Hay una paradoja en el centro de la vida de Lucio Cornelio Sila que ningún historiador antiguo ni moderno ha resuelto del todo satisfactoriamente: el hombre que marchó dos veces sobre Roma con sus legiones, que ejecutó a miles de ciudadanos mediante listas públicas de proscripción y que concentró en su persona un poder mayor que el que ningún romano había tenido antes, renunció voluntariamente a todo eso, disolvió su dictadura, restauró las instituciones republicanas y se retiró a la vida privada a escribir sus memorias y disfrutar de sus jardines. Y murió en su cama.
César no renunció. Augusto no renunció. Ninguno de los emperadores que vinieron después renunció. Solo Sila, el más brutal de todos ellos, fue capaz de soltar el poder cuando consideró que había terminado lo que tenía que hacer. Ese gesto único en la historia romana lo convierte en una figura que desafía las categorías simples: no fue un tirano ordinario ni un defensor desinteresado de la república, sino algo más extraño y más difícil de entender que cualquiera de las dos cosas.
Los orígenes: un aristócrata sin dinero
Lucio Cornelio Sila nació hacia el 138 a.C. en una familia patricia de abolengo pero empobrecida. Los Cornelios eran una de las grandes gentes de Roma — los Escipiones eran Cornelios — pero la rama de Sila había perdido riqueza y posición a lo largo de generaciones. Sila creció sin los recursos que la aristocracia romana consideraba indispensables para una carrera política: sin herencias importantes, sin redes clientelares potentes, sin la holgura económica que permitía el cursus honorum sin apremios.
Lo que tenía era el nombre, la educación que correspondía a su clase y una inteligencia fría y analítica que las fuentes antiguas describen con una mezcla de admiración y inquietud. Plutarco, que le dedicó una de sus Vidas paralelas, le pinta como un hombre de dos naturalezas casi incompatibles: en la guerra y en la política, calculador, despiadado y perfectamente capaz de hacer lo necesario sin que le temblara la mano; en la vida privada, aficionado al teatro y a los actores, bebedor generoso, amante de la compañía de artistas y libertinos, capaz de una camaradería y un humor que contrastaban radicalmente con la frialdad del general.
Su ascenso en la carrera política fue lento, frenado por la falta de dinero hasta que una herencia inesperada de su madrastra — y según algunas fuentes, también de una amante rica — le proporcionó los recursos para seguir adelante. Fue cuestor en el 107 a.C. y recibió como primer destino importante el estado mayor de Cayo Mario en la guerra de Yugurta.
La captura de Yugurta: el primer triunfo y la primera rivalidad
La guerra de Yugurta terminó no con una batalla decisiva sino con una traición diplomática que Sila organizó con una habilidad que asombró a los contemporáneos. Boco, rey de Mauritania y suegro de Yugurta, había sido aliado del rey numídico pero estaba dispuesto a cambiar de bando si Roma le garantizaba su posición. Sila negoció ese acuerdo directamente, cruzó las líneas enemigas con un pequeño séquito en una misión que podía haber terminado con su captura o su muerte, y convenció a Boco de entregar a Yugurta.
La captura del rey numídico en el 105 a.C. fue el momento que puso fin a una guerra que había humillado a Roma durante años. Mario, como general en jefe, recibió el triunfo. Pero Sila hizo grabar en su anillo el momento de la entrega de Yugurta — él recibiendo al prisionero de manos de Boco — y usó esa imagen como sello personal el resto de su vida. Era una declaración política inequívoca: el mérito de la victoria era suyo, no de Mario.
La vanidad de Sila y el amor propio de Mario convirtieron esa disputa de crédito en una enemistad que duraría décadas y terminaría en guerra civil. Pero en el 105 a.C. ambos todavía necesitaban trabajar juntos: los cimbrios y teutones amenazaban Italia y no había tiempo para rivalidades personales.
Las guerras del norte y la carrera hacia el consulado
Sila combatió en las campañas de Mario contra los cimbrios y teutones con eficacia y se fue labrando una reputación militar independiente. Después sirvió en la guerra contra los aliados itálicos — la Guerra Social del 91 al 88 a.C. — donde sus victorias fueron suficientemente brillantes como para convertirle en el candidato natural al consulado para el año 88 a.C.
La Guerra Social merece una pausa. Fue el conflicto más peligroso que Roma había enfrentado en suelo italiano desde Aníbal: los pueblos itálicos que llevaban décadas combatiendo junto a las legiones romanas sin recibir la ciudadanía se levantaron en armas y estuvieron a punto de desmembrar Italia. Roma ganó militarmente pero tuvo que conceder políticamente lo que había negado durante generaciones: la ciudadanía romana a todos los itálicos. La integración de cientos de miles de nuevos ciudadanos en el sistema político romano generó tensiones adicionales que los políticos del momento no tardaron en explotar.
Sila fue elegido cónsul para el 88 a.C. y el Senado le asignó el mando de la guerra contra Mitrídates VI del Ponto, el rey del mar Negro que había invadido la provincia de Asia y ordenado la masacre de decenas de miles de ciudadanos itálicos en un solo día. Era el mando más importante y más lucrativo del momento. Mario lo quería y el tribuno Sulpicio Rufo propuso transferírselo mediante votación popular.
La primera marcha sobre Roma: cruzar la línea
Lo que Sila hizo a continuación no tenía precedente en cuatro siglos de historia romana. Reunió a sus seis legiones acampadas en Campania, les explicó que el tribuno Sulpicio quería privarles del mando y de los botines de la guerra contra Mitrídates y las marchó sobre Roma. Los oficiales de su estado mayor, salvo uno, se negaron a seguirle. Era un acto que violaba el principio más básico del orden republicano: que los ejércitos no entraban en Roma y que la ciudad era el espacio de la política civil y no del poder militar. Sila cruzó esa línea sin dudar.
Roma no tenía defensas contra un ejército regular. Mario intentó organizar una resistencia con esclavos liberados y gladiadores, pero fue inútil. Sila tomó la ciudad, declaró enemigos del Estado a Mario y sus aliados, hizo matar a Sulpicio y vio cómo Mario escapaba por los pelos hacia África.
Luego hizo algo igualmente sorprendente: no instauró una dictadura. Aprobó algunas reformas constitucionales para reforzar la autoridad del Senado, tomó el mando que le correspondía por ley y partió a combatir a Mitrídates. Dejaba Roma en manos de cónsules legalmente elegidos, confiando en que el sistema funcionaría sin él.
No funcionó. En cuanto Sila se alejó, el cónsul Cinna revocó sus reformas, llamó a Mario del exilio y tomó Roma. Cuando Mario murió en el 86 a.C., Cinna gobernó solo hasta que fue asesinado por sus propios soldados en el 84 a.C. Roma llevaba años en manos de los enemigos de Sila, que había pasado ese tiempo ganando la guerra contra Mitrídates en Grecia y Asia.
La guerra contra Mitrídates: saqueo y victoria
La campaña oriental de Sila entre el 87 y el 85 a.C. fue militarmente brillante y moralmente devastadora. Mitrídates había ocupado Grecia con un ejército enorme y contaba con el apoyo entusiasta de las ciudades griegas, hartas de la explotación romana. Sila derrotó a sus generales en las batallas de Queronea y Orcómeno, dos victorias que demostraron que incluso en inferioridad numérica las legiones romanas eran superiores en disciplina y táctica.
Pero para financiar la campaña, Sila saqueó los santuarios más ricos de Grecia, incluyendo el tesoro de Delfos y el de Olimpia. Cuando Atenas se resistió, la tomó por asalto y permitió una matanza que las fuentes describen con horror. El Pireo fue incendiado. Fue un precio extraordinariamente alto en capital moral y en relaciones con el mundo griego, pagado sin aparente remordimiento por un hombre que en su vida privada adoraba la cultura helénica.
La paz con Mitrídates, negociada en Dardanos en el 85 a.C., fue criticada por los generales marianistas que operaban en Asia por ser demasiado blanda: Mitrídates conservó su reino y pagó una indemnización relativamente modesta y Sila aceptó esas condiciones porque necesitaba volver a Roma. Tenía asuntos que resolver.
La segunda marcha y la dictadura
En el 83 a.C., Sila desembarcó en Italia con sus veteranos enriquecidos con el botín oriental y una determinación fría de reconquistar Roma. La guerra civil que siguió duró dos años y fue brutal: las ciudades que resistieron fueron saqueadas, los prisioneros ejecutados, los enemigos políticos perseguidos. La batalla de la Puerta Colina en noviembre del 82 a.C., en las mismas murallas de Roma, fue el momento decisivo. Sila ganó por poco, en un combate que según las fuentes estuvo en equilibrio hasta el final.
Con Roma en su poder, Sila tomó una decisión que sus predecesores en el uso de la violencia política nunca habían tomado con tanta claridad: hacerlo todo de forma legal. Se hizo nombrar dictador por el Senado, la primera vez que se usaba esa magistratura de emergencia desde la Segunda Guerra Púnica, más de un siglo antes, con poderes ilimitados y sin plazo fijo. Era la forma de cubrir con una apariencia de legalidad lo que de otra manera sería simplemente tiranía.
Las proscripciones fueron el instrumento de terror más sistemático que Roma había conocido hasta entonces. Sila publicó listas de nombres de enemigos del Estado: cualquiera podía matar a un proscrito y recibir una recompensa y los bienes del muerto eran confiscados. Las listas se ampliaron varias veces, incorporando no solo a enemigos políticos reales sino a hombres ricos cuyas fortunas eran deseadas, a rivales personales de los aliados de Sila y en algunos casos, según las fuentes, a víctimas de venganzas privadas que se colaron en las listas aprovechando el caos.
El número de muertos es debatido: las fuentes antiguas hablan de varios miles, los historiadores modernos estiman entre 1.500 y 9.000 proscriptos. Entre ellos estaban muchos senadores y caballeros, el padre político del joven César, que estuvo a punto de ser incluido él mismo, y el padre de Pompeyo, cuya ejecución anterior Sila no reprobó. El terror fue real y deliberado: se trataba de eliminar físicamente a una generación de opositores para que nadie pudiera revertir lo que Sila estaba construyendo.
Las reformas: reconstruir la República desde arriba
Lo que Sila construyó no fue un régimen personal sino una república oligárquica reforzada. Sus reformas institucionales tenían una coherencia ideológica clara: devolver la supremacía al Senado, que había sido erosionada durante décadas por los tribunos populares y los generales con mandos extraordinarios.
Amplió el Senado de 300 a 600 miembros, incorporando caballeros de provincias que debían su posición a él. Recortó drásticamente los poderes de los tribunos de la plebe, eliminando su capacidad de proponer leyes directamente y su derecho de veto sobre las decisiones del Senado. Reguló el cursus honorum para que nadie pudiera acumular magistraturas tan rápidamente como Mario, estableciendo intervalos mínimos entre cargos y edades mínimas para cada magistratura. Limitó los mandos provinciales a un año después del consulado o la pretura.
Era un programa pensado para impedir que volviera a surgir alguien como Mario. O como él mismo.
La ironía es que sus reformas no sobrevivieron una generación. Pompeyo y Craso, en su primer consulado conjunto del 70 a.C., restauraron los poderes del tribunado, César ignoró todas las restricciones del cursus honorum y los mandos extraordinarios que Sila había querido eliminar fueron exactamente los que permitieron a Pompeyo y luego a César construir el poder personal que destruyó la República.
La renuncia: el gesto que nadie ha explicado del todo
En el 79 a.C., Sila convocó una asamblea popular, anunció que renunciaba a la dictadura y se retiró a su villa de Puteoli, en la bahía de Nápoles. Según Plutarco, disolvió su guardia personal y caminó por el foro sin escolta, respondiendo en voz alta a quien quisiera pedirle cuentas. Nadie se atrevió. ¿Por qué lo hizo? Es la pregunta que los historiadores han debatido desde entonces sin llegar a un consenso. Las explicaciones que se han propuesto son varias y no se excluyen entre sí.
La más simple es que Sila creía que había terminado lo que tenía que hacer: había eliminado a sus enemigos, había reformado las instituciones y consideraba que la República estaba restaurada sobre bases más sólidas. Renunciar era el gesto que completaba la obra y la legitimaba.
Otra explicación apunta a la salud: Sila tenía unos 60 años y estaba enfermo, sufría de una afección que las fuentes describen con síntomas que los médicos modernos han interpretado como una posible cirrosis o una enfermedad parasitaria, y quizás sabía que no le quedaba mucho tiempo. Retirarse era preferible a morir en el cargo.
Una tercera explicación, más psicológica, sugiere que Sila era genuinamente un hombre del sistema a su manera retorcida: creía en la República, en el Senado, en el orden oligárquico y la dictadura había sido siempre para él un instrumento temporal para restaurar ese orden, no un fin en sí mismo.
Lo que sí sabemos es que se retiró, que escribió sus memorias — que no han llegado hasta nosotros — y que murió en el 78 a.C., un año después de su renuncia, de complicaciones de su enfermedad. Plutarco cuenta que en sus últimos días, ya moribundo, seguía dictando sus memorias y supervisando la ejecución de un magistrado local que le había defraudado. Hasta el final, incapaz de dejar pasar una injusticia sin respuesta.
El legado: el manual que nadie quería seguir
Sila dejó a Roma varias herencias de distinto signo. La más inmediata fue la demostración de que Roma podía ser tomada por un general con sus legiones, que el Rubicón podía cruzarse y que las instituciones republicanas no tenían mecanismos reales para resistir a un ejército obediente. César aprendió esa lección y la aplicó, con la diferencia que César no renunció después.
Las proscripciones establecieron el modelo que el Segundo Triunvirato usó en el 43 a.C. con una escala aún mayor. El nombre de Sila se convirtió en sinónimo de terror político sistemático durante generaciones.
Pero también dejó algo menos obvio: la prueba de que el poder absoluto podía soltarse. Ese gesto único en la historia romana fue lo que hizo que Augusto, cuando diseñó el principado, lo construyera como una dictadura disfrazada de república restaurada en lugar de como una monarquía abierta. Augusto había aprendido de Sila que la legitimidad importaba, que el poder necesitaba la apariencia de legalidad para ser duradero y que renunciar formalmente a los títulos excepcionales mientras se conservaban los poderes reales era más estable que la dictadura abierta.
En ese sentido extraño, Sila fue uno de los maestros de Augusto, aunque ninguno de los dos lo habría reconocido.
Comparación entre Mario y Sila
| Aspecto | Cayo Mario | Lucio Cornelio Sila |
|---|---|---|
| Origen | Municipio del Lacio, familia sin antecedentes consulares. Homo novus. | Familia patricia antigua pero empobrecida. Noble sin dinero. |
| Base de poder | Los populares, la plebe urbana, los veteranos sin tierra. | El Senado, la aristocracia, los optimates. |
| Reforma clave | Reforma militar: abrió las legiones a los ciudadanos sin propiedad. | Reforma constitucional: reforzó el Senado, recortó el tribunado. |
| Marchas sobre Roma | Una (87 a.C.), con Cinna. | Dos (88 a.C. y 83-82 a.C.), ambas en solitario. |
| Terror político | Cinco días de matanzas en Roma (87 a.C.), sin sistema formal. | Proscripciones sistemáticas con listas publicadas (82 a.C.). |
| Fin del poder | Murió diecisiete días después de su séptimo consulado (86 a.C.). | Renunció voluntariamente a la dictadura y se retiró (79 a.C.). |
| Muerte | Enfermedad, posiblemente demencia senil. Setenta años. | Enfermedad (posible cirrosis). Sesenta años. |
| Legado principal | El ejército profesional leal al general, no al Estado. | La demostración de que Roma podía tomarse y de que el poder podía soltarse. |
Explora más en Red Historia
- Cayo Mario: el general que reformó Roma
- Las guerras civiles de Mario y Sila: el primer siglo romano
- La crisis de la República romana: causas y protagonistas
- Julio César: del consulado a la dictadura perpetua
- Augusto: cómo Octaviano convirtió una república en un imperio
Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Plutarco: Vida de Sila, en Vidas paralelas. Traducción de A. Ranz Romanillos. Gredos, Madrid, 1985.
- Apiano: Historia romana — Guerras civiles, libro I.
- Veleyo Patérculo: Historia romana, libro II.
- Cicerón: Brutus (referencias a Sila y su época). Traducción de M. Mayer. Gredos, Madrid, 2002.
Bibliografía:
- Roldán Hervás, J. M.: Mario, Sila y el final de la República romana. Arco Libros, Madrid, 1991.
- Grimal, P.: El proceso de la República romana. Paidós, Barcelona, 1990.
- Montanelli, I.: Historia de Roma. Plaza & Janés, Barcelona, 1991.
- Le Glay, M.; Voisin, J. L.; Le Bohec, Y.: Historia romana. Akal, Madrid, 2001.
- Keaveney, A.: Sulla: The Last Republican. Routledge, London, 2005.
- Seager, R.: Pompey the Great: A Political Biography. Blackwell, Oxford, 2002.
- Holland, T.: Rubicon: The Last Years of the Roman Republic. Doubleday, New York, 2003.
- Beard, M.: SPQR: A History of Ancient Rome. Profile Books, London, 2015.
- Flower, H. I.: Roman Republics. Princeton University Press, Princeton, 2010.
Preguntas frecuentes sobre Lucio Cornelio Sila
¿Por qué Sila renunció a la dictadura cuando nadie le obligaba a hacerlo?
Es la pregunta central de su vida y no tiene una respuesta definitiva. Las explicaciones más plausibles combinan varios factores: la convicción ideológica de que su misión era restaurar la República, no sustituirla; el deterioro de su salud, que hacía incierto cuánto tiempo podría mantener el control; y quizás un cálculo político que entendía que la legalidad restaurada era más duradera que la dictadura abierta. Lo que sí es claro es que renunció cuando consideró que su obra estaba terminada, y que ese gesto voluntario no tuvo precedente ni continuación en la historia romana.
¿Qué fueron exactamente las proscripciones de Sila?
Las proscripciones fueron listas públicas de personas declaradas enemigas del Estado, publicadas en el foro para que todo el mundo pudiera leerlas. Cualquier ciudadano podía matar a un proscrito y recibir una recompensa económica; los bienes del muerto eran confiscados por el Estado, y sus hijos y nietos quedaban excluidos de la vida pública. El sistema fue deliberadamente abierto y público, a diferencia de las matanzas más improvisadas de Mario: Sila quería que el terror fuera predecible y sistemático, con reglas claras. Las listas se ampliaron varias veces durante la dictadura e incluyeron, según las fuentes, entre 1.500 y varios miles de nombres.
¿Cuál era la relación entre Sila y el joven Julio César?
César estuvo a punto de ser incluido en las listas de proscripción de Sila. Su tía Julia era la viuda de Mario, el gran enemigo de Sila, y su esposa Cornelia era hija de Cinna, el cónsul marianista. Sila ordenó a César que repudiara a Cornelia; César se negó. Intervinieron varios mediadores, entre ellos sacerdotes vestales y algunos familiares aristócratas, para convencer a Sila de que perdonara al joven. Sila cedió, pero según Suetonio añadió que en ese muchacho había muchos Marios, una frase que la tradición ha repetido como una de las más proféticas de la historia romana.
¿Por qué las reformas de Sila no duraron?
Las reformas de Sila estaban diseñadas para un mundo que ya no existía cuando las promulgó. Intentaban restaurar la supremacía del Senado en un momento en que las estructuras que hacían posible esa supremacía — el ejército de propietarios, las magistraturas anuales como único camino al poder, la ausencia de mandos militares prolongados — habían sido transformadas de forma irreversible. Pompeyo y Craso desmontaron sus reformas tribunicias en el 70 a.C. porque necesitaban el tribunado para sus propios fines políticos. César ignoró el cursus honorum reformado porque el sistema de Mario le daba instrumentos más poderosos. Las reformas de Sila fueron un intento de reparar una máquina con piezas que ya no encajaban.
¿Cómo murió Sila?
Murió en el 78 a.C. en su villa de Puteoli, en la bahía de Nápoles, de complicaciones de una enfermedad crónica que las fuentes describen con síntomas consistentes con una cirrosis hepática o una enfermedad parasitaria. Plutarco describe sus últimos días con un detalle que resulta casi cinematográfico: el anciano dictador retirado, todavía dictando sus memorias y todavía supervisando ejecuciones de enemigos locales, incapaz hasta el final de dejar de ejercer el poder aunque fuera a pequeña escala. Fue el primero de los grandes hombres de la crisis republicana en morir en su cama — Mario murió en el cargo, César fue asesinado, Pompeyo decapitado, Cicerón ejecutado, Craso muerto en batalla —, lo que añade otra capa de paradoja a una vida entera construida sobre paradojas.












