Resumen de Crimen y Castigo de Fiódor Dostoievski

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Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoyevski

Crimen y Castigo de Fiódor Dostoievski es una de las obras cumbres de la literatura rusa y mundial, una verdadera obra maestra en la que encontramos algunos rasgos comunes entre sus protagonistas y el autor.

A modo de ejemplo, el crimen de Dostoyevski es bien distinto al realizado por el protagonista de su novela, Rodia Raskolnikov, pues el crimen del reconocido escritor es su imparable vicio al juego y el del segundo un doble asesinato.

Sin embargo, el castigo que ambos sufren es exactamente el mismo: la culpabilidad.

Así se sentía el autor debido a su vicio y quedó patente en una de las cartas que envió a su esposa, la cual exponemos a continuación:

<< Ania querida, amiga mía, esposa mía, perdóname y no me llames canalla. He cometido un crimen: lo perdí todo; todo lo que me enviaste, todo, hasta el último kreuzer. Ayer lo recibí y ayer mismo lo perdí. Ania, ¿cómo voy a poder mirarte ahora?

¿Qué vas a decir de mí? Una sola cosa me horroriza: qué vas a decir, qué vas a pensar de mí. Sólo tu opinión me asusta. ¿Podrás respetarme todavía? ¿Vas a respetarme todavía? ¡Qué es el amor cuando no hay respeto! El juego es lo que siempre ha perturbado nuestro matrimonio. Ah, amiga mía, no me culpes definitivamente, odio el juego, no solamente ahora, ayer también, anteayer también lo maldije; cuando recibí ayer el dinero y cambié la letra fui con la idea de desquitar aunque fuera un poco, de aumentar aunque sólo fuera mínimamente nuestros recursos. Tenía tanta confianza en ganar algo… Al principio perdí muy poco, pero cuando comencé a perder, sentía deseos de desquitar lo perdido y cuando perdí aún más, ya fue forzoso seguir jugando para recuperar aunque sólo fuera el dinero necesario para mi partida, pero también eso lo perdí. Ania, no te pido que te apiades de mí, preferiría que fueras imparcial, pero tengo mucho miedo a tu juicio. Por mí no tengo miedo. Al contrario, ahora, ahora después de esta lección, de repente me sentí perfectamente tranquilo respecto a mi futuro. De hoy en adelante voy a trabajar, voy a trabajar y voy a demostrar de qué soy capaz. Ignoro cómo se presenten las circunstancias en adelante, pero ahora Katkóv no rehusará. En adelante todo dependerá de los méritos de mi trabajo. Si es bueno, habrá dinero. Oh, si sólo se tratara de mí, ni siquiera pensaría en todo esto, me reiría, no le prestaría ninguna atención y me marcharía. Pero tú no dejarás de emitir tu juicio sobre lo que he hecho y esto es lo que me preocupa y me atormenta. Ania, si tan sólo pudiera conservar tu amor… En nuestras circunstancias ya de por sí difíciles he gastado en este viaje a Hamburgo más de mil francos, es decir, alrededor de 350 rublos. ¡Es criminal!

No los gasté por falta de seriedad, ni por avaricia; no los gasté para mí. ¡Mis objetivos eran otros! Pero no tiene sentido justificarse ahora. Ahora debo reunirme cuanto antes contigo. Mándame lo más pronto posible, ahora mismo, dinero suficiente para poder salir de aquí, aunque sea lo último que quede Mándame lo más pronto posible, ahora mismo, dinero suficiente para poder salir de aquí, aunque sea lo último que quede. No puedo quedarme por más tiempo en este lugar, no quiero estar aquí quiero estar contigo, sólo contigo, quiero abrazarte. Me vas a abrazar, vas a besarme ¿no es cierto? Si no fuera por este clima detestable, por este clima húmedo y frío, me habría mudado ayer, por lo menos a Frankfurt, y entonces no habría sucedido nada, no habría jugado. Pero el clima es muy malo y con mis dientes y mi tos no pude moverme de aquí, pues me aterraba la idea de viajar toda la noche con este abrigo tan ligero. Era imposible, era correr el riesgo de contraer alguna enfermedad. Pero ahora tampoco ante eso me detendré. En cuanto recibas esta carta envíame diez imperiales (como con la letra de cambio Robert Thore, no son necesarios los imperiales en sí, sino simplemente un Anweisung; como la vez pasada). Diez imperiales, es decir noventa y tantos florines para pagar mis deudas y poder partir. Hoy es sábado, recibiré el dinero el domingo y ese mismo día me iré a Frankfurt, ahí tornaré el Schnellzug y el lunes estaré contigo.

Ángel mío, no pienses que también esto voy a perderlo. No me humilles a tal punto. No pienses de mí tan mal. ¡Yo también soy un ser humano! También en mí hay algo de humano. No se te ocurra de ninguna manera, si no me crees, venir a reunirte conmigo. Tu desconfianza en que voy a llegar me aniquila. Te doy mi palabra de honor de que partiré inmediatamente sin que nada pueda detenerme, ni siquiera la lluvia o el frío. Te abrazo y te beso. Qué pensarás ahora de mí… Ah, si pudiera verte en el momento en que leas esta carta.

Tuyo, F. Dostoyevski>>

Fiódor Dostoyevski

El autor refleja a lo largo de la novela que Raskolnikov no es en sí una mala persona y que el peor de los castigos es su propia mente, los ataques y dolores que ésta le inflija partiendo de su cargante sentimiento de culpabilidad.

¿Podría haber alguien que se haya enfrascado en la lectura de “Crimen y Castigo” que de verdad asegure y argumente que Rodia Raskolnikov es una mala persona?

El lector medio deseará que el protagonista se olvide de su atroz acto y continúe su vida al lado de Sonia; quizá incluso imagine un ambiente ideal en una bella casa de campo, con Razumikin y Dunia presentes, y a una pulquería rodeada de nietos.

Pero para Dostoyevski eso no hubiera sido realista, y si hay algo que los realistas cuiden y mimen incluso de forma enfermiza, son los detalles. Cosa que quedará bien patente durante la lectura de la obra.

El sufrimiento interno que alberga el protagonista a lo largo de toda la obra sumado a su decisión de entregarse a la policía, incluso sabiendo que no pueden demostrar que él había asesinado a las hermanas Ivanovna, y sin contar las muchas acciones completamente desinteresadas que hace, muestra rotundamente que verdaderamente Rodia no es una mala persona.

Queda pendiente aún el turbio asunto del asesinato de Isabel Ivanovna. ¿Acaso era una mala mujer? ¿No era otra víctima de su hermana? ¿Es moral decir que estaba en el momento equivocado en el lugar equivocado? Muchos se preguntarán porqué no simplemente la ato, o porqué no la dejó marchar a gritos por el pasillo mientras él se escabullía. Desde aquí defenderemos la hipótesis de que los nervios y el pánico se apoderaron del joven estudiante y actúa movido por el instinto de supervivencia. ¿Justo? No, desgraciada Isabel, una mala vida y una peor muerte. ¿Moral? Tampoco. Jugarretas del azar, quizá.

El lector verá en Rodia a un buen hombre, acosado por las deudas y el temor a casar a su hermana con un tipo cuanto menos cuestionable. Sentirá compasión por él y deseará que le vaya bien y, sobretodo, que le cojan.

Cualquiera podría decir que un asesinato, o dos, mejor dicho, no son hechos que se puedan omitir. No obstante, imaginen a Rodia y recuerden sus actos sin pensar en lo que hizo en las primeras páginas.

No es un mal hombre.

Fiódor Dostoyevski fue un escritor inigualable en muchos aspectos, sobre todo en lo referente a su profunda descripción del alma humana y a su perfecta narración de lo social, todo ello devenido de su gran implicación emocional.

Rechazaba cualquier forma violenta para alcanzar el cambio social y, aunque era bastante tradicional apoyaba las reformas impulsadas por el zar Alejandro II. La desigualdad social fue uno de sus temas más recurrentes.

Resumen de Crimen y Castigo de Fiódor Dostoyevski

Primera parte.

Rodia Raskolnikov es un joven estudiante ruso frustrado debido a sus graves problemas económicos. Esos problemas le obligan a dejar sus estudios de derecho y ahogarse en deudas con su casera. Lleva tiempo buscando una solución, pero la única que se le ocurre pasa por asesinar a Alena Ivanovna, una vieja usurera cruel y estafadora. Sin embargo, pese a sus ideas, el lector sentirá compasión por el protagonista y comprenderá poco a poco que quizá no Rodia no sea tan malo.

Raskolnikov acude a ver a la vieja para ultimar los detalles de su plan y disimula con ella haciendo como que quiere empeñar un reloj. Durante la visita el lector descubrirá en Alena a una anciana calculadora y muy cuidadosa.

Al salir del edificio donde vive la usurera, Rodia no se siente bien y termina en una taberna. Es allí donde conoce a Marmeladov, un hombre alcohólico y triste cuya vida es un absoluto desastre. El hombre entabla conversación con el estudiante y le confiesa que por su culpa su familia se ve en la más absoluta miseria. Su hija, Sonia, se ve obligada a ejercer la prostitución para ayudar a la familia ya que con el dinero de su esposa Katerin, que es costurera, no pueden pagar el alquiler y comer. Es importante destacar que, aunque Marmeladoz sufre profundamente por las penurias de su familia, es incapaz de dejar de beber.

Rodia acompaña al hombre a su casa y éste le dice que lo que más miedo le da de volver a casa no es que su mujer le pegue, si no mirarla a los ojos y escuchar a los niños llorar. Nada más franquear la puerta Raskolnikov conoce a Katerin, y ve como ella insulta y pega a su marido mientras los niños no cesan de llorar.

Será aquí cuando el lector comience a atisbar que el protagonista no es una persona mala, sino un hombre impulsivo y sensible. En un alarde de generosidad decide dejar disimuladamente dinero para la familia de su recién amigo. Lo hace prácticamente sin pensar que él mismo está en la miseria.

Raskólnikov y Marmeládov
Raskólnikov y Marmeládov. Por Mijaíl Petróvich Klodt,.jpg

Al llegar a su casa se encuentra a Natacha, la criada del edificio, quien le entrega una carta de su madre, Pulqueria. Cuando Rodia la lee se entera de los graves problemas por los que han pasado su madre  y su hermana Dunia. La joven trabajaba como institutriz en la casa de María Petrovna y su marido, Svidrigailov, había intentado convencer a Dunia de que se fugara con él. Ella le había rechazado por medio de una carta, pero María Petrovna pilló a su marido en actitud cariñosa con Dunia mientras esta le volvía a rechazar. Svidrigailov mintió y dijo a su esposa que era Dunia la que se le acercaba y María la pegó y la echó de su casa.

Sin embargo, poco tardó la mujer en descubrir que era su marido el que acosaba a Dunia y fue a su casa a disculparse. Fue entonces cuando María Petrovna le presentó a Dunia a un pariente lejano, Piort Petrovich. Hombre de buena posición que le propuso matrimonio a Dunia. Pulqueria termina la carta diciéndole a su hijo que pronto irán los tres a San Petersburgo a visitarla.

La lectura turba profundamente a Rodia, que decide inmediatamente que su hermana no se casará con Petrovich; aunque entiende que Dunia lo hace por mejorar la situación económica de la familia. Este es el punto de inflexión en el que Raskolnikov toma la decisión que hasta ahora no terminaba de tener clara: asesinar y robar a Alena Ivanovna.

Alterado, decide salir a pasear. Durante el trayecto observa a una joven que camina delante de él. Observa como vacila al andar y lleva la ropa rasgada. La chica se tumba en un banco y Rodia se acerca a ella para darse cuenta de que está completamente borracha. El protagonista mira en derredor y se fija en un hombre que parecía ir persiguiendo a la muchacha. Rodia, encolerizado, le increpa y cuando parecía que iban a llegar a un enfrentamiento físico aparece un gendarme.

El gendarme parece compresivo y volvemos a ver a un Rakolnikov generoso, pues ofrece dinero al policía para que lleve a la joven a su casa. Una vez más se arrepiente de su generosidad y se enfada pensando que el gendarme venderá a la chica al hombre que la perseguía.

Sus pasos le llevan hacia la casa del que probablemente sea su único amigo, Razumikin, aunque al final no va a verle. Termina en una taberna tomando aguardiente y como hacía tiempo que no tomaba alcohol  acaba durmiéndose en un parque. Sueña entonces con un recuerdo de su infancia. En él aparecen él y su padre en unas fiestas de su pueblo, y para el lector pueden ser uno de los pasajes más estremecedores de la novela, pues Rodia sueña con el brutal apaleamiento de una yegua y el dolor interno que le producía  la situación.

Cuando despierta echa andar y termina en el mercado de heno, donde, por casualidad, se ve en medio de una conversación entre un matrimonio y la hermana de Alena Ivanovna. Rodia escucha entonces que Alena estará sola al día siguiente entre las seis y las siete. La oportunidad que se le brinda es quizá única. Regresa a casa lleno de inseguridades.

Ralkolnikov despierta al día siguiente y se encuentra con que no tiene tiempo para preparar los detalles del asesinato. Después de algunos desencuentros se dirige a casa de  la usurera  emocionado y resuelto.

Rodia accede al edificio donde vive Alena y consigue que la vieja le abra la puerta con absoluta naturalidad. Para conseguir unos segundos, Raskolnikov le ofrece un pequeño paquete en cuyo interior está supuestamente una pitillera que quiere vender. Unos instantes después de que Alena se gire sobre sí misma, Rodia descarga sobre su cabeza dos hachazos.  Cuando la mujer cae muerta al suelo, Rodia registra su cadáver buscando las llaves que abrirán el armario. Durante el saqueo Rodia escuchó unos pasos y helado de pánico, coge el hacha y acude a ver quién es.

Raskolnikov casi no tuvo tiempo casi de reconocer a la hermana de Alena antes de asestarle un golpe mortal en la cabeza.  Cuando va a marcharse oye las voces de dos hombres tras la puerta. El azar hace que ambos hombres se separen de la puerta y que el protagonista eche a correr escaleras abajo.

Es la carrera casi vuelve a tropezar con los dos hombres que subían acompañados del portero. Casi da por hecho que va a ser visto cuando recuerda que ha visto un piso vacío en el que puede esconderse unos instantes hasta que los tres hombres pasen de largo.

Segunda parte.

Raskolnikov consigue llegar a su casa sin ser visto y colocar el hacha donde la había encontrado.  Agotado, se duerme; pero al despertar se enfada consigo mismo por no haber sido cuidadoso y no limpiarse la sangre ni esconder los objetos robados. Mientras piensa en esos puntos Natacha, la criada, le entrega una citación de la policía.

Rodia se preocupa tanto al verlo que Natacha cree que está enfermo.  Sin embargo, la citación no era de extrema gravedad, se refería  a una reclamación de dinero. Su patrona, al ver que Raskolnikov no le pagaba había acudido a la policía.

Tras firmas unos papeles en los que asegura que va a pagar a su casera se dispone a marcharse de la comisaria, entonces  escucha a varios policías comentando el asesinato de Alena Ivanovna y de su hermana. Rodia se desploma inconsciente.

En su paranoia cree que se ha delatado de alguna forma y corre hacia su casa pensando que estarían registrando su dormitorio. Pero cuando llega todo está como lo ha dejado.

Tremendamente asustado decide deshacerse de lo robado y esconderlo donde nadie pueda sospechar. Tras deambular por la ciudad largo rato acaba escondiendo lo robado en un patio.

Ahora sí sus pasos no solo le llevan a casa de Razumikin si no que esta vez si entra en casa de su amigo. Éste le dice que puede ayudarle económicamente y le que cuenta con él en un trabajo como traductor. Al principio Rodia lo acepta y se marcha, pero regresa casi enseguida afirmando que él no necesita dinero, y se vuelve a ir dejando a Razumikin perplejo y enfadado.

Raskolnikov cae enfermo  y entra en un estado febril durante cuatro días en las que no cesan las pesadillas y los delirios. Desorientado e incapaz de medir el tiempo, despierta y se encuentra rodeado por Natacha, Razumikin y un hombre desconocido.

El hombre es un empleado del gobierno que acudía en nombre de su madre para entregarle dinero. Al principio Rodia no quiere firmar, pero su amigo acaba convenciéndole de que sí que necesita el dinero y tiene que firmar para recibirlo.

Rodia recuerda haber visto a alguien durante sus alucinaciones con la fiebre y Razumikin le cuenta que no es otro que Zametov, el jefe de policía. Zametov es amigo de Razumikin y este le había hablado mucho acerca de Raskolnikov, con lo cual había despertado mucho interés en el policía sobre Rodia.

El protagonista se asusta y le pregunta si durante sus delirios habló de algo, esto provoca en Razumikin diversión y se burla de su amigo preguntándole si guarda algún secreto. Razumikin le cuenta que tan sólo ha mencionado cosas sin sentido sobre botas, relojes y tiras de pantalón; sin sentido para él, pero para Rodia y el lector todo guarda un perfecto sentido.

crimen y castigo

Razumikin le da a Rodia 35 rublos y le dice que va a coger 10 para algo que tiene en mente, pero que volverá para darle cuenta de qué ha hecho. Una vez se marcha su amigo, Rodia se levanta nervioso y al poco se duerme de nuevo. Cuando despierta, Razumikin ya está de vuelta. La inversión de 10 rublos que su amigo había llevado a cabo era para ropa, además, consigue hablar con la casera para que deje de presionar a Raskolnikov con los pagos del alquiler.

La llegada del médico, Zosimov, provoca una conversación en torno al crimen de Alena e Isabel Ivanovna. De esta forma Rodia se entera de que un pintor ha sido detenido como el autor de los asesinatos y de que su amigo Razumikin trabaja con Zametov para ponerle en libertad. Además descubre que la policía se encuentra muy perdida en lo referente a la solución del caso.

Pese a que todos los indicios apuntan al pintor, Nikolai, Razumikin cree firmemente en su inocencia, sólo que encontró unos pendientes en el edificio donde casualmente él estaba trabajando. Para Razumikin esto sólo demuestra que el asesino se ocultó en el piso libre donde Nikolai trabajaba y que allí se le debieron de caer los pendientes, que fueron encontrados  por el pintor. En medio de la conversación aparece en la habitación un nuevo personaje: Piort Petrovich.

El encuentro entre Rodia y Petrovich sale mal. Mientras el prometido de su hermana intenta contarle que ha alquilado una habitación para Dunia y su madre, Rodia le recrimina que el sitio donde las ha instalado es una zona de mala fama y que por lo tanto es muy barata. Raskolnikov no tarda en ver cómo es verdaderamente Petrovich y todo lo que se contradice. El futuro marido de Dunia se enfada tanto que se asegura que ni por muy enfermo que esté ni por muy pariente que sea no podrá perdonar sus insolencias. Petrovich se marcha y Rodia echa a su amigo y al médico. Rodia se pone su ropa nueva y se marcha a pasear.

La conciencia comienza a hacer mella en Raskolnikov y piensa en la persona que está detenida por el crimen que él cometió. Termina en un café donde se encuentra a Zametov. En esta conversación Rodia pasa de necesitar confesar su crimen al policía a querer ridiculizarle.

El protagonista empieza a sentir como le pesan sus actos más de lo que puede soportar. Caminando ve como una multitud se agrupa en torno a un coche de caballos. El cochero había atropellado a un peatón al que había advertido que no debía cruzar. Raskolnikov se acerca y reconoce a Marmeladov. En otro gesto de generosidad Rodia le dice a la policía quién es y dónde vie y paga el traslado del herido a su domicilio.

La esposa de Marmeladov advierte que a su marido no le queda demasiado tiempo y hacen que llamen a su hijastra, Sonia. La chica llega justo a tiempo para poder oír las disculpas de su padre.

Raskolnikov se ofrece  para ayudar a la familia con el entierro y al marcharse, Sonia manda a uno de sus hermanos a preguntarle a Rodia dónde vive y cuál es su nombre. Sale revitalizado y sintiéndose menos culpable, así que acude a una fiesta en casa de Razumikin. Allí está Zosimov, el médico, quien le recuerda que debe permanecer en cama aún.

Cuando Rodia llega a su habitación encuentra allí a su hermana y a su madre, nada más verlas pierde el sentido.

Tercera parte.

Pulqueria y Dunia quedan impactadas al oír el relato de Rodia acerca de su encuentro por Petrovich y ponen en duda la salud mental de su hijo y hermano. Creen que es mejor dejarle descansar y Razumikin se ofrece a acompañarlas a la habitación que Piort ha alquilado para ellas.

Razumikin defiende delante de Pulqueria y Dunia la postura que tiene Rodia sobre Petrovich y les promete que cuidará de él y que les irá llevando información acerca de su estado de salud.

El mismo médico advierte lo encantadora que resulta Dunia y Razumikin, borracho, le coge con violencia por el cuello. No obstante todo termina en una broma entre hombres ebrios.

Razumikin despierta pensando que probablemente se comportó como un grosero diciéndoles a Dunia y a Pulqueria su opinión sobre Piort Petrovich. Sin embargo cuando va a su habitación es recibido con la mayor de las cordialidades y atenciones, lo que le hace sentirse reconfortado. Es en ese momento cuando Razumikin se percata de la gran pobreza  a la que se ven sometidas madre e hija.

Pulqueria pide permiso a su hija para hablar con franqueza con Razumikin y Dunia acepta. Pulqueria le muestra a Razumikin una carta en la que Piort se disculpa por no haber podido ir a buscarlas a la estación tal y como habían acordado; además de hacer referencia al trato que ha recibido por parte de Rodia y su enfado. Sostiene que no puede excusar su comportamiento por su enfermedad porque horas después le había visto en la casa de un borracho que había sido atropellado. Finalmente asegura que si se encuentra en la misma habitación que Raskolnikov se marchará y que la culpa será solo de Pulqueria.

La mujer busca en Razumikin una solución a su problema familiar, pero el joven se limita a decirle que no le enseñe la carta a Rodia.

Dunia propone ir a visitar a su hermano y Pulqueria confiesa estar nerviosa, además de haber pasado mala noche pues ha soñado que le aparecía la difunta María Petrovna (esposa de  Svidrigailov).

Al llegar a la habitación de Rodia encuentran con él a Zosimov, quien les tranquiliza diciendo que está mejor.

Raskolnikov se alegra de ver a su madre y a su hermana, pero no tarda en cambiar de actitud y se encierra en sí mismo. Al final Rodia termina contándoles el accidente de Marmeladov y que le había dejado dinero a su familia para ayudarles, dinero que le había enviado su madre. Ella le dice que no se preocupe, convencida de que todo lo que haga su hijo es lo correcto.  Pulqueria cambia de conversación radicalmente y le cuenta a su Rodia la muerte de María Petrovna, de la que se dice que murió asesinada por su marido.

Raskolnikov habla de su oposición al matrimonio de su hermana y le da a elegir entre él o Petrovich, asegurándole que si termina por casarse con él dejará de considerarla su hermana. Dunia se enfada y le dice que no se casa por socorrer a su familia, sino para cumplir sus propios deseos. Rodia cree que miente y acaban discutiendo hasta que Dunia, en contra de las indicaciones de Razumikin, le pide a su madre que le muestre a Rodia la carta que les envió Piort.

Pulqueria le insinúa a su hijo que Petrovich asegura que si coincide  en la misma habitación con Rodia se marchará, y le pregunta a Rodia que qué piensa sobre eso. Para Raskolnikov la última palabra la tienen su hermana y su madre acerca de si las exigencias de Petrovich son ofensivas o no para ellas.

Dunia le pide que vaya e invita a Razumikin a acompañarles.

Aparece en la habitación Sonia, enviada por su madrastra, para pedirle a Raskolnikov que asista al entierro de su padre, Marmeladov; y luego a su casa a tomar algo. Rodia acepta ir y presenta a Sonia a su familia.

Dunia y Pulqueria se marchan a comer e invitan a Razumikin a que vaya con ellas. Antes de que su amigo se fuera, Rodia le retiene y le pregunta si conoce al Juez Porfirio Petrovich, quien trabaja en el caso de Alena e Isabel Ivanovna; pues Rodia sabe que está entrevistándose con todos aquellos que mantenían una relación comercial con la usurera.

Razumikin le cuenta que no sólo le conoce si no que además es pariente suyo y se ofrece a acompañarle puesto que vive muy cerca.  De camino a casa del juez, Rodia se da cuenta de que Razumikin está más alterado que de costumbre y se percata de que ello es debido a Dunia. Al decírselo a su amigo éste se pone nervioso e intenta convencerla de que no es así.

Una vez llegan a la casa del juez Porfirio, Raskolnikov le expresa la angustia que le produce no poder desempeñar los objetos que le cedió a la usurera y su miedo a que desaparezcan antes de que él consiga el dinero. Los comentarios velados que se producen durante la conversación entre el juez, Rodia y Razumikin, hacen que el protagonista empiece a preguntarse si Porfirio se está dando cuenta de que Raskolnikov es el culpable que busca.

El diálogo deriva en una charla con tintes filosóficos que da vueltas en torno al asesinato de la usurera. Rodia decide marcharse y en el momento en el que se va a ir el juez le frena para hacerle unas preguntas sobre el día en el que asesinaron a Alena e Isabel Ivanovna. Raskolnikov le dice que no vio nada, pero Razumikin se da cuenta de que Rodia no fue al encuentro de la usurera el mismo día que la mataron, si no un par de días antes. Porfirio se disculpa por su confusión y les despide cordialmente.

Raskolnikov le dice a su amigo que se siente molesto porque le ha dado la sensación de que se sospechaba de él en lo referente al asesinato de las hermanas Ivanovna, y Razumikin le apoya rotundamente.

Rodia se separa de Razumikin alegando que debe hacer un recado, pero lo que en realidad tiene que hacer es ir a su habitación y registrarla de arriba abajo en busca de pistas que pudieran inculparle en el crimen.

Cuando termina de inspeccionar el dormitorio mira desde la ventana a un hombre desconocido que habla con el portero. El hombre le mira durante unos instantes y luego se aleja. El portero le cuenta a Rodia que el desconocido le había preguntado si vivía algún estudiante en la casa. Raskolnikov corre tras los pasos del hombre y cuando le alcanza le pregunta por qué estaba investigando sobre él. El hombre tan sólo le dice: “Asesino

Rodia regresa a su casa invadido por el pánico, se echa n el diván y deja que pase el tiempo. Su mente da vueltas sobre el suceso y a cómo sabía aquel hombre lo que había hecho. Termina durmiéndose y sufriendo terribles pesadillas. Al despertar  encuentra frente a sí a otro desconocido. Era Arcadio Ivanovich Svidrigailov.

Cuarta Parte.

Svidrigailov le pide a Rodia que interceda por él y concierte una cita con Dunia. Rodia le recrimina el trato que sufrió su hermana por su culpa y se opone determinantemente a la petición de Svidrigailov. Entonces el hombre se confiesa como un ser vicioso y desocupado cuyas intenciones son convertirse en el rival de Petrovich para conseguir la mano de Dunia. Llega a ofrecer 10 mil rublos para que Dunia no se case con Piort. La propuesta le parece a Rodia del todo insolente y le dice que no le va a decir ni proponer nada a Dunia.

Svidrigailov intenta convencerle y le dice que si no acepta, él mismo tendrá que quedar con Dunia para proponérselo.  También le hace saber a Raskolnikov que su difunta esposa le dejó tres mil rublos a Dunia en herencia.

Rodia y Razumikin caminan en dirección a la habitación de Dunia y Pulqueria cuando su amigo le pregunta por el visitante. Raskolnikov le cuenta quién es y que piensa que hay que cuidar a Dunia de ese hombre.

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Crimen y Castigo

Pese a que intentan llegar antes que Piort Petrovich, los tres se encuentran en el vestíbulo. Una vez dentro Petrovich les cuenta a las mujeres que Svidrigailov ha llegado a San Petersburgo. También les cuenta algunos de los problemas que ha tenido con la justicia el viudo de María Petrovna.

En ese momento Rodia confiesa que hacía tan solo un rato que Svidrigailov había ido a visitarle y que le había dicho que Dunia había heredado tres mil rublos por parte de María Petrovna y que tenía intenciones de hacerle una propuesta. Rodia quiere esperar para contarlo y Piort entiende que está esperando a que él se vaya y se molesta, haciendo notar que pese a sus exigencias Raskolnikov estaba allí.  La tensión continúa creciendo hasta que Razumikin estalla y discute con Piort por las insolencias que este dice. Dunia termina calificando a Petrovich de ruin y malo y le pide que se marche.

Petrovich no consideró en ningún momento que pudieran dejarle plantado y comienza a planificar como arreglarlo, sin embargo se ve varios frentes abiertos: Raskolnikov, Razumikin y Svidrigailov.

Rodia comenta con su hermana, su madre, y Razumikin la propuesta de Svidrigailov, preguntándose cuáles serían las verdaderas intenciones del hombre.

Razumikin propone montar un negocio con la familia de Rodia e insta a las dos mujeres a que no regresen a su pueblo, ya que allí no tendrán ningún futuro. A Dunia la idea le fascina. Rodia se posiciona de acuerdo con la idea y se levanta para irse. Todos le preguntan a dónde quiere ir pero Rodia se limita a decirles a Dunia y a Pulqueria que debieran separarse de él, pues es lo más correcto.

Razumikin sigue a su amigo y le pide que le dé explicaciones, pero Raskolnikov le pide que le deje y que no abandone a su hermana y a su madre. Es entonces cuando Razumikin empieza a sospechar la verdad sobre su amigo.

Raskolnikov va hacia la casa de Sonia y ella le franquea el paso hacia su habitación. Durante la conversación Rodia le hace preguntas a Sonia bastante crueles. Pero Sonia, la más noble de todos pese a ser la más castigada por la vida, es también la más dura, y soporta firme las insolencias de Raskolnikov.

Rodia le cuenta que ha roto su relación con su hermana y con su madre y le pide que huya con él, ya que sobre ellos “pesa una maldición” Sonia titubea y Rodia le asegura que es mejor cortar las relaciones de golpe, tal y como ha hecho él mismo.

Además Rodia le dice que va a confesarle quien asesinó a la usurera y a su hermana, pero que tiene que esperar; ello hace que Sonia comience a sospechar que ha sido el propio Raskolnikov quien cometió los asesinatos. Lo que ninguno de los dos sabe es que Svidrigailov está escuchando muy atento su conversación.

Al día siguiente Rodia acude a casa del juez Porfirio para tratar el asunto de sus objetos empeñados. El protagonista está seguro de que el juez sabe que él es el asesino y considera su amabilidad una falsedad que, además, le incomoda e intranquiliza. Durante su charla aparece Nikolai, el pintor que había sido inculpado por el crimen, para declararse culpable delante de Porfirio y de Raskolnikov. Para sorpresa del juez, Rodia empieza a gritar que no consiente esa confesión.

El juez sabe bien que Nikolai miente y se lo dice. Después indica a Rodia que no es oportuna su presencia en esos instantes, por lo que Raskolnikov se marcha a su casa y se deja caer en el diván en busca de respuestas al misterio de por qué Nikolai se había auto inculpado de los asesinatos, que, evidentemente, él no había cometido.

Quinta parte.

Piorte Petrovich va a la habitación de Dunia y Pulqueria para intentar solucionar el problema con ellas, no obstante, para su sorpresa, ya no hay solución posible por parte de las dos mujeres. Es por esto que comienza a pensar planes vengativos contra la familia de Dunia, su ya ex prometida.

Katerin Ivanovna, esposa del difunto Marmeladov, gasta en exceso en el funeral de éste, lo que llaman “orgullo de pobres”. Su enfermedad empeora y tose sangre y comienza a sufrir delirios.

Raskolnikov llega tarde al funeral y poco después aparece Piort Petrovich, quien acusa a Sonia de haberle robado cien rublos. Ella lo niega y Katerin defiende a Sonia alegando que la chica es incapaz de hacer ningún mal. Sonia dice que Piort le había dado diez rublos y que se los devolvía si él así lo quería.

Katerin registra a Sonia para demostrar que Petrovich miente y al volver uno de los bolsillos de la chica encuentra allí los cien rublos. Sin embargo, Sonia seguía diciendo que ella no había robado nada y Katerin continúa defendiéndola frente a todos los presentes.

Piort calma a Katerin diciéndole que no piensa denunciar a Sonia, y lo dice mientras mira por encima a Rodia, que le devuelve la mirada.

En esos momentos llega Andrei Semionovich y desmiente toda la historia del robo, que había sido creada por el propio Petrovich, quien había metido el billete de cien rublos en el bolsillo de Sonia.

Sonia se va apenada a su casa y Raskolnikov la sigue.

En la habitación de Sonia intenta hacer que adivine quien fue el que asesinó a las hermanas Ivanovna. Ella no quiere creerlo y cuando por fin se hace a la idea le dice que está perdido, pero para asombro de los lectores, Sonia se abraza a Rodia y le susurra palabras llenas de ternura. Raskolnikov le pregunta entonces si va a abandonarle y Sonia le responde que van a estar juntos para siempre.

No obstante, las preguntas que le hace Sonia en cuanto a los motivos que llevaron a Rodia a asesinar a Alena e Isabel Ivanovna comienzan a atormentar a Raskolnikov.

Aparece entonces de nuevo Andrei Semionovich para avisar a Sonia de que Katerin está muy alterada, por lo que la chica sale en su busca.

Rodia vuelve a su casa y recibe a Dunia. Por unos instantes cree que su hermana ya sabe del asunto del asesinato, pero lo que va a decirle es lo maravillosos que le parece Razumikin.

Poco después de que Dunia se marchara Rodia se entera de que Katerin ha perdido la razón y de que Sonia la persigue. La tísica mujer hace bailar a sus hijos por toda la ciudad. Un soldado le recuerda que para llevar a cabo ese tipo de acciones es necesario poseer una autorización que, obviamente, Katerin no tiene. Finalmente logran llevarla de nuevo a la habitación, donde muere.

Svidrigailov se presta a ayudar con los gastos del funeral de Katerin Ivanovna y Raskolnikov duda de su generosidad, a los que Svidrigailov le responde “Esta mujer no era un gusano como cierta vieja usurera” Raskolnikov cede al pánico y le pregunta qué como sabe eso, descubre entonces que Svidrigailov es vecino de Sonia y había escuchado toda la conversación.

libro crimen y castigo
Libro Crimen y Castigo

Sexta parte.

Rodia teme que Svidrigailov haga algo en su contra y mantiene sus dudas con respecto a que ayude a Sonia con el funeral de Katerin.

Raskolnikov siente cómo su enfermedad originada por el sentimiento de culpabilidad se recrudece.

Razumikin aparece en casa de Rodia para contarle que el juez Porfirio ya tiene al asesino del crimen de la usurera y su hermana y que éste ha confesado. Rodia duda de que el juez crea de verdad que el pintor, Nikolai, es el asesino.

Rodia le cuenta a Razumikin que Dunia había estado allí y que él mismo le había dicho que su amigo era un buen hombre, honrado y trabajador, pero que no le dijo que Razumikin la amaba porque ella ya lo sabía. Razumikin le cuenta a Rodia que Dunia había recibido una carta que la había estresado mucho, pero que no sabía de quién era.

Una vez se marcha Razumikin de la habitación de Raskolnikov, éste sale de casa resuelto a descubrir por qué el juez Porfirio cree en la culpabilidad del pintos. Justo al salir se topa con él, por lo que le invita a pasar.

Como en otras ocasiones, su conversación se torna filosófica y profundamente intelectual. Porfirio le asegura haber cambiado de parecer con respecto a sus sospechas iniciales en cuanto a Rodia. Ese cambio estuvo originado por la confesión del pintor.

Una segunda línea del diálogo empieza a confundir a Raskolnikov. Se asusta al escuchar al juez defender la inocencia del pintor. Rodia tiembla de terror y le pregunta quién es el asesino, el juez responde: “Usted, Rodion Romanovich, usted es el asesino”.

Rodia intenta negarlo, pero le resulta imposible. Porfirio insta al protagonista a que se entregue y que disfrutará por ello de una reducción de pena y conseguirá quitarse ese terrible peso que tiene sobre sus hombros. Porfirio no puede sostener una argumentación que defienda que Rodia es el asesino. Le advierte de que no debe tratar de escapar porque la culpabilidad le destrozará mentalmente.

La actitud del juez Porfirio con Raskolnikov es sorprendente ya que le aconseja como un amigo, aunque dentro del ámbito legal. Una vez termina de aconsejarle, el juez se marcha dejando a Rodia muy desconcertado.  El protagonista sale a pasear y deambula por la ciudad.

Piensa en la posibilidad de que Svidrigailov le contara al juez lo que había escuchado en casa de Sonia. Se encuentra con él y le advierte que si le hace algo a Dunia le matará. Pero Svidrigailov lo toma a broma, diciéndole que pronto va a casarse.

Para Rodia, Svidrigailov es una persona de la que sabe que no puede fiarse pero que, sin embargo, el despierta cierta curiosidad.

Después de la charla con Raskolnikov, Svidrigailov va a casa de Dunia. De hecho, Rodia imaginaba que tramaba algo, pero le pierde mientras le perseguía. Reunidos Dunia y Svidrigailov en casa de él, el hombre le cuenta que Rodia es el asesino de Alena e Isabel Ivanovna.

Dunia se niega a creerlo y mientras habla Svidrigailov se abalanza sobre ella con intenciones sexuales. Dunia saca un revólver y le apunta con él, acusándole de ser un asesino. Svidrigailov le pregunta si algún día podrá amarle, a lo que la chica responde que jamás. Tras oír la respuesta, Svidrigailov le da la llave a Dunia para que pueda salir de la casa.

Cuando Dunia se va, Svidrigailov sale de casa con el arma que la chica ha olvidado y se dirige a buscar a Sonia con la finalidad de darle dinero para que pueda cuidar de sus hermanastros y excusa su determinación diciendo que pronto va a salir a América.

Tras esto acude a la casa de los padres de su prometida para comunicarles que se tenía que ir fuera de la ciudad. Pero la realidad es que Svidrigailov se suicida con el revólver de Dunia.

Rodia va a la habitación de Pulqueria y Dunia para despedirse de ellas, pero solo encuentra a su madre, de la que se despide efusivamente, preguntándole que si aunque escuchara cosas terribles de él le seguiría queriendo igual.

Al regresar a su casa Rodia se encuentra  a su hermana, que confiesa sentirse preocupada ante la posibilidad de que Rodia se hubiera suicidado. Cierto es Raskolnikov había tenido la idea de arrojarse al río como salida al deshonor que sentía, pero si lo hubiera hecho nunca habría demostrado que es un hombre fuerte.

Dunia se echa a llorar al saber que Rodia se iba a entregar a la justicia.

Esa misma tarde Sonia acude a la casa de Raskolnikov para descubrir que ella había sido el motivo por el que había decidido entregarse. Ella es quien le acompaña hasta la comisaria. Entra solo y confiesa haber asesinado a Alena e Isabel Ivanovna con un hacha.

Epílogo.

Raskolnikov es condenado a ochos de prisión en Siberia, pero para él no es tan dura como para el resto de presos. Ello es porque la condena mitiga su enorme culpabilidad.

Piensa en Sonia, y esa idea le da fuerzas para continuar. Ella le está esperando a que cumpla su condena.

Pulqueria solo sospecha que su hijo ha hecho algo terrible y cuando por fin se entera, prefiere no darle crédito y solo recuerda las buenas acciones de su hijo.

Razumikin y Dunia se casan y poco después del enlace Pulqueria muere de una fiebre cerebral. Al estar en Siberia, la noticia llegó muy tarde a Rodia.

Tanto Rodia como Sonia sueñan con el momento en el que podrán estar juntos. El autor señala ese futuro como: “La historia de la lenta renovación de un hombre, de su regeneración progresiva, de su paso gradual de un mundo a otro. Esto podría ser materia para un nuevo relato. El que nos propusimos ofrecer al lector ha terminado”.

Aquí podéis leer Crimen y Castigo en forma completa.

Madrileña o cántabra. Calculadora o impulsiva. Soñadora o realista. 23 años ó 12. Fútbol o tiendas. Periodismo veraz.

Hay que conocer la historia en profundidad, es la única forma de no cometer los mismos errores del pasado

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