacer irresoluble.
El problema de la tierra. Las conquistas del siglo II a.C. — Hispania, Macedonia, el norte de África — generaron una riqueza enorme que se concentró en manos de la aristocracia senatorial. Los senadores y los grandes propietarios compraron o usurparon el ager publicus, la tierra pública que debía distribuirse entre los ciudadanos y la explotaron con mano de obra esclava traída de las guerras. El resultado fue la ruina de la pequeña agricultura itálica: los campesinos que habían constituido la columna vertebral del ejército romano durante siglos, se vieron desplazados hacia las ciudades, donde engrosaron una masa de ciudadanos sin tierra, sin trabajo estable y sin el censo mínimo para servir en las legiones.
El problema del ejército. El ejército romano tradicional era un ejército de propietarios: solo podía servir quien tenía suficiente patrimonio para costearse el equipo. Cuando la ruina del campesinado redujo drásticamente el número de ciudadanos con ese censo, Roma tuvo que reinventarse. La reforma de Mario a finales del siglo II a.C. abrió las legiones a los ciudadanos sin propiedad, proporcionándoles el equipo el Estado. Fue una solución eficaz al problema inmediato, pero creó uno mayor a largo plazo: los soldados dejaron de deber lealtad a Roma en abstracto y pasaron a deberla al general que les pagaba, les daba tierra al licenciarlos y cuidaba de sus intereses. El ejército se convirtió en un instrumento de poder personal.
El problema de los aliados. Los pueblos itálicos que habían combatido junto a Roma durante siglos compartían las cargas militares pero no los beneficios de la ciudadanía romana. La negativa del Senado a extender la ciudadanía desembocó en la Guerra Social del 91 al 88 a.C., un conflicto que casi destruyó Italia y que Roma solo pudo resolver concediendo lo que había negado: la ciudadanía a todos los itálicos. Pero el proceso de integración de cientos de miles de nuevos ciudadanos en las estructuras políticas romanas generó tensiones adicionales que los demagogos supieron explotar.
El problema de las provincias. El control de territorios tan extensos como Hispania, Sicilia, Macedonia o el norte de África requería gobernadores con mandatos prolongados y ejércitos bajo su mando. El cursus honorum, el sistema de magistraturas anuales diseñado para impedir la acumulación de poder, no estaba pensado para gobernar un imperio. Los comandos extraordinarios — el de Pompeyo contra los piratas, el de César en las Galias — dieron a generales individuales recursos y lealtades que superaban los de cualquier institución republicana.
Los Gracos: el primer intento de reforma (133-121 a.C.)
El primer síntoma grave fue el intento reformista de los hermanos Graco. Tiberio Sempronio Graco, tribuno de la plebe en el 133 a.C., propuso una ley agraria que limitaba la cantidad de tierra pública que podía ocupar un solo ciudadano y redistribuía el excedente entre los ciudadanos sin tierra. Era una reforma moderada, respaldada por precedentes legales y contaba con el apoyo de sectores significativos de la aristocracia.
Lo que convirtió la propuesta de Tiberio en una crisis constitucional fue el método que usó para imponerla: cuando un tribuno colega vetó su ley, Tiberio lo destituyó mediante votación popular, algo sin precedente en la historia republicana. El Senado respondió con violencia: en los tumultos que siguieron a las elecciones del 132 a.C., Tiberio fue linchado por un grupo de senadores y sus seguidores, arrojando su cuerpo al Tíber. Era la primera vez en cuatro siglos que la violencia política había matado a un magistrado romano en ejercicio.
Su hermano Cayo retomó el programa reformista una década después con mayor ambición y mayor apoyo popular. Sus leyes incluían la reforma agraria, subsidios de grano para los ciudadanos pobres y la extensión de la ciudadanía a los aliados latinos. La reacción del Senado fue igualmente violenta: en el 121 a.C., el cónsul Lucio Opimio utilizó por primera vez el senatus consultum ultimum, el decreto de emergencia que suspendía las garantías legales ordinarias, para justificar la matanza de Cayo y 3.000 de sus seguidores.
Los Gracos fracasaron, pero dejaron dos herencias que definirían el siglo siguiente: la demostración de que las reformas populares podían movilizar a las masas contra el Senado y la demostración de que el Senado estaba dispuesto a usar la violencia para defender sus intereses. Ambas lecciones fueron bien aprendidas por los que vinieron después.
Mario y Sila: cuando los generales marcan sobre Roma (107-78 a.C.)
Cayo Mario fue el primer hombre que entendió completamente las implicaciones de la reforma militar que él mismo había introducido. Seis veces cónsul, un récord sin precedente en la historia romana, Mario salvó a Roma de la amenaza de los cimbrios y teutones en el norte y redefinió el ejército romano como una fuerza profesional permanente. Pero también fue el primer general que marchó sobre Roma con sus legiones, en el 88 a.C., para recuperar el mando que el Senado había dado a su rival Sila.
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Lucio Cornelio Sila fue la respuesta de la aristocracia senatorial al desafío popular. Aristócrata empobrecido que hizo su carrera en los ejércitos de Mario antes de convertirse en su enemigo, Sila cruzó el Rubicón antes que César y marchó sobre Roma dos veces: primero en el 88 a.C. para recuperar el mando contra Mitrídates y de nuevo en el 83 a.C. para imponer su dictadura tras derrotar a los seguidores de Mario.
La dictadura de Sila, del 82 al 79 a.C., fue el primer ensayo de lo que vendría después. Las proscripciones, listas públicas de enemigos del Estado cuyos asesinos recibían recompensa y cuyos bienes eran confiscados, aterrorizaron Roma y eliminaron físicamente a miles de opositores reales o potenciales. Pero Sila, a diferencia de César o Augusto, renunció voluntariamente a la dictadura, restauró las instituciones republicanas y se retiró a la vida privada, donde murió al año siguiente. Su ejemplo demostró que Roma podía ser tomada por un general con sus legiones, pero no demostró que el sistema pudiera recuperarse indefinidamente de esa experiencia.
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Espartaco y la guerra de los esclavos (73-71 a.C.)
Entre las guerras civiles de los generales, Roma tuvo que enfrentarse a la mayor revuelta de esclavos de su historia. Espartaco, un gladiador tracio que escapó de la escuela de Capua en el 73 a.C. con 70 compañeros, llegó a reunir un ejército de más de 100.000 esclavos fugitivos que derrotó a varias fuerzas consulares y recorrió Italia de sur a norte durante dos años.
La revuelta de Espartaco no tenía posibilidad real de éxito a largo plazo — ningún estado antiguo habría tolerado la abolición de la esclavitud — pero su duración y su escala revelaron la fragilidad del orden social romano. Fue Craso, con ocho legiones y métodos brutales que culminaron en la crucifixión de 6.000 prisioneros a lo largo de la Vía Apia, quien finalmente la aplastó.
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El Primer Triunvirato y el ascenso de César (60-49 a.C.)
A comienzos del siglo I a.C., tres hombres dominaban la política romana: Pompeyo, el general más victorioso de su generación; Craso, el hombre más rico de Roma y Julio César, el político más hábil de la República tardía. En el 60 a.C. llegaron a un acuerdo informal, el llamado Primer Triunvirato, para repartirse el poder y bloquear al Senado.
Cneo Pompeyo había pacificado el Mediterráneo oriental en una campaña fulminante contra los piratas y luego contra Mitrídates de Ponto. Era el militar más prestigioso de Roma, respetado por los senadores conservadores y adorado por sus veteranos. Lo que le faltaba era la flexibilidad política y la visión estratégica que sí tenía César.
Marco Licinio Craso había aplastado la revuelta de Espartaco y construido una fortuna fabulosa mediante la especulación inmobiliaria y los préstamos. Era el financiador del triunvirato, el que pagaba las deudas de César y sostenía las campañas electorales de los candidatos afines. Murió en el 53 a.C. en la desastrosa derrota de Carras contra los partos, eliminando el contrapeso entre los dos grandes.
Julio César usó su consulado del 59 a.C. para pasar su programa legislativo por encima de la oposición senatorial y obtuvo el mando de las Galias, donde pasó los nueve años siguientes conquistando un territorio enorme, enriqueciéndose con el botín y forjando el ejército más leal que Roma había conocido. Sus Commentarii de Bello Gallico convirtieron esas campañas en propaganda política de primera calidad.
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La conjuración de Catilina (63 a.C.)
En medio de las maniobras del triunvirato, la República vivió uno de sus momentos más dramáticos: la conjuración de Catilina. Lucio Sergio Catilina, aristócrata arruinado y candidato fracasado al consulado, organizó en el 63 a.C. una conspiración para tomar el poder por la fuerza con el apoyo de veteranos descontentos y deudores desesperados.
El cónsul Marco Tulio Cicerón, informado de la conspiración por sus redes de espionaje, la desarticuló con una combinación de habilidad política y teatralidad: sus cuatro Catilinarias, pronunciadas ante el Senado, son todavía hoy modelos de oratoria política. Los conjurados en Roma fueron ejecutados sin juicio — una decisión que perseguiría a Cicerón el resto de su vida — y Catilina murió al año siguiente en batalla cerca de Pistoia.
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La guerra civil: César contra Pompeyo (49-45 a.C.)
La muerte de Craso en Carras rompió el equilibrio del triunvirato. El Senado, dominado por la facción de Pompeyo, exigió a César que licenciara su ejército antes de regresar a Roma para presentarse al consulado. César sabía lo que significaba obedecer: procesado y exiliado, sin ejército y sin poder. En enero del 49 a.C. cruzó el Rubicón — el río que marcaba el límite entre la provincia de Galia Cisalpina e Italia — con la Decimotercera Legión, pronunciando la frase que la tradición le atribuye: alea iacta est, «la suerte está echada«.
Lo que siguió fue una guerra civil que se extendió por todo el mundo romano: Italia, Hispania, Grecia, Egipto, África y de nuevo Hispania. César ganó con una velocidad que asombró a sus contemporáneos: la batalla de Farsalia en el 48 a.C. derrotó al ejército principal de Pompeyo, que huyó a Egipto donde fue asesinado por orden del joven faraón Ptolomeo XIII. Las campañas posteriores eliminaron los focos de resistencia senatorial en África y Hispania.
César regresó a Roma como dictador perpetuo en el 44 a.C. Era el poder que Sila había ejercido temporalmente y luego renunciado pero César no tenía intención de renunciar.
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Los idus de marzo y el Segundo Triunvirato (44-31 a.C.)
El 15 de marzo del 44 a.C., un grupo de senadores encabezados por Bruto y Casio asesinaron a César en el teatro de Pompeyo. Los conspiradores creían que la muerte del dictador restauraría automáticamente la República. Se equivocaron.
Marco Antonio, cónsul y lugarteniente de César, se apoderó del testamento y los fondos del dictador y movilizó a los veteranos y a la plebe con el famoso discurso sobre el cadáver que Shakespeare inmortalizaría siglos después. Bruto y Casio huyeron de Roma. El joven Octaviano, sobrino-nieto y heredero de César, llegó desde Apolonia para reclamar su herencia y se convirtió en el tercer actor del drama.
El Segundo Triunvirato, Antonio, Octaviano y Lépido, fue un acuerdo formal, reconocido por ley, para gobernar Roma conjuntamente. Su primer acto fue la proscripción de los enemigos: miles de nombres en las listas y entre ellos Cicerón, que fue ejecutado por orden de Antonio en el 43 a.C. Las batallas de Filipos en el 42 a.C. derrotaron y mataron a Bruto y Casio. La República tenía ya sus últimos defensores muertos.
Lo que siguió fue la guerra entre los propios triunviros. Lépido fue marginado. Antonio, establecido en el Mediterráneo oriental junto a Cleopatra VII de Egipto, chocó inevitablemente con Octaviano por el control del mundo romano. La batalla de Actium en el 31 a.C. decidió el conflicto: la flota de Antonio y Cleopatra fue derrotada, ambos huyeron a Egipto y se suicidaron, y Octaviano quedó como el único dueño de Roma.
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El final: Augusto y el principado (27 a.C.)
En el 27 a.C., Octaviano devolvió formalmente sus poderes extraordinarios al Senado y el Senado se los devolvió inmediatamente, añadiendo el título honorífico de Augustus y el control de las provincias con ejércitos. Fue el acto fundacional del Imperio romano, disfrazado hábilmente de restauración republicana.
Augusto no abolió las instituciones republicanas. Siguió habiendo cónsules, pretores, cuestores y tribunos y el Senado siguió reuniéndose y deliberando, pero todos los poderes reales estaban concentrados en un solo hombre que los ejercía con títulos republicanos — princeps, imperator, tribunicia potestas — y que había aprendido de los errores de César que el poder absoluto debía presentarse como servicio a la república, no como dominación sobre ella.
La República romana no murió el día en que la asesinaron, como querían creer los conspiradores del 44 a.C. Murió despacio, durante un siglo de erosión y fue reemplazada tan suavemente que muchos romanos de la época de Augusto pensaron sinceramente que vivían en una república restaurada.
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Los protagonistas de la crisis
| Figura | Período | Papel en la crisis | Fin |
|---|---|---|---|
| Tiberio Graco | 133 a.C. | Primera reforma agraria. Primer magistrado romano asesinado en cuatro siglos. | Linchado por senadores (133 a.C.) |
| Cayo Graco | 123-121 a.C. | Reforma agraria ampliada, subsidios de grano, ciudadanía para aliados. | Muerto en las purgas del Senado (121 a.C.) |
| Cayo Mario | 107-86 a.C. | Reforma militar. Seis veces cónsul. Primera marcha sobre Roma. | Murió de enfermedad (86 a.C.) |
| Lucio Cornelio Sila | 88-78 a.C. | Dictador. Proscripciones. Restauró la República y renunció al poder. | Muerte natural (78 a.C.) |
| Espartaco | 73-71 a.C. | Lideró la mayor revuelta de esclavos de la historia romana. | Muerto en batalla (71 a.C.) |
| Pompeyo el Grande | 67-48 a.C. | General victorioso. Aliado y luego enemigo de César. | Asesinado en Egipto (48 a.C.) |
| Marco Licinio Craso | 70-53 a.C. | El hombre más rico de Roma. Financiador del Primer Triunvirato. | Muerto en Carras contra los partos (53 a.C.) |
| Julio César | 49-44 a.C. | Dictador perpetuo. Conquistó las Galias y ganó la guerra civil. | Asesinado en los idus de marzo (44 a.C.) |
| Cicerón | 63-43 a.C. | Cónsul, orador, defensor de la República. Aplastó la conjuración de Catilina. | Ejecutado por orden de Marco Antonio (43 a.C.) |
| Marco Antonio | 44-31 a.C. | Lugarteniente de César. Triunviro. Aliado de Cleopatra. | Suicidio tras Actium (30 a.C.) |
| Augusto (Octaviano) | 44-27 a.C. | Heredero de César. Venció en Actium. Fundó el Imperio disfrazado de República. | Primer emperador. Murió en el año 14 d.C. |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Plutarco: Vidas paralelas (Mario, Sila, los Gracos, Pompeyo, César, Cicerón, Bruto, Marco Antonio).
- Apiano: Historia romana — Guerras civiles.
- Cicerón: Catilinarias.
- Salustio: La conjuración de Catilina. La guerra de Jugurta.
- Suetonio: Vidas de los doce césares (Julio César).
Bibliografía:
- Grimal, P.: La civilización romana. Paidós, Barcelona, 1990.
- Montanelli, I.: Historia de Roma. Plaza & Janés, Barcelona, 1991.
- Roldán Hervás, J. M.: La República romana. Cátedra, Madrid, 1981.
- Barceló, P.: Julio César: el dictador que cambió Roma. Ariel, Barcelona, 2004.
- Syme, R.: The Roman Revolution. Oxford University Press, Oxford, 1939.
- Holland, T.: Rubicon: The Last Years of the Roman Republic. Doubleday, New York, 2003.
- Beard, M.: SPQR: A History of Ancient Rome. Profile Books, London, 2015.
- Flower, H. I.: Roman Republics. Princeton University Press, Princeton, 2010.
Preguntas frecuentes sobre la crisis de la República romana
¿Cuándo comenzó exactamente la crisis de la República romana?
Los historiadores fijan convencionalmente el inicio en el 133 a.C., con el tribunado de Tiberio Graco y su asesinato posterior. Fue el primer momento en que la violencia política directa mató a un magistrado romano en ejercicio, rompiendo una norma no escrita que había mantenido la estabilidad del sistema durante cuatro siglos. Algunos autores retroceden hasta las guerras púnicas como origen estructural de la crisis, dado que las conquistas del siglo II a.C. generaron los desequilibrios sociales y económicos que los Gracos intentaron corregir.
¿Por qué no pudo la República romana reformarse para sobrevivir?
Esa es la pregunta central del período y no tiene una respuesta simple. La oligarquía senatorial bloqueó sistemáticamente las reformas que habrían aliviado las tensiones sociales — distribución de tierra, extensión de la ciudadanía, regularización de los mandos militares — porque esas reformas amenazaban sus intereses económicos y políticos inmediatos. Para cuando la crisis era ya irreversible, las instituciones republicanas habían sido tan degradadas por el uso de la violencia y los mandos extraordinarios que no tenían ya la autoridad moral para imponer soluciones. El círculo vicioso de reformas bloqueadas, tensiones acumuladas y violencia política se retroalimentó durante un siglo hasta hacer imposible cualquier salida dentro del marco republicano.
¿Fue inevitable la caída de la República?
No hay nada inevitable en la historia, pero la combinación de factores que convergió en el siglo I a.C. hacía muy difícil cualquier salida que no fuera el gobierno personal. El problema de fondo era que las instituciones republicanas habían sido diseñadas para gobernar una ciudad-estado y eran estructuralmente inadecuadas para administrar un imperio mediterráneo. Gobernar provincias tan distantes como Hispania, Siria o Egipto requería mandos prolongados y poderes concentrados que el sistema republicano de magistraturas anuales no podía proporcionar sin excepciones que acababan convirtiéndose en la norma.
¿Qué diferencia hay entre la dictadura de Sila y la de César?
Ambas fueron dictaduras en el sentido técnico romano — magistraturas extraordinarias con poderes excepcionales — pero con diferencias cruciales. Sila ejerció la dictadura con un objetivo declarado de restauración: reformar las instituciones para reforzar la autoridad del Senado y luego retirarse. Lo hizo: renunció voluntariamente en el 79 a.C. César, en cambio, fue nombrado dictador perpetuo en el 44 a.C., sin límite temporal, lo que implicaba la liquidación permanente del sistema republicano. Esa diferencia fue la que movilizó a los conspiradores del 15 de marzo: no era la dictadura en sí lo que les alarmaba, sino su carácter permanente.
¿Quiénes fueron los Gracos y por qué son importantes?
Tiberio y Cayo Sempronio Graco fueron dos hermanos de familia aristocrática que, como tribunos de la plebe en el 133 y el 123-121 a.C. respectivamente, intentaron reformar el sistema de distribución de la tierra pública para aliviar la crisis del campesinado romano. Su importancia histórica es triple: fueron los primeros en movilizar a las masas populares como contrapeso al Senado, sus asesinatos marcaron el inicio de la violencia política sistemática en Roma y sus programas establecieron el repertorio de medidas — reforma agraria, subsidios de grano, extensión de la ciudadanía — que los líderes populares del siglo siguiente retomaron y ampliaron.












