El 2 de noviembre de 1988, un estudiante de posgrado de Cornell soltó en la red un programa que en pocas horas dejó fuera de juego a miles de ordenadores. Aquel episodio no fue el primero ni el más dañino de la historia de la informática, pero sí el que obligó a tomarse en serio una amenaza que hasta entonces parecía una curiosidad de laboratorio. Este artículo recorre medio siglo de virus y gusanos, desde los experimentos de los años setenta hasta los ataques que paralizaron hospitales, y explica cómo cambió en paralelo la forma de protegerse.
| Época | Medio de propagación | Respuesta defensiva |
| Años setenta | Redes de investigación como ARPANET | Programas experimentales que eliminaban al intruso |
| Años ochenta | Disquetes compartidos entre usuarios | Primeros escáneres basados en firmas |
| Años noventa y 2000 | Correo electrónico e internet doméstico | Actualizaciones frecuentes y filtrado de adjuntos |
| Desde 2010 | Fallos sin parchear, ransomware, webs maliciosas | Análisis de comportamiento y protección en tiempo real |
Los primeros intrusos: curiosidad antes que delito
Creeper y Reaper
A comienzos de los años setenta, en la empresa BBN, que trabajaba en el desarrollo de ARPANET, Bob Thomas creó Creeper, un programa capaz de saltar de un ordenador a otro de la red y mostrar un mensaje en pantalla. No borraba nada ni robaba datos. Poco después apareció Reaper, diseñado para localizar a Creeper y eliminarlo, y por eso muchos lo consideran el antepasado de todos los antivirus. La lógica de perseguir al intruso con otro programa ya estaba ahí.
Quien quiera entender el contexto en el que nacieron estos experimentos puede repasar esta breve historia de internet, que sigue la evolución de ARPANET hasta la llegada de la web.
Brain y la era del disquete
En 1986, dos hermanos de Lahore (Pakistán) escribieron Brain, un código que se alojaba en el sector de arranque de los disquetes. Su intención declarada era proteger su propio software contra copias ilegales, pero el programa se extendió mucho más allá de su tienda gracias a la costumbre de prestarse disquetes. Durante esa década, el contagio dependía del contacto físico entre usuarios, un poco como las epidemias que tanto aparecen en los libros de historia.
El gusano de Morris y el salto a la red
El programa de 1988 que abre este artículo era obra de Robert Tappan Morris. Según recoge la revista de antiguos alumnos de Cornell, el gusano afectó a unas 6.000 máquinas, alrededor del 10 % de los aproximadamente 60.000 ordenadores conectados entonces a internet. Algunas instituciones estuvieron desconectadas hasta una semana. Morris se convirtió en la primera persona condenada en Estados Unidos bajo la Computer Fraud and Abuse Act, con libertad condicional, servicios comunitarios y una multa, aunque sin pena de cárcel.
El caso dejó una lección que sigue vigente: un solo programa podía propagarse por toda una red sin que nadie tocara un disquete. A partir de ahí, las herramientas defensivas empezaron a apoyarse en bases de datos de firmas, es decir, en huellas reconocibles de cada virus conocido, que había que actualizar cada vez con más frecuencia.
Del correo electrónico al secuestro de datos
En mayo de 2000, un mensaje con el asunto ILOVEYOU recorrió el mundo desde Filipinas. El adjunto parecía una carta de amor y, al abrirlo, el gusano se reenviaba a toda la libreta de direcciones. Fue el ejemplo perfecto de que la ingeniería social, el engaño al usuario, podía resultar más eficaz que cualquier fallo técnico.
La protección tuvo que adaptarse. Ya no bastaba con reconocer virus conocidos, porque cada día aparecían variantes nuevas. Los programas defensivos incorporaron análisis heurístico y, más tarde, vigilancia del comportamiento: en lugar de buscar solo una huella, observan qué hace un archivo una vez abierto. Un antivirus para PC actual combina esas capas; la herramienta de Surfshark para Windows 10 y versiones posteriores, por ejemplo, reúne protección en tiempo real, análisis de comportamiento, revisión de enlaces y control de acceso a la cámara web. Es una lógica muy distinta a la de Reaper, aunque el objetivo sea el mismo.
WannaCry y los hospitales
El 12 de mayo de 2017, el ransomware WannaCry cifró ordenadores en decenas de países y exigió un rescate para devolver los archivos. En el Reino Unido, la investigación de la Oficina Nacional de Auditoría contabilizó al menos 81 de los 236 fideicomisos del sistema público de salud de Inglaterra afectados, además de 595 consultas de atención primaria. Solo entre el 12 y el 18 de mayo se confirmaron 6.912 citas canceladas. El informe concluyó que el ataque podía haberse evitado con prácticas básicas de seguridad, porque los equipos infectados funcionaban con versiones de Windows sin parchear o sin soporte.
Qué deja medio siglo de historia
El volumen actual no tiene comparación con el de los años ochenta. El instituto independiente AV-TEST, que evalúa programas de seguridad, afirma en su página de estadísticas que registra cada día más de 450.000 programas maliciosos y aplicaciones potencialmente no deseadas nuevos. Vistas en conjunto, las etapas anteriores dejan algunas constantes:
- El canal cambia, pero el engaño se mantiene: del disquete prestado al adjunto romántico, casi todos los grandes contagios necesitaron que alguien abriera algo.
- Las actualizaciones importan tanto como el antivirus, porque WannaCry se aprovechó de sistemas sin parchear, no de una amenaza imposible de detectar.
- La defensa suele ir un paso por detrás, y por eso las herramientas pasaron de reconocer firmas a vigilar comportamientos.
La historia de los virus informáticos empieza con experimentos casi inofensivos en ARPANET, pasa por los disquetes de los años ochenta y el gusano de Morris, y llega al correo electrónico y al ransomware que paralizó hospitales en 2017. En paralelo, la defensa evolucionó desde programas que perseguían a un intruso concreto hasta herramientas que analizan el comportamiento de cada archivo. El hilo común de estos cincuenta años es que la mayoría de los grandes ataques se apoyaron en descuidos humanos y en sistemas desactualizados, dos factores que siguen marcando la diferencia hoy.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









