Pocas figuras de la historia de las religiones han experimentado una transformación tan radical como la que convirtió al diablo en lo que hoy entendemos por ese nombre. El ser que en el imaginario cristiano occidental encarna el mal absoluto, el adversario eterno de Dios, el príncipe de las tinieblas que gobierna el infierno y tienta a la humanidad desde el principio de los tiempos, no existía en esa forma en los textos religiosos más antiguos del pueblo que lo creó. La figura del diablo tal como la conocemos es el resultado de un proceso de construcción que duró más de mil años, atravesó varias culturas y civilizaciones y acumuló capas de significado procedentes de tradiciones religiosas muy distintas.
En los textos hebreos más antiguos, el personaje que acabaría convirtiéndose en el diablo era un fiscal celestial, un funcionario del tribunal divino cuya función era precisamente la que su nombre describe: ha-satan en hebreo significa «el acusador», «el adversario», el que se opone. No era un ser maligno sino un servidor de Dios con una función específica dentro de la corte celestial: poner a prueba la fidelidad de los humanos, acusarlos ante el tribunal divino, señalar sus faltas. Era, en cierto sentido, el abogado de la acusación en el proceso judicial del cosmos.
Entre ese fiscal hebreo y el Satanás del Nuevo Testamento, el príncipe de los demonios que tienta a Jesús en el desierto y que será encadenado al final de los tiempos, hay un abismo conceptual que solo puede explicarse como el resultado de influencias externas, transformaciones internas y crisis históricas que empujaron la figura hacia territorios que los autores del Antiguo Testamento más antiguo no habrían reconocido.
Reconstruir ese proceso es adentrarse en uno de los capítulos más fascinantes de la historia de las ideas religiosas: cómo una cultura construye su imagen del mal, qué necesidades psicológicas y teológicas satisface esa construcción y cómo las grandes convulsiones históricas (el exilio babilónico, la dominación persa, el período helenístico, la crisis del período romano) fueron modelando la figura paso a paso hasta producir al diablo que heredó el cristianismo y que todavía habita el imaginario occidental.
El satan hebreo: el fiscal del tribunal divino
La palabra hebrea satan —שָּׂטָן— significa literalmente «adversario» o «acusador». En su uso más antiguo en los textos bíblicos no es un nombre propio sino una función, un rol dentro de la estructura de la corte celestial que los israelitas concebían de forma análoga a las cortes reales humanas: un rey rodeado de su consejo, con distintos funcionarios que cumplían distintas tareas.
El texto que mejor ilustra esta función original es el libro de Job, datado por la mayoría de especialistas entre los siglos VII y V a.C. en su forma actual. En el prólogo del libro, la escena se sitúa en el cielo: «Un día en que los hijos de Dios venían a presentarse ante el Señor, también vino entre ellos el Adversario (ha-satan).» El artículo determinado es crucial: no es «Satán» como nombre propio sino «el Adversario» como función. Es uno de los miembros del consejo celestial, los bene Elohim, los hijos de Dios.
Dios le pregunta de dónde viene. El Adversario responde que ha estado recorriendo la tierra, vagando por ella y entonces Dios le hace una pregunta que revela la naturaleza de su función: «¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie como él en la tierra: es un hombre íntegro y recto, que teme a Dios y se aparta del mal». El Adversario responde con la lógica del fiscal: «¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has protegido tú a él, a su casa y a todo lo suyo?» La implicación es clara: Job es fiel porque le va bien. Quítale todo y verás si sigue siendo fiel.


Dios acepta el argumento y autoriza al Adversario a poner a Job a prueba. Lo que sigue es la historia de las desgracias de Job, pero lo que importa para comprender al satan hebreo primitivo es la estructura de la escena inicial: el Adversario no actúa por su cuenta ni en contra de Dios. Actúa con la autorización y dentro del plan divino. Es un instrumento de la justicia de Dios, no su enemigo.
El mismo esquema aparece en el libro de Zacarías (siglo VI a.C.), donde el sumo sacerdote Josué está de pie ante el ángel del Señor «y el Adversario estaba a su derecha para acusarlo». De nuevo la función fiscal: el Adversario acusa, el ángel del Señor defiende. Es un tribunal, no una batalla cósmica.
Y en el libro de Números, cuando el ángel de Dios se interpone en el camino del profeta Balaam para impedirle maldecir a Israel, el texto dice que el ángel actuó «como satan», como adversario. Aquí la palabra ni siquiera designa a un ser específico sino simplemente la función de oponerse, de bloquear el camino.
Este satan hebreo primitivo no era un ser maligno, era un servidor de Dios con una función incómoda pero necesaria dentro del orden divino: la de acusador, fiscal, el que pone a prueba y señala las faltas. La maldad no residía en él sino en los humanos cuyas faltas señalaba.
El dualismo persa: la gran transformación
La primera gran transformación de la figura del adversario hebreo ocurrió durante el período persa, entre el 539 y el 333 a.C., cuando el Imperio aqueménida gobernaba el Próximo Oriente y los judíos, liberados de la cautividad babilónica por Ciro el Grande, vivieron bajo dominación persa durante dos siglos.
El zoroastrismo, la religión oficial del Imperio persa, era una de las tradiciones religiosas más sofisticadas e influyentes del mundo antiguo. Su fundador, el profeta Zaratustra, en griego Zoroastro, había reformado la religión iraní tradicional en torno a un principio que no tenía precedente en ninguna religión del Próximo Oriente anterior: el dualismo cósmico radical.
En la cosmología zoroástrica, el universo está dominado por la lucha entre dos principios igualmente poderosos: Ahura Mazda, «el señor sabio», la fuerza del bien, la luz y la verdad y Angra Mainyu, también llamado Ahriman, «el espíritu destructivo», la fuerza del mal, la oscuridad y la mentira. Estos dos principios son coeternos y coiguales en poder, aunque Ahura Mazda acabará triunfando al final de los tiempos en una batalla escatológica definitiva.


Angra Mainyu no era un fiscal ni un funcionario subordinado: era el adversario cósmico de Dios, un ser de naturaleza fundamentalmente maligna cuya existencia era independiente y cuyo poder era real. Tenía sus propios servidores, los daevas, demonios que sembraban el mal en el mundo y su acción en el cosmos no era autorizada por Ahura Mazda sino opuesta a él: era la encarnación del principio contrario.
Este dualismo radical era conceptualmente muy distinto del monoteísmo hebreo, donde un único Dios controlaba todo, incluido el satan. Pero el contacto prolongado con la cultura persa durante el período aqueménida dejó huellas profundas en el pensamiento judío, especialmente en lo que respecta a la figura del adversario celestial.
Lo que el zoroastrismo aportó a la evolución del diablo hebreo fue fundamentalmente esto: la idea de que el adversario de Dios podía ser un ser con agenda propia, con poder independiente, con naturaleza fundamentalmente maligna. No un fiscal autorizado sino un enemigo real. El satan hebreo comenzó a absorber rasgos del Angra Mainyu zoroástrico: la autonomía, la malevolencia intrínseca, el papel de adversario cósmico en lugar de funcionario celestial.
Este proceso no fue inmediato ni explícito: los textos judíos del período persa no dicen «adoptamos el dualismo zoroástrico», pero las transformaciones son visibles en la literatura del período y se aceleran en los siglos siguientes.
El exilio y la apocalíptica: la construcción del adversario cósmico
El exilio babilónico había iniciado un proceso de demonización de los dioses cananeos que transformó profundamente la cosmología religiosa judía. Pero también aceleró la transformación del satan en una dirección específica: la del adversario cósmico con poder real sobre el mundo.
La literatura apocalíptica que floreció en el período post-exílico, especialmente entre los siglos III a.C. y I d.C., fue el laboratorio donde se construyó la figura del diablo tal como el Nuevo Testamento la heredaría. El texto más importante de este período para la historia del diablo es el Libro de Enoc, una colección de textos de distintas épocas que se sitúa entre los siglos III y I a.C.
En el Libro de Enoc, la caída de los ángeles (los Vigilantes, que se unieron con mujeres humanas y engendraron a los Nefilim) es la narrativa que explica el origen del mal en el mundo. El jefe de los ángeles caídos, Semyaza y su lugarteniente Azazel son figuras de poder y malevolencia que actúan contra el plan divino. El mal no es simplemente una función dentro del orden de Dios sino una rebelión contra ese orden.
Esta narrativa de la rebelión angélica aportó a la figura del diablo algo que el satan fiscal no tenía: una historia de origen. El adversario cósmico no había sido siempre malo; había caído, había sido un ser de luz que eligió rebelarse. Esa narrativa de la caída resolvía el problema teológico fundamental del dualismo: si hay un solo Dios todopoderoso, ¿cómo puede existir un adversario con poder real? La respuesta era que el adversario era una criatura de Dios que había ejercido su libre albedrío para rebelarse contra su creador.
En el Libro de los Jubileos, otro texto apocalíptico del período, aparece una figura llamada Mastema, cuyo nombre significa «hostilidad» u «odio», que actúa como jefe de los espíritus malignos en el mundo. Mastema es ya casi el diablo cristiano: un ser que actúa contra la humanidad, que tienta, que acusa, que busca la perdición de los humanos. Pero sigue operando con cierta autorización divina, como el satan de Job, aunque la tensión entre esa autorización y su malevolencia intrínseca es mucho mayor.
El Libro de los Testamentos de los Doce Patriarcas introduce a Beliar, también Belial, como nombre del príncipe del mal, el adversario de Dios y de los humanos. Beliar es ya una figura plenamente dualista: encarna el mal, tiene poder real en el mundo y se opone directamente a Dios. El paso del satan fiscal al príncipe del mal estaba casi completado. Posteriormente, Belial sería considerado uno de los siete príncipes del infierno.
El Nuevo Testamento: la cristalización de la figura
Cuando Jesús es tentado por Satanás en el desierto según los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, el lector del siglo I encontraba ya una figura reconocible: el príncipe del mal, el gobernante de este mundo, el adversario de Dios y de la humanidad. No era necesario explicar quién era Satanás porque el judaísmo apocalíptico del período había construido esa figura durante siglos.
Los evangelios y las cartas de Pablo confirman y profundizan esa imagen. En el evangelio de Juan, Satanás es llamado explícitamente «el príncipe de este mundo» (Juan 12:31, 14:30, 16:11). En la Segunda Carta a los Corintios, Pablo lo llama «el dios de este siglo» que ciega las mentes de los incrédulos (2 Cor 4:4). En la Primera Carta de Pedro, es «el diablo, vuestro adversario, que ronda como león rugiente buscando a quien devorar» (1 Pe 5:8).
El Apocalipsis de Juan, escrito hacia finales del siglo I d.C., ofrece la síntesis más completa de la figura: Satanás es el gran dragón, la serpiente antigua, el diablo, el acusador de nuestros hermanos que será encadenado durante mil años y luego arrojado al lago de fuego. El Apocalipsis fusiona en una sola figura al satan fiscal hebreo, «el acusador de nuestros hermanos», al dragón del caos de la mitología del Próximo Oriente antiguo y al príncipe del mal de la apocalíptica judía.


La identificación de Satanás con la serpiente del Jardín del Edén de Génesis 3 es un paso crucial que el texto del Génesis no hace explícitamente —allí la serpiente es simplemente «el más astuto de los animales del campo»— pero que la tradición apocalíptica y el Apocalipsis de Juan consolidaron. Esa identificación retroactiva convirtió la caída de Adán y Eva en el primer acto de la guerra cósmica entre Dios y Satanás, dando al diablo una presencia desde el mismo principio de la historia humana.
La figura de Lucifer, como vimos en detalle en el artículo dedicado a Satanás y Lucifer, procede de una interpretación del profeta Isaías (14:12) que los Padres de la Iglesia aplicaron retroactivamente a la caída de Satanás, fusionando la metáfora poética del rey de Babilonia con la narrativa de la rebelión angélica. Esa fusión completó la construcción de la figura: el diablo había sido Lucifer, el ángel de luz, antes de su caída.
Los Padres de la Iglesia: la sistematización teológica
La teología cristiana de los primeros siglos elaboró y sistematizó la figura del diablo con un rigor intelectual que la literatura apocalíptica judía no había alcanzado. Los Padres de la Iglesia confrontaron el problema teológico fundamental: ¿cómo puede existir un adversario del Dios omnipotente sin comprometer el monoteísmo cristiano?
Orígenes de Alejandría (siglo III) desarrolló la teoría más elaborada de la caída de Satanás: fue el más perfecto de los seres creados por Dios, dotado de libre albedrío, que eligió apartarse de Dios por soberbia. Su caída no fue un accidente sino el resultado de una elección libre, lo que preservaba la omnipotencia divina: Dios no creó el mal, sino un ser libre que eligió el mal. Orígenes también especuló, controvertidamente, con la posibilidad de la redención final de Satanás, una posición que la Iglesia rechazaría más tarde.
Tertuliano (siglos II-III) fue uno de los primeros en sistematizar la identificación de Lucifer con Satanás, combinando Isaías 14 con Ezequiel 28 (donde el rey de Tiro es descrito como un querubín perfecto que cayó por soberbia) para construir una narrativa coherente de la caída del ángel luminoso que se convirtió en príncipe de las tinieblas.
Agustín de Hipona (siglos IV-V) elaboró la teología del diablo que dominaría el pensamiento cristiano medieval. Para Agustín, Satanás es la encarnación de la soberbia, el primer pecado que consistió en preferir la propia voluntad a la voluntad de Dios. La caída de Satanás y la caída de Adán están conectadas: Satanás tentó a Adán y Eva por envidia, porque no soportaba que los humanos pudieran alcanzar la felicidad que él había perdido. El diablo de Agustín es un ser de poder real pero limitado por la providencia divina: puede tentar pero no forzar, puede engañar pero no destruir sin permiso divino.
El diablo medieval: la gran síntesis
La teología medieval heredó la figura agustiniana y la enriqueció con elementos procedentes de la demonología judía, la mitología popular y la especulación filosófica. El resultado fue la imagen del diablo que dominaría la cultura occidental durante más de mil años y que todavía persiste en el imaginario popular.
Tomás de Aquino (siglo XIII) sistematizó la naturaleza del diablo dentro de la filosofía escolástica: es un ángel caído, un ser de naturaleza espiritual que conserva las capacidades intelectuales de los ángeles pero las usa para el mal. Su poder en el mundo es real pero subordinado a la providencia divina: Dios permite la acción del diablo dentro de límites que el diablo no puede traspasar.
La iconografía del diablo medieval acumuló elementos de distintas procedencias: los cuernos y las pezuñas de cabra procedentes de la asimilación con dioses paganos como Pan, las alas de murciélago como inversión de las alas de los ángeles, el color rojo o negro y la cola. Esta imagen compuesta no tiene un origen único sino que es el resultado de siglos de elaboración artística y popular que fusionó la figura teológica con el imaginario del mal más amplio de la cultura europea.
Los tratados de demonología del período moderno temprano, especialmente el Malleus Maleficarum (1486) y las obras de Johann Weyer y otros demonólogos, situaron al diablo en la cima de una jerarquía de demonios elaboradamente estructurada, con Satanás o Lucifer como soberano absoluto del infierno y una burocracia demoníaca compleja con distintos rangos, funciones y nombres.
Evolución de la figura del diablo
| Etapa | Período | Nombre | Naturaleza | Relación con Dios | Fuente principal |
|---|---|---|---|---|---|
| Fiscal celestial | Siglos X-V a.C. | Ha-Satan (el Acusador) | Funcionario del tribunal divino | Subordinado, actúa con autorización | Job, Zacarías, Números |
| Influencia zoroástrica | Siglos VI-IV a.C. | Satan / Mastema | Adversario con agenda propia | Oposición creciente, menos subordinado | Período persa, Jubileos |
| Príncipe del mal apocalíptico | Siglos III-I a.C. | Belial / Belcebú / Mastema | Jefe de los espíritus malignos | Adversario real, poder independiente | Enoc, Jubileos, Qumrán |
| Príncipe de este mundo | Siglo I d.C. | Satanás / Diablo | Gobernante del mundo caído | Adversario cósmico derrotado por Cristo | Evangelios, Pablo, Apocalipsis |
| Lucifer caído | Siglos II-V | Lucifer / Satanás | Ángel caído por soberbia | Criatura rebelde con poder limitado | Padres de la Iglesia |
| Príncipe del infierno | Siglos VI-XV | Satanás / Lucifer / Belcebú | Soberano del infierno, jefe de demonios | Permitido por Dios dentro de límites | Teología medieval, demonología |


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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Biblia de Jerusalén (ed. 2009): Job 1-2; Zacarías 3; Isaías 14; Mateo 4; Lucas 10:18; Juan 12:31; Apocalipsis 12 y 20.
- Libro de Enoc.
- Libro de los Jubileos, en Charlesworth (1983).
- Agustín de Hipona. La Ciudad de Dios, libros XI-XIV.
Bibliografía:
- Pagels, Elaine (1995). The Origin of Satan. Random House, Nueva York.
- Forsyth, Neil (1987). The old enemy.
- Russell, Jeffrey Burton (1977). The Devil: Perceptions of Evil from Antiquity to Primitive Christianity. Cornell University Press.
- Russell, Jeffrey Burton (1981). Satan: The Early Christian Tradition. Cornell University Press.
- Kelly, Henry Ansgar (2006). Satan: A Biography. Cambridge University Press.
- Day, Peggy L. (1988). An Adversary in Heaven: Satan in the Hebrew Bible. Harvard Semitic Monographs.
Recursos digitales
- Jewish Encyclopedia: «Satan».
- Stanford Encyclopedia of Philosophy: «The Problem of Evil«.
Preguntas frecuentes sobre el origen del diablo
¿Existía el diablo en el Antiguo Testamento?
No en la forma que conocemos hoy. El ha-satan hebreo del Antiguo Testamento más antiguo era un fiscal celestial, un funcionario del tribunal divino que actuaba con autorización de Dios para poner a prueba y acusar a los humanos. No era un ser maligno con agenda propia sino un servidor de la justicia divina. La figura del diablo como adversario cósmico del mal es una construcción posterior, desarrollada principalmente durante el período apocalíptico entre los siglos III a.C. y I d.C.
¿Cuándo se convirtió el satan hebreo en el diablo cristiano?
El proceso fue gradual y duró varios siglos. El contacto con el dualismo zoroástrico durante el período persa (539-333 a.C.) comenzó a dotar al adversario hebreo de rasgos de adversario cósmico independiente. La literatura apocalíptica judía de los siglos III-I a.C. construyó la figura del príncipe del mal con poder real en el mundo. El Nuevo Testamento cristalizó esa figura en la imagen de Satanás como príncipe de este mundo y adversario de Cristo. Los Padres de la Iglesia sistematizaron la teología del diablo como ángel caído.
¿Qué aportó el zoroastrismo a la figura del diablo?
El zoroastrismo aportó fundamentalmente la idea de que el adversario de Dios podía ser un ser con naturaleza fundamentalmente maligna, con poder independiente y con agenda propia, no un fiscal subordinado actuando dentro del plan divino. El Angra Mainyu zoroástrico, el espíritu destructivo coeterno con Ahura Mazda, proporcionó el modelo de un adversario cósmico real cuya maldad era intrínseca y no funcional. Ese modelo influyó en la transformación del satan hebreo durante el período persa.
¿Por qué se identificó a Satanás con la serpiente del Génesis?
El texto del Génesis no hace esa identificación: la serpiente es simplemente «el más astuto de los animales del campo», sin conexión explícita con Satanás. La identificación fue una elaboración posterior de la tradición apocalíptica judía y del Nuevo Testamento, especialmente del Apocalipsis de Juan, que llama a Satanás «la serpiente antigua». Los Padres de la Iglesia consolidaron esa identificación, que convertía la caída de Adán y Eva en el primer acto de la guerra cósmica entre Dios y el diablo y daba a Satanás una presencia desde el mismo principio de la historia humana.
¿Cuál es la diferencia entre Satanás y Lucifer?
Son dos nombres que designan aspectos distintos de la misma figura en la tradición cristiana, pero tienen orígenes completamente independientes. Satanás procede del ha-satan hebreo, el fiscal celestial. Lucifer procede de una interpretación patrística de Isaías 14:12, donde la expresión «Helel ben Shahar» —el hijo de la aurora, la estrella del alba— fue aplicada por Orígenes, Tertuliano y Jerónimo a la caída del ángel rebelde. La fusión de ambas figuras en una sola es una construcción de los Padres de la Iglesia, no un dato de los textos originales. Para un análisis detallado, consulta el artículo dedicado a Satanás y Lucifer.
¿Tiene el diablo cristiano equivalentes en otras religiones?
La figura del adversario cósmico con naturaleza fundamentalmente maligna que se opone al principio divino del bien es relativamente específica de las tradiciones religiosas del Próximo Oriente y sus herederas. El zoroastrismo tiene a Angra Mainyu. El judaísmo post-exílico construyó a Satanás. El Islam tiene a Iblis, el ángel que se negó a postrarse ante Adán y fue expulsado del paraíso. Las religiones del Extremo Oriente tienen figuras de seres malignos pero no exactamente un adversario cósmico equivalente al diablo cristiano. La especificidad de la figura refleja la influencia del dualismo zoroástrico sobre las tres grandes tradiciones monoteístas abrahámicas.
¿Por qué el diablo se representa con cuernos y pezuñas de cabra?
Esa iconografía no procede de los textos bíblicos ni de la teología cristiana primitiva sino de la asimilación medieval de figuras de dioses paganos, especialmente el dios griego Pan, que tenía cuernos y patas de cabra y era la personificación de la naturaleza salvaje e incontrolada. Con la expansión del cristianismo y la demonización de las religiones paganas, los atributos de Pan fueron transferidos a la imagen popular del diablo. Las alas de murciélago son una inversión de las alas de los ángeles. El color rojo o negro y la cola son elaboraciones del imaginario popular medieval sin origen escritural preciso.











