En noviembre del 63 a.C., Marco Tulio Cicerón se levantó ante el Senado romano reunido en el templo de Júpiter Estatuario y pronunció las primeras palabras de uno de los discursos más famosos de la historia: ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? El hombre al que se dirigía estaba sentado en la misma sala. Los senadores que le rodeaban se habían apartado de él, dejándole aislado en su banco como si su sola presencia fuera contagiosa. Lucio Sergio Catilina aguantó el discurso, intentó responder y fue abucheado hasta el silencio. Esa noche abandonó Roma para unirse al ejército que había reunido en Etruria con la intención de marchar sobre la ciudad.
La conjuración de Catilina es uno de los episodios más documentados de la República romana tardía, precisamente porque el hombre que la desarticuló era también el mejor escritor político de su época y se encargó de que el mundo nunca olvidara su papel en salvarla. Los cuatro discursos de Cicerón contra Catilina — las Catilinarias — han sobrevivido completos y han sido leídos por estudiantes de latín durante dos milenios. La figura de Catilina nos ha llegado casi exclusivamente a través de los ojos de su enemigo más brillante, lo que plantea una pregunta que los historiadores modernos han debatido con creciente interés: ¿era Catilina el monstruo que Cicerón describió, o era algo más complicado?
Quién era Catilina: un aristócrata arruinado
Lucio Sergio Catilina nació hacia el 108 a.C. en una familia patricia antigua pero empobrecida, una situación que compartía con Sila y que en la Roma del siglo I a.C. era una fuente de frustración y resentimiento particularmente intensa. Los Sergios eran una gens con siglos de historia, la tradición les hacía descender de Sérgestus, compañero del troyano Eneas, pero la rama de Catilina carecía de los recursos que hacían posible la carrera política que su nombre sugería.
Catilina comenzó su carrera en el entorno de Sila durante las guerras civiles y las proscripciones y las fuentes le acusan de haber participado activamente en los asesinatos de esa época, incluyendo el de su propio cuñado. Esas acusaciones son difíciles de verificar (proceden en su mayoría de fuentes hostiles) pero lo que sí parece cierto es que Catilina fue uno de los beneficiarios de las proscripciones, acumulando propiedades y riqueza en los años del terror silano.
Fue pretor en el 68 a.C. y gobernador de la provincia de África entre el 67 y el 66 a.C., un cargo del que regresó acusado de extorsión por los provinciales. La acusación le impidió presentarse al consulado en el 66 a.C. (los candidatos no podían estar sometidos a proceso judicial) y cuando finalmente fue absuelto y pudo concurrir, perdió en el 64 a.C. frente a Cicerón y Antonio Híbrida. Perdió de nuevo en el 63 a.C. frente a los candidatos que apoyaba el Senado.
Era el tercer fracaso consecutivo y Catilina estaba arruinado. Sus deudas eran enormes, sus propiedades estaban hipotecadas y el cursus honorum le había cerrado todas las puertas dentro del sistema. Fue entonces cuando decidió actuar fuera del sistema.
Los cómplices: deudas, fracasos y resentimientos
La conjuración de Catilina no fue una conspiración de desesperados sin nada que perder. Entre sus cómplices había senadores, caballeros, antiguos oficiales militares y aristócratas de varias ciudades italianas. Lo que les unía no era la pobreza sino el endeudamiento: hombres que habían vivido por encima de sus posibilidades, que habían contraído deudas que no podían pagar y que veían en un golpe de estado la única salida posible a una situación financiera sin remedio.
Salustio, el historiador que escribió la crónica más detallada de la conjuración, describe a los catilinarios con un retrato colectivo que es un cuadro de la decadencia aristocrática: jóvenes que habían gastado sus herencias en banquetes y amantes, veteranos de Sila que habían dilapidado el botín de las proscripciones, hombres de familia ilustre sin dinero para mantener el nivel de vida que su nombre exigía. Era, en palabras de Salustio, una conjuración de hombres que querían todo y no tenían nada que perder.
El plan, en su versión más ambiciosa, contemplaba el asesinato de Cicerón y otros cónsules, el incendio simultáneo de varios barrios de Roma para crear caos y la marcha del ejército que Catilina estaba reuniendo en Etruria sobre la ciudad. Una vez tomado el poder, la promesa a los seguidores era la cancelación de las deudas — la tabulae novae, las tablas nuevas, el sueño de los deudores romanos desde hacía generaciones — y el reparto de magistraturas y propiedades.
Cicerón actúa: la red de informadores
Lo que desbarató la conjuración no fue la torpeza de los conspiradores sino la eficacia de Cicerón como recopilador de información. El cónsul había sabido desde meses antes que algo se estaba tramando. Tenía informadores dentro del círculo de Catilina, incluyendo posiblemente a Fulvia, amante de uno de los cómplices, pero necesitaba pruebas concretas antes de actuar.
Las pruebas llegaron de una forma inesperada. Los conjurados, en su afán de ampliar la conspiración, contactaron con embajadores de los alóbroges, un pueblo galo de la región del Ródano que tenía quejas contra Roma y estaba en la ciudad negociando, para pedirles apoyo militar. Los alóbroges, prudentemente, decidieron que su situación mejoraría más delatándolos a Cicerón que uniéndose a una conspiración de incierto resultado. Entregaron al cónsul las cartas selladas que los catilinarios les habían dado como prueba de su compromiso.
Con esas cartas en la mano, Cicerón convocó al Senado en diciembre del 63 a.C. y presentó las pruebas. Los cómplices que estaban en Roma, entre ellos el pretor Léntulo Sura y el senador Cetego, fueron detenidos. Se abrió un debate sobre su destino que se convirtió en uno de los momentos más tensos y más importantes de la historia republicana tardía.
El debate del Senado: César contra Catón
El debate sobre qué hacer con los cómplices detenidos enfrentó dos posiciones que iban más allá del caso concreto. César, entonces pretor electo, argumentó contra la pena de muerte: los detenidos eran ciudadanos romanos y la ley romana prohibía ejecutar a un ciudadano sin juicio previo. Propuso en cambio la prisión perpetua y la confiscación de bienes, una pena grave pero legal. Su discurso fue brillante y convenció a varios senadores que ya estaban inclinándose hacia la clemencia.
Catón el Joven respondió con un discurso igualmente brillante pero en dirección opuesta: en una emergencia del Estado, la clemencia era debilidad y debilidad en ese momento era traición. Los cómplices habían planeado incendiar Roma y asesinar a los magistrados. Tratarles como criminales ordinarios era no entender la gravedad de lo que habían intentado. La República o los castigaba con la muerte o enviaba la señal de que las conspiraciones tenían un coste tolerable.
Cicerón apoyó a Catón y el Senado votó la pena de muerte. Esa misma noche, Cicerón acompañó personalmente a los cinco detenidos principales al Tullianum (la prisión subterránea de Roma) y los hizo estrangular. Cuando salió y anunció a la multitud que esperaba fuera con una sola palabra, vixerunt, «vivieron», fue aclamado como padre de la patria.
El final de Catilina: la batalla de Pistoia
Catilina, que había abandonado Roma antes de las detenciones, se enteró de la suerte de sus cómplices mientras organizaba su ejército en Etruria. La noticia no mejoró la situación: muchos de sus seguidores desertaron al saber que la conspiración urbana había fracasado y el ejército consular se aproximaba desde el sur mientras otra fuerza bloqueaba el paso hacia la Galia Cisalpina al norte.
En enero del 62 a.C., en las colinas cerca de Pistoia, el ejército de Catilina fue interceptado por las fuerzas del cónsul Antonio Híbrida, el colega de Cicerón, que paradójicamente había tenido simpatías catilinarias al principio, y destruido en una batalla que las fuentes describen con la intensidad de una lucha sin cuartel. Catilina murió combatiendo en primera línea y Salustio escribe que su cuerpo fue encontrado lejos del lugar donde había empezado la batalla, rodeado de enemigos muertos, lo que sugería que había avanzado combatiendo hasta el final.
Era el fin de la conjuración y el comienzo de un problema para Cicerón.
Las consecuencias: el triunfo y la caída de Cicerón
La ejecución de los cómplices sin juicio formal persiguió a Cicerón el resto de su vida. César había tenido razón legalmente: ejecutar a ciudadanos romanos sin proceso era ilegal, independientemente de lo que hubieran planeado. El tribuno Publio Clodio Pulcro, enemigo personal de Cicerón por razones que incluían un escándalo doméstico en el que Cicerón había testificado contra él, promovió una ley que exiliaba a quien hubiera ejecutado ciudadanos sin juicio.
Cicerón partió al exilio en el 58 a.C., un año después de que la ley fuera aprobada. Sus propiedades fueron confiscadas y su casa en el Palatino fue demolida. Regresó al año siguiente, cuando sus aliados lograron la revocación del exilio, pero nunca recuperó del todo la influencia política que había tenido en el año de su consulado. El hombre que había sido aclamado como padre de la patria por salvar Roma de Catilina, pasó los últimos años de su vida oscilando entre la actividad literaria y los intentos cada vez más desesperados de mantener algún papel político en una República que se desintegraba a su alrededor.
Murió en el 43 a.C., ejecutado por orden de Marco Antonio, a quien había atacado en sus últimos grandes discursos, las Filípicas, con la misma ausencia de proceso legal que él había aplicado a los catilinarios 20 años antes. Su cabeza y sus manos fueron expuestas en los Rostros del foro, el lugar desde el que había pronunciado sus mejores discursos.
¿Era Catilina un revolucionario o un desesperado?
La historiografía moderna ha revisado el retrato de Catilina que Cicerón y Salustio nos transmitieron y el resultado es más ambiguo que la imagen del monstruo que la tradición conservó. Algunos historiadores del siglo XX, entre ellos Matthias Gelzer y más recientemente Tom Holland, han señalado que las demandas de los catilinarios, especialmente la cancelación de deudas, respondían a problemas reales de la sociedad romana que el Senado se negaba a abordar.
La concentración de riqueza, el endeudamiento masivo de la clase media y la aristocracia menor, la incapacidad de las instituciones republicanas para dar salida a las demandas de reformas, eran exactamente los mismos problemas que los Gracos habían intentado resolver cuatro décadas antes y que habían costado la vida a ambos hermanos. Catilina no era un reformador desinteresado, sus motivaciones personales eran demasiado obvias para que ese retrato sea creíble, pero tampoco era simplemente un criminal: era el síntoma de una enfermedad sistémica que la República no sabía curar.
Lo que sí es cierto es que sus métodos, el asesinato, el incendio, el golpe de Estado, eran exactamente los que garantizaban que la respuesta fuera la represión y no la reforma. En ese sentido, Catilina fue tan responsable de su propio fracaso como de la conspiración que organizó.
Cronología de la conjuración de Catilina
| Fecha | Acontecimiento | Consecuencia |
|---|---|---|
| 64 a.C. | Catilina pierde las elecciones consulares frente a Cicerón. | Segunda derrota consecutiva. Deudas acumuladas. Empieza a organizar la conspiración. |
| 63 a.C. (verano) | Catilina pierde las elecciones por tercera vez. Decide actuar. | Organiza un ejército en Etruria y conspiradores en Roma. |
| Noviembre 63 a.C. | Cicerón pronuncia la Primera Catilinaria en el Senado. | Catilina abandona Roma esa noche para unirse a su ejército. |
| Diciembre 63 a.C. | Los alóbroges delatan a los cómplices. Cicerón presenta las pruebas al Senado. | Debate César vs. Catón. El Senado vota la pena de muerte. |
| Diciembre 63 a.C. | Ejecución de los cinco cómplices principales en el Tullianum. | Cicerón aclamado padre de la patria. Conspiración urbana desarticulada. |
| Enero 62 a.C. | Batalla de Pistoia. Catilina muere combatiendo. | Fin definitivo de la conjuración. |
| 58 a.C. | Clodio promueve la ley que exilia a Cicerón por las ejecuciones ilegales. | Cicerón parte al exilio. Sus propiedades son confiscadas. |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Cicerón: Catilinarias (Discursos I-IV contra Catilina). Traducción de J. Aspa Cereza. Gredos, Madrid, 1991.
- Salustio: La conjuración de Catilina. Traducción de M. Á. Marcos Casquero. Akal, Madrid, 1997.
- Plutarco: Vida de Cicerón, en Vidas paralelas. Traducción de A. Ranz Romanillos. Gredos, Madrid, 1985.
- Apiano: Historia romana — Guerras civiles, libro II. Traducción de A. Sancho Royo. Gredos, Madrid, 1985.
Bibliografía
- Montanelli, I.: Historia de Roma. Plaza & Janés, Barcelona, 1991.
- Grimal, P.: Cicerón. Salvat, Barcelona, 1985.
- Roldán Hervás, J. M.: La República romana. Cátedra, Madrid, 1981.
- Fuentes, C.: El naranjo o los círculos del tiempo. Alfaguara, Madrid, 1993. (Referencia literaria)
- Syme, R.: The Roman Revolution. Oxford University Press, Oxford, 1939.
- Holland, T.: Rubicon: The Last Years of the Roman Republic. Doubleday, New York, 2003.
- Beard, M.: SPQR: A History of Ancient Rome. Profile Books, London, 2015.
- Stockton, D.: Cicero: A Political Biography. Oxford University Press, Oxford, 1971.
Preguntas frecuentes sobre Catilina
¿Qué fueron las Catilinarias de Cicerón?
Las Catilinarias son los cuatro discursos que Cicerón pronunció contra Catilina entre noviembre y diciembre del 63 a.C. El primero, el más famoso, fue pronunciado ante el Senado con Catilina presente y comienza con la célebre pregunta Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra — ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? — que se convirtió en uno de los pasajes más citados de la literatura latina. Los cuatro discursos han sobrevivido completos y han sido texto de estudio de latín durante siglos, lo que hace de Catilina uno de los personajes de la República romana más conocidos aunque sea a través de los ojos de su enemigo.
¿Por qué Cicerón fue al exilio si había salvado Roma?
La paradoja de Cicerón es que el mismo acto que le valió el título de padre de la patria — la ejecución de los cómplices catilinarios — fue también el que le llevó al exilio cinco años después. La ejecución era ilegal: la ley romana prohibía ejecutar a ciudadanos sin juicio previo, independientemente de su culpa. César lo había advertido en el debate del Senado. El tribuno Clodio, que tenía razones personales para odiar a Cicerón, aprovechó esa ilegalidad para promover una ley de exilio en el 58 a.C. Cicerón partió sin resistencia y regresó al año siguiente, pero el episodio demostró que incluso los actos heroicos podían convertirse en armas políticas en manos de enemigos hábiles.
¿Tenía razón Catilina en sus demandas?
Es la pregunta más interesante sobre la conjuración. Las demandas principales de los catilinarios — especialmente la cancelación de deudas — respondían a problemas reales de la sociedad romana que el Senado se negaba a abordar. La concentración de riqueza, el endeudamiento masivo y la exclusión de amplios sectores de la vida política eran exactamente los problemas que los Gracos habían intentado resolver con reformas legales décadas antes. En ese sentido, Catilina tenía razón en el diagnóstico aunque sus métodos — conspiración, asesinato, incendio — fueran los que garantizaban la represión en lugar de la reforma. Los historiadores modernos tienden a ver en él no un simple criminal sino un síntoma de las contradicciones irresolubles de la República tardía.
¿Qué papel tuvo César en la conjuración?
El papel de César en la conjuración de Catilina fue objeto de sospechas en la antigüedad y sigue siendo debatido. Cicerón insinuó en varias ocasiones que César sabía más de lo que admitía, y Suetonio recoge rumores de que su nombre apareció en alguna lista de cómplices. Lo que sí es cierto es que César habló en el Senado contra la pena de muerte para los detenidos, un discurso que Salustio reproduce con detalle y que fue políticamente brillante. Si esa posición respondía a principios legales genuinos, a simpatías con los objetivos de los catilinarios o simplemente a la oportunidad de crear problemas a Cicerón, es imposible saberlo con certeza.
¿Quién era Catón el Joven y por qué importa en este episodio?
Marco Porcio Catón, bisnieto del célebre Catón el Censor, era en el 63 a.C. un tribuno de la plebe joven pero ya conocido por su intransigencia moral y su devoción a los principios estoicos y republicanos. Su discurso en el Senado a favor de la pena de muerte para los catilinarios fue el contrapeso del de César y el que finalmente inclinó la votación. Catón se convertiría en los años siguientes en el símbolo más coherente de la resistencia republicana contra el poder personal de César y Pompeyo, y moriría en el 46 a.C. en Útica, suicidándose antes de rendirse a César después de la derrota en la guerra civil, en un gesto que la posteridad convirtió en símbolo de la libertad republicana.











