La cultura moche es una de las más apasionantes del territorio sudamericano, incluso más fuertes que los incas, aunque como muchas otras culturas precolombinas, desaparecieron sin dejar rastro de por qué.

El pueblo moche fue, sin duda, la sociedad precolombina más próspera que haya pisado el territorio peruano, con un grado de desarrollo tal que ni los Incas, más de cinco siglos después, pudieron igualar.

Fue un pueblo belicoso, cruel, sanguinario, aterrador…pero al mismo tiempo monumental y dotado de un exquisito gusto para la artesanía, la orfebrería y la astrología. Es quizás ésta dualidad de tan marcados contrastes la que les ha convertido en un gran hito de la arqueología moderna.

El Dios Moche Ai Apaec en el muro de la huaca de la luna

Un pueblo unido al cosmos.
En efecto, la cultura moche siempre estuvo ligada a los patrones y designios celestes. Quizás se piense que la práctica totalidad de los pueblos precolombinos tienen en ello un común denominador, pero en el caso de la cultura moche, ésta unión con los astros es más intensa si cabe.

No es difícil entender ésta afición por la astrología, pues su sociedad dependía de los ciclos naturales casi por entero. Las mareas, las épocas de sequía, las torrenciales lluvias, las fases del calendario, eran fenómenos de los que dependía toda la producción agrícola. Por tanto, la subsistencia de su sociedad dependía en primera instancia de lo que ocurriese allí arriba y del favor que los dioses les ofreciesen.

Por ello, además de una completo estudio del mapa celeste, los moches edificaron sus colosales pirámides, sus centros de poder y de culto, siguiendo exactamente los mapas estelares (del mismo modo que siglos después los canteros hicieron para erigir el entramado de catedrales francesas) y, según afirman algunos estudiosos del campo de la geomántica, el flujo de corrientes telúricas.

Una cultura sanguinaria.
El derramamiento de sangre con motivo de ofrenda a los dioses es algo que se repite, de forma curiosa, en centenares de sociedades antiguas a lo largo y ancho de nuestro mundo, y la cultura moche, como tantos otros pueblos del continente americano, no sería menos.

Todas sus obras, desde sus edificaciones, hasta su artesanía en cerámica y orfebrería, revisten motivos que dejan patente la importancia del sacrificio humano en su cultura.

Uno de los principales dioses del panteón moche fue, Ai Apaec, un ser de aspecto brutal, recubierto de tentáculos o patas de arácnido y con grandes fauces de depredador que siempre era representado realizando sacrificios humanos, de hecho se le conoce popularmente como “El Dios Decapitador”.

De nuevo tenemos aquí la dualidad a la que hacíamos mención, pues Ai Apaec era temido y adorado a partes iguales y aunque nadie estaba a salvo de su ira, a él debían los frutos de la tierra, el agua que evitaba las sequías, la salud de su pueblo y todas y cada una de las victorias contra sus enemigos.

Todo bajo un precio, pues “El Decapitador” era un dios furibundo que debía ser aplacado y complacido y el único sacrificio que aceptaba era el de la sangre humana. Y así nos lo muestran escenas como la tallada en la pirámide de “Cao Viejo”, donde decenas de cautivos, desnudos y atados, son conducidos a la zona del sacrificio.

Artesanos e ingenieros consagrados.
Aparte de la construcción de las imponentes pirámides escalonadas, los mochicas desarrollaron una compleja tecnología de canales de riego para potenciar y dosificar el preciado don que les traían las lluvias.

Huaco Moche

Además de ciertos conocimientos de ingeniería hidráulica, los moches se caracterizan por una más que trabajada cerámica, decorada con motivos de toda clase, desde la mitología y los sacrificios humanos hasta la temática erótica a la que daban gran importancia, no ya por simple fuente de placer sino, seguramente, por el importante papel que la reproducción tiene en una cultura bélica con grandes índices de mortandad.

Por supuesto, no podemos olvidar la gran labor que como orfebres nos han legado. Toda la cultura moche está salpicada de exquisitas joyas y elementos ornamentales en cobre, finamente gravados, con los más variados motivos. Sin duda los ajuares funerarios representan la mayor expresión en este sentido.

Un pueblo que desapareció sin motivo.
Al igual que ocurrió con otros pueblos de las amplias regiones de Sudamérica, el pueblo moche desapareció sin dejar apenas rastro y a día de hoy sigue sin saberse a ciencia cierta que les impulsó a dejar sus tierras. Las teorías son diversas, pero nada se sabe a ciencia cierta, tan sólo que unos seis siglos después de su marcha, un nuevo pueblo extendió su dominio sobre las tierras de la ancestral cultura mochica, un pueblo que hoy conocemos como los Incas.

Imagen Ai Apaec: Lourdes Cardenal en Wikipedia
Imagen Huaco: Durova en Wikipedia

Los Moches
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