Los cónsules romanos fueron los magistrados más poderosos de la República Romana, ocupando la cúspide del poder ejecutivo durante más de 400 años. Cada año, dos ciudadanos romanos eran elegidos para gobernar Roma conjuntamente durante 12 meses. Aunque compartían autoridad suprema, su poder era deliberadamente limitado: duraban solo un año, no podían reelegirse inmediatamente y cada cónsul podía bloquear las decisiones del otro mediante el veto.
Este sistema dual fue una solución ingenua a un problema político fundamental: ¿cómo criar líderes poderosos sin convertirlos en tiranos? Los cónsules comandaban ejércitos, presidían tribunales, convocaban al Senado y hacían tratados. El consulado era el cargo más deseado de Roma, ofreciendo gloria eterna, sendauría de por vida y oportunidades para enriquecimiento tras abandonar el cargo.
La historia de los cónsules es en gran medida la historia de Roma misma: la transformación de una república estable gobernada por múltiples magistrados limitados, a un imperio gobernado por un único gobernante absolutista disfrazado de magistrado.
Del poder absoluto al poder compartido: origen de los cónsules
El fin de la monarquía y el nacimiento de la República
El 509 a.C. marca un momento crucial en la historia occidental: los romanos derribaron a Tarquino el Soberbio, el último rey de Roma. No fue un simple cambio de gobierno, fue un rechazo ideológico fundamental a toda la idea de la Monarquía.
Los romanos habían experimentado el poder absoluto en manos de un solo hombre. El rey gobernaba de por vida sin rendición de cuentas, con autoridad sin límites, lo que le permitía tiranizar a voluntad, confiscar propiedades, sentenciar a muerte y cambiar las leyes. Para los romanos, especialmente aquellos que habían sufrido bajo Tarquino, la monarquía representaba lo peor del poder humano sin restricción.
Pero al derribar al rey, los romanos enfrentaron una pregunta fundamental: si no querían un monarca, ¿quién debería gobernar? Su respuesta fue revolucionaria. En lugar de un solo gobernante supremo, crearían múltiples magistrados con poderes limitados. Ninguno gobernaría solo, todos estarían limitados en tiempo, autoridad y capacidad de acción unilateral.
El resultado fue la República Romana y en el corazón de la República estaban los cónsules.
El título y sus orígenes
La etimología de la palabra «cónsul» revela algo sobre cómo los romanos entendían el cargo. Probablemente viene del latín consulere, que significa «consultar» o «deliberar». Aunque un cónsul no era simplemente un asesor—tenía poder ejecutivo real—el nombre refleja una verdad importante: los cónsules se suponía que debían consultar, deliberar y trabajar en cooperación con el Senado y con su colega cónsul.
Una interpretación alternativa sugiere que viene de cum sule, significando algo como «con poder«, enfatizando que el poder era compartido entre dos cónsules, no concentrado en uno solo. Esta interpretación también captura la esencia del consulado: poder distribuido, nunca monopolizado.
El poder de los cónsules: el concepto del imperium
Para entender verdaderamente a los cónsules, es necesario entender el concepto fundamental del imperium. Esta palabra latina se traduce simplemente como «poder» o «mando», pero su significado es más específico y más profundo. El imperium no era simplemente la autoridad política general, era el poder específico de comandar, de ordenar obediencia y de administrar justicia capital, siendo la autoridad suprema en cuestiones militares y legales.
Los romanos dividían el imperium en dos aspectos distintos: el imperium militiae era el poder militar: un cónsul podía comandar ejércitos, conducir guerras y hacer decisiones tácticas durante batalla. El imperium domi era el poder doméstico: un cónsul podía administrar justicia en Roma, presidir tribunales y ejecutar sentencias capitales.
Lo crucial es que solo los cónsules (y en menor grado los pretores) tenían el imperium completo. Otros magistrados como ediles y cuestores tenían poderes importantes pero limitados, sin verdadero imperium. Los tribunos de la plebe, aunque extraordinariamente poderosos en su capacidad de bloquear decisiones, carecían completamente del imperium.
Las responsabilidades prácticas del poder
En la práctica, un cónsul durante su año de mandato era responsable de prácticamente todos los aspectos importantes del gobierno. Como oficial ejecutivo principal, presidía sesiones del Senado, un poder que, aunque el Senado era consultivo, era crucial porque el presidente controlaba la agenda, los procedimientos y qué cuestiones se debatían. Un cónsul también convocaba a las asambleas populares y emitía edictos que funcionaban como proclamaciones de ley.
En tiempos de guerra, que eran frecuentes en la historia romana, uno o ambos cónsules típicamente comandaban los ejércitos romanos. Un cónsul designado como comandante en jefe de una campaña principal tenía autoridad casi absoluta en asuntos militares. Esta oportunidad de gloria militar—y la posibilidad de enriquecimiento mediante botín de guerra—era uno de los mayores incentivos del consulado.
Los cónsules también presidían los tribunales de justicia y podían emitir sentencias de muerte. Aunque los ciudadanos romanos tenían derecho de apelación a la asamblea popular, en la práctica el poder judicial de un cónsul era considerable. Supervisaban a los funcionarios menores, dirigían la burocracia estatal, recibían embajadores y negociaban tratados (con aprobación del Senado) y representaban a Roma ante otros pueblos.
En la antigüedad romana, no había separación de religión y estado. Los cónsules participaban en rituales religiosos, interpretaban presagios y supervisaban cargos religiosos, aunque había sacerdotes especializados que realizaban la mayoría del trabajo ceremonial.
El camino hacia el poder: la carrera consular
La escalera de cargos: el cursus honorum
Nadie podía simplemente postularse para cónsul. La República romana exigía una carrera progresiva de cargos menores, cada uno enseñando las responsabilidades del siguiente. Este sistema, conocido como el cursus honorum (la carrera de honores), reflejaba la creencia romana de que el liderazgo debía ser ganado, no simplemente reclamado.
Un aspirante al consulado comenzaba con el servicio militar, sirviendo en el ejército durante aproximadamente una década como oficial joven. Este servicio no era una opción, era una expectativa para cualquiera que quisiera una carrera política seria. Le daba a un futuro líder experiencia en comando, comprensión de la guerra y conexiones militares vitales.
Alrededor de los 30 años, un hombre podía buscar su primer cargo como magistrado: la cuestura. Como cuestor, manejaba las finanzas del estado o del ejército. Era un trabajo técnico, pero crucial: un cuestor que demostraba competencia en manejo financiero ganaba respeto senatorial y credibilidad como administrador.
Algunos hombres avanzaban luego a la edilidad alrededor de los 36 años, aunque este cargo era opcional. Los ediles organizaban juegos públicos, mantenían infraestructura urbana, y supervisaban mercados. La edilidad ofrecía la oportunidad de ganarse el favor popular a través del patrocinio de juegos espectaculares. Un edil que ofrecía espectáculos memorables—gladiadores de renombre, luchas de animales exóticos, arquitectura elaborada—ganaba admiración pública.
Alrededor de los 39 años llegaba la pretura, un cargo que era casi obligatorio antes del consulado. Como pretor, un hombre administraba la justicia, presidía tribunales, y ganaba experiencia legal crucial. Era el último peldaño antes del pico.
Finalmente, alrededor de los 42 años, un hombre podía postularse para cónsul. La antigüedad de este cargo no era accidental: los romanos creían que un líder debería haber ganado sabiduría y experiencia a través de años de servicio creciente. Un cónsul no era un jovencito ambicioso, sino un hombre de mediana edad que había probado su competencia repetidamente.
Los requisitos para gobernar Roma
Para ser elegido cónsul, un candidato necesitaba cumplir una serie de requisitos formales e informales. Formalmente, debía ser ciudadano romano, tener al menos aproximadamente cuarenta y dos años (aunque esta edad mínima varió y se endureció con el tiempo) y haber servido como pretor dentro de los dos años anteriores a su candidatura.
Pero los requisitos informales eran a menudo más importantes. Debía ser rico porque el consulado era financieramente exigente: un candidato tenía que financiar su propia campaña electoral y se esperaba que como cónsul gastara dinero en asuntos públicos, celebraciones y construcción. Un hombre pobre simplemente no podía competir.
También debía tener conexiones políticas significativas. Un candidato que provenía de una familia patricio-consular—una familia que había producido muchos cónsules—tenía una ventaja enorme. Los patricios controlaban la mayoría de los votos en la asamblea electoral, pero un plebeyo ambicioso podía ganar el consulado si tenía suficientes conexiones, era un militar exitoso, o era un orador extraordinariamente persuasivo.
Finalmente, debía tener una reputación respetable. Un hombre que había sido condenado criminalmente, expulsado del Senado, o que tenía fama de deshonestidad o cobardía no podía ser elegido.
El proceso electoral y la influencia del dinero
La elección de cónsules ocurría en el Comicio por Centurias, una asamblea de ciudadanos organizados en unidades de votación llamadas «centurias». En teoría, esto era una forma de democracia, pero en la práctica, estaba descaradamente diseñado para favorecer a los ricos.
Los ciudadanos más ricos estaban clasificados en las primeras centurias y votaban primero. Sus votos frecuentemente decidían el resultado antes de que los ciudadanos pobres, clasificados en las últimas centurias, ni siquiera tuvieran la oportunidad de votar. Un candidato que ganaba las primeras centurias ricas estaba prácticamente elegido.
Los candidatos a cónsul, sabiendo esto, gastaban dinero masivamente en sus campañas. Los hombres ricos compraban literalmente votos con sobornos, organizaban banquetes para electores influyentes y ofrecían dinero en efectivo a cambio de apoyo. Un candidato pobre no podía competir contra un candidato rico que podía permitirse gastar una fortuna en su candidatura.
Una vez que alguien era elegido cónsul, él y sus aliados organizaban celebraciones elaboradas. La elección al consulado era considerada un honor sin igual. Las transiciones de poder en el Comicio podían ser ruidosas y caóticas, con celebraciones ruidosas y ocasionalmente, riñas entre facciones rivales.
El año consular: compartir el poder
La colegialidad: dos gobernantes, no uno
Aunque el consulado era el cargo más poderoso de Roma, la estructura del cargo era diseñada deliberadamente para prevenir que fuera demasiado poderoso. Un cónsul no gobernaba solo, había siempre dos cónsules, teóricamente iguales en autoridad, sirviendo simultáneamente.
Esta colegialidad creaba una fricción inevitable. Si un cónsul quería tomar una acción que el otro creía que era equivocada—iniciar una guerra, pasar una ley, ejecutar a un enemigo político—el otro podía simplemente decir una palabra: «veto«, que significa literalmente «me opongo» en latín. Cuando un cónsul ejercía el veto, la acción se detenía.
Esta capacidad de vetarse mutuamente hacía que la cooperación no fuera opcional sino necesaria. Un cónsul no podía simplemente gobernar de forma independiente, ignorando a su colega, tenían que lograr consenso. Si no podían ponerse de acuerdo, nada sucedía.
En tiempos de paz y estabilidad, este sistema funcionaba bien y los dos cónsules encontraban maneras de cooperar. A menudo provenían de diferentes facciones políticas o grupos de intereses, así que su necesidad de consenso prevenía que una sola facción dominara completamente. Era un sistema de pesos y contrapesos.
Pero en tiempos de crisis militar inmediata, esta colegialidad era problemática. Un cónsul podía literalmente paralizar decisiones militares cruciales oponiéndose a las órdenes del otro cónsul. Reconociendo este peligro, los romanos desarrollaron la institución del dictador. En emergencia genuina, el Senado podía convocar a un dictador: un hombre elegido para gobernar con autoridad absoluta durante la crisis. El dictador tenía poder supremo que no podía ser vetado, pero el cargo era temporal (originalmente máximo seis meses) y el dictador tenía que renunciar cuando la crisis pasaba. La dictadura romana temprana fue una institución de emergencia, no un instrumento de tiranía permanente.
El mes consular alternante y los símbolos del poder
Dentro de un año consular, los dos cónsules se alternaban ciertos poderes y responsabilidades. Un mes, el cónsul A presidía el Senado, controlaba la agenda política y tenía ciertos poderes ejecutivos prominentes. El siguiente mes, el cónsul B asumía esas responsabilidades. Esta rotación mensual aseguraba que ambos cónsules ganaran experiencia real de liderazgo durante el año y prevenía que uno dominara constantemente.
Un cónsul era visiblemente distinguido por los símbolos de su autoridad. Llevaba un anillo de oro, signo que todos podían ver de su estatus y poder, se vestía con la toga praetexta—una toga blanca con una franja de púrpura—similar a otros magistrados patricios pero más prominente y se sentaba en la sella curulis, una silla de marfil curvada que era un asiento de honor que lo distinguía de los demás.
Quizás lo más notable era que cuando un cónsul salía de su casa para conducir negocios públicos, iba acompañado por un grupo de hombres llamados lictores. Estos lictores lo precedían, limpiaban el camino ante él y proporcionaban protección. Cada lictor llevaba los fasces—un haz de varas atadas juntas con un hacha en el centro—símbolos de autoridad suprema. Este era un recordatorio visible y constante del poder del cónsul. Cada ciudadano que veía los fasces sabía que el poder ejecutivo supremo estaba presente.
El poder después del consulado: gobernadores provinciales
El imperium proconsular y la oportunidad de enriquecimiento
Una vez que un cónsul completaba su año en Roma y abandonaba el cargo, frecuentemente se le ofrecía una posición altamente deseable: gobernador de una provincia romana. Como gobernador provincial, un ex cónsul recibía el imperium proconsular, poder equivalente al del cónsul, pero ejercido en una provincia en lugar de en Roma. En su provincia, era prácticamente un monarca absoluto.
Un gobernador provincial comandaba el ejército provincial, administraba toda la justicia, recaudaba impuestos y tenía poder sobre toda la administración. Era una oportunidad de poder prácticamente sin restricción y era también una oportunidad de enriquecimiento extraordinario. Un gobernador ambicioso podía hacer una fortuna: podía extraer riqueza de la provincia a través de impuestos excesivos, sobornos de comerciantes ricos que querían favores comerciales, saqueo de templos, o simplemente apropiándose directamente de dinero público.
Esta oportunidad de enriquecimiento era un gran incentivo del consulado. Un hombre invertía una fortuna en su campaña electoral, gastaba dinero durante su año consular en gastos públicos esperados y luego recuperaba esa inversión (y mucho más) como gobernador provincial. Un cónsul que se convertía en gobernador provincial, podía convertirse de moderadamente rico a extraordinariamente rico en unos pocos años.
El conflicto que destruyó la República
Conforme la República avanzaba hacia su fin, estos arreglos creaban conflictos cada vez mayores. Algunos gobernadores provinciales acumulaban tanto poder—y crucialmente, ejércitos leales personalmente a ellos—que podían desafiar al Senado en Roma.
El Senado quería rendición de cuentas. Quería que los gobernadores salientes reportaran sus acciones, devolvieran dinero que se creía que habían robado y no usaran sus provincias para construir poder militar independiente. Pero un ex gobernador con un ejército leal era difícil de controlar. Si el Senado amenazaba procesarlo por corrupción, podía marchar su ejército sobre Roma y tomar el poder por la fuerza. El Senado no tenía ejército propio, sino que los ejércitos romanos estaban al mando de magistrados que ambicionaban poder.
Esta fue una de los conflictos principales que llevó al colapso de la República. Hombres como Pompeyo y Julio César acumulaban poder militar a través de gobernaciones provinciales y campañas militares. Cuando el Senado los amenazaba, marchaban sus ejércitos sobre Roma y el Senado simplemente no podía forzarlos a subordinación. La República fue destruida, no por defectos en el sistema de cónsules, sino porque el sistema fue sobrepasado por hombres cuya ambición personal superaba su lealtad a las instituciones republicanas.
Cónsules memorables de la República
Cicerón: el hombre nuevo que salvó la República
Cicerón fue una anomalía en la historia consular. Era un orador extraordinario y filósofo, pero más importante, fue un homo novus, un hombre nuevo, alguien de una familia sin tradición de liderazgo político, sin ancestros que hubieran sido cónsules, sin las conexiones aristocráticas que casi garantizaban el poder.
Que Cicerón fuera elegido cónsul en el 63 a.C. fue un logro extraordinario: fue elegido no por sangre o conexiones aristocráticas, sino por su reputación como abogado y orador. Los ciudadanos votaron por él.
Como cónsul, Cicerón enfrentó una conspiración política contra el estado de un hombre llamado Catilina, un político disidente, organizaba un golpe de estado. Cicerón descubrió la conspiración, recolectó evidencia y luego pronunció una serie de discursos acusatorios en el Senado—los discursos posteriores conocidos como las Catilinarias—que eran maestría de retórica política. Cicerón no simplemente expuso a Catilina; lo hizo en lenguaje tan poderoso que forzó a Catilina a huir de Roma.
Cicerón fue celebrado como salvador de la República, pero su carrera política fue interrumpida por enemigos poderosos. Fue exiliado y no recuperó completamente su poder anterior.
Pompeyo: el general victorioso
Pompeyo fue un general militar de éxito extraordinario que ganó riqueza y poder a través de conquista militar. Fue elegido cónsul en el 70 a.C., después de haber ganado guerras significativas en Hispania y en el Oriente. Su año como cónsul fue corto pero importante: fue durante su consulado que, junto con dos otros hombres poderosos (Julio César y Licio Craso), formó el Primer Triunvirato—un acuerdo informal de cooperación política donde estos tres hombres acordaron trabajar juntos para ejercer poder político.
Pero Pompeyo fue eventualmente derrotado por Julio César en una guerra civil que dividió el imperio. Pompeyo huyó a Egipto, donde fue asesinado.
Julio César: el conquistador que se convirtió en tirano
Julio César fue otro general victorioso. Su año como cónsul en el 59 a.C. fue profundamente importante, en donde logró la aprobación del Senado (a través de negociación y persuasión) para una campaña militar masiva en las Galias, el territorio que es hoy Francia.
Las campañas de César en las Galias durante los siguientes ocho años fueron extraordinariamente exitosas. Conquistó y sometió el territorio entero, ganando gloria legendaria y enriqueciendo increíblemente, pero su poder amenazaba al Senado. Cuando el Senado intentó procesarlo después de sus campañas, temiendo que su poder fuera demasiado grande, César marchó con su ejército sobre Roma.
Lo que siguió fue una guerra civil de años que dividió el imperio romano. Finalmente, César ganó y se hizo dictador perpetuo, no un cónsul, sino un dictador con poder supremo absoluto. Fue asesinado antes de poder completar su transformación de la república en un imperio.
Augusto: el último gobernante que actuó como cónsul
Octaviano, quien luego cambió su nombre a Augusto, fue el heredero político de Julio César. Aunque fue nominado y elegido cónsul muchas veces durante su vida, su poder no venía del consulado, venía de ser el ganador de las guerras civiles finales de la República.
Augusto mantuvo la forma externa de la República, donde los magistrados continuaban siendo elegidos (aunque esencialmente bajo su supervisión) y el Senado continuaba existiendo y teniendo reuniones. Parecía que la República continuaba, pero el poder real estaba con Augusto. Se llamaba a sí mismo el Princeps—el Príncipe, el Primer Ciudadano. Este título modesto ocultaba la realidad: gobernaba con poder absoluto. Fue el primer emperador romano, aunque nunca se llamó a sí mismo «emperador». El imperio romano había llegado.
El declive del poder consular
Bajo el Imperio: título sin poder
Una vez que Augusto consolidó el poder y estableció el Imperio Romano, el consulado continuó existiendo formalmente. Ciudadanos eran «elegidos» cónsules cada año y el cargo continuaba siendo considerado honorífico, pero la realidad del poder cambió fundamentalmente.
El emperador controlaba la selección de cónsules. Un candidato nominado por el emperador era «elegido» prácticamente automáticamente, no había verdadera competencia electoral. El poder real del cónsul desapareció, ya no comandaba ejércitos supremos, no presidía el Senado en sentido real y no ejercía realmente el poder judicial. Todas esas cosas estaban controladas por el emperador.
El consulado se convirtió en un cargo honorífico, un título que un hombre podía tener durante un año, ganando prestigio y honor, pero sin poder político real. Era como ser decorado con una medalla: honorable, pero no llevaba autoridad.
Riqueza sin poder
Aunque los cónsules bajo el Imperio perdieron poder político, continuaban siendo ricos y prestigiosos en ciertos sentidos. Un ex cónsul bajo el Imperio podía aún ser gobernador provincial y hacer fortuna, pero esta riqueza era, en un sentido real, permitida por el emperador. Un cónsul que el emperador no apreciaba podía ver sus oportunidades limitadas. Su riqueza venía de la tolerancia imperial, no de poder independiente.
La desaparición gradual
Con el tiempo, especialmente durante el Imperio tardío, el consulado perdió incluso su prestigio. Hacia el siglo III d.C., ser cónsul no era más un honor buscado sino cada vez más un deber impuesto. Los hombres ricos frecuentemente resentían tener que servir como cónsul porque implicaba gastos significativos sin poder compensatorio.
Cuando el Imperio Romano en Occidente colapsó en el siglo V d.C., el consulado desapareció con él. El último cónsul occidental sirvió alrededor del 541 d.C. En el Oriente, el Imperio Bizantino continuó usando el título de cónsul durante siglos, pero como cargo puramente ceremonial sin ningún poder real.
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Fuentes y bibliografía
Fuentes primarias
- Cicerón. Las Catilinarias y otros discursos políticos. Editorial Gredos. Discursos del cónsul más famoso.
- Tito Livio. Historia de Roma: Libros I-X. Editorial Gredos. Narrativa histórica de los orígenes republicanos.
- Suetonio. Vidas de los Doce Césares. Editorial Gredos. Biografías de los primeros emperadores.
Fuentes secundarias en español
- Bravo, Gonzalo. Historia de la Roma Antigua. Alianza Editorial, 1998.
- Novillo López, Miguel Ángel. Breve Historia de Roma. Nowtilus, 2012.
- Roldán Hervás, José Manuel. Historia de Roma. Ediciones Universidad de Salamanca, 1995.
- Roldán Hervás, José Manuel. Instituciones Políticas de la República Romana. Akal, 1990.
Fuentes secundarias en inglés
- Abbott, Frank Frost. A History and Description of Roman Political Institutions. Elibron Classics, 1981.
- Baker, Samantha. Roma: Auge y Caída de un Imperio. Planeta, 2017.
- Grant, Michael. The History of Rome. Faber & Faber, 1993.
Preguntas frecuentes sobre los cónsules
¿Cuál fue el cónsul más poderoso?
Los cónsules durante la República temprana—los primeros cien años aproximadamente—probablemente tuvieron más poder real que los cónsules posteriores. En la República tardía, había competencia constante de otros magistrados y del Senado. Bajo el Imperio, los cónsules tuvieron efectivamente poco poder real.
¿Podía una mujer ser cónsul?
No. Las mujeres romanas no tenían derechos políticos. No podían votar, ocupar magistraturas, o dirigirse al Senado. El consulado era exclusivamente masculino.
¿Cuál era el salario de un cónsul?
No había salario oficial. Los cónsules no recibían compensación financiera del estado por su año de servicio. Se suponía que eran lo suficientemente ricos para financiar sus propios gastos. Se enriquecían a través de sobornos, explotación de provincias como ex cónsules después de abandonar el cargo, y otras formas de corrupción.
¿Por qué los romanos eligieron dos cónsules en lugar de uno?
Específicamente para prevenir tiranía. Los romanos habían experimentado gobierno monárquico bajo los reyes y lo odiaban. Dos cónsules con poder de vetarse mutuamente distribuían poder y prevenían que un solo hombre dominara completamente.
¿Qué sucedía si los dos cónsules se peleaban?
Idealmente, cooperaban y encontraban compromisos. En la práctica, ocasionalmente la colegialidad se rompía completamente. Ambos cónsules intentaban usar su poder contra el otro. El Senado típicamente intervenía, presionando por reconciliación o compromiso. Las crisis políticas serías ocasionalmente resultaban.
¿Cuánto tiempo pasaba un cónsul en la capital?
Un cónsul pasaba su año consular en Roma, residiendo en la ciudad, conduciendo asuntos públicos. Después de abandonar el cargo, frecuentemente era asignado a gobernar una provincia, donde pasaba varios años—típicamente tres a cinco años.












