Pocas palabras del mundo antiguo tienen una historia tan compleja y tan reveladora como «Baal«. En su origen, baal es simplemente una palabra semita que significa «señor» o «amo», un título que en el mundo cananeo y fenicio se aplicaba tanto a hombres como a dioses, del mismo modo que en español llamamos «señor» a un hombre respetable sin que eso implique ninguna connotación religiosa específica. Sin embargo, a través de un proceso que duró siglos y que involucró la conquista, el exilio, la polémica religiosa y finalmente la demonología cristiana medieval, «Baal» se transformó en uno de los nombres del mal por antonomasia en la tradición occidental.
Esa transformación es uno de los casos más documentados y más instructivos del proceso general de demonización de los dioses derrotados: el mecanismo por el cual las divinidades de un pueblo vencido o marginado se convierten en demonios para el pueblo dominante. Entender la historia de Baal es entender ese mecanismo en detalle, con toda su complejidad histórica, arqueológica y teológica.
El problema adicional que presenta Baal es su multiplicidad. No existe un único Baal sino muchos: Baal Hadad, el dios de la tormenta cananeo que protagoniza los textos de Ugarit; Baal Zebub, el dios oráculo de Ekron que se convierte en Belcebú; Baal Berith, el dios del pacto de Siquem; Baal Peor, el dios de las iniciaciones del monte Peor; Baal Hamón, el gran dios de Cartago al que se asocian los sacrificios del tofet.
Cada uno de estos Baales tiene su propia historia, su propio contexto geográfico y cultural y su propio proceso de demonización, aunque todos comparten el mismo título y todos acabaron siendo absorbidos en la imagen genérica del «Baal» bíblico como símbolo de idolatría y perversión.
El título y su mundo: qué significaba «Baal» en el Próximo Oriente antiguo
Para entender a los distintos Baales es imprescindible partir del significado original del término. En las lenguas semitas del noroeste, que incluyen el cananeo, el fenicio, el hebreo y el arameo, baal designaba originalmente la relación de propiedad y autoridad: el baal de una casa era su dueño, el baal de una tierra era su propietario, el baal de una mujer era su marido. El término implicaba control, responsabilidad y pertenencia.
Aplicado a las divinidades, baal se convirtió en el título por excelencia del dios tutelar de un lugar o una comunidad: el dios que «posee» ese territorio, que es su señor y protector. De ahí que tantos topónimos del mundo cananeo y fenicio incorporen el término: Baal-Gad, Baal-Hazor, Baal-Meon son lugares que llevan el nombre del dios que los preside. Y de ahí también que tantos teónimos sean simplemente «Baal» más un adjetivo o un topónimo que especifica de qué señor se trata.
Esta estructura lingüística tuvo consecuencias importantes para la polémica bíblica contra los Baales. Cuando los textos del Antiguo Testamento condenan el culto a los baales, están condenando una categoría entera de divinidades, no necesariamente a un dios específico. La palabra funcionaba como una clase y los autores bíblicos la usaron deliberadamente para crear una imagen de multiplicidad idolátrica en contraste con la unicidad del Dios de Israel.
Los textos bíblicos añadieron una dimensión adicional de polémica lingüística: en varios pasajes, los nombres propios de personas que originalmente incorporaban el título Baal fueron modificados sustituyendo baal por boshet, que en hebreo significa «vergüenza». Así, Isbaal, uno de los hijos de Saúl, aparece en algunos textos como Isboset y Meribaal, nieto de Saúl, aparece como Mefiboset. Esta práctica de sustitución sistemática revela hasta qué punto el término había adquirido connotaciones negativas insoportables para los redactores bíblicos.
Baal Hadad: el señor de la tormenta en los textos de Ugarit
El Baal más importante y mejor documentado es Baal Hadad, el dios de la tormenta de los cananeos cuya mitología conocemos principalmente gracias a los textos descubiertos en Ugarit, la ciudad-estado siria excavada desde 1929 en el sitio de Ras Shamra, en la costa mediterránea de la actual Siria.
Los textos de Ugarit, redactados en una lengua semítica del noroeste estrechamente relacionada con el hebreo y datados en torno al siglo XIV a.C., contienen un ciclo mítico extenso centrado en Baal que es la fuente más completa que tenemos sobre la religión cananea. Ese ciclo narra las batallas de Baal por establecer su reinado sobre los demás dioses y sobre las fuerzas del caos y tiene una estructura que comparte elementos significativos tanto con el Enuma Elish babilónico como con los textos míticos griegos posteriores.
El combate con Yam
El primer gran conflicto del ciclo de Ugarit enfrenta a Baal con Yam, el dios del mar y los ríos. Yam reclama el reinado sobre los dioses y exige que Baal le sea entregado como esclavo. El dios supremo El, el padre de los dioses, parece dispuesto a ceder, pero Baal se rebela y en una batalla épica derrota a Yam con dos mazas mágicas fabricadas por el artesano divino Kothar-wa-Khasis. La victoria de Baal sobre Yam establece su dominio sobre las aguas caóticas, una imagen que tiene paralelos directos con el combate de Marduk contra Tiamat y con el motivo bíblico del dominio de Dios sobre el mar primordial.
El palacio de Baal y el combate con Mot
Tras su victoria, Baal reclama un palacio digno de su nuevo estatus. Con la ayuda de Kothar-wa-Khasis construye un gran palacio en el monte Zafón, su residencia sagrada. Pero la consolidación de su reinado se ve interrumpida por Mot, el dios de la muerte y el inframundo, que reclama su parte del dominio cósmico. Baal desciende al reino de Mot y muere, lo que provoca la sequía y la esterilidad en la tierra.
Su hermana Anat, diosa de la guerra y la caza, busca a Baal, encuentra a Mot y lo despedaza con una hoz, lo dispersa como grano y lo quema. Baal regresa del inframundo y la fertilidad vuelve a la tierra. Este ciclo de muerte y resurrección de Baal es claramente un mito de la vegetación que explica el ciclo de las estaciones en el clima mediterráneo: la sequía estival como descenso de Baal al inframundo y el retorno de las lluvias otoñales como su resurrección.
Los atributos de Baal Hadad
Baal Hadad era el señor de la tormenta, la lluvia y la fertilidad agrícola. Sus atributos principales eran el rayo y la maza, que blandía contra sus enemigos y con los que provocaba el trueno. Era representado como un guerrero de pie sobre un toro, con un rayo en una mano y una lanza o maza en la otra, los pies sobre las nubes o las montañas. Su animal sagrado era el toro, símbolo de fuerza y fertilidad.
Su residencia sagrada era el monte Zafón, identificado con el actual Jebel al-Aqra en la costa sirio-turca, la montaña más alta de la región, desde cuya cima se creía que Baal lanzaba sus tormentas. El monte Zafón era el equivalente cananeo del Olimpo griego o del monte Sión israelita, la morada de los dioses en la cima del mundo.
Baal en la Biblia: el adversario por excelencia
La relación entre Baal y el Dios de Israel tal como la presentan los textos bíblicos es una de las polémicas religiosas más intensas y más reiteradas de todo el Antiguo Testamento. En más de 100 pasajes distintos, los textos bíblicos mencionan a Baal siempre en términos negativos, como el símbolo por excelencia de la idolatría cananea que Israel debe rechazar.
Esta intensidad polémica es en sí misma un dato histórico importante: sugiere que el culto a Baal fue una tentación real y persistente para las comunidades israelitas, no una amenaza imaginaria. Los arqueólogos han encontrado en numerosos yacimientos israelitas de la Edad del Hierro estatuillas y objetos de culto que los textos bíblicos identificarían con la adoración de Baal, lo que confirma que la frontera entre el yahvismo y el culto cananeo era más porosa de lo que la versión bíblica oficial sugiere.
Elías y los profetas de Baal
El episodio más dramático de la confrontación bíblica entre Yahvé y Baal es el narrado en el primer libro de los Reyes, capítulo 18: el profeta Elías desafía a los 450 profetas de Baal a un concurso en el monte Carmelo. Cada bando debe preparar un sacrificio y pedir a su dios que lo encienda con fuego desde el cielo. Los profetas de Baal invocan a su dios durante horas sin resultado, mientras Elías se burla de ellos sugiriendo que Baal está dormido o de viaje. Cuando Elías invoca a Yahvé, el fuego desciende inmediatamente y consume no solo el sacrificio sino el altar, las piedras y el agua con que Elías lo había empapado deliberadamente.
La narración es una polémica teológica de gran sofisticación: Baal, el dios de la tormenta y el rayo, es incapaz de enviar fuego del cielo, mientras que Yahvé, al que los profetas de Baal consideraban un dios menor de una tribu del desierto, demuestra ser el verdadero señor del fuego celeste. El episodio termina con la matanza de los profetas de Baal por orden de Elías, una violencia que refleja la intensidad de la competencia religiosa del período.
El sincretismo y la condena deuteronomista
La historiografía deuteronomista, que domina los libros de los Reyes y los Jueces, interpreta sistemáticamente los períodos de crisis y derrota de Israel como consecuencias directas del culto a Baal. Cada rey que «hizo lo malo ante los ojos de Yahvé» lo hizo adorando a Baal. Cada catástrofe nacional fue un castigo por la idolatría. Esta interpretación teológica de la historia convirtió a Baal en el adversario paradigmático de Yahvé, el polo opuesto y negativo frente al que se definía la identidad religiosa de Israel.
Las variantes: los distintos Baales del mundo semita
Baal Zebub: el oráculo de Ekron
Baal Zebub, «el señor de las moscas» o posiblemente «el señor de las alturas» según una etimología alternativa, era el dios oráculo de Ekron, una de las cinco ciudades de la Pentápolis filistea. Su única mención bíblica directa aparece en el segundo libro de los Reyes: el rey Ocozías de Israel, herido tras caer por una ventana, envía mensajeros a consultar a Baal Zebub de Ekron para saber si se recuperará. El profeta Elías intercepta a los mensajeros y condena al rey por haber consultado al dios extranjero en lugar de a Yahvé.
La transformación de Baal Zebub en Belcebú, uno de los príncipes demoníacos más importantes de la tradición cristiana, es el proceso de demonización más documentado de toda la familia de los Baales. En el Nuevo Testamento, los fariseos acusan a Jesús de expulsar demonios «por Belcebú, el príncipe de los demonios», lo que establece a Belcebú como el jefe de la jerarquía demoníaca en la tradición cristiana primitiva. La demonología medieval lo convirtió en uno de los siete príncipes del infierno, asociado con el pecado capital de la gula.
Baal Berith: el señor del pacto
Baal Berith, «el señor del pacto» o «el señor de la alianza», era venerado en Siquem, una ciudad de importancia central en la historia de Israel. El libro de los Jueces lo menciona en el contexto de la historia de Abimelec: el templo de Baal Berith en Siquem era el centro político y religioso de la ciudad y su tesoro fue usado para financiar la campaña de Abimelec. Cuando Abimelec destruyó Siquem, los supervivientes se refugiaron en la torre del templo de Baal Berith, que Abimelec incendió matando a todos los que había dentro.
En la demonología cristiana medieval, Baal Berith se convirtió en un demonio especializado en los pactos con el diablo, una función que derivaba directamente de su etimología: el señor del pacto se transformó en el demonio que sella los tratos con las almas humanas.
Baal Peor: el señor del monte Peor
Baal Peor era la divinidad venerada en el monte Peor, en la región de Moab al este del Jordán. Su mención más importante en la Biblia aparece en el libro de los Números: cuando los israelitas acamparon en Sitim, los hombres comenzaron a «prostituirse» con las mujeres moabitas y a adorar a Baal Peor, lo que provocó una plaga que mató a 24.000 personas. La narración asocia explícitamente el culto a Baal Peor con la prostitución ritual, una acusación que los textos bíblicos repiten con frecuencia respecto al culto cananeo en general.
En la demonología medieval, Baal Peor se transformó en Belfagor, el demonio de la pereza y las riquezas fáciles, una figura que aparece en textos medievales como el tentador que ofrece a los hombres riquezas sin esfuerzo a cambio de su alma.
Baal Hamón: el gran señor de Cartago
Baal Hamón era el dios supremo de Cartago, la gran ciudad fenicia del norte de África que se convirtió en la potencia mediterránea rival de Roma, que luego se enfrentarían en las Guerras Púnicas. Su nombre significa probablemente «el señor de los altares de incienso» o «el señor de la montaña» y era representado como un anciano con cuernos de carnero, sentado en un trono flanqueado por esfinges.
Es el Baal más relacionado con la polémica sobre los sacrificios infantiles en el tofet cartaginés. Los textos grecolatinos, especialmente Diodoro Sículo y Plutarco, describen ceremonias en que los cartagineses arrojaban niños vivos a los brazos de una estatua de Baal Hamón que los dejaba caer sobre un altar ardiente. Los arqueólogos han encontrado en el tofet de Cartago miles de urnas con huesos infantiles y animales, aunque el debate sobre si representan sacrificios rituales o enterramientos de niños muertos de forma natural continúa entre los especialistas.
La gran demonización: de dioses cananeos a príncipes del infierno
El proceso por el cual los distintos Baales pasaron de ser dioses venerados a demonios temidos siguió un patrón reconocible que se repite con variaciones en cada caso.
El primer paso fue la polémica profética: los profetas israelitas del siglo IX al VI a.C. construyeron sistemáticamente una imagen negativa del culto a Baal, asociándolo con la prostitución ritual, los sacrificios humanos, el abandono de la justicia social y la perversión moral. Esta polémica tenía un objetivo teológico claro: reforzar la identidad yahvista de Israel en un contexto de fuerte presión sincretista.
El segundo paso fue la degradación ontológica: los textos bíblicos tardíos comenzaron a negar la existencia real de los dioses extranjeros, presentándolos no como dioses genuinos sino como ídolos de madera y piedra sin poder real. Esta degradación ontológica fue un paso intermedio crucial: un dios que no existe no puede ser un demonio, pero un ídolo que encubre a un ser espiritual maligno sí puede serlo.
El tercer paso fue la demonización explícita: la literatura apocalíptica judía del período intertestamentario, especialmente los textos de Qumrán y el Libro de Enoc, identificó a los dioses de los pueblos extranjeros con los ángeles caídos que habían corrompido a la humanidad. Los Baales se convirtieron en demonios que habían engañado a los pueblos para recibir culto idolátrico.
El cuarto paso fue la sistematización demoníaca cristiana medieval: los grandes tratados de demonología de los siglos XIII al XVII organizaron a los distintos Baales en una jerarquía infernal precisa, asignándoles rangos, funciones específicas y el número de legiones de demonios que comandaban.
Comparativa entre los Baales y su demonización
| Nombre | Significado | Lugar de culto | Función original | Demonio medieval | Pecado asociado |
|---|---|---|---|---|---|
| Baal Hadad | Señor de la tormenta | Ugarit, Canaán general | Dios de la lluvia y la fertilidad | Baal (demonio genérico) | Idolatría |
| Baal Zebub | Señor de las moscas / las alturas | Ekron (Filistea) | Dios oráculo | Belcebú, príncipe de los demonios | Gula |
| Baal Berith | Señor del pacto | Siquem (Israel) | Dios de las alianzas | Berith, demonio de los pactos | Blasfemia |
| Baal Peor | Señor del monte Peor | Moab | Dios de la iniciación y fertilidad | Belfagor, demonio de la pereza | Pereza / lujuria |
| Baal Hamón | Señor de los altares / la montaña | Cartago | Dios supremo cartaginés | Asociado a Moloch en tradición cristiana | Crueldad / sacrificio |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Ciclo de Baal de Ugarit (s. XIV a.C.), en Del Olmo Lete, G. (1981). Mitos y leyendas de Canaán. Ediciones Cristiandad, Madrid.
- Biblia de Jerusalén (ed. 2009): 1 Reyes 18; 2 Reyes 1:2-16; Números 25:1-9; Jueces 9.
- Diodoro Sículo. Biblioteca histórica, XX.14 (sacrificios cartagineses).
Bibliografía:
- Del Olmo Lete, Gregorio (1998). Mitos, leyendas y rituales de los semitas occidentales. Trotta / Universidad de Barcelona.
- Xella, Paolo (2007). Los dioses fenicios. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid.
- González Blanco, Antonino (1999). Religiones del Próximo Oriente antiguo. Síntesis, Madrid.
- Smith, Mark S. (1990). The Early History of God: Yahweh and the Other Deities in Ancient Israel. Harper & Row, San Francisco.
- Day, John (2000). Yahweh and the Gods and Goddesses of Canaan. Sheffield Academic Press.
- Wyatt, N. (2002). Religious Texts from Ugarit. Sheffield Academic Press.
- Handy, Lowell K. (1994). Among the Host of Heaven: The Syro-Palestinian Pantheon as Bureaucracy. Eisenbrauns, Winona Lake.
Preguntas frecuentes sobre Baal
¿Qué significa la palabra Baal?
En las lenguas semíticas del noroeste, baal significa simplemente «señor» o «amo», un término que designaba la relación de propiedad y autoridad. Se aplicaba tanto a hombres, donde significaba dueño o marido, como a dioses, donde designaba al dios tutelar de un lugar o comunidad. De ahí que existan tantos dioses con el título Baal seguido de un topónimo o adjetivo: cada uno es «el señor» de su territorio específico. La connotación negativa del término es una construcción bíblica posterior que transformó un título genérico en sinónimo de idolatría.
¿Quién era Baal Hadad?
Baal Hadad era el dios principal del panteón cananeo, el señor de la tormenta, la lluvia y la fertilidad agrícola. Su mitología está documentada principalmente en los textos de Ugarit del siglo XIV a.C., donde protagoniza un ciclo de mitos que incluye su batalla contra Yam, el dios del mar, su muerte a manos de Mot, el dios del inframundo, y su resurrección gracias a su hermana Anat. Era representado como un guerrero con rayo y maza, de pie sobre un toro, con su residencia sagrada en el monte Zafón. Su culto se extendía por toda la franja cananea y fenicia del Mediterráneo oriental.
¿Por qué los profetas bíblicos condenaban el culto a Baal?
La condena profética del culto a Baal respondía a varios factores simultáneos. Teológicamente, el culto a Baal representaba la amenaza del politeísmo y el sincretismo contra la identidad yahvista que los profetas intentaban consolidar. Sociológicamente, el culto cananeo estaba asociado con las élites urbanas y las prácticas agrícolas locales, en contraste con el yahvismo que los profetas asociaban con la identidad tribal y el Dios del éxodo. La intensidad de la condena refleja que el culto a Baal era una alternativa religiosa real y atractiva para muchos israelitas, no una amenaza abstracta.
¿Cómo se convirtió Baal Zebub en Belcebú?
Baal Zebub era el dios oráculo de Ekron, mencionado en el segundo libro de los Reyes cuando el rey Ocozías lo consulta tras sufrir una caída. En el Nuevo Testamento, «Belcebú» aparece como nombre del príncipe de los demonios, usado por los fariseos para acusar a Jesús de actuar con poder diabólico. La transformación del nombre de Baal Zebub a Belcebú es una evolución fonética natural a través del arameo. La función demoníaca de Belcebú como jefe de los demonios derivó de la práctica oracular de Baal Zebub: el dios que respondía preguntas sobre el futuro se convirtió en el demonio que engaña a los humanos con falsas revelaciones.
¿Existe relación entre Baal y el diablo cristiano?
La relación es indirecta pero significativa. Baal como figura genérica de la idolatría en los textos bíblicos contribuyó a construir la imagen del adversario de Dios en la tradición judía tardía y cristiana primitiva. Algunos de sus aspectos específicos, especialmente el combate de Baal Hadad con las fuerzas del caos acuático, tienen paralelos con el motivo bíblico del dominio de Dios sobre las aguas primordiales y con la imagen apocalíptica del dragón del mar. Los distintos Baales individuales se convirtieron en demonios específicos de la jerarquía medieval, con Belcebú ocupando el rango más alto como príncipe de los demonios en el Nuevo Testamento.












