Tres de cada cuatro personas en el mundo pertenecen a una religión que reconoce a Abraham como padre espiritual. El judaísmo, el cristianismo y el islam, las tres grandes religiones abrahámicas, suman más de 4.000 millones de creyentes, representan las tradiciones religiosas más influyentes de la historia humana y han moldeado de forma determinante la civilización occidental, la cultura árabe y gran parte del mundo africano y asiático.
Las tres comparten una herencia común extraordinaria: el mismo Dios creador y único, los mismos profetas fundacionales, los mismos textos sagrados en su núcleo hebreo, la misma concepción de la historia como un drama entre Dios y la humanidad que avanza hacia un fin y sin embargo, las tres se han declarado mutuamente verdaderas o falsas, se han perseguido, se han influido y se han enriquecido durante siglos en una relación de hermandad conflictiva que es una de las historias más fascinantes y más relevantes del mundo contemporáneo.
Entender qué comparten y en qué difieren estas tres tradiciones es entender una parte esencial de cómo funciona el mundo en el que vivimos.
Abraham: el padre común
El término «religión abrahámica» procede del patriarca Abraham, Avraham en hebreo, Ibrahim en árabe, cuya historia se narra en el Génesis y que las tres tradiciones reconocen como el fundador del monoteísmo y el padre espiritual de sus respectivas comunidades.
En la Biblia hebrea, Abraham es el hombre que abandonó su tierra natal en Ur de los Caldeos, en la actual Iraq, siguiendo la llamada de Dios, que estableció la primera alianza con Dios y que estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo como prueba suprema de su fe. Es el paradigma del creyente: alguien que confía en Dios incluso cuando esa confianza va contra toda lógica humana.
Pero Abraham es también el origen de la tensión entre las tres tradiciones. Tuvo dos hijos de dos mujeres distintas: Isaac, hijo de su esposa Sara, considerado el ancestro de los israelitas y por tanto del judaísmo y el cristianismo; e Ismael, hijo de Agar la esclava, considerado en la tradición islámica el ancestro de los árabes y por tanto del islam. La pregunta sobre cuál de los dos hijos fue el heredero principal de la promesa divina y cuál fue el hijo del sacrificio en el monte Moria separa al judaísmo y el cristianismo del islam en un punto fundamental de la narrativa fundacional compartida.


Lo que comparten: la herencia común
El monoteísmo radical
Las tres tradiciones comparten la afirmación fundamental de que existe un solo Dios, creador de todo lo que existe, personal, que actúa en la historia y que ha revelado su voluntad a la humanidad. Este monoteísmo radical, que excluye cualquier otra divinidad real y que afirma la unicidad absoluta de Dios, es el elemento más definitorio de las tres tradiciones y el que las une frente al politeísmo, el panteísmo y el ateísmo.
El Dios de las tres tradiciones es el mismo Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de la Biblia hebrea, aunque cada tradición lo conciba de formas distintas: el judaísmo insiste en su trascendencia y en la imposibilidad de representarlo; el cristianismo afirma su encarnación en Jesús y su naturaleza trinitaria; el islam insiste en su unicidad absoluta e indivisible y rechaza cualquier asociación.
Los textos sagrados compartidos
Las tres tradiciones reconocen la autoridad de los textos de la Biblia Hebrea, aunque con diferencias en el canon y en la interpretación. El judaísmo reconoce el Tanaj como su escritura sagrada completa. El cristianismo lo incorpora como Antiguo Testamento y lo completa con el Nuevo Testamento. El islam reconoce la Torá y los Salmos como revelaciones divinas auténticas aunque afirma que fueron alteradas y presenta el Corán como la revelación definitiva que las restaura.
Esta herencia textual compartida significa que las tres tradiciones trabajan con las mismas narrativas fundacionales (la creación, el diluvio, Abraham, Moisés, David) aunque las interpreten de formas radicalmente distintas.
Los profetas compartidos
Las tres tradiciones reconocen una larga cadena de profetas como mensajeros de Dios: Adán, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David, Salomón, Elías, Isaías, Jeremías. Esta cadena profética compartida es la expresión más concreta de la herencia común: los mismos personajes, las mismas historias, interpretadas desde perspectivas distintas.
Moisés es el profeta más venerado en el judaísmo, el receptor de la Torá en el Sinaí, en el cristianismo es el gran tipo o prefiguración de Cristo y en el islam es el profeta más mencionado en el Corán, con más referencias que el propio Mahoma. Las tres tradiciones lo reconocen como el liberador de Israel y el mediador de la alianza divina, aunque con énfasis distintos.
La concepción lineal de la historia
Las tres tradiciones comparten una concepción lineal de la historia (con un principio, un desarrollo y un fin) que contrasta con la concepción cíclica de muchas otras tradiciones religiosas. La historia tiene un origen en la creación, avanza a través de los actos de Dios y la respuesta humana y se dirige hacia un fin escatológico: el juicio, la resurrección y el establecimiento del reino de Dios.
Esta concepción lineal de la historia, con su énfasis en el sentido y la dirección del tiempo, es una de las contribuciones más influyentes del pensamiento abrahámica a la civilización occidental.
La ética y la justicia social
Las tres tradiciones comparten un énfasis en la ética como dimensión central de la fe: no basta con creer correctamente sino que hay que actuar correctamente, especialmente en la relación con los más vulnerables. La justicia social (el cuidado del pobre, del huérfano, de la viuda, del extranjero) es un mandato divino explícito en los tres corpus textuales.
Los profetas del Antiguo Testamento son los primeros críticos sistemáticos del poder político en nombre de la justicia divina. Esa tradición profética de crítica del poder en nombre de los valores religiosos es una herencia común de las tres tradiciones que ha marcado profundamente la historia política occidental.
Las diferencias fundamentales
La naturaleza de Jesús
La diferencia más profunda entre las tres tradiciones es la cristología: la pregunta sobre quién es Jesús.


Para el judaísmo, Jesús es un maestro judío del siglo I que sus seguidores proclamaron Mesías sin cumplir los criterios bíblicos del Mesías esperado (restaurar el reino de David, reunir a los exiliados, traer la paz universal). El judaísmo no lo reconoce ni como Mesías ni como profeta.
Para el cristianismo, Jesús es el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, Dios hecho hombre, cuya muerte y resurrección redimen a la humanidad del pecado. Es el centro absoluto de la fe cristiana, sin el cual el sistema teológico entero se derrumba.
Para el islam, Jesús es uno de los más grandes profetas, el Mesías prometido a Israel, nacido de una virgen y dotado de poderes milagrosos, pero no el Hijo de Dios en sentido divino. El islam considera que la divinización de Jesús por el cristianismo es una forma de politeísmo que contradice el monoteísmo puro que Jesús mismo predicaba.
La revelación: ¿completa o continuada?
Las tres tradiciones difieren en su concepción de si la revelación divina está completa o continuada.
- El judaísmo considera que la revelación divina se completó con el Tanaj y la Torá oral. No reconoce el Nuevo Testamento ni el Corán como revelaciones auténticas.
- El cristianismo considera que la revelación se completó con el Nuevo Testamento. El canon bíblico está cerrado; no hay revelaciones auténticas posteriores.
- El islam considera que las revelaciones anteriores fueron auténticas pero corrompidas y que el Corán es la revelación final y definitiva que no puede ser superada ni modificada. Mahoma es el «sello de los profetas»: no habrá más profetas después de él.
La salvación y la relación con Dios
Las tres tradiciones conciben de forma distinta la relación entre el ser humano y Dios y el camino hacia la salvación.
En el judaísmo, la relación fundamental es la alianza: Dios eligió a Israel y le dio la Torá e Israel se compromete a cumplirla. La salvación no es tanto un evento puntual como una forma de vida, un camino de fidelidad a la alianza que se expresa en el cumplimiento de los mandamientos y en la pertenencia a la comunidad del pueblo de Israel.
En el cristianismo, la relación fundamental es la gracia: el ser humano es incapaz de salvarse por sus propios méritos debido al pecado original y necesita la intervención redentora de Dios en Jesucristo. La salvación es un don gratuito que se recibe por la fe, aunque las distintas tradiciones cristianas difieren en el papel que juegan las obras en ese proceso.
En el islam, la relación fundamental es la sumisión: el ser humano es creado para someterse a la voluntad de Dios, que ha revelado esa voluntad en el Corán. La salvación depende de la fe y de las obras (el cumplimiento de los cinco pilares y de la Sharia) dentro de la misericordia de Dios, que es el atributo divino más enfatizado en el Corán.
La historia de las relaciones entre las tres tradiciones
El judaísmo y el cristianismo
El cristianismo nació dentro del judaísmo del siglo I d.C. Jesús era judío, sus discípulos eran judíos y el movimiento cristiano primitivo era percibido desde fuera como una secta judía más. La ruptura fue gradual y dolorosa, acelerada por la destrucción del Templo en el 70 d.C. y por la decisión de las comunidades cristianas de abrirse a los gentiles sin exigirles el cumplimiento de la Torá.
La historia posterior de las relaciones entre judaísmo y cristianismo en Europa es en gran parte una historia de persecución: las acusaciones de deicidio contra los judíos, las expulsiones, los pogromos y el Holocausto. El Concilio Vaticano II (1965) representó un punto de inflexión histórico con la declaración Nostra Aetate, que rechazó la acusación colectiva de deicidio y abrió una nueva era de diálogo judeo-cristiano.
El islam y las otras dos tradiciones
El islam surgió en el siglo VII en un contexto de conocimiento y debate con el judaísmo y el cristianismo. Las primeras comunidades musulmanas tuvieron relaciones complejas con las comunidades judías de Arabia, que terminaron con la expulsión o el sometimiento de esas comunidades. Con el cristianismo, el islam mantuvo una relación de rivalidad política y teológica durante siglos, marcada por las Cruzadas, la Reconquista española y la expansión otomana, pero también por períodos de convivencia y de enriquecimiento mutuo en territorios como la España medieval o el Imperio otomano.
Las tres religiones abrahámicas
| Aspecto | Judaísmo | Cristianismo | Islam |
|---|---|---|---|
| Origen | ~2000 a.C. (Abraham) / ~1200 a.C. (Moisés) | Siglo I d.C. (Jesús) | Siglo VII d.C. (Mahoma) |
| Texto sagrado | Tanaj + Talmud | Biblia (AT + NT) | Corán + Sunna |
| Figura central | Moisés (receptor de la Torá) | Jesús (Hijo de Dios) | Mahoma (sello de los profetas) |
| Concepto de Dios | Único, trascendente, personal | Trinidad: Padre, Hijo, Espíritu Santo | Único, indivisible, sin asociados |
| Jesús | No reconocido como Mesías | Hijo de Dios, redentor | Profeta y Mesías, no divino |
| Salvación | Alianza y cumplimiento de la Torá | Fe en Cristo y gracia divina | Sumisión a Dios y obras |
| Lugar más sagrado | Jerusalén (Monte del Templo) | Jerusalén (Santo Sepulcro) | La Meca (Kaaba) |
| Fieles actuales | ~15 millones | ~2.400 millones | ~1.800 millones |
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Bibliografía
- Armstrong, Karen (1994). The case for God.
- Peters, F.E. (2007). Las voces de Abraham. Trotta, Madrid.
- Armstrong, Karen (1996). Jerusalem: One City, Three Faiths. Knopf, Nueva York.
- Peters, F.E. (2003). The Children of Abraham. Princeton University Press.
- Stark, Rodney (2011). The Triumph of Christianity. HarperOne, Nueva York.
- Armstrong, Karen (2000). Islam: A Short History. Modern Library, Nueva York.
- Esposito, John L. (2011). What Everyone Needs to Know About Islam. Oxford University Press.
Preguntas frecuentes sobre las religiones abrahámicas
¿Por qué se llaman religiones abrahámicas?
Se llaman así porque las tres reconocen al patriarca Abraham como su padre espiritual común. Abraham es en las tres tradiciones el modelo del creyente: el hombre que abandonó todo siguiendo la llamada de Dios y que estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo como prueba de su fe. El judaísmo lo considera el primer judío y el receptor de la promesa de la tierra. El cristianismo lo considera el padre de todos los creyentes por su fe, según la interpretación de Pablo en la carta a los Romanos. El islam lo considera el primer musulmán —el primero en someterse completamente a Dios— y el constructor de la Kaaba junto a su hijo Ismael.
¿Tienen las tres religiones el mismo Dios?
Es una pregunta que genera debate teológico intenso dentro de las tres tradiciones. Desde una perspectiva histórica, las tres tradiciones se refieren al mismo Dios de la Biblia Hebrea: el creador del mundo que se reveló a Abraham, a Moisés y a los profetas. Desde una perspectiva teológica, sin embargo, las diferencias son significativas: el Dios trinitario del cristianismo, que se encarnó en Jesús, es conceptualmente distinto del Dios absolutamente único e indivisible del judaísmo y del islam. Si esas diferencias conceptuales implican que están hablando de divinidades distintas o del mismo Dios concebido de formas distintas es una pregunta que cada tradición responde de forma diferente.
¿Cuál es la religión más antigua de las tres?
El judaísmo es la más antigua en sus orígenes, con raíces que la tradición remonta a Abraham hace aproximadamente cuatro mil años y cuya forma rabínica se consolidó en el siglo I d.C. El cristianismo surgió en el siglo I d.C. como movimiento dentro del judaísmo. El islam surgió en el siglo VII d.C. Sin embargo, el islam afirma que no es una religión nueva sino la restauración de la religión original de Abraham, más antigua que el judaísmo y el cristianismo en su forma actual.
¿Qué es Jerusalén para las tres religiones?
Jerusalén es la ciudad más sagrada para el judaísmo —sede del Templo destruido, lugar del Muro de las Lamentaciones y del Monte del Templo—, la segunda ciudad más sagrada para el islam —sede de la mezquita de Al-Aqsa y del Domo de la Roca, lugar del viaje nocturno de Mahoma— y una de las ciudades más sagradas para el cristianismo —lugar de la crucifixión, la resurrección y la ascensión de Jesús—. Esta triple sacralidad de Jerusalén es la fuente de uno de los conflictos geopolíticos más persistentes del mundo contemporáneo.









