Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) fue uno de los hombres más influyentes de la antigüedad clásica y su importancia histórica va mucho más allá de sus palabras. Nacido en Arpino, una ciudad provincial fuera de Roma, Cicerón no provenía de la nobleza patricia que gobernaba tradicionalmente el imperio. Era un «novus homo», un hombre nuevo, el primer miembro de su familia en alcanzar el rango de senador.
A través del talento puro, la determinación intelectual y una maestría extraordinaria de la oratoria, Cicerón no solo se convirtió en uno de los hombres más poderosos de Roma, sino que también encarnó una visión particular de la República que lo llevaría a enfrentar a los hombres más poderosos de su época. Su vida fue una de drama constante: éxito deslumbrante, exilio humillante, reconciliación política y finalmente una muerte violenta a los 63 años.
Pero su verdadera importancia radica no en un solo evento sino en cómo encarnó una era turbulenta de la República romana en su ocaso, cuando las fuerzas que la destruirían ya estaban en movimiento. Cicerón murió defendiendo lo que creía que era la República, incluso cuando la República ya estaba muerta.
Cicerón, un hombre de la República
Para entender a Cicerón es necesario entender el momento en el que vivió. La República Romana, que había durado más de 450 años, estaba en su fase de desintegración. Las instituciones que habían gobernado a Roma desde el 509 a.C. se erosionaban bajo el peso de guerras civiles, rivalidades personales entre generales poderosos y un sistema político que simplemente no podía contener las fuerzas que había desatado. En medio de este caos, Cicerón se convirtió en la voz más poderosa y consistente que intentaba preservar algo que la mayoría de sus contemporáneos había abandonado: la idea de que la República podía salvarse.
Cicerón fue muchas cosas: orador extraordinario, filósofo competente, político astuto y abogado brillante, pero lo que lo distingue verdaderamente es que vivió la República romana intensamente: la amó, la sirvió, fue exiliado por ella y finalmente murió por ella. En una época de gigantes militares como Julio César y Pompeyo, Cicerón demostró que el poder de las palabras y las ideas podía rivalizar con el poder de las legiones.
Los orígenes: nacimiento de un hombre nuevo
Cicerón nació el 3 de enero de 106 a.C. en Arpino, una ciudad municipal a unos 100 kilómetros al sureste de Roma. Esto es importante. Arpino no era Roma, no era una ciudad patricio gobernada por familias que descendían de los fundadores de la República. Era una ciudad de provincianos, gente respetable, pero provincianos.
La familia de Cicerón, los Tullii, eran propietarios de tierras locales de cierto estatus, pero totalmente ausentes de la clase gobernante de Roma. Su padre era un caballero (eques en latín), no un senador y su madre, Eleia, provenía de una familia respetable de la región, esto significaba que Cicerón comenzó su vida con una ventaja y una desventaja. La ventaja: sus padres tenían recursos suficientes para darle la mejor educación disponible. La desventaja: tendría que abrirse camino en la República a través de sus propios méritos, algo que los aristócratas patricios nunca tenían que hacer.
Su padre reconoció inmediatamente el potencial extraordinario del joven Marco y lo llevó a Roma para educarlo en las mejores escuelas. Cicerón estudió retórica—el arte de la persuasión a través del lenguaje—bajo los maestros más renombrados. También estudió filosofía griega, derecho romano e historia. Se convirtió en un erudito compulsivo, absorbiendo conocimiento de todas partes, pero lo que distinguía a Cicerón no era simplemente su educación, pues muchos romanos ricos recibían educación similar; era su intensidad, su pasión por aprender y su intuición de que el dominio del lenguaje era el camino hacia el poder.
El ascenso de Cicerón: de provinciano al poder
Cicerón comenzó su carrera como abogado en los tribunales de Roma alrededor del año 80 a.C. En Roma antigua, ser un abogado exitoso era una plataforma para la influencia política. Si podías defender exitosamente a hombres poderosos en los tribunales, demostrabas inteligencia, credibilidad y capacidad para persuadir. Cicerón era extraordinario en esto.
Su gran quiebre llegó en el año 70 a.C. con el caso Verres. Verres era un antiguo gobernador de Sicilia que había saqueado la provincia de forma descarada, robando arte, dinero, posesiones, todo. Cuando fue llevado a juicio, Cicerón fue elegido para prosecutarlo. Cicerón no simplemente ganó el caso, sino que destruyó a Verres con una serie de discursos de acusación tan devastadores que Verres huyó de Roma antes de que Cicerón ni siquiera terminara de hablar. El impacto fue total: Cicerón era ahora el abogado más renombrado de Roma.
Pero la Victoria de Verres fue más que un triunfo legal, fue una afirmación de algo radical: un hombre sin antecedentes aristocráticos, un «novus homo» de una ciudad provincial, podía llegar a ser el hombre más poderoso de Roma a través del talento puro y la capacidad intelectual. Esto inspiró a muchos pero aterró a los aristócratas tradicionales.
Con su reputación establecida, Cicerón entró en la política formal. Entre el 75 y el 63 a.C., ascendió a través del «cursus honorum», la carrera de magistraturas que tradicionalmente llevaba a la cúspide del poder. Fue cuestor, pretor, y finalmente, en 63 a.C., cónsul: el cargo más alto de la República.
Lo extraordinario de su consulado fue que llegó sin el apoyo de la aristocracia patricia. Normalmente, un hombre no podía llegar a cónsul sin ser parte de la nobleza tradicional o tener patrocinadores entre los grandes familias. Cicerón llegó porque los votantes romanos lo eligieron directamente, porque su reputación era tal que la gente confiaba en él.
El momento: Catilina y la defensa de la República
La importancia política de Cicerón alcanzó su punto máximo en su año como cónsul cuando una conspiración fue descubierta en Roma: un hombre llamado Catilina estaba organizando un golpe de estado. No era simplemente un golpe ordinario, era una conspirati que planeaba destruir la República, asesinar a los senadores y establecer un régimen tiránico.
Cicerón descubrió la conspiración, recolectó evidencia y luego hizo algo extraordinario: en lugar de simplemente arrestar a Catilina, convocó al Senado y pronunció un discurso acusatorio tan poderoso que forzó a Catilina a huir de Roma en el acto. Luego, mientras Catilina organizaba su ejército rebelde fuera de la ciudad, Cicerón pronunció una serie de discursos en el Senado—los que posteriormente serían conocidos como las «Catilinarias»—en los que condenó a la conspiración, expuso sus secretos y logró que el Senado votara para que los soldados de Catilina fueran ejecutados.

Formalmente, fue una victoria personal extraordinaria. Cicerón salvó la República de una conspiración que podría haberla destruido. Fue aclamado como «Pater Patriae»—Padre de la Patria y los Senadores que habían desdeñado su origen provincial ahora lo celebraban como el salvador de Roma.
Pero fue una victoria que contenía el germen de su eventual caída. Los hombres que ejecutó en su autoridad como cónsul—aunque eran conspiradores—no fueron juzgados. Simplemente fueron eliminados basándose en su palabra. Esto era técnicamente legal bajo una emergencia de estado, pero éticamente cuestionable. Y sus enemigos, particularmente un tribuno llamado Clodio, no olvidarían.
El exilio: caída de los héroes
En el 60 a.C., cuando Cicerón había dejado su cargo de cónsul, su situación política comenzó a deteriorarse. Tres hombres—Julio César, Pompeyo el Grande, y Craso—secretamente formaron una alianza (lo que los historiadores llaman el Primer Triunvirato). Estos tres hombres controlaban conjuntamente el ejército, la riqueza y la política de Roma. Cicerón, que esperaba ser un contrapeso político significativo después de su éxito contra Catilina, fue efectivamente marginalizado.
Peor aún, Clodio—que se había convertido en la voz de los elementos radicales en Roma—lanzó ataques contra Cicerón. En 58 a.C., Clodio presionó el Senado para proscribir a Cicerón. Fue exiliado de Roma, sus propiedades fueron confiscadas y destruidas y se le prohibió viajar dentro de 400 millas de la ciudad. Por un hombre cuya identidad estaba completamente vinculada a Roma, fue una sentencia casi de muerte.
Cicerón pasó 18 meses en exilio, principalmente en Grecia. Fueron meses de depresión y humillación profunda. Un hombre que había sido aclamado como salvador de la República fue expulsado como criminal. Escribió cartas a sus amigos expresando desesperación y en algunos momentos consideró simplemente no regresar.
Pero sus amigos—particularmente Pompeyo, cuya amistad Cicerón había cultivado cuidadosamente—trabajaron para su retorno. En 57 a.C., el Senado votó para revocar su exilio. Cicerón regresó a Roma en un acto público triunfal y multitudes lo saludaron en las calles. Había sido humillado, pero no había sido destruido.
El declive: los gigantes toman el control
Los años 57 a 49 a.C. fueron un período complejo para Cicerón. Intentó navegar la política romana entre los tres hombres poderosos: César, Pompeyo y Craso, cultivando relaciones con todos ellos. Escribió y habló sobre filosofía política y fue nombrado gobernador de Cilicia (una provincia en Asia Menor) de 51 a 50 a.C.—una posición honorífica que lo alejó de Roma durante varios años.
Pero la realidad política era que Cicerón ya no era un poder principal. Él era inteligente, orador brillante, y moralmente respetado, pero no tenía ejército, no tenía legiones. En una Roma donde el poder fluía principalmente del control de la fuerza militar, Cicerón estaba cada vez más fuera del juego.
Cuando César invadió Italia en 49 a.C., iniciando una guerra civil abierta contra Pompeyo y sus aliados, Cicerón enfrentó una elección imposible. Intelectualmente, simpatizaba con los republicanos, los hombres que apoyaban el gobierno del Senado, pero militarmente, Pompeyo representaba el único poder capaz de desafiar a César. Cicerón apoyó a Pompeyo, no porque creyera que Pompeyo era un republicano leal, sino porque era el único vehículo disponible para preservar algo que parecía mejor que el gobierno de César.
Fue una apuesta perdedora. Pompeyo fue derrotado y asesinado en Egipto. Cicerón se rindió a Julio César y fue perdonado. César, que admiraba a Cicerón como orador y pensador, lo trató con relativa clemencia. Le permitió vivir en Roma, aunque sin poder político real. Cicerón pasó los últimos años de la vida de César escribiendo, pensando y haciendo trabajo intelectual.
El drama final: los Idus de Marzo
El 15 de marzo de 44 a.C., Julio César fue asesinado por una conspiración de senadores, muchos de los cuales Cicerón conocía. Cicerón no estuvo involucrado en el asesinato, pero cuando supo de él, sintió una emoción compleja. César había violado todo en lo que Cicerón creía: la autoridad del Senado, la República, el gobierno de la ley. Pero era un hombre que Cicerón conocía y, en cierto sentido, respetaba.
Lo que siguió fue la aparición de Marco Antonio, la mano derecha de César, que comenzó a consolidar el poder en el caos posterior al asesinato. Cicerón ahora vio una oportunidad final. Tenía 62 años y era viejo por los estándares romanos, pero la República que amaba parecía tener una última oportunidad.
Cicerón entró en una batalla política contra Marco Antonio. Pronunció una serie de catorce discursos acusatorios contra Antonio, discursos que fueron posteriormente llamados «Filípicas,» un término que se volvería sinónimo con discursos políticos devastadoramente poderosos. En estos discursos, Cicerón condenó a Antonio no simplemente como político rivales, sino como enemigo de la República misma.
Pero fue un último acto de una obra ya terminada. El poder militar estaba con Antonio y, eventualmente, con Octaviano (el futuro Emperador Augusto). La República estaba muriendo. Cicerón estaba peleando contra la historia misma.
La muerte: fin de una era
En 43 a.C., cuando quedó claro que su causa era perdida, Cicerón intentó huir de Roma, viajando hacia el sur, intentando llegar a un puerto donde pudiera escapar por mar, pero fue capturado por soldados de Antonio. La orden fue simple: traerlo de vuelta vivo o muerto.
Cicerón fue ejecutado el 7 de diciembre de 43 a.C., a los 63 años. Según la tradición, fue decapitado y su cabeza fue enviada a Marco Antonio, quien la colocó en el Rostrum (la plataforma en el Foro Romano desde donde Cicerón había pronunciado sus discursos más poderosos). Sus manos también fueron cortadas, las mismas manos que habían escrito sus obras.

Fue un final simbólicamente perfecto. El hombre que había hablado y escrito en defensa de la República fue silenciado de la manera más brutal posible. La República que amaba murió con él. Dentro de una década, Octaviano se convertiría en Emperador y la República romana sería nada más que un recuerdo.
Legado: el poder de las palabras
¿Por qué importa Cicerón casi 2.000 años después de su muerte? Porque encarnó una verdad fundamental: que el poder de las ideas y las palabras puede rivalizar con el poder militar, al menos por un tiempo. Cicerón nunca fue un general, pero a través de la oratoria y la razón, logró cosas que los generales no podían lograr: persuadió a toda una república a actuar, expuso conspiraciones y defendió la ley cuando otros la violaban.
Su importancia también radica en que encarnó un momento de transición. La República Romana estaba muriendo y Cicerón lo sabía pero se negó a aceptarlo. Continuó luchando, continuó argumentando, continuó apelando a la ley y la razón mucho después de que fuera claro que el sistema político que defendía ya no podía salvarse. En ese sentido, Cicerón es una figura trágica, pero también heroica.
La influencia de Cicerón en la historia intelectual occidental ha sido profunda. Durante la Edad Media, sus escritos sobre filosofía y retórica fueron preservados y estudiados. Durante el Renacimiento, los eruditos lo consideraban el modelo de escritura clara y persuasiva. Sus ideas sobre república, sobre el poder de las palabras, sobre la defensa de la ley resonaron a través de los siglos. Los Padres Fundadores de Estados Unidos lo estudiaban, los filósofos de la Ilustración lo citaban e incluso hoy, los abogados y oradores ven a Cicerón como el modelo de lo que el lenguaje bien usado puede lograr.
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Fuentes y bibliografía
Fuentes primarias
- Cicerón. Cartas a Ático. Traducción de D.R. Shackleton Bailey. Loeb Classical Library. Correspondencia privada que revela el pensamiento real de Cicerón.
- Cicerón. Cartas a Bruto. Traducción de D.R. Shackleton Bailey. Loeb Classical Library. Correspondencia sobre política y eventos contemporáneos.
Fuentes secundarias en español
- Narria, Fernando. Cicerón: vida y pensamiento. Editorial Gredos, 1992. Análisis comprensivo de vida y filosofía.
- García Valdés, Manuela. Cicerón: orador, político y filósofo. Editorial de la Universidad de Oviedo, 2003. Enfoque en múltiples aspectos de Cicerón.
- Alcalde Martín, Carlos. La vida política de Cicerón. Ediciones del Armitaño, 1998. Enfoque específico en carrera política.
Fuentes secundarias en inglés
- Everitt, Anthony. Cicero: The Life and Times of Rome’s Greatest Politician. Random House, 2001. Biografía moderna accesible y narrativa.
- Wooten, Cecil W. Cicero’s Philippics and Their Demosthenic Model. University of North Carolina Press, 1983. Análisis técnico de los discursos finales.
- Mitchell, Thomas N. Cicero: The Ascending Years. Yale University Press, 1979. Primera parte de biografía académica detallada.
- Mitchell, Thomas N. Cicero: The Senior Statesman. Yale University Press, 1991. Segunda parte, cubriendo años posteriores.
- Rawson, Elizabeth. Cicero: A Portrait. Bristol Classical Press, 1975. Retrato intelectual de Cicerón.
- Habicht, Christian. Cicero the Politician. Johns Hopkins University Press, 1990. Enfoque en carrera política específicamente.
- Grimal, Pierre. Cicero. Alfred A. Knopf, 2002. Biografía clásica francesa traducida.
Recursos académicos
- Linderski, Jerzy. «Cicero and Pompey: Notes on Their Relationship«. Transactions and Proceedings of the American Philological Association, Vol. 109, 1979. Análisis de relación Cicerón-Pompeyo.
- Thein, Kathryn. «Neither Here Nor There: Cicero’s Absence from Italy During the Civil War». Classical Antiquity, Vol. 24, No. 1, 2005. Análisis de período de 49-48 a.C.
Preguntas frecuentes sobre Cicerón
¿Por qué Cicerón es importante si no fue militar ni emperador?
Cicerón es importante precisamente porque demostró que el poder político no es solo poder militar. A través de la oratoria, la escritura, la razón legal, y la persuasión moral, Cicerón influyó en el curso de eventos romanos. Sus palabras salvaron la República de una conspiración. Su razonamiento legal estableció precedentes. Su influencia intelectual perduró milenios. Es una lección importante: las ideas importan.
¿Fue Cicerón traidor por apoyar a Pompeyo contra César?
No necesariamente. Cicerón creía genuinamente en la República y en el gobierno del Senado. En su mente, Pompeyo representaba la mejor oportunidad de preservar eso. Que su apuesta fuera incorrecta no lo hizo traidor; simplemente lo hizo perdedor.
¿Fue Cicerón culpable de matar inocentes en la conspiración de Catilina?
Este es un debate histórico legítimo. Cicerón ejecutó a los conspiradores de Catilina sin un juicio formal, basándose en emergencia de estado. Técnicamente legal, pero éticamente cuestionable. Sus contemporáneos debatieron esto. Clodio lo usó contra él como base para su exilio.
¿Qué hizo Cicerón durante su exilio?
Pasó tiempo en Grecia, principalmente en Atenas. Estudió filosofía griega, visitó lugares históricos, mantuvo correspondencia con amigos en Roma. Fue un período de profundo sufrimiento, pero también de desarrollo intelectual.
¿Por qué Cicerón no fue más influyente en detener a César?
Porque Cicerón no tenía ejército. Tenía palabras, ideas, influencia moral. Pero César tenía legiones. En una confrontación entre palabras y espadas, las espadas generalmente ganan. Cicerón lo sabía, pero continuó de todos modos.
¿Cuál fue la relación entre Cicerón y César?
Compleja. Se respetaban mutuamente pero eran rivales políticos. César admiraba el talento de Cicerón como orador. Cicerón admiraba la capacidad de César como líder militar, pero temía su amenaza a la República. Cuando Cicerón fue exiliado, fue parcialmente por las maquinaciones de César (trabajando a través de Clodio).
¿Fueron las Filípicas efectivas?
A corto plazo, no. Marco Antonio no fue detenido. Fue derrotado militarmente por Octaviano. A largo plazo, sí—las Filípicas se convirtieron en el modelo de discurso político apasionado y lograron que Cicerón fuera recordado como defensor de la República.
¿Cicerón cometió suicidio?
No. Intentó escapar. Fue capturado por soldados de Antonio y ejecutado. Fue un final violento de una vida de lucha política.
¿Cuánto de lo que sabemos sobre Cicerón viene de sus propios escritos?
Mucho. Cicerón escribió extensamente, y muchos de sus escritos han sobrevivido. Pero sus cartas privadas a amigos (especialmente a su amigo Ático) son nuestras fuentes más confiables sobre lo que realmente pensaba versus lo que decía públicamente.
¿Cicerón fue el mejor orador romano?
Probablemente. Fue considerado el mejor por sus contemporáneos y por generaciones posteriores. Otros fueron buenos oradores, pero Cicerón estableció el estándar.












