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Cayo Mario: el general que reformó Roma y abrió la puerta a los dictadores

by Marcelo Ferrando Castro
27 febrero, 2026
in Biografías, Roma
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Cayo Mario, general romano y cónsul siete veces (siglo II a.C.)

Cayo Mario fue cónsul siete veces y reformó el ejército romano, abriendo las legiones a los ciudadanos sin propiedad. Su reforma militar cambió Roma para siempre. Crédito: Mario entre las ruinas de Cartago. Obra de John Vanderlyn, 1807.

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Cayo Mario nació hacia el 157 a.C. en Arpino, un municipio del Lacio que había recibido la ciudadanía romana hacía apenas dos generaciones. No era aristócrata, no tenía antepasados consulares ni había estudiado retórica ni filosofía en Atenas. Era el hijo de un campesino y esa condición de homo novus, hombre nuevo el primero de su familia en acceder a las magistraturas romanas, definió toda su carrera: la ambición feroz del que sabe que nada le viene dado, la desconfianza hacia la clase senatorial que le toleraba sin respetarle y la capacidad de conectar con los soldados y la plebe que los aristócratas de cuna nunca tuvieron.

Fue cónsul siete veces, un récord que ningún romano había alcanzado ni alcanzaría después. Salvó a Roma de la amenaza más grave que había enfrentado desde Aníbal, cuando los pueblos germánicos de los cimbrios y los teutones amenazaban con desbordarse sobre Italia. Reformó el ejército romano de una manera tan profunda que sus consecuencias se sintieron durante siglos y al final de su vida, ya senil y consumido por el odio a su antiguo protegido Sila, ordenó la primera gran matanza política de la historia romana, estableciendo el precedente que sus sucesores multiplicarían hasta destruir la República.

Mario es una de las figuras más complejas y más incomprendidas de la historia romana. No fue el demócrata que algunos historiadores modernos han querido ver, ni el demagogo irresponsable que pintaba la tradición senatorial. Fue algo más difícil de catalogar: un hombre extraordinariamente capaz que cambió Roma de formas que no había previsto y que no habría aprobado si las hubiera visto venir.


Índice:

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  • Los años de formación: de Arpino a la carrera política
  • La guerra de Yugurta: el escándalo que lanzó a Mario
  • La amenaza del norte: cimbrios y teutones
  • La reforma militar: la herencia más duradera
  • El declive político: la trampa de la popularidad
  • La marcha sobre Roma y el fin trágico
  • Lo que Mario dejó a Roma
  • Los siete consulados de Cayo Mario
  • Explora más en Red Historia
  • Fuentes y bibliografía
  • Preguntas frecuentes sobre Cayo Mario
    • ¿Por qué Mario es llamado el tercer fundador de Roma?
    • ¿En qué consistió exactamente la reforma militar de Mario?
    • ¿Cuál era la relación entre Mario y Julio César?
    • ¿Por qué Mario no pudo consolidar su poder político como luego haría César?
    • ¿Cuándo murió Mario y cuáles fueron sus últimas palabras según las fuentes?

Los años de formación: de Arpino a la carrera política

La infancia de Mario en Arpino dejó pocas huellas en las fuentes antiguas, que tendían a ignorar los orígenes humildes de quienes luego se convertían en grandes personajes. Lo que sabemos es que su familia tenía suficientes recursos para darle una educación básica y para que sirviera en el ejército cuando tocaba, y que desde joven destacó por una energía física y una determinación que llamaban la atención.

Su primera oportunidad real llegó durante el asedio de Numancia en el 134-133 a.C., donde sirvió bajo las órdenes de Escipión Emiliano, el destructor de Cartago en la tercera guerra púnica. Escipión, que tenía buen ojo para los hombres, le distinguió entre la masa de oficiales y le dio responsabilidades que un simple soldado de origen humilde no habría esperado. Cuando alguien preguntó a Escipión dónde encontraría Roma otro general como él cuando muriera, el gran comandante señaló a Mario: era un gesto que el joven de Arpino no olvidó nunca.

La carrera política de Mario siguió el cursus honorum con la dificultad añadida de no tener el apellido ni las conexiones que abrían puertas a los aristócratas. Fue cuestor, edil — con dificultades — y tribuno de la plebe, donde ya mostró la independencia de criterio que incomodaba al Senado. La elección como pretor en el 115 a.C. fue ajustada y disputada y el matrimonio con Julia, de la gens Iulia — familia patricia de segunda fila pero patricia al fin — le dio el barniz aristocrático que su origen le negaba, y también le convirtió en tío político del joven Julio César, aunque en ese momento ninguno de los dos podía imaginar lo que ese vínculo significaría en el futuro.

La guerra de Yugurta: el escándalo que lanzó a Mario

La gran oportunidad de Mario llegó a través de uno de los episodios más vergonzosos de la historia republicana tardía: la guerra de Yugurta.

Yugurta era el rey de Numidia, el reino norteafricano que había sido el aliado fiel de Roma durante las Guerras Púnicas gracias a su rey Masinisa. Nieto ilegítimo de Masinisa, Yugurta había aprendido el arte de la guerra sirviendo bajo Escipión Emiliano en Numancia, donde también había aprendido algo quizás más valioso: que Roma tenía un precio. Con sistemática paciencia, fue comprando a senadores, jueces y generales romanos para asegurarse la impunidad mientras eliminaba a sus rivales en el trono numídico y finalmente masacraba a los ciudadanos itálicos establecidos en la ciudad de Cirta.

La indignación popular en Roma fue enorme, pero el Senado siguió encubriendo a Yugurta durante años. Salustio, que escribió la historia de esta guerra con una amargura que revela cuánto le molestaba la corrupción senatorial, atribuye a Yugurta la frase, pronunciada al salir de Roma tras sobornar a un tribunal: «Ciudad venal, y condenada a perecer pronto, si encuentra un comprador».

El escándalo fue tan grande que el tribuno Cayo Mamilio consiguió abrir una investigación que envió al exilio a varios generales y senadores. Quinto Cecilio Metelo, aristócrata íntegro y general competente, tomó el mando de la guerra en el 109 a.C. con Mario como legado. Las campañas de Metelo fueron eficaces pero lentas, con la prudencia metódica de quien no quiere arriesgar. Mario, con la impaciencia del que sabe que el tiempo se le acaba, empezó a conspirar para arrebatarle el mando.

El movimiento fue audaz hasta la temeridad: Mario solicitó permiso a Metelo para ir a Roma a presentarse al consulado. Metelo, con la condescendencia del aristócrata que no puede imaginar que un subalterno de origen humilde aspire a tanto, le dijo que esperara, que había tiempo de sobra para que se presentara al consulado junto con el hijo del propio Metelo, que tenía 20 años. Era un insulto calculado y Mario no lo olvidó.

Obtuvo el permiso apenas 12 días antes de las elecciones y llegó a Roma con el tiempo justo para hacer campaña. Su discurso electoral fue una denuncia directa de la aristocracia y una promesa de terminar la guerra rápidamente donde los generales senatoriales habían fracasado. Fue elegido cónsul para el año 107 a.C. y obtuvo el mando de la guerra de Yugurta por votación popular, pasando por encima de la prerrogativa del Senado de asignar las provincias. Era la primera gran fisura en el orden constitucional republicano y Mario la había abierto sin dudarlo.

En África, con la ayuda decisiva de su cuestor Lucio Cornelio Sila — que capturó a Yugurta mediante una traición diplomática — Mario terminó la guerra en el 105 a.C. La captura de Yugurta fue el éxito que necesitaba, pero antes de que pudiera saborear el triunfo, llegaron noticias del norte que convirtieron su victoria africana en un preludio.

La amenaza del norte: cimbrios y teutones

En el 113 a.C., un pueblo germánico hasta entonces desconocido para los romanos, los cimbrios, había derrotado a un ejército consular en Nórico, en el actual Austria. En los años siguientes, acompañados por los teutones y otros pueblos aliados, recorrieron el norte y el oeste de Europa en una migración de enormes proporciones, derrotando ejército tras ejército romano: Burdigala en el 107 y Arausio en el 105, donde murieron más de 80.000 soldados romanos en el peor desastre desde Cannas. Italia estaba expuesta.

El terror que los cimbrios y teutones produjeron en Roma fue comparable al que Aníbal había producido dos generaciones antes. Los metus Gallicus — el miedo a los bárbaros del norte, grabado en la memoria colectiva desde el saqueo de Roma por los galos en el 390 a.C. — resurgió con toda su fuerza. Y fue en ese contexto de pánico donde Mario demostró de qué estaba hecho.

Elegido cónsul por segunda vez en el 104 a.C. mientras estaba todavía en África — otra violación de las normas republicanas que prohibían el consulado en ausencia — Mario organizó el contraataque con una meticulosidad que contrastaba con la improvisación de sus predecesores. Pasó dos años entrenando al ejército, reorganizando la logística y esperando el momento adecuado. Mientras tanto fue reelegido cónsul en el 103 y en el 102 a.C., acumulando un poder personal sin precedentes en la historia republicana.

La campaña del 102 a.C. contra los teutones en Aquae Sextiae — la actual Aix-en-Provence — fue una victoria aplastante. Mario atrajo al ejército teutón a una posición desfavorable y lo destruyó en una batalla en dos fases que costó, según las fuentes, más de 100.000 muertos entre los germánicos. Al año siguiente, junto a su colega Catulo, aplastó a los cimbrios en los campos Raudios cerca de Vercelas, en el norte de Italia. Las dos amenazas que habían aterrorizado a Roma durante una década habían desaparecido.

Roma celebró a Mario como el tercer fundador de la ciudad, después de Rómulo y Camilo. Fue elegido cónsul por sexta vez en el 100 a.C., un honor sin precedentes, pero la apoteosis ocultaba ya los síntomas del declive: Mario era un general excepcional y un político mediocre y en el complejo juego de la política romana del siglo I a.C., esa combinación era peligrosa.

La reforma militar: la herencia más duradera

Entre las campañas y las elecciones consulares, Mario llevó a cabo la transformación más importante del ejército romano desde su fundación. La reforma mariana, como se la conoce, no fue un acto único sino una serie de cambios acumulados que redefinieron la naturaleza de las legiones romanas.

El cambio más radical fue la apertura del ejército a los ciudadanos sin propiedad. El sistema tradicional requería un censo mínimo para servir en las legiones, lo que excluía a los capite censi, los que solo contaban en el censo por su cabeza, sin patrimonio que declarar. Mario, enfrentado a la necesidad de reclutar masivamente para las guerras contra cimbrios y teutones, ignoró ese requisito y aceptó voluntarios de todas las clases. El Estado les proporcionaba el equipo, que antes costeaba el propio soldado.

La consecuencia fue una profesionalización del ejército que cambió su naturaleza social y política. Los soldados de Mario no eran ya ciudadanos que combatían temporalmente para defender sus tierras y luego volvían a ellas, eran hombres sin propiedad que dependían del ejército para su sustento y que necesitaban al licenciarse tierras que el Estado no tenía mecanismos automáticos para proporcionarles. La lealtad de esos soldados era al general que les pagaba, les alimentaba, les prometía tierras al final del servicio y cuidaba de sus intereses: no a Roma en abstracto, no al Senado, no a las instituciones republicanas.

Mario introdujo también cambios tácticos importantes. El antiguo sistema de manípulos fue reemplazado por la cohorte como unidad táctica básica, una formación más flexible y más fácil de maniobrar y estandarizó el armamento: el pilum, la lanza arrojadiza romana, fue modificado para que la punta de metal se doblara al impactar, inutilizando el arma y evitando que el enemigo pudiera devolverla.

Además, ipuso un régimen de entrenamiento más riguroso y reformó la logística, haciendo que los soldados cargaran con su propio equipo para reducir la dependencia de los trenes de bagaje. De ahí el apodo de mulas de Mario que los soldados llevaban con algo de orgullo.

La reforma mariana creó el ejército más eficaz que Roma había tenido, pero también creó, sin que Mario lo pretendiera, el instrumento que haría posible las dictaduras de Sila, César y Augusto.

El declive político: la trampa de la popularidad

El sexto consulado de Mario en el 100 a.C. marcó el inicio de su declive político. Aliado con el tribuno Saturnino y el pretor Glaucia, Mario apoyó una serie de leyes agrarias que distribuían tierra entre sus veteranos. Las leyes pasaron mediante la violencia callejera y la intimidación y cuando Saturnino fue más lejos de lo que Mario podía tolerar (el asesinato de un candidato rival durante las elecciones), se vio en la posición imposible de tener que reprimir a su propio aliado. El Senado aprobó el senatus consultum ultimum y Mario lo ejecutó: Saturnino y sus seguidores fueron encerrados en el edificio del Senado, donde murieron lapidados cuando sus enemigos arrancaron las tejas del tejado para usarlas como proyectiles.

Mario había salvado la legalidad republicana aplastando al hombre que le había ayudado a conseguir sus victorias políticas. El gesto le ganó el respeto de los conservadores pero la desconfianza de los populares. Se fue a Oriente con el pretexto de un viaje religioso, en realidad para alejarse de una Roma donde había dejado de tener un papel importante pues no era un estadista, era un soldado y sin una guerra que dirigir se sentía perdido.

La guerra siguiente que Roma necesitó fue la Guerra Social, el levantamiento de los aliados itálicos entre el 91 y el 88 a.C. Mario combatió en ella con eficacia al principio, pero a sus sesenta y tantos años ya no tenía la energía de sus campañas germánicas. Los mandos principales fueron para generales más jóvenes, entre ellos Sila.

La marcha sobre Roma y el fin trágico

El conflicto con Sila por el mando de la guerra contra Mitrídates de Ponto convirtió la rivalidad personal en guerra civil abierta. El Senado había asignado el mando a Sila, legalmente electo cónsul para el 88 a.C., pero el tribuno Sulpicio Rufo propuso transferirlo a Mario mediante votación popular. Sila respondió con algo que ningún romano había hecho antes: marchó sobre Roma con sus legiones.

La primera marcha sobre Roma en el 88 a.C. expulsó a Mario y sus aliados. Mario huyó a África, perseguido, sobreviviendo por poco a varios intentos de captura en episodios que las fuentes narran con detalle casi novelesco: escondido en los pantanos de Minturnas, rescatado por un esclavo cuando sus perseguidores titubearon, cruzando el mar en una barca con un puñado de seguidores.

Cuando Sila partió a combatir a Mitrídates, Mario regresó. Con el cónsul Cinna, tomó Roma en el 87 a.C. y protagonizó los cinco días de matanzas que las fuentes describen con horror: aristócratas y senadores asesinados en las calles, cabezas expuestas en los Rostros del foro, deudas canceladas mediante el asesinato de los acreedores. Era la venganza de un viejo que había esperado demasiado tiempo y ya no podía controlarse.

Mario fue elegido cónsul por séptima vez para el año 86 a.C pero murió 17 días después de tomar posesión del cargo, consumido por la enfermedad y quizás también por la demencia senil que las fuentes sugieren. Tenía unos 70 años, una edad extraordinaria para la época y había pasado la mayor parte de ellos en campaña.

Plutarco, que le dedicó una de sus Vidas paralelas, termina su relato con una reflexión que resume bien la ambigüedad de la figura: Mario salvó a Roma cuando nadie más podía hacerlo y luego contribuyó a destruir el sistema que había salvado. No porque fuera malvado, sino porque era un hombre de guerra en un mundo que necesitaba algo más que generales.

Lo que Mario dejó a Roma

La herencia de Mario es una de las más contradictorias de la historia romana. En el debe, la reforma militar que profesionalizó las legiones y las hizo instrumentos de poder personal, la primera marcha sobre Roma con ejércitos y las matanzas del 87 a.C. que establecieron el modelo de las proscripciones que Sila perfeccionaría y el Segundo Triunvirato llevaría a su extremo más brutal.

En el haber, el ejército reformado que venció a cimbrios y teutones y salvó Italia de una amenaza real, la apertura de la carrera militar y política a ciudadanos sin origen aristocrático y la demostración de que Roma podía sobrevivir y prosperar con líderes de origen humilde si tenían el talento suficiente.

Su sobrino político Julio César se presentó siempre como heredero de la tradición mariana: los populares, el partido del pueblo contra el Senado, eran su familia política. En el funeral de su tía Julia — la viuda de Mario — el joven César hizo exhibir públicamente el retrato del general, en un gesto que la aristocracia senatorial recibió como una provocación deliberada. Era exactamente lo que pretendía ser.

Mario no quiso destruir la República, quería ser reconocido por ella, obtener la gloria que creía merecer y que el sistema le regateaba por su origen. Lo que no pudo prever es que los instrumentos que forjó para forzar ese reconocimiento eran más poderosos que el sistema mismo.

Los siete consulados de Cayo Mario

Consulado Año Contexto Circunstancia notable
Primero 107 a.C. Guerra de Yugurta Primer homo novus en décadas. Mando obtenido por votación popular contra voluntad del Senado.
Segundo 104 a.C. Amenaza de cimbrios y teutones Elegido en ausencia, violando la norma que exigía presencia en Roma para las elecciones.
Tercero 103 a.C. Preparación campaña germánica Tres consulados consecutivos, sin precedente en la República.
Cuarto 102 a.C. Victoria sobre los teutones en Aquae Sextiae Cuatro consulados consecutivos. El Senado ya no podía negárselos.
Quinto 101 a.C. Victoria sobre los cimbrios en campos Raudios Roma le proclama tercer fundador de la ciudad.
Sexto 100 a.C. Leyes agrarias de Saturnino Inicio del declive político. Reprime a su propio aliado Saturnino.
Séptimo 86 a.C. Tras tomar Roma con Cinna Muere diecisiete días después de tomar posesión. Tenía unos 70 años.

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  • Las guerras civiles de Mario y Sila: el primer siglo romano
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  • La crisis de la República romana: causas y protagonistas
  • Julio César: del consulado a la dictadura perpetua

Fuentes y bibliografía

Fuentes:

  • Plutarco: Vida de Mario, en Vidas paralelas.
  • Salustio: La guerra de Yugurta.
  • Apiano: Historia romana — Guerras civiles, libro I.
  • Veleyo Patérculo: Historia romana, libro II.

Bibliografía:

  • Roldán Hervás, J. M.: Mario, Sila y el final de la República romana. Arco Libros, Madrid, 1991.
  • Le Glay, M.; Voisin, J. L.; Le Bohec, Y.: Historia romana. Akal, Madrid, 2001.
  • Evans, R.: Gaius Marius: A Political Biography. University of South Africa Press, Pretoria, 1994.
  • Carney, T. F.: A Biography of C. Marius. Argonaut, Chicago, 1970.
  • Kildahl, P. A.: Caius Marius. Twayne Publishers, New York, 1968.
  • Beard, M.: SPQR: A History of Ancient Rome. Profile Books, London, 2015.
  • Grimal, P.: La civilización romana. Paidós, Barcelona, 1990.
  • Montanelli, I.: Historia de Roma. Plaza & Janés, Barcelona, 1991.
  • Roldán Hervás, J. M.: La República romana. Cátedra, Madrid, 1981.
  • Barceló, P.: Julio César: el dictador que cambió Roma. Ariel, Barcelona, 2004.
  • Flower, H. I.: Roman Republics. Princeton University Press, Princeton, 2010.

Preguntas frecuentes sobre Cayo Mario

¿Por qué Mario es llamado el tercer fundador de Roma?

El título lo recibió después de sus victorias sobre los teutones en Aquae Sextiae (102 a.C.) y sobre los cimbrios en los campos Raudios (101 a.C.), cuando salvó a Italia de una invasión germánica que había derrotado a varios ejércitos romanos y que producía un terror comparable al que los galos habían causado con el saqueo de Roma en el 390 a.C. Los romanos lo compararon con Rómulo, el fundador mítico, y con Camilo, el general que había expulsado a los galos y reconstruido Roma después del saqueo, considerado el segundo fundador. Era el mayor honor que Roma podía tributar a un ciudadano vivo.

¿En qué consistió exactamente la reforma militar de Mario?

La reforma tuvo varias dimensiones. La más importante fue abrir el reclutamiento a los ciudadanos sin propiedad, los capite censi, proporcionándoles el equipamiento a cargo del Estado. Esto profesionalizó el ejército pero también lo desvinculó de la tierra y lo hizo dependiente del general que lo mandaba. También estandarizó el equipo, reorganizó la táctica sustituyendo el manípulo por la cohorte como unidad básica, mejoró el pilum modificando su punta para que se doblara al impactar, y endureció el régimen de entrenamiento y marcha, haciendo que los soldados cargaran con su propio equipo.

¿Cuál era la relación entre Mario y Julio César?

Era una relación familiar indirecta pero políticamente muy significativa. Julia, tía de Julio César, era la esposa de Mario. Cuando Julia murió, el joven César — que tenía unos dieciséis años — pronunció el discurso fúnebre y aprovechó para exhibir públicamente el retrato de Mario, en un momento en que la memoria del general seguía siendo venerada por los populares y odiada por los optimates. César se presentó toda su vida como heredero de la tradición política de Mario: los populares como base de apoyo, la reforma agraria como programa, el ejército leal como instrumento.

¿Por qué Mario no pudo consolidar su poder político como luego haría César?

Fundamentalmente porque era un soldado, no un político. Su genio era táctico y organizativo, no estratégico en el sentido político. Cuando no había una guerra que ganar, Mario no sabía qué hacer con el poder que había acumulado y tomaba decisiones erráticas — el apoyo a Saturnino, luego su represión, el viaje a Oriente, el regreso tardío — que le restaban apoyos sin ganarle nuevos. Tampoco tenía la visión institucional de César: no pensaba en términos de reforma del sistema, sino de reconocimiento personal dentro de él. Quería ser el mejor romano dentro de la República, no transformar la República.

¿Cuándo murió Mario y cuáles fueron sus últimas palabras según las fuentes?

Mario murió en enero del 86 a.C., diecisiete días después de iniciar su séptimo consulado, a una edad aproximada de setenta años. Plutarco describe sus últimos días con una mezcla de piedad y distancia: el anciano general, consumido por la enfermedad y quizás por los efectos de una mente que empezaba a fallar, deliraba creyéndose de nuevo en campaña, dando órdenes a soldados imaginarios. No hay una última frase memorable atribuida a Mario en las fuentes antiguas, a diferencia de César o Augusto. Murió como había vivido: entre el ruido de una guerra que ya solo existía en su cabeza.

Tags: Grandes personajes de la HistoriaHistoria de RomaRepública romana
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