Marco Antonio murió en Alejandría en agosto del 30 a.C., después de intentar suicidarse con su propia espada y no lograrlo del todo. Agonizó durante horas antes de ser llevado al mausoleo donde Cleopatra se había encerrado y morir en sus brazos. Tenía 53 años y había sido, durante casi una década, el hombre más poderoso del mundo romano fuera de Italia. Controlaba las provincias más ricas del Mediterráneo oriental, tenía el ejército más experimentado de su época y el respaldo de la reina más rica del mundo antiguo. Y lo había perdido todo frente a un joven de 23 años que se llamaba Octaviano y que entendía la política mejor que cualquier general de su tiempo.
La historia de Marco Antonio es la historia de un hombre extraordinariamente capaz en casi todo lo que hacía, excepto en lo que más importaba: elegir bien. Eligió mal cuándo combatir y cuándo negociar, eligió mal a qué aliados confiar y a cuáles temer y eligió, o al menos eso creyeron sus contemporáneos y la posteridad, a Cleopatra sobre Roma en el momento en que esa elección le costó todo lo demás. Si esa lectura es justa o no es una de las preguntas más interesantes que plantea su vida.
Los orígenes: un aristócrata con deudas y talento
Marco Antonio nació en el 83 a.C. en una familia patricia con historia militar pero con las finanzas en perpetuo desorden. Su padre, Marco Antonio Crético, había muerto en una campaña fracasada contra los piratas cilicios dejando enormes deudas. Su padrastro fue ejecutado durante la dictadura de Sila. Antonio creció en un ambiente de nobleza empobrecida que le dejó con un instinto para el gasto generoso — era famoso por su liberalidad con sus soldados y sus amigos — y con una deuda crónica que le acompañó toda la vida.
Su juventud fue, según las fuentes, considerablemente desordenada. Plutarco describe amistades con personajes de dudosa reputación, deudas de juego y una vida social intensa que contrastaba con la imagen de austeridad republicana que los moralistas de la época consideraban obligatoria para un aristócrata romano. Pero también revela un carisma personal extraordinario: Antonio tenía la capacidad de generar lealtad casi fanática en sus soldados y una presencia física imponente que las fuentes comparan con la iconografía de Hércules y Dioniso, comparaciones que el propio Antonio cultivó deliberadamente.
Su carrera militar comenzó en serio en Oriente bajo las órdenes de Aulo Gabinio, donde demostró un talento natural para el mando que compensaba su falta de formación teórica. Fue en esa época cuando conoció a Cleopatra por primera vez (ella tenía 14 años), aunque ese encuentro no dejó ninguna huella documentada.
El ascenso junto a César: fidelidad recompensada
La gran oportunidad de Antonio llegó con Julio César. Fue tribuno de la plebe en el 49 a.C. y usó ese cargo para defender los intereses de César en Roma cuando el Senado intentaba obligarle a licenciar su ejército, vetando el senatus consultum y siendo expulsado de la ciudad junto a su colega Curión, el episodio que César usó como pretexto para cruzar el Rubicón. Era una lealtad demostrada en el momento en que más costaba demostrarla.
Durante la guerra civil, Antonio fue el lugarteniente más valioso de César en Italia, controlando la península mientras el dictador combatía en Hispania y luego en Grecia. En la batalla de Farsalia mandó el ala izquierda del ejército cesariano con una eficacia que contribuyó decisivamente a la victoria. César le recompensó con cargos y honores y en el 44 a.C. Antonio era cónsul colega de César, el segundo hombre más poderoso de Roma.
Fue Antonio quien en las fiestas Lupercales de febrero del 44 a.C. ofreció públicamente a César una diadema real, en un episodio que las fuentes interpretan como una prueba del terreno organizada por el propio César para medir la reacción del pueblo. César rechazó la corona entre los aplausos del público, pero el episodio aceleró la decisión de los conspiradores.
Los Idus de marzo: supervivencia y venganza
El 15 de marzo del 44 a.C., Antonio fue apartado del edificio donde el Senado estaba reunido por el conspirador Cayo Trebonio, que le entretuvo en conversación en el exterior mientras sus cómplices asesinaban a César dentro. Fue una decisión de Bruto, el no matar a Antonio, que Antonio convertiría en el instrumento de su ascenso.
En las horas inmediatamente posteriores al asesinato, Antonio demostró la capacidad de reacción rápida que distingue a los políticos de los administradores. Mientras los conspiradores se refugiaban en el Capitolio sin un plan claro para el día siguiente, Antonio se apoderó de los documentos y las finanzas de César, ganó tiempo negociando una amnistía para los asesinos y se preparó para el momento en que el equilibrio cambiara.
Ese momento llegó con el discurso funerario. Bruto había cometido el error de permitirle hablar en el funeral de César, creyendo que la promesa de no atacar a los conspiradores sería respetada. Antonio la respetó formalmente mientras la violaba en el espíritu: sin acusar directamente a nadie, leyó el testamento de César que dejaba dinero y jardines al pueblo romano, mostró la toga ensangrentada del dictador y fue girando gradualmente la emoción del público hasta que la multitud se inflamó y buscó a los asesinos por las calles de Roma. Los conspiradores tuvieron que huir de la ciudad esa misma noche.
El Segundo Triunvirato: poder compartido y proscripciones
La llegada de Octaviano, el sobrino nieto y heredero adoptivo de César, un joven de 18 años que las fuentes describen como físicamente frágil pero políticamente calculador, complicó la situación de Antonio. Octaviano reclamaba la herencia política de César y el apoyo de sus veteranos y tenía el nombre del dictador, que en la Roma del 44 a.C. valía más que cualquier ejército.
Antonio y Octaviano pasaron varios meses en una hostilidad apenas disimulada antes de reconocer que ninguno de los dos podía destruir al otro sin coste insoportable, y que los asesinos de César, Bruto y Casio, controlaban el Oriente con ejércitos considerables. La solución fue el Segundo Triunvirato, formalizado en noviembre del 43 a.C. en una isla del río Lavinius cerca de Bolonia, donde Antonio, Octaviano y Lépido se dividieron el mundo romano y acordaron eliminar a sus enemigos.
Las proscripciones del Segundo Triunvirato superaron en escala y en brutalidad a las de Sila. Más de 2.000 caballeros y 300 senadores fueron incluidos en las listas. Antonio insistió en incluir a Cicerón, su enemigo político más eficaz (el orador había pronunciado las Filípicas, catorce discursos devastadores contra Antonio en los meses anteriores) y Octaviano cedió después de resistir brevemente. Cicerón fue cazado en su villa y decapitado; su cabeza y sus manos fueron exhibidas en los Rostros del foro, sobre la tribuna desde la que había pronunciado sus mejores discursos.
Después de las proscripciones vino Filipos, donde Antonio y Octaviano derrotaron a Bruto y Casio. Antonio llevó el peso de las operaciones militares: fue su táctica la que venció a Casio en la primera batalla y a Bruto en la segunda, mientras Octaviano estuvo enfermo en ambos momentos decisivos y según algunas fuentes hostiles ni siquiera estuvo presente en el campo. Era una diferencia que Antonio nunca dejó de señalar y que Octaviano nunca olvidó.
El encuentro con Cleopatra: Tarso y Alejandría
Después de Filipos, el reparto del mundo romano dejó a Antonio con las provincias orientales, las más ricas y las más complejas políticamente. Era el reparto que Antonio prefería: Oriente era más fascinante, más rico y más cercano a los recursos militares que necesitaría para la guerra contra los partos que planeaba como su gran campaña de gloria.
En el 41 a.C., Antonio convocó a Cleopatra VII en Tarso, en Cilicia, para pedirle explicaciones sobre el apoyo que el reino egipcio había prestado a los asesinos de César durante la guerra civil. Cleopatra llegó en una barcaza dorada con velas de púrpura, remos de plata y ella misma vestida como Afrodita, rodeada de niños disfrazados de Eros. Era una entrada calculada para impresionar a un hombre al que sabía que necesitaba como aliado y que conocía suficientemente bien para saber cómo impresionarle.

La relación que comenzó en Tarso fue, según las fuentes antiguas, tanto política como personal. Cleopatra necesitaba a Antonio para proteger su trono y su reino; Antonio necesitaba los recursos de Egipto para sus campañas orientales. Pero las fuentes también sugieren y la posteridad ha enfatizado, una atracción genuina entre dos personalidades de una vitalidad y una ambición comparables. Pasaron el invierno del 41-40 a.C. en Alejandría en lo que Plutarco describe como una vida de placeres extravagantes (el club de los «inimitables», como se llamaron a sí mismos) que escandalizó a Roma y alimentó la propaganda de Octaviano.
El matrimonio con Octavia y la ruptura con Roma
En el 40 a.C., Antonio regresó temporalmente a Roma para reparar su relación con Octaviano, que se había deteriorado durante su ausencia. El acuerdo se selló con su matrimonio con Octavia, hermana de Octaviano, una mujer que las fuentes describen de forma unánime como inteligente, leal y virtuosa, exactamente el tipo de retrato que contrasta deliberadamente con el de Cleopatra en la narrativa que Octaviano estaba construyendo.
El matrimonio fue políticamente útil durante unos años. Antonio y Octavia tuvieron dos hijas y ella le acompañó inicialmente en Oriente. Pero la atracción de Antonio hacia el mundo oriental y hacia Cleopatra fue más fuerte que la conveniencia política. En el 37 a.C. regresó a Alejandría, reconoció oficialmente a los hijos que había tenido con Cleopatra (tres, de los que Cesarión, hijo de César y Cleopatra, no era suyo pero estaba bajo su protección) y comenzó a tratar a Egipto como su base permanente.
La ruptura definitiva con Roma llegó con las Donaciones de Alejandría del 34 a.C., en las que Antonio distribuyó solemnemente territorios romanos y clientes orientales entre Cleopatra y sus hijos. Cesarión fue proclamado «rey de reyes» e hijo legítimo de César, una afrenta directa a Octaviano, que basaba su poder en ser el heredero de César. Era un acto que Octaviano transformó en arma propagandística con una eficacia que reveló cuánto mejor entendía la política romana que su rival.
La guerra con Octaviano: propaganda y Actium
La guerra entre Antonio y Octaviano fue en parte militar y en parte una batalla de narrativas. Octaviano construyó con una habilidad extraordinaria el relato de que Roma no estaba en guerra con Antonio, un romano, sino con Cleopatra, una reina extranjera que había seducido a un general romano y le había convertido en un instrumento de poder oriental. Declaró la guerra formalmente a Egipto, no a Antonio, un movimiento que permitía presentar el conflicto como defensa de Roma contra una amenaza exterior.
Antonio cometió el error de responder en los términos que Octaviano había elegido. En lugar de presentar la guerra como lo que era, una lucha de poder entre dos herederos de César, aceptó implícitamente el marco narrativo de su rival al llevar a Cleopatra consigo a la campaña y al insistir en su presencia incluso cuando sus propios generales le aconsejaban que la enviara de vuelta a Egipto para no dar munición a la propaganda octaviana.
La batalla de Actium, en septiembre del 31 a.C., fue el momento decisivo. Era un enfrentamiento naval en el Adriático, frente a las costas del noroeste de Grecia, donde las flotas de Antonio y Cleopatra intentaron romper el bloqueo que el almirante de Octaviano, Agripa, había establecido. El resultado fue una derrota que las fuentes antiguas atribuyen en parte a la deserción de varios comandantes de Antonio en los días anteriores y en parte al abandono de la batalla por parte de Cleopatra con su escuadra personal, que Antonio siguió dejando el grueso de su flota sin mando.
Por qué Cleopatra abandonó la batalla (si fue cobardía, si fue una señal acordada con Antonio para salvar la flota egipcia, si fue un pánico momentáneo) es una pregunta que los historiadores no han resuelto. Lo que sí es cierto es que después de Actium, Antonio y Cleopatra no tenían ejército ni flota suficiente para resistir el avance de Octaviano hacia Egipto.
El fin en Alejandría
Los últimos meses de Antonio y Cleopatra en Alejandría, mientras Octaviano avanzaba desde el este, tienen una calidad casi teatral que las fuentes antiguas captan con precisión. Disolvieron el club de los «inimitables» y fundaron uno nuevo que llamaron los «compañeros de la muerte», celebrando banquetes y fiestas con la intensidad de quien sabe que no habrá muchos más.
Cuando Octaviano llegó a las puertas de Alejandría en agosto del 30 a.C., las fuerzas de Antonio se disolvieron sin combate real. Antonio intentó suicidarse con su espada, se hirió gravemente pero no mortalmente y fue llevado moribundo al mausoleo donde Cleopatra se había encerrado. Murió en sus brazos.
Cleopatra sobrevivió unos días más, intentando negociar con Octaviano la supervivencia de sus hijos y quizás la suya propia. Cuando comprendió que Octaviano la reservaba para su triunfo en Roma (exhibirla encadenada en las calles de la ciudad como trofeo de guerra) eligió morir. La causa exacta de su muerte es debatida: las fuentes hablan de la mordedura de una serpiente, posiblemente un áspid, aunque algunos historiadores modernos consideran más probable un veneno. Tenía 39 años.
Octaviano hizo ejecutar a Cesarión, el hijo de César y Cleopatra, como posible rival dinástico. Los hijos de Antonio y Cleopatra fueron llevados a Roma para el triunfo de Octaviano y criados después por Octavia, la esposa que Antonio había abandonado, en un gesto de generosidad que las fuentes señalan con admiración.
El legado de Marco Antonio: víctima o artífice de su propia caída
La tradición ha tendido a ver a Marco Antonio como una víctima de su propio carácter, de su pasión por Cleopatra y de la propaganda implacable de Octaviano, pero esa lectura es demasiado simple. Antonio tomó decisiones conscientes en cada punto de su carrera y muchas de ellas fueron errores estratégicos independientemente de Cleopatra.
Lo que sí es cierto es que Octaviano le ganó en el terreno en que Antonio era más débil: la narrativa política. Antonio era superior militarmente, tenía más recursos y más territorio y contaba con el apoyo de los romanos más experimentados de su generación. Perdió porque Octaviano convirtió la guerra en un referéndum sobre qué era Roma (una ciudad mediterránea occidental o el centro de un reino helenístico oriental) y Antonio, al elegir Alejandría sobre Roma, ya había dado su respuesta.
En ese sentido, la historia de Marco Antonio es también la historia del fin de una posibilidad: la de un Imperio Romano construido sobre una síntesis genuina de Oriente y Occidente, con Alejandría como segunda capital y Cleopatra como reina consorte. Octaviano eligió Roma, el latín y el Senado. Esa elección definió durante siglos qué fue el Imperio Romano y qué no fue.
El Segundo Triunvirato
| Aspecto | Marco Antonio | Octaviano | Lépido |
|---|---|---|---|
| Territorios | Provincias orientales (las más ricas). | Occidente, incluyendo Italia. | África. |
| Fortaleza | Talento militar. Carisma. Lealtad de los veteranos. | Nombre de César. Habilidad política. Agripa como general. | Ejército y recursos de África. |
| Debilidad | Cálculo político deficiente. Exceso de confianza. | Salud frágil. Sin talento militar propio. | Sin peso político independiente. |
| Alianza clave | Cleopatra VII de Egipto. | Agripa (general) y Mecenas (propaganda). | Ninguna duradera. |
| Destino | Suicidio en Alejandría, 30 a.C. | Primer emperador de Roma como Augusto. | Marginado en el 36 a.C. Muerte natural. |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Plutarco: Vida de Antonio, en Vidas paralelas. Traducción de A. Ranz Romanillos. Gredos, Madrid, 1985.
- Apiano: Historia romana — Guerras civiles, libros IV-V. Traducción de A. Sancho Royo. Gredos, Madrid, 1985.
- Dion Casio: Historia romana, libros L-LI. Traducción de J. M. Candau Morón. Gredos, Madrid, 2004.
- Suetonio: Vida de Augusto, en Vidas de los Doce Césares. Traducción de M. Bassols de Climent. Gredos, Madrid, 1992.
Bibliografía:
- Montanelli, I.: Historia de Roma. Plaza & Janés, Barcelona, 1991.
- Grimal, P.: La civilización romana. Paidós, Barcelona, 1990.
- Roldán Hervás, J. M.: La República romana. Cátedra, Madrid, 1981.
- Goldsworthy, A.: Antony and Cleopatra. Yale University Press, New Haven, 2010.
- Southern, P.: Mark Antony: A Life. Tempus, Stroud, 1998.
- Holland, T.: Rubicon: The Last Years of the Roman Republic. Doubleday, New York, 2003.
- Beard, M.: SPQR: A History of Ancient Rome. Profile Books, London, 2015.
Preguntas frecuentes sobre Marco Antonio
¿Era Marco Antonio realmente un borracho y un libertino como le pintaba Octaviano?
La imagen de Antonio como hombre dominado por los excesos es en gran parte propaganda octaviana, aunque con un núcleo de verdad. Antonio era conocido por su generosidad con sus soldados y amigos — que incluía banquetes generosos y un gasto considerable en vino — y su vida en Alejandría con Cleopatra fue sin duda más lujosa que la austeridad que la moral romana consideraba obligatoria para un general. Pero también era un militar disciplinado cuando la situación lo exigía y un organizador competente de sus provincias. La imagen del borracho que perdió el mundo por una mujer es una construcción narrativa de Octaviano que la posteridad aceptó demasiado acríticamente.
¿Amaba realmente Antonio a Cleopatra o era solo una alianza política?
Las fuentes antiguas insisten en la dimensión pasional de la relación, y probablemente tienen razón en que no era solo política. Pero la separación entre amor y política en el mundo antiguo es una proyección moderna: los matrimonios y las alianzas personales eran también instrumentos políticos de forma natural y no contradictoria. Lo más probable es que la relación entre Antonio y Cleopatra fuera simultáneamente una alianza de intereses mutuos y una atracción personal genuina, sin que ninguna de las dos dimensiones excluya a la otra.
¿Por qué Cleopatra abandonó la batalla de Actium?
Es una de las preguntas sin respuesta definitiva de la historia antigua. Las explicaciones que se han propuesto incluyen el pánico ante el cariz de la batalla, una señal acordada previamente con Antonio para salvar la flota y los tesoros egipcios, o la decisión calculada de preservar los recursos para una negociación posterior con Octaviano. Las fuentes antiguas hostiles a Antonio y Cleopatra presentan el abandono como cobardía o traición; las más favorables lo explican como una retirada estratégica. La verdad es que no lo sabemos.
¿Qué fue de los hijos de Antonio y Cleopatra?
Los tres hijos que Antonio tuvo con Cleopatra — los gemelos Alejandro Helios y Cleopatra Selene, y Ptolomeo Filadelfo — fueron llevados a Roma para el triunfo de Octaviano y criados después por Octavia, la esposa que Antonio había abandonado. Cleopatra Selene sobrevivió y fue casada con Juba II, rey de Mauritania, convirtiéndose en reina de ese reino norteafricano. Sus hermanos desaparecen de las fuentes sin que se sepa qué fue de ellos. Cesarión, el hijo de César y Cleopatra que estaba bajo la protección de Antonio, fue ejecutado por orden de Octaviano.
¿Por qué Octaviano no ejecutó a Antonio sino que le dejó suicidarse?
Octaviano prefería que Antonio muriera antes de que él llegara a Alejandría, porque la ejecución de un romano de su rango habría sido políticamente incómoda y habría recordado demasiado a las proscripciones. El suicidio era una muerte más limpia narrativamente: Antonio elegía morir con dignidad antes que rendirse, lo que encajaba con la imagen del héroe trágico que la posteridad podía compadecer sin que Octaviano cargara con la responsabilidad. Que Antonio intentara el suicidio y no lo lograra del todo fue simplemente mala suerte de ambos.












