Hay personajes bíblicos que representan virtudes claras y destinos comprensibles. Job no es uno de ellos. Es el hombre más justo de su generación, el que teme a Dios y se aparta del mal, el que ofrece sacrificios por sus hijos por si acaso han pecado en su corazón y precisamente por eso, o mejor dicho, a causa de esa justicia, lo pierde todo: sus hijos, sus riquezas, su salud y su reputación. Se sienta en un estercolero cubierto de llagas, rascándose con un trozo de cerámica, mientras sus amigos le explican que debe de haber pecado para merecer semejante castigo.
La historia de Job es una de las más antiguas, más universales y más filosóficamente incómodas de toda la tradición religiosa occidental. No ofrece respuestas fáciles al problema del sufrimiento injusto, no resuelve la tensión entre la justicia de Dios y la experiencia del dolor inocente con una fórmula tranquilizadora. Al contrario, lleva esa tensión hasta el límite, permite que Job cuestione a Dios con una audacia que no tiene paralelo en toda la Biblia hebrea y termina con una respuesta divina que no responde a ninguna de las preguntas que Job había planteado sino que las disuelve en la contemplación del poder incomprensible de la creación.
Job no es simplemente un personaje bíblico, es un arquetipo: el símbolo del sufrimiento inocente, el modelo de la fe que resiste sin entender, la figura que ha nutrido a filósofos, teólogos, poetas y artistas durante 25 siglos porque su pregunta «¿por qué sufre el justo?» sigue sin tener una respuesta completamente satisfactoria.
El mundo de Job: un patriarca del Oriente
Job no es israelita. Este detalle, que los lectores modernos suelen pasar por alto, es teológicamente significativo. El texto lo sitúa en la tierra de Uz, un territorio no identificado con certeza pero probablemente al este del Jordán, en la región de Edom o Arabia y lo describe como «el mayor de todos los orientales». No pertenece al pueblo de Israel, no conoce la Torá de Moisés y no tiene acceso a la revelación particular de Israel. Es simplemente un hombre que teme a Dios y se aparta del mal.
Esta universalidad es deliberada. El problema que el libro plantea (el sufrimiento del inocente) no es un problema específicamente israelita sino un problema humano universal. Al situar la historia fuera del ámbito de Israel, el autor está afirmando que la pregunta de Job es la pregunta de toda la humanidad, no solo de un pueblo particular.
El mundo en que Job vive es el mundo de los patriarcas: mide su riqueza en ganado y siervos, ofrece sacrificios él mismo sin mediación sacerdotal y vive como jefe de un clan extenso. Es un mundo anterior a la Ley mosaica, anterior al sacerdocio levítico, anterior al Templo. Es el mundo de Abraham, de Isaac, de Jacob.
La prosperidad de Job
Al comienzo del libro, Job es descrito con una precisión que subraya su prosperidad excepcional: siete hijos y tres hijas, 7.000 ovejas, 3.000 camellos, 500 yuntas de bueyes, 500 asnas y una servidumbre muy numerosa. Es el más rico de todos los orientales.
Pero lo que el texto subraya aún más que su riqueza es su rectitud moral: Job es íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Su piedad no es solo personal sino vicaria, cada vez que sus hijos celebraban un banquete, Job se levantaba temprano al día siguiente y ofrecía sacrificios por cada uno de ellos, por si acaso habían pecado en su corazón. Es la imagen del padre piadoso que intercede por sus hijos incluso ante pecados hipotéticos.
El consejo celestial: la apuesta sobre Job
La narrativa da un giro radical y perturbador en los versículos 6 a 12 del primer capítulo. La escena se traslada al consejo celestial, donde los hijos de Dios, los seres divinos de la corte celestial, se presentan ante el Señor. Entre ellos está el ha-satan, el fiscal celestial, que acaba de recorrer la tierra. Dios le pregunta:
¿Has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?
La respuesta del fiscal es una acusación devastadora:
¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has rodeado de un seto a él, a su casa y a todo lo que tiene? Has bendecido la obra de sus manos y sus bienes han aumentado en la tierra. Pero extiende tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no te maldice en tu propia cara.
El argumento es filosóficamente agudo: ¿cómo saber si la fe de Job es genuina o simplemente el resultado de su prosperidad? Si Dios le ha dado todo, ¿qué mérito tiene que Job lo adore? La virtud solo se prueba en la adversidad.
Dios acepta el desafío: «He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él». Y el fiscal sale de la presencia de Dios.
La naturaleza del ha-satan en Job
El ha-satan del Libro de Job, con el artículo determinado en hebreo, no como nombre propio sino como función: «el fiscal» o «el acusador», no es el diablo del Nuevo Testamento ni el príncipe del mal de la tradición posterior. Como desarrollamos en el artículo sobre el origen del diablo, en el contexto del Libro de Job el ha-satan es un miembro de la corte celestial con una función específica: recorrer la tierra e informar sobre el comportamiento humano y actuar como fiscal que cuestiona la autenticidad de la fe humana.
No actúa contra la voluntad de Dios sino con su permiso explícito. No tiene poder propio sino el que Dios le concede. No es malévolo en el sentido de querer el mal de Job: simplemente plantea una pregunta filosófica legítima sobre la naturaleza de la fe. Es el adversario funcional, no el enemigo ontológico.
Esta distinción es fundamental para entender el libro: el sufrimiento de Job no es obra del diablo en el sentido cristiano posterior sino el resultado de una prueba autorizada por Dios mismo, lo que hace la pregunta teológica mucho más incómoda.
Las calamidades: la pérdida de todo
Las calamidades caen sobre Job en cuatro golpes sucesivos que llegan uno tras otro sin dar tiempo a recuperarse. Cuatro mensajeros llegan corriendo, cada uno interrumpiendo al anterior:
El primero anuncia que los sabeos atacaron y se llevaron los bueyes y las asnas, matando a los criados. El segundo, que el fuego de Dios cayó del cielo y quemó las ovejas y los pastores. El tercero, que los caldeos formaron tres bandas y se llevaron los camellos, matando a los criados. El cuarto, y el más devastador, que un viento del desierto golpeó la casa donde los hijos de Job celebraban un banquete y la derribó sobre ellos, matando a todos.
La respuesta de Job es la que la tradición ha recordado como el modelo de la resignación piadosa: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. El Señor dio, y el Señor quitó; sea el nombre del Señor bendito». Y el texto añade: «En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno».
La segunda prueba: las llagas
En el capítulo 2, la escena vuelve al consejo celestial. El ha-satan regresa y Dios señala que Job se ha mantenido íntegro a pesar de todo. El fiscal responde: «Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende tu mano y toca su hueso y su carne, y verás si no te maldice en tu propia cara».
Dios concede la segunda prueba con un límite: «He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida». Y el ha-satan hiere a Job con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla. Job se sienta en un estercolero y toma un trozo de teja para rascarse.
Su esposa (la única que le queda) le dice: «¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios y muérete». Job la reprende: «Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos el bien de Dios y el mal no lo recibiremos?» Y de nuevo el texto concluye: «En todo esto no pecó Job con sus labios».
Los tres amigos: la teología del merecimiento
La llegada de los tres amigos de Job (Elifaz el temanita, Bildad el suhita y Zofar el naamatita) marca el comienzo del largo diálogo poético que ocupa la mayor parte del libro. Los tres vienen a consolarlo, pero al verlo desde lejos apenas lo reconocen, rasgan sus mantos, echan polvo sobre sus cabezas y se sientan con él en silencio durante siete días y siete noches.
Es Job quien rompe el silencio con una maldición de su nacimiento de una intensidad poética extraordinaria: «Perezca el día en que nací, y la noche en que se dijo: Varón es concebido». No maldice a Dios, lo que el ha-satan había predicho, pero maldice su propia existencia con una radicalidad que anuncia el tono de todo el debate que seguirá.
La teología de los amigos
Los tres amigos representan la teología oficial del merecimiento: la creencia de que el sufrimiento es siempre consecuencia del pecado y la prosperidad es siempre recompensa de la virtud. Es una teología coherente, tranquilizadora y completamente incapaz de dar cuenta de la experiencia de Job.
Elifaz, el primero en hablar, comienza con suavidad pero llega a la misma conclusión: «¿Quién que siendo inocente ha perecido? ¿Dónde han sido destruidos los rectos?». El sufrimiento de Job debe tener una causa moral. Quizás Job ha pecado sin saberlo. Que se arrepienta y Dios lo restaurará.
Bildad es más directo: si los hijos de Job murieron, es porque pecaron. Si Job es puro y recto, Dios lo restaurará. La lógica del merecimiento es infalible.
Zofar es el más brutal: le dice a Job que está recibiendo menos de lo que merece, que Dios le está cobrando menos de lo que su culpa requeriría.
La respuesta de Job
Job responde a cada uno con una lucidez y una audacia que no tienen precedente en la Biblia. No acepta la teología del merecimiento. Sabe que no ha pecado de forma que justifique semejante sufrimiento y en lugar de ceder a la presión de sus amigos, lleva su queja directamente a Dios con una intensidad que roza la blasfemia:
¿Por qué me contiendes? ¿Por qué me has puesto por blanco tuyo, de manera que me he vuelto carga a mí mismo? ¿Y por qué no quitas mi transgresión y perdonas mi iniquidad?
Job no pide que le expliquen por qué sufre, pide que Dios se presente y le dé la cara. Quiere un proceso legal: que Dios actúe como juez imparcial y le permita presentar su caso. Es una imagen extraordinaria: el ser humano citando a Dios ante el tribunal de la justicia.
Elihú: el cuarto amigo
Antes de que Dios responda, aparece un cuarto personaje que no había sido mencionado anteriormente: Elihú, hijo de Baraquel el buzita. Elihú ha escuchado todo el debate y está furioso con Job por haber justificado su propia alma más que a Dios y furioso con los tres amigos por no haber respondido a Job de forma convincente.
Los discursos de Elihú (cuatro capítulos) son los más largos de cualquier personaje individual del libro y también los más problemáticos para los intérpretes: algunos los consideran una adición tardía al texto original y otros los ven como una preparación necesaria para la respuesta divina que viene a continuación.
Elihú introduce un argumento que los tres amigos no habían desarrollado: el sufrimiento como educación. Dios usa el sufrimiento no como castigo sino como instrucción, como forma de humillar el orgullo humano y abrir los ojos a la realidad de la condición creatural. Es una perspectiva más matizada que la del merecimiento puro, aunque tampoco satisface completamente la queja de Job.
La respuesta de Dios: el discurso desde el torbellino
La respuesta de Dios a Job en los capítulos 38 a 41 es uno de los textos más extraordinarios de toda la literatura religiosa mundial y también uno de los más filosóficamente desconcertantes. Dios responde a Job desde un torbellino, la misma imagen de la teofanía que aparece en Ezequiel, pero no responde a ninguna de las preguntas que Job había planteado.
En lugar de explicar por qué Job ha sufrido, Dios le hace una serie de preguntas retóricas sobre la naturaleza y la creación:
¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¿Quién encerró el mar con puertas? ¿Has mandado tú a la mañana alguna vez en tus días? ¿Puedes atar las Pléyades o desatar a Orión? ¿Sabes tú las ordenanzas del cielo?
La respuesta de Dios es una cascada de preguntas que demuestran la infinita distancia entre el conocimiento divino y el humano. No es una respuesta racional al problema del sufrimiento sino una experiencia de la incomprensibilidad de Dios que pone a Job en su lugar sin explicarle nada.
Leviatán y Behemot como argumentos teológicos
En el corazón de la respuesta divina están las descripciones de Behemot y Leviatán: las dos criaturas más aterradoras de la creación, que ningún ser humano puede dominar. Son el argumento supremo del discurso divino: si no puedes controlar a estas criaturas que yo he hecho, ¿cómo vas a cuestionar a quien las creó?
Behemot, con su fuerza descomunal y su calma ante las crecidas del río y Leviatán, con sus escamas impenetrables y su aliento de fuego, son la expresión más extrema del poder creador de Dios que trasciende toda comprensión humana. No son argumentos racionales sino experiencias de lo sublime: la confrontación con un poder que supera toda medida humana.
La rendición de Job
Después del discurso divino, Job responde con una de las declaraciones más debatidas de toda la Biblia:
«De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza».
¿De qué se arrepiente Job? No de ningún pecado específico, el texto nunca dice que Job haya pecado. Se arrepiente de haber cuestionado desde una perspectiva limitada lo que solo Dios puede comprender plenamente. Ha visto a Dios, o más exactamente, ha experimentado su presencia y esa experiencia transforma su relación con la pregunta que había planteado. No la responde: la disuelve.
La restauración de Job
El epílogo del libro es desconcertante para muchos lectores modernos: Dios reprende a los tres amigos por no haber hablado de él lo recto como Job y ordena que ofrezcan sacrificios y que Job interceda por ellos y luego restaura la prosperidad de Job: el doble de lo que tenía antes: 14.000 ovejas, 6.000 camellos, 1.000 yuntas de bueyes, 1.000 asnas y Nuevos hijos e hijas; y Job vivió 140 años más, viendo a sus hijos y a los hijos de sus hijos hasta la cuarta generación.
Esta restauración ha sido criticada como una resolución demasiado fácil que traiciona la seriedad filosófica del poema: ¿qué sentido tiene plantear la pregunta del sufrimiento inocente con tanta radicalidad para luego resolverla con una compensación material?
Pero hay una lectura más generosa: el epílogo no afirma que la prosperidad sea la recompensa de la virtud (eso sería la teología de los amigos que Dios ha rechazado) sino que afirma que Dios no abandona a los suyos, que la historia de Job no termina en el estercolero. La restauración no explica el sufrimiento: simplemente afirma que no tiene la última palabra.
Job en la tradición judía y cristiana
La figura de Job ha tenido una vida extraordinariamente rica en las tradiciones interpretativas posteriores.
En el judaísmo rabínico, Job generó un debate sobre si fue un personaje histórico real o una figura literaria. Algunos rabinos, siguiendo una lectura literal, lo consideraban tan real como Abraham y otros con más sofisticación literaria, reconocían su carácter de parábola. El Talmud registra la opinión de que Job nunca existió sino que fue una parábola y también la opinión contraria. La pregunta sobre la historicidad de Job es la misma que la pregunta sobre el género literario del libro: ¿es historia o sabiduría?
En el islam, Job, llamado Ayyub en árabe, es reconocido como profeta. El Corán lo menciona dos veces, siempre como modelo de paciencia ante la adversidad. La tradición islámica desarrolló su historia de forma similar al libro bíblico: una prueba de Dios, una paciencia ejemplar, una restauración final.
En el cristianismo, Job fue interpretado como figura o prefiguración de Cristo: el inocente que sufre injustamente, que es abandonado por sus amigos, que clama a Dios desde el sufrimiento y que es finalmente vindicado. La Liturgia de las Horas usa extensamente los textos de Job en el oficio de difuntos y la figura de Job en el estercolero es uno de los temas iconográficos más representados del arte cristiano medieval.
Job en la filosofía y la literatura moderna
La pregunta de Job ¿por qué sufre el inocente? es la pregunta filosófica que la teodicea intenta responder: la justificación de Dios ante la existencia del mal y el sufrimiento. El término mismo fue acuñado por Leibniz en 1710, pero el problema es tan antiguo como la religión.
Immanuel Kant consideró que el libro de Job era el único texto bíblico que abordaba el problema del mal con honestidad filosófica, precisamente porque Job se niega a aceptar las respuestas fáciles de sus amigos.
Søren Kierkegaard dedicó una sección de su obra La repetición a Job, viéndolo como el modelo de la fe que se mantiene ante lo absurdo, el precursor de Abraham en el sacrificio de Isaac.
Carl Gustav Jung escribió Respuesta a Job (1952), una de las interpretaciones más controvertidas del siglo XX, leyendo el libro como la historia de la confrontación entre el ser humano consciente y un Dios que aún no ha integrado su propia sombra.
En la literatura, Franz Kafka es el escritor moderno que más profundamente ha heredado la sensibilidad de Job: sus protagonistas, sometidos a procesos incomprensibles por poderes que no pueden cuestionar, son Job en el mundo burocrático moderno. Archibald MacLeish escribió J.B. (1958), una reescritura teatral del libro de Job en clave contemporánea que ganó el Premio Pulitzer.
Job y las respuestas al sufrimiento
| Posición | Representante | Argumento | Respuesta de Job | Veredicto divino |
|---|---|---|---|---|
| Teología del merecimiento | Elifaz, Bildad, Zofar | El sufrimiento es siempre consecuencia del pecado. Job debe de haber pecado. | Rechaza la acusación. Sabe que es inocente. | Dios los reprende: no hablaron lo recto. |
| Sufrimiento como educación | Elihú | Dios usa el sufrimiento para humillar el orgullo y enseñar. | No responde directamente a Elihú. | Dios no menciona a Elihú en el epílogo. |
| Queja y demanda de justicia | Job | El sufrimiento del inocente es injusto. Dios debe dar explicaciones. | Es la posición de Job a lo largo del libro. | Dios dice que Job habló lo recto de él. |
| Incomprensibilidad divina | Dios (discurso del torbellino) | El orden del cosmos trasciende la comprensión humana. La pregunta está mal planteada. | Job se rinde ante la experiencia de Dios. | Es la respuesta que el libro ofrece. |
| Paciencia y fe ciega | Tradición popular sobre Job | Job es modelo de paciencia que acepta el sufrimiento sin quejarse. | Contradice el texto: Job se queja extensamente. | No es la lectura que el texto apoya. |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Biblia de Jerusalén. Job 1-42.
- Poema de Gilgamesh, tablilla XI, en Lara Peinado, F. (trad.) (1998). Tecnos, Madrid.
Bibliografía:
- Alonso Schökel, Luis; Sicre Díaz, José Luis (1983). Job. Ediciones Cristiandad, Madrid.
- García Cordero, Maximiliano (1975). Biblia comentada: libros sapienciales. BAC, Madrid.
- Gutiérrez, Gustavo (1986). Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Sígueme, Salamanca.
- Habel, Norman C. (1985). The Book of Job. Westminster Press, Filadelfia.
- Pope, Marvin H. (1965). Job. Anchor Bible 15. Doubleday, Garden City.
- Newsom, Carol A. (2003). The Book of Job: A Contest of Moral Imaginations. Oxford University Press.
- Jung, Carl Gustav (1952). Respuesta a Job. Routledge, Londres.
Preguntas frecuentes sobre Job
¿Existió Job realmente?
El debate sobre la historicidad de Job es antiguo y no tiene una respuesta definitiva. El Talmud registra opiniones tanto a favor como en contra de su existencia histórica. Los especialistas bíblicos modernos tienden a leer el libro como una obra de literatura sapiencial —comparable en género a los cuentos didácticos del Próximo Oriente antiguo— más que como historia biográfica. La pregunta más importante no es si Job existió sino qué verdad enseña su historia sobre la condición humana y la relación con Dios.
¿Por qué Dios permite que Job sufra?
El libro no da una respuesta directa a esta pregunta, lo que es parte de su grandeza filosófica. Lo que sí establece es que el sufrimiento de Job no es castigo por ningún pecado —Dios mismo afirma que Job es íntegro— y que tiene su origen en una prueba autorizada por Dios ante el desafío del ha-satan. Pero el libro se niega a reducir el sufrimiento a una explicación racional: la respuesta de Dios desde el torbellino no responde a la pregunta sino que la disuelve en la contemplación del poder incomprensible de la creación.
¿Quién es el ha-satan en Job?
El ha-satan —con el artículo determinado en hebreo, que indica una función más que un nombre propio— es el fiscal celestial, un miembro de la corte divina cuya función es recorrer la tierra e informar sobre el comportamiento humano. No es el diablo del Nuevo Testamento ni el príncipe del mal de la demonología posterior. Actúa con permiso explícito de Dios y dentro de los límites que Dios le establece. Su papel en Job es plantear una pregunta filosófica legítima sobre la naturaleza de la fe: ¿es genuina la virtud de Job o es simplemente el resultado de su prosperidad?
¿Por qué Dios reprende a los amigos de Job y no a Job mismo?
Al final del libro, Dios dice a los tres amigos: «No habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job.» Esta declaración es uno de los más desconcertantes del libro: Job ha cuestionado a Dios con una audacia que sus amigos nunca se permitieron, y sin embargo es Job quien ha hablado correctamente. La interpretación más convincente es que la honestidad radical de Job —su negativa a aceptar explicaciones falsas sobre Dios aunque esas explicaciones fueran piadosas— es más fiel a la verdad de Dios que la teología cómoda pero equivocada de los amigos. Dios prefiere la queja honesta a la alabanza hipócrita.
¿Qué son Behemot y Leviatán en el Libro de Job?
Behemot y Leviatán son las dos criaturas más aterradoras de la creación, presentadas por Dios en su discurso desde el torbellino como el argumento supremo de la incomprensibilidad del poder divino. Si Job no puede dominar a estas criaturas, ¿cómo va a cuestionar al que las creó? En su contexto literal son probablemente el hipopótamo y el cocodrilo o alguna criatura marina colosal, aunque la descripción de ambos va más allá de cualquier animal real y los convierte en símbolos del poder primordial del caos que solo Dios puede dominar.









