Historia de Kowloon, la ciudad más poblada del mundo

Resulta difícil imaginar la ciudad más poblada del mundo como un lugar de 50.000 habitantes y 100 por 200 metros cuadrados de superficie, edificada de abajo a arriba y de fuera hacia adentro, sin un trazado de planos, sin arquitectos. Con el corazón negro porque no le alcanzaban los rayos del sol. Así era Kowloon, la ciudad amurallada de Hong Kong. Y así de inverosímil es su historia.

Ciudad de Kowloon
Ciudad de Kowloon

Todo comienza cuando este pedazo de tierra es elegido como lugar estratégico en el mar de China para la vigilancia del comercio de la sal con otros países, que se veía amenazado por numerosos piratas. Gobernaba por aquel entonces las dinastía Song, (entre 960-1279) a la que sucedió la dinastía Yuan, continuando Kowloon con su cometido durante varios siglos.

Favorecido con el avance tecnológico que experimentó China, fundamentalmente en materia de armamento, este enclave es fortificado a mediados del XIX. Hong Kong pasó a manos inglesas y resultó necesario buscar un punto estratégico desde donde los chinos pudieran supervisar las actividades de sus colonizadores. Kowloon resultó ser el sitio ideal, ya que el convenio firmado entre ambos países, para la anexión de nuevos territorios a favor de Gran Bretaña excluía explícitamente a la Ciudad Amurallada, que carecía de interés para ellos. Pronto se arrepintieron de esto, y trataron de arrebatarles el territorio por medio de las armas.

A partir de ese momento, este terreno dejó de pertenecer a China, pero tampoco llegó a formar parte de las colonias británicas, por tanto quedó en un limbo legal que fue el inicio del desarrollo de una ciudad de lo más peculiar.

Muy llamativo fue el increíble aumento de densidad de población que experimentó. Si en sus inicios contaba con tan solo 700 habitantes, cifra bastante razonable para el espacio del que disponían (ya que el perímetro no podía expandirse, impidiéndoselo la muralla que lo rodeaba lo que hace parecer increíble que llegara a ser la ciudad más poblada del mundo), en el ocaso de su historia llegó a albergar 50.000, sin alterarse lo más mínimo los metros de su superficie.

Inmersos en el puro centro del Hong Kong británico, sus inquilinos fueron creando un estilo de vida propio, influenciado por la tradición china de sus allegados, que en un principio no representó ninguna amenaza para nadie. Su fortuito aislamiento les protegió de las desavenencias entre británicos y chinos, siendo ajenos a los cambios de gobierno que se experimentaban a comienzos del siglo XX en el exterior de su pequeño mundo: la caída de la dinastía Qing, la proclamación de la República China (1911) y 38 años después, de la República Popular China.

Cuando Japón invadió a su gigante vecino, uno de sus ataques destruyó gran parte de la muralla de Kowloon. Lo que quedó en pie fue desmantelado para la construcción del Aeropuerto Internacional Kai Tak, ubicado muy cerca de allí.

Aún sin cercado, la ciudad ya tenía delimitado su espacio, el que le marcaba la ausencia de legislación. Cuando los japoneses se rindieron, este recinto acogió a todo tipo de personas ilegales que encontraban refugio al no encontrar leyes. El número de habitantes se multiplicó, y también el comercio de todo tipo: al no haber límites en ningún sentido, todo aquel que no podía ejercer su oficio en otro sitio, acudía a este maravilloso “paraíso fiscal”.

Comenzaron a fructiferar las actividades poco honrosas, como el contrabando de drogas, la venta de alcohol o la prostitución. Surgieron mafias que organizaban estos menesteres, y nadie podía parar esta tremenda máquina que se había puesto en marcha, sin ley que rija ni policía que aplaque los ánimos, ya que nadie se atrevía a entrar allí a poner orden.

La ciudad creció descontrolada por donde podía. Se creaban nuevas viviendas al lado de las ya existentes. Cuando no quedó  espacio en el suelo, y las calles más anchas de este conglomerado medían un metro de ancho, los habitantes comenzaron a construir encima de las azoteas. Apoyaban unas casas con otras, de manera que todas mantenían un denso equilibrio, y aunque los materiales eran de pobre calidad, la ciudad no se vino abajo.

No les era posible construir más de 14 alturas, por riesgo de que los aviones que despegaban y aterrizaban en el aeropuerto antes mencionado colisionaran con los tejados. Las luces de aproximación se colocaban en la cima de estos rascacielos en zig-zag.

Sin luz solar que pudiera penetrar a través del tumulto de edificaciones, las personas se alumbraban a base de fluorescentes. Pasear por las calles se asemejaría a atravesar una jungla de noche llena de lianas, representadas por el abundante cableado que colgaba de ventana en ventana, como medida preventiva para los incendios, uno de los mayores peligros que les acechaban. Si se iniciaba un fuego, era muy fácil que toda la ciudad quedara calcinada en poco tiempo.

Las condiciones higiénicas y sanitarias eran deplorables. Aprovecharon la coyuntura numerosos dentistas honkoneses para ofrecer sus trabajos a un precio mucho más competitivo.

Se organizó un curioso sistema de limpieza: los vecinos de los pisos de arriba barrían mandando su basura a los que tenían en el piso inmediato anterior, y éstos a los de más abajo, hasta llegar al suelo. El resultado era que el polvo se concentraba en las calles por donde la gente se agolpaba para moverse.

En 1980 la población había alcanzado la escandalosa cifra de 35.000 habitantes, y su reputación cotas insospechadas: sus fumaderos de opio, el tráfico de cocaína y los numerosos casinos que fueron surgiendo, se encargaron de labrarla.

La opinión pública internacional hizo sonrojar a los dos países que habían desatendido durante tanto tiempo a La Ciudad de la Oscuridad, tratando de desentenderse del problema. Decidieron firmar un acuerdo en 1991 de desalojo y demolición de todo el enclave (para entonces las cotas de población habían superado lo insuperable, llegando a contar con 50.000 personas un territorio de tan solo 20.000 metros cuadrados, lo que le confirió el título de ciudad más poblada del mundo, y de la historia de la humanidad, con una densidad de población de 1.900.000 habitantes por kilómetro cuadrado.

La también declarada Ciudad más independiente de la historia, por su autonomía y autogestión en todos los ámbitos de la vida en comunidad, fue reducida a escombros en 1993. No ha sucedido, ni seguramente sucederá porque no se permita, una hazaña humana de iguales características. La ciudad de Kowloon es el ejemplo de lo capaz que es el ser humano de adaptarse al medio.

Hoy, irónicamente, la mole grotesca de edificios se ha convertido en un armónico parque iluminado por el sol, verde y cristalino, acorde con el ambiente de paz y orden que siempre se ha respirado en Hong Kong.

Imagen: hyperspace328 en Flickr

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Estudio periodismo y derecho, y para ambas materias la historia es fundamental. Es el pilar básico de nuestra vida. Como madre procuro introducir a mi hijo en las raíces de nuestra procedencia. Me encanta contarle cuentos sobre cómo vivían nuestros antepasados y anécdotas interesantes que despiertan su curiosidad. Un mundo apasionante del que aprenderemos juntos aquí, en Redhistoria.

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