La transformación del cristianismo de una secta perseguida a religión oficial del Imperio Romano es uno de los fenómenos históricos más extraordinarios. En poco más de tres siglos, pasó de ser un movimiento apocalíptico de judíos palestinos a la religión estatal de la entidad política más poderosa de su tiempo. Lo que comenzó esperando la inminente destrucción del mundo se convirtió en el instrumento de su renovación política.
Esta transformación requiere entender dos dinámicas simultáneas: las presiones internas del cristianismo y la lógica política del Imperio Romano que hizo posible esta integración.
Indiferencia imperial: los primeros 100 años
Durante el primer siglo de la era cristiana, el Imperio Romano vio al cristianismo con cierta indiferencia. Era una religión minoritaria sin presencia política o militar significativa, sin influencia sobre la toma de decisiones imperiales.
Había incidentes ocasionales de hostilidad local, como cuando Nerón utilizó a los cristianos como chivos expiatorios para el incendio de Roma en el 64 d.C., pero no existía persecución coordinada a nivel imperial. Los cristianos vivían en una zona gris legal: no estaban explícitamente prohibidos, pero tampoco eran reconocidos como religión lícita.
Esta situación cambió gradualmente conforme el cristianismo crecía en números y visibilidad. A medida expandía su influencia en ciudades importantes, las autoridades locales comenzaban a percibir a los cristianos como subversivos, como una amenaza a la estabilidad religiosa y social tradicional.
Las razones de la persecución sistemática
A partir del siglo II, el Imperio Romano comenzó a perseguir a los cristianos de manera más coordinada. Las razones fueron múltiples.
La causa religiosa: los cristianos se rehusaban rotundamente a participar en los cultos públicos que eran centrales para la religión cívica romana. Estos cultos legitimaban el poder del Estado y la autoridad del emperador. Cuando el cristianismo enseñaba que solo hay un Dios verdadero y que todos los demás eran demonios o ficciones, estaba socavando la base teológica misma del poder romano.
La causa política: las autoridades veían al cristianismo como una amenaza a la cohesión social. El cristianismo predicaba que sus seguidores eran ciudadanos de un «reino» celestial antes que ciudadanos del imperio terrestre y su lealtad suprema era hacia Dios, no hacia el César. En la mentalidad romana, donde la religión y la política estaban inseparablemente entrelazadas, esto era visto como traición.
La causa cultural: el cristianismo desafiaba normas culturales fundamentales, particularmente alrededor de la sexualidad. Promovía la castidad, condenaba el aborto, la prostitución y el divorcio, prácticas omnipresentes en la sociedad romana.
La persecución bajo Decio y Diocleciano
La persecución bajo Decio (249-251 d.C.) fue particularmente severa. Requirió que todos los ciudadanos del Imperio sacrificaran públicamente a los dioses romanos como acto de lealtad al Estado. Los cristianos enfrentaban una elección imposible: participar en lo que consideraban idolatría pagana o enfrentar la ejecución. Fue bajo Decio que el martirio cristiano alcanzó escala de masas y miles de cristianos fueron ejecutados, encarcelados o forzados al exilio. La comunidad cristiana fue devastada pero también transformada. El nivel de sacrificio requerido clarificó radicalmente quién estaba verdaderamente comprometido con la fe.
La persecución bajo Diocleciano (303-311 d.C.) fue aún más sistemática. Conocida como la «Gran Persecución», ordenó la destrucción de todas las iglesias, de todos los textos cristianos y la prohibición de reuniones. Fue un intento coordinado de erradicar completamente el cristianismo.
Sin embargo, a pesar de estas persecuciones brutales, el cristianismo no fue eliminado sino que creció. Para el momento en que Diocleciano perseguía a los cristianos, había millones de ellos distribuidos por todo el Imperio.
El martirio como identidad

Más importante aún: la persecución había galvanizado la identidad cristiana. Los mártires se convirtieron en santos venerados cuyas historias inspiraban a otros a permanecer fieles. El martirio se convirtió en la expresión suprema de la fe cristiana, en el testimonio final de devoción a Jesús.
La palabra griega «mártir» significa literalmente «testigo«. Historias de mártires circulaban en manuscritos conocidos como «actas de mártires» que describían de manera dramática los últimos momentos de los condenados a muerte. Frecuentemente los representaban como triunfales espiritualmente incluso mientras experimentaban tortura física.
De modo que la persecución creó una especie de dinamismo existencial: los cristianos sabían exactamente quiénes eran y por qué estaban dispuestos a morir.
El giro de Constantino
El cambio revolucionario llegó con Constantino, el emperador militar que asumió el poder tras guerras civiles. Según los relatos históricos, Constantino experimentó una visión divina o una conversión religiosa personal que lo llevó a ver al cristianismo de manera favorable.
En el 313 d.C., Constantino emitió el Edicto de Milán junto con su colega emperador Licinio. Este documento legalizaba el cristianismo después de tres siglos de persecución intermitente. Los cristianos podían ahora predicar públicamente, construir iglesias y recuperar sus propiedades confiscadas. De ser criminales perseguidos, los cristianos pasaron a ser tolerados y luego favorecidos, por el poder más grande de la tierra.
Constantino mismo se convirtió al cristianismo, aunque no fue bautizado hasta su lecho de muerte. Construyó iglesias magníficas incluyendo la antigua Basílica de San Pedro en Roma y brindó apoyo imperial y financiamiento al cristianismo. En menos de una década, el cristianismo pasó de ser una religión clandestina a ser la religión del emperador.

Las contradicciones de la institucionalización
Las consecuencias fueron extraordinarias pero también contradictorias. Por un lado, el cristianismo finalmente existía públicamente sin temor a represalia. Podía construir estructuras permanentes, desarrollar una teología sofisticada, aspirar a convertir al Imperio entero. Esto fue genuinamente liberador para comunidades que habían vivido bajo persecución constante.
Pero por otro lado, la legalización significaba que el cristianismo estaba ahora entrelazado con el poder político secular. El emperador tenía autoridad para influir en asuntos teológicos, así que la pureza de la fe se veía comprometida por consideraciones políticas.
Comenzó un proceso largo en el cual el cristianismo fue gradualmente institucionalizado, absorbido en la estructura del poder imperial y transformado de movimiento contracultural a religión de Estado. Muchos historiadores ven esto como una victoria política, pero también como una derrota espiritual: el cristianismo estaba siendo domesticado.
El Concilio de Nicea: teología bajo presión
El Concilio de Nicea (325 d.C.), convocado por Constantino mismo, fue un evento sísmico en la historia del cristianismo, reuniendo a obispos de todo el Imperio para resolver disputas doctrinales que amenazaban la unidad religiosa.
La controversia arriana cuestionaba si el Hijo era coeterno e igualmente divino con el Padre o si era una criatura subordinada. Constantino, aunque no era teólogo, presidía el concilio e insistía en la resolución. El Concilio votó para condenar el arrianismo como herejía. Afirmó que el Hijo era «de la misma sustancia» (homoousios) que el Padre. La decisión teológica fue hecha bajo presión política, con el emperador arbitrando una disputa religiosa.
Esto estableció un precedente crucial: el emperador tendría autoridad sobre asuntos doctrinales. Aquellos que rechazaban el veredicto de Nicea no eran simplemente herejes sino criminales políticos, sujetos a represalia estatal.
Del tolerar al imponer: Teodosio
La institucionalización fue acelerada bajo el Emperador Teodosio (379-395 d.C.), siendo aún más agresivo que Constantino en favorecer el cristianismo. En el 380 d.C., Teodosio emitió el Edicto de Tesalónica declarando que el cristianismo no era simplemente una religión legal, sino la religión oficial del Imperio. Todos los ciudadanos debían profesar esta fe.

Ahora era la religión pagana la que era marginalizada y perseguida: los templos paganos fueron cerrados, los sacrificios ilegalizados y los intelectuales paganos excluidos de posiciones públicas si se rehusaban a convertirse. En menos de un siglo, el cristianismo había pasado de ser una religión clandestina perseguida a ser la religión oficial obligatoria del Imperio. Un cambio tan radical que debe haber sido incomprehensible para cristianos que habían vivido bajo persecución.
La estructura eclesiástica centralizada
El desarrollo de estructuras eclesiásticas cada vez más sofisticadas fue una consecuencia natural de la legalización. Cuando el cristianismo fue legalizado, necesitaba organizarse administrativamente para servir a millones de nuevos convertidos. La estructura de obispos, presbíteros y diáconos que había emergido de manera orgánica fue formalizada y estandarizada. Hacia finales del siglo IV, había una estructura jerárquica clara:
- El Obispo de Roma (el Papa) reclamaba primacía sobre otros obispos.
- Estructuras diocesanas bien establecidas.
- Una liturgia estandarizada que variaba principalmente en detalles locales.
El cristianismo se transformaba de movimiento descentralizado a institución eclesiástica centralizada.
Las herejías como cuestiones de Estado
La cuestión de las herejías se convirtió en asunto de Estado bajo el cristianismo imperial. Mientras que en la era preconstantiniana eran debates doctrinales en comunidades, después de Constantino se convirtieron en cuestiones políticas que requerían intervención estatal. El arrianismo, condenado en Nicea, persistió a través del siglo IV y sucesivos emperadores libraron campañas contra él, algunos incluso adoptando posiciones arrianas por períodos antes de reconvertirse. La fe cristiana estaba entrelazada en disputas políticas dinásticas.
El nestorianismo y el monofisitismo, otros cristianismos alternativos, fueron perseguidos por el imperio y los cristianos cuya teología no coincidía con la definición oficial establecida en los concilios ecuménicos no eran simplemente considerados errados sino criminales.

La conclusión: victoria y derrota
Para el año 400 d.C., el cristianismo era completamente diferente en su forma externa de lo que había sido 100 años antes. Era ahora una iglesia imperial con:
- Una jerarquía episcopal establecida
- Un patriarca en Roma reclamando autoridad sobre toda la iglesia
- Una doctrina oficial definida en concilios ecuménicos
- Una liturgia estandarizada
- Una teología integrada con la filosofía griega
El cristianismo se había vuelto una religión de poder, entrelazada con las estructuras del poder político y social romano, sirviendo los propósitos del Imperio aunque a veces los resistía. La transformación de perseguido a oficial fue una victoria militar, pero también una derrota espiritual. En su búsqueda de poder político, el cristianismo había comprometido parte de su pureza profética, su capacidad de ser una voz crítica frente al poder.
Esta tensión entre el poder espiritual y el poder político permanecería en la historia cristiana por los siglos venideros.
El cristianismo antes y después de Constantino
| Aspecto | Preconstantiniano | Postconistantiniano |
|---|---|---|
| Estatus legal | Perseguido, clandestino | Oficial, legalmente favorecido |
| Estructura eclesiástica | Informal, carismática | Jerárquica, institucional |
| Doctrina | Diversa, debatida | Oficial, definida por concilios |
| Relación con poder | Antagonista, contracultural | Integrada, institucional |
| Liturgia | Variable, local | Estandarizada, imperial |
| Liderazgo | Comunitario, descentralizado | Centralizado, patriarcal |
| Influencia política | Ninguna | Dominante |
| Teología | Apocalíptica, esperanzadora | Sistemática, filosófica |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes primarias:
- La Biblia. Sociedad Bíblica Iberoamericana, 2020.
- Eusebio de Cesarea. Historia Eclesiástica. Ciudad Nueva.
- Eusebio de Cesarea. Vida de Constantino. 2009. Editorial Gredos.
- Actas de Mártires cristianos (selección). 2001. Editorial Ciudad Nueva.
- Edicto de Milán – Texto traducido en apéndices de historias eclesiásticas estándar.
Bibliografía:
- González, Justo L. Historia del cristianismo. 2004. Editorial Caribe.
- Johnson, Paul. Historia del cristianismo. 2001. Javier Vergara Editor.
- MacMullen, Ramsay. Cristianismo e Imperio Romano. 2006. Akal.
- Brown, Peter. El surgimiento de la Cristiandad occidental. 2012. Editorial Crítica.
- Chadwick, Henry. The Early Church. 1967. Penguin Books.
- Cameron, Averil. The Later Roman Empire: AD 284-430. 1993. Harvard University Press.
- Momigliano, Arnaldo. The Conflict Between Paganism and Christianity in the Fourth Century. 1963. Oxford University Press.
- Frend, W. H. C. The Rise of the Monophysite Movement. 2005. Cambridge University Press.
- Potter, David S. The Roman Empire at Bay: AD 180-395. 2004. Routledge.
Preguntas frecuentes sobre el cristianismo imperial
¿Por qué Constantino se convirtió al cristianismo?
La razón exacta es desconocida y debatida por historiadores, pues Constantino nunca explicó claramente su conversión en términos que poseamos, pero los relatos hablan de una visión divina antes de la batalla del Puente Milvio donde Constantino vio una cruz de luz en el cielo, de modo que algunos historiadores especulan que Constantino fue genuinamente convertido religiosamente, otros que vio una oportunidad política para utilizar el cristianismo como herramienta de unificación imperial, de modo que la respuesta probable es que fue una combinación de ambos, que Constantino fue influenciado tanto por convicciones religiosas personales como por consideraciones políticas.
¿Fue el cristianismo diluido o fortalecido por su integración con el Imperio?
Esta es una pregunta que depende de la perspectiva de quién juzga, pues desde el punto de vista del cristianismo institucional que se desarrolló, la integración imperial fue una fortaleza, permitiendo que el cristianismo se expandiera exponencialmente, desarrollara teología sofisticada, construyera una iglesia institucional que durara milenios, de modo que desde esta perspectiva fue una victoria, pero desde el punto de vista de aquellos que veían el cristianismo como movimiento contracultural profético, la integración fue una dilución que comprometió el mensaje cristiano, que lo hizo servil al poder político.
¿Qué pasó con los cristianos que rechazaban la doctrina oficial después de Nicea?
Los cristianos cuyas creencias no coincidían con la definición oficial establecida en los concilios (como los arrianos, los nestorianos, los monofisitas) fueron tratados como herejes, de modo que enfrentaban represalias del Estado, exclusión de la iglesia oficial, en algunos casos persecución, de modo que el cristianismo que una vez había sido perseguido ahora se convirtió en perseguidor de aquellos que no compartían su doctrina oficial.
¿Cómo reaccionaron los paganos al ascenso del cristianismo?
Los paganos experimentaron esto como una catástrofe cultural, pues fueron perdiendo acceso público a los templos, los sacrificios fueron prohibidos, la religión pagana fue marginalizada en la esfera pública, de modo que algunos intelectuales paganos como el filósofo Porfirio escribieron críticas sofisticadas del cristianismo, otros simplemente se retiraron de la vida pública, otros se convirtieron al cristianismo, de modo que el siglo IV vio una transformación cultural radical donde la religión dominante cambió de forma fundamental.
¿Conservó el cristianismo imperial los valores éticos del cristianismo temprano?
Parcialmente, de modo que mientras que los valores de comunidad, solidaridad con los pobres, y sacrificio personal permanecieron como ideales cristianos, la práctica de muchos cristianos imperiales divergía significativamente de estos ideales, de modo que había cristianos ricos que acumulaban riqueza sin compartirla, cristianos que utilizaban su fe para legitimizar poder político, de modo que la brecha entre el ideal cristiano y la práctica cristiana se agrandó conforme el cristianismo se volvía la religión del poder.













