En 1985 un extraño fósil que se descubrió en la formación Tesnus de Texas y luego resguardado en el Museo de Historia Natural de San Diego, se ha convertido en la evidencia de que los antiguos insectos poseían 24 patas y pasaron un largo periodo anfibio, luego de su salida del océano a la tierra.
El fósil se catalogó erróneamente como un crustáceo y se olvidó en los depósitos del museo, hasta que el paleoentomólogo Erik Tihelka de la Universidad de Cambridge lo vió en una publicación rusa, dándose cuenta de que se trataba de un fósil distinto.
Erik Tihelka viajó al museo en Estados Unidos para ver el fósil sometiéndolo a una prueba de imágenes de luz polarizada cruzada, revelando la verdadera identidad del espécimen.
Al colocar la luz Tihelka observó las antenas en forma de látigo, el torax de seis segmentos y el abdomen de once secciones, característicos de los insectos.
Adicionalmente, Tihelka identificó tres pares de patas para caminar, aunque un examen más detallado permitió ver que en el abdomen tenía nueve pares de piernas cortas que eran utilizadas por el insecto para movilizarse en el lodo.
Gracias a este espécimen se ha encontrado un eslabón perdido entre los insectos que se formaron en el océano y los reconocidos insectos de tierra que se encuentran en abundancia en el período Carbonifero.
Ahora se tiene evidencia física de que los insectos pasaron un largo tiempo entre el agua, el lodo y la tierra, luego de su salida de los océanos.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









