El ocaso del caballero andante

Pocas imágenes son tan recurrentes en la iconografía popular como lo es la del caballero andante. Es mentar conceptos como “Edad Media” o “Feudalismo” y aparecer la evocadora imagen del caballero de argéntea armadura, yelmo empenachado y lanza en ristre a lomos de su rampante cabalgadura recortando silueta en el horizonte.

Pocas imágenes son tan recurrentes en la iconografía popular como lo es la del caballero andante. Es mentar conceptos como “Edad Media” o “Feudalismo” y aparecer la evocadora imagen del caballero de argéntea armadura, yelmo empenachado y lanza en ristre a lomos de su rampante cabalgadura recortando silueta en el horizonte.

"Un caballero en la encrucijada", de Víktor Vasnetsov

En ésta ocasión me gustaría tratar el ocaso de aquel símbolo y con él, el comienzo del final de una era en lo militar y si me apuran, en lo social, aunque esto tardase aún un par de siglos en consolidarse.

El caballero medieval, lejos de las concepciones románticas que han llegado a nuestros días de aquel virtuoso guerrero culto, diestro a partes iguales en las más altas cotas del saber, el arte, la esgrima y esa galantería que hoy conocemos como “amor cortés”, fue una herramienta de combate sin parangón, un guerrero bravo, endurecido y curtido en decenas de batallas, que poco más conocía a parte de tácticas militares y  la mejor forma de aniquilar a sus enemigos por medio del acero y la arrolladora carga de su montura.

Cierto es que hay pequeñas excepciones a esta regla, como podrían ser ciertos monarcas europeos que dirigiéndose al combate como uno más de su nobles vasallos si poseían ciertas destrezas lingüísticas, literarias y  retóricas, o bien, aquellas órdenes religioso-militares como la del Temple o la Hospitalaria que combinaron lo mejor de la formación de un monje con la destreza y letalidad de un guerrero, pero en cualquier caso, estas excepciones fueron las menos y ellas no llegaban ni por asomo al “caballero humanista” que ha llegado a las páginas literarias del “Best -Seller”. No hay mejor evidencia de ello que  la sátira que Don Miguel de Cervantes hiciera de la caballería en su internacional “Don Quijote de la Mancha” hace más de cuatro siglos.

Embutido en armadura pesada, más o menos acorazado según las características de la zona y el periodo al que nos refiramos, y con el ímpetu y  la inercia que proporcionaba un acaballo de guerra de hercúleas proporciones, la verdad es que durante algo más de cuatro siglos el caballero medieval fue la perfecta máquina de matar en los campos de batalla europeos. Si me permite el lector un vago símil, deberíamos imaginarnos a estos nobles guerreros como auténticos carros acorazados. Imagínese por un momento contemplar como apenas una decena de caballeros enlatados por entero y a lomos de un “destrier” o “destriero” (conocido como tal el caballo criado especialmente para tales funciones, robusto y de gran alzada) cargasen lanza en ristre a su encuentro mientras la tierra retumba bajo el peso de los cascos de las monturas al galope.

Lo más probable es que huyese en desbandada y fuese arrollado sin miramientos por un bloque de acero y músculo en movimiento, y es esto lo que realmente ocurría, la carga de caballería pesada era algo imparable y sin embargo, como todo, tuvo su final.

Los avances militares fueron quizás la  primera de las razones que contribuyó a la obsolescencia de estos nobles varones. El arco puede entenderse como un arma efectiva contra el caballero, una ráfaga bien dirigida  haría caer a unos  cuantos caballeros. Sin embargo, pese a lo que nos tiene acostumbrados Hollywood, hasta bien entrado el 1300 no aparece el llamado “arco largo inglés”. Hasta esa fecha una descarga cerrada podía matar a algunos caballeros, herirlos con suma facilidad eso sí, pero los escudos, las cotas de malla y las placas metálicas servían de protección eficaz, sobre todo cuanto más cerradas fueran las formaciones de estos jinetes.

"Caballero, la Muerte y el Diablo", de Durero

Sin embargo, la llegada del arco largo inglés fue decisiva, como bien quedó reflejado en la batalla de Crecy en 1346, donde la flor y nata de la caballería francesa murió aquel día a manos de regimientos de simples arqueros. Ésta nueva arma proporcionaba una fuerza de tensión mucho más potente que los arcos de época anterior, propulsando las flechas más de 300 metros y con una potencia tal que penetraban cotas de malla y pecheras con suma facilidad.

La ballesta medieval, también se reveló como un arma eficaz contra la caballería. De menor alcance que el arco inglés y con el inconveniente de su lenta recarga, la ballesta atravesaba las placas metálicas aun con mayor facilidad que el arco y su manejo no requería apenas de entrenamiento, tan sólo bastaba la puntería.

La pica, popularizada durante los siglos XV y XVI también fue efectiva contra las cargas de caballería. Un arma de punta de acero con un asta de madera de varias veces la altura de un hombre bastaba para empalar la vanguardia de una carga y entorpecer y frenar a los caballeros de líneas posteriores, haciéndoles vulnerables una vez perdido el ímpetu.

Sin duda, los avances militares tuvieron una importancia relevante en la desaparición de estos hidalgos y sin embargo hubo otros factores quizás menos conocidos, que dieron la puntilla a la era de supremacía del jinete medieval.

El factor económico jugó un importante papel ya que la figura del caballero iba ligada al noble vasallo que tenía que costearse un carísimo aparejo militar, la compra de caballos de batalla y su alto mantenimiento, así como el personal al servicio del caballero sin los cuales no podría cumplir sus funciones, tales como escuderos, herreros, mozos de cuadra, cocineros, y por supuesto el sobrecoste de un entrenamiento nada económico y que requería de la mayor parte de la vida del jinete.

Los reyes europeos dependían de estos nobles para sustentarse en el poder, eran sus armas para la conquista y defensa de los territorios que se anexionaban. La tradición feudal requería que el rey les pagase en tierras o feudos, cuya administración les dotaba del capital suficiente para costearse lo ya citado y aún con todo, en ocasiones, era insuficiente.

Compréndase entonces que la aparición de mercenarios con una adiestramiento inferior y más económico que el de los nobles, con armas más efectivas, un mantenimiento en campaña inferior y la innecesaria entrega de feudos, decantaban la balanza a favor de estos últimos, en aquellos días en que los reyes vislumbraban la forma de deshacerse de aquellos nobles hidalgos con los que cada día debían compartir en mayor proporción su poder y a los que cada día se veía más supeditado.

Y así, después de haber dominado la élite del feudalismo militar, la figura del caballero, cambiadas las reglas del juego como estaban, se vio obligado a esperar su turno en el campo de batalla como un mero apoyo a la infantería en circunstancias muy concretas que  las más de las veces no llegaban, u obligados a combatir a pie como un infante más. Otros, por el contrario prefirieron la fama, fortuna y menores riesgos de los torneos y justas y, pese a ello, todos quedaron relegados a un recuerdo de épocas pasadas desdibujado con el matiz romántico y novelesco de los libros de caballería.

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