Hay mitos que pertenecen a una cultura y hay mitos que pertenecen a la humanidad entera. El descenso de Ishtar al inframundo (o de Inanna, según la versión) pertenece a la segunda categoría. Es el relato más antiguo que conservamos de un ser que cruza la frontera entre los vivos y los muertos, desciende al reino de las sombras, muere allí y regresa a la vida. Está escrito en tablillas de arcilla que tienen más de 4.000 años y narra una historia que reaparecerá, con variaciones, en el mito griego de Perséfone, en el de Orfeo y Eurídice, en el de Adonis y en la propia tradición cristiana del descenso de Cristo al Hades entre la muerte y la resurrección.
Que esta estructura narrativa sea tan antigua y tan persistente no es una casualidad. Responde a algo profundo en la forma en que los humanos procesan la experiencia de la muerte: la necesidad de creer que la frontera entre los vivos y los muertos no es absoluta, que alguien puede cruzarla y regresar, que la muerte no es el final definitivo. Inanna/Ishtar fue la primera figura conocida que realizó ese viaje en la literatura de la humanidad, y lo hizo con una complejidad psicológica y narrativa que sorprende incluso leída hoy.
El mito existe en dos versiones principales: la versión sumeria, conocida como Inanna’s Descent to the Nether World y conservada en tablillas del tercer milenio a.C., y la versión acadia, conocida como Ishtar’s Descent to the Lower World, más breve y de datación algo posterior. No son dos versiones del mismo texto sino dos elaboraciones independientes de una misma tradición mítica, con diferencias significativas que revelan cómo distintas culturas mesopotámicas entendían a la diosa y el significado de su descenso.
El inframundo mesopotámico: el escenario del mito
Antes de que Inanna dé el primer paso hacia abajo, conviene entender qué era el inframundo en la cosmología mesopotámica, porque el mito solo tiene sentido dentro de ese marco conceptual.
Los mesopotámicos llamaban al reino de los muertos Kur, en sumerio, o Irkalla en acadio, nombre que también designaba a su reina. Era un lugar subterráneo, situado bajo la tierra y bajo las aguas primordiales, al que se llegaba después de cruzar un río —como el Estigio griego— o atravesando un desierto. No era un lugar de castigo o recompensa moral como el infierno cristiano, era simplemente el destino de todos los muertos, buenos y malos por igual, ricos y pobres, reyes y esclavos.
La existencia en el inframundo mesopotámico era una sombra empobrecida de la vida en la tierra. Los muertos se alimentaban de polvo y barro, vestían plumas como pájaros y vivían en oscuridad perpetua. La única distinción entre unos y otros era la calidad del entierro que habían recibido: quien tenía sepultura adecuada y ofrendas regulares de sus descendientes vivía de forma relativamente tolerable; quien no había sido enterrado o cuyos descendientes no hacían las ofrendas necesarias vagaba sin descanso. Esta concepción explica la enorme importancia de los rituales funerarios en la cultura mesopotámica y la angustia que producía la idea de morir sin sepultura.
El inframundo estaba gobernado por Ereshkigal, «la gran señora de la tierra», hermana de Inanna en la versión sumeria del mito. Es una figura de poder absoluto y de dolor absoluto también: reina sobre un reino de muerte, privada de la luz y del deseo, y los textos la describen con frecuencia atormentada por un dolor que no puede aliviar. Junto a ella estaba Nergal, su esposo en algunos textos, dios de la muerte y la guerra. Y había una burocracia del inframundo: Neti, el gran portero que guardaba las siete puertas, y los Anunnaki, los grandes dioses del inframundo que pronunciaban los juicios sobre los muertos.
Las siete puertas son el elemento arquitectónico central del mito. El número siete era sagrado en la cosmología mesopotámica —siete planetas, siete cielos, siete días de la semana— y las siete puertas del inframundo estructuran el descenso como un proceso graduado de despojo progresivo. Cada puerta es un umbral que el viajero debe cruzar pagando un precio, y el precio es siempre el mismo: un atributo de poder, identidad o humanidad que queda atrás.
La versión sumeria: Inanna y Ereshkigal
La decisión y la preparación
En la religión sumeria, el poema comienza con una de las frases más evocadoras de toda la literatura antigua: «Del Gran Arriba, Inanna puso su oído hacia el Gran Abajo«. Es una frase que en sumerio tiene una resonancia que las traducciones solo pueden aproximar: inanna kur-ra gub-ba-ni, «Inanna se dirigió hacia el kur». La decisión de descender es de Inanna misma, no una imposición externa. Eso es lo primero y lo más desconcertante del mito: la gran diosa elige voluntariamente cruzar la frontera de los muertos.
Las razones del descenso son deliberadamente ambiguas en el texto. El poema dice que Inanna «abandonó el cielo, abandonó la tierra» y enumera los grandes templos y ciudades que dejó atrás: Eridu, Bad-tibira, Zabalam, Nippur, Kish, Akkad, Uruk. Es como si la diosa renunciara a todo su dominio terrenal antes de emprender el viaje. Algunos intérpretes sugieren que Inanna quería extender su poder al reino de los muertos, arrebatarle a Ereshkigal la soberanía sobre ese territorio como antes le había arrebatado los me a Enki. Otros leen el descenso como un acto de duelo: Inanna va al funeral del esposo de Ereshkigal, Gugalanna, «el gran toro del cielo». Otros lo interpretan como un viaje iniciático voluntario hacia la muerte y la transformación. El texto no resuelve la ambigüedad y probablemente esa ambigüedad es intencional.
Lo que Inanna hizo antes de partir revela su previsión y su prudencia. Instruyó a su fiel servidora Ninshubur —su visir, su portavoz, la que ejecuta sus órdenes en el mundo— con instrucciones precisas: si en tres días Inanna no había regresado, Ninshubur debería llorar por ella, cubrirse de harapos de luto y recorrer los templos de los grandes dioses suplicando en su nombre. Primero ante Enlil en Nippur, luego ante Nanna en Ur y si ambos se negaban, ante Enki en Eridu, «el padre de los dioses, el señor de la sabiduría». Ninshubur no debía rendirse.
Luego Inanna se vistió con los siete atributos de su poder, los me que la identificaban como gran diosa:
La corona shugurra sobre la cabeza, símbolo de su realeza divina. Las varillas de lapislázuli en la mano, símbolo de autoridad. Las cuentas de lapislázuli alrededor del cuello. Los broches de oro en el pecho. El anillo de oro en la mano. El pectoral sobre el pecho. Y el vestido de señora, el ropaje de su divinidad.
Cada uno de estos atributos tenía un nombre y una función específica en el texto sumerio. No eran simplemente joyas o ropas sino condensaciones de poder divino, los objetos en los que residía la autoridad de Inanna sobre los distintos dominios de la civilización.
Las siete puertas y el despojo
Inanna llegó al palacio del inframundo, Ganzir, y llamó a la puerta con una arrogancia que era perfectamente coherente con su naturaleza: «Abre tu casa, portero. Abre tu casa. Abre el camino del inframundo para mí. Si no abres el camino, golpearé la puerta, haré añicos el cerrojo, haré añicos el marco de la puerta, haré añicos los dinteles, haré añicos las puertas».
Neti, el gran portero, fue a informar a Ereshkigal de la llegada. La reina del inframundo reaccionó con una mezcla de ira y dolor: se golpeó el muslo, se mordió el labio. «¿Qué me ha traído esto al corazón? ¿Qué me ha traído esto a mi hígado?» Ereshkigal reconocía a su hermana y entendía que su llegada no podía ser inocente, pero dio sus instrucciones: que Neti abriera las siete puertas una por una y que en cada puerta aplicara las leyes del inframundo a Inanna.
Las leyes del inframundo eran simples y absolutas: nadie entraba al Gran Abajo conservando los atributos del mundo de los vivos. El despojo era la condición del paso.
- En la primera puerta, Neti le quitó a Inanna la corona shugurra de la cabeza. Inanna protestó: «¿Qué es esto?» Neti respondió con la frase que se repetiría en cada puerta, con una monotonía ritual que aumentaba la tensión narrativa: «Calla, Inanna. Los ritos del inframundo son perfectos. No los cuestiones«.
- En la segunda puerta, las varillas de lapislázuli.
- En la tercera, las cuentas del cuello.
- En la cuarta, los broches del pecho.
- En la quinta, el anillo de oro.
- En la sexta, el pectoral.
- En la séptima, el vestido de señora.
Cada vez que Inanna perdía un atributo, perdía una parte de su poder y de su identidad divina. Al llegar ante Ereshkigal después de cruzar las siete puertas, estaba desnuda, sin joyas, sin ropas, sin los objetos en los que residía su autoridad. Era Inanna todavía, pero una Inanna despojada de todo lo que la hacía gran diosa.
La muerte y los tres días
Ereshkigal la fulminó. Los siete jueces del inframundo, los Anunnaki, pronunciaron sentencia y Ereshkigal «la miró con la mirada de la muerte, le habló con la palabra de la ira, le gritó con el grito de la culpa». Inanna se convirtió en un cadáver, en un trozo de carne putrefacta y Ereshkigal la colgó de un gancho en la pared.
Pasaron tres días y tres noches. En el mundo de los vivos, toda la vida sexual se había detenido: el toro no montó a la vaca, el asno no cubrió a la burra, el hombre no se acostó con la mujer. El deseo había desaparecido del mundo con la diosa que lo encarnaba.
Ninshubur, fiel a sus instrucciones, esperó los tres días y luego inició su recorrido de súplica. Fue ante Enlil en Nippur. Enlil se negó: Inanna había sido demasiado ambiciosa, había querido extender su poder al inframundo y había recibido lo que merecía. Fue ante Nanna en Ur. Nanna también se negó, con las mismas razones.
Fue ante Enki en Eridu. Y Enki, el dios de la sabiduría y las aguas dulces, sintió dolor.». ¿Qué ha pasado con mi hija? Me angustio por ella». Enki pensó y de la suciedad bajo sus uñas creó dos seres: el kurgarra y el galatur, criaturas sin sexo, sin categoría, que podían entrar en el inframundo sin activar sus leyes porque no eran ni vivos ni muertos, ni hombres ni mujeres. Les dio el alimento de la vida y el agua de la vida y les dio instrucciones precisas.
El rescate y el precio
El kurgarra y el galatur descendieron al inframundo. Encontraron a Ereshkigal atormentada por un dolor que los textos describen con gran detalle físico: le dolía el interior, le dolía el corazón, le dolían las entrañas. Gemía como una parturienta. Los dos seres de Enki comenzaron a gemir con ella, a compartir su dolor. Y Ereshkigal, conmovida por ese acto de empatía inesperado, les ofreció un regalo. Ellos pidieron el cadáver colgado del gancho. Ereshkigal lo entregó. Rociaron el cadáver con el alimento de la vida y el agua de la vida e Inanna se levantó.
Pero las leyes del inframundo eran inexorables. Los galla, los demonios del inframundo, acompañaron a Inanna en su ascenso: nadie salía del Gran Abajo sin dejar un sustituto. Inanna podía volver al mundo de los vivos, pero alguien tendría que bajar en su lugar.
Los galla eran seres sin piedad, sin sentimientos, sin necesidades humanas. No comían, no bebían, no aceptaban ofrendas. No conocían la harina ni el agua. No arrancaban a los hijos del regazo de sus padres, pero tampoco se dejaban ablandar por súplicas o lágrimas. Acompañaron a Inanna en su ascenso como sombras inevitables.
El regreso y la elección de Dumuzi
Inanna regresó al mundo de los vivos y recorrió las ciudades donde sus servidores la habían llorado. En cada lugar encontró a alguien postrado en señal de duelo, cubierto de harapos y a cada uno de esos servidores fieles los libró de ser el sustituto.
Pero cuando llegó a su ciudad de Uruk encontró algo diferente. Su esposo, el pastor Dumuzi, estaba sentado en su trono, vestido con ropas magníficas, sin ningún signo de duelo. No había llorado por Inanna. No había esperado su regreso con ansiedad. Estaba allí, tranquilo, ejerciendo el poder que la ausencia de su esposa le había dejado disponible.
Inanna lo miró. «Lo miró con la mirada de la muerte, le habló con la palabra de la ira, le gritó con el grito de la culpa«. Las mismas palabras con las que Ereshkigal la había matado a ella. Señaló a Dumuzi con el dedo de la muerte: «¡Llévenselo!» Los galla se abalanzaron sobre el pastor.
Dumuzi huyó. Suplicó al dios solar Utu, cuñado suyo, que lo transformara en serpiente para escapar. Utu lo transformó, pero los galla lo encontraron de nuevo. Dumuzi huyó a casa de su hermana Geshtinanna. Los galla lo encontraron allí también.
Y entonces ocurrió algo que el mito presenta como el acto de amor más puro de toda la historia: Geshtinanna ofreció bajar al inframundo en lugar de su hermano. No era la esposa de Dumuzi, no tenía obligación ritual de sacrificarse. Era su hermana y su amor fue más grande que el miedo a la muerte.
El resultado fue una solución que transformó el mito en explicación cosmológica: Dumuzi pasaría la mitad del año en el inframundo y la otra mitad en el mundo de los vivos, con Geshtinanna cubriendo su lugar durante los meses de su ausencia. «En ese día, así fue decidido. Cuando Dumuzi sube, tú bajas. Cuando Geshtinanna sube, tú bajas«.
El ciclo de las estaciones había encontrado su explicación mítica: los meses en que la tierra no produce son los meses en que Dumuzi está en el inframundo e Inanna llora a su amante muerto.
La versión acadia: diferencias y matices
La versión acadia del mito, el Descenso de Ishtar al Mundo Inferior, es significativamente más breve que la sumeria —unas 138 líneas frente a los varios cientos de la versión sumeria— pero añade elementos que modifican el significado del mito de formas importantes.
La diferencia más notable es la consecuencia cósmica del descenso. En la versión acadia, cuando Ishtar está en el inframundo, el texto explicita con una claridad que la versión sumeria solo insinúa: toda la vida sexual cesó en el mundo. El mensajero de los dioses que va a informar a Ea —el equivalente acadio de Enki— describe la situación: «Desde que Ishtar descendió al país sin retorno, el toro no montó a la vaca, el asno no cubrió a la burra, el hombre no acostó a la muchacha en la calle». La ausencia de la diosa del amor no es solo una tragedia personal: es una catástrofe cósmica que amenaza la continuidad de la vida.
Esta formulación hace explícito lo que es el núcleo teológico del mito: Ishtar no es simplemente una diosa que tiene poder sobre el amor, es la fuerza que mantiene el deseo y la reproducción en el mundo. Sin ella, la vida se detiene. Su descenso al inframundo es el equivalente a apagar el motor que mantiene funcionando la existencia.


La versión acadia también elimina la figura de Ninshubur y simplifica el mecanismo del rescate: es el mensajero Papsukkal quien informa a los dioses de la catástrofe y es Ea quien crea al ser que rescata a Ishtar, llamado aquí Asushunamir, «su salida es brillante», un ser de género ambiguo como el kurgarra y el galatur sumerios.
La versión acadia no desarrolla el episodio de Dumuzi/Tammuz con el detalle de la versión sumeria. Solo en las últimas líneas menciona que los lamentos por Tammuz son parte de las consecuencias del descenso, lo que sugiere que la tradición de Tammuz como amante muerto era conocida por los lectores de la versión acadia y no necesitaba ser narrada en detalle.
El simbolismo de las siete puertas
Las siete puertas del inframundo y el despojo progresivo que Inanna sufre en cada una de ellas son uno de los elementos más ricos del mito desde el punto de vista simbólico y han generado interpretaciones muy distintas a lo largo de los siglos.
La lectura más directa es la iniciática: el descenso de Inanna es un viaje de transformación en el que la diosa debe despojarse de todo lo que es —sus atributos, su poder, su identidad— para llegar al fondo de la experiencia de la muerte y regresar transformada. Desde esta perspectiva, las siete puertas son las etapas de un proceso de vaciamiento necesario para la renovación. No se puede renacer sin morir primero y no se puede morir del todo sin haber entregado todo lo que se era.
La lectura cosmológica conecta las siete puertas con los siete planetas de la cosmología mesopotámica —Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno— y los siete atributos despojados con los poderes asociados a cada planeta. Inanna/Ishtar, como diosa del planeta Venus, atravesaría en su descenso los dominios de todos los planetas, perdiéndolo todo hasta llegar al centro inmóvil del cosmos.
La lectura psicológica, desarrollada en el siglo XX por intérpretes como Sylvia Brinton Perera en su influyente estudio Descent to the Goddess, lee el mito como una narración del proceso de individuación femenina: el descenso a los aspectos más oscuros de la psique, el encuentro con la sombra representada por Ereshkigal y el regreso transformado. Esta lectura junguiana del mito ha tenido una influencia enorme en la psicología transpersonal y en los movimientos espiritualistas contemporáneos que reivindican a Inanna como figura de empoderamiento femenino.
Lo que todas estas lecturas tienen en común es el reconocimiento de que el despojo progresivo no es simplemente un obstáculo narrativo sino el corazón del significado del mito. Inanna no desciende con su poder intacto y regresa victoriosa: desciende, muere, y regresa. La transformación exige el vaciamiento total.
Ereshkigal: la hermana oscura
Una de las figuras más fascinantes del mito es Ereshkigal, la reina del inframundo, hermana de Inanna en la versión sumeria. Es una figura que la tradición mitológica posterior tendería a simplificar como la antagonista, la fuerza de la muerte que se opone a la vida encarnada por Inanna. Pero el texto sumerio es considerablemente más complejo.
Ereshkigal sufre. Los textos la describen con un dolor físico constante: le duele el interior, le duele el corazón, gime como una parturienta. Es la reina del reino donde todo es polvo y oscuridad, condenada a gobernar la muerte sin poder acceder a la vida. Cuando el kurgarra y el galatur llegan al inframundo y comienzan a gemir con ella, compartiendo su dolor, Ereshkigal no se muestra como una fuerza implacable sino como un ser hambriento de empatía. Es ese acto de empatía lo que la mueve a entregar el cadáver de Inanna.
Algunos intérpretes modernos leen la relación entre Inanna y Ereshkigal como la relación entre dos aspectos de una misma psique: Inanna es el yo consciente, el ego que se presenta al mundo con todos sus atributos de poder; Ereshkigal es la sombra, el aspecto reprimido y oscuro que espera en el fondo. El descenso de Inanna sería entonces el encuentro del yo consciente con su propia sombra, un encuentro que no puede producirse sin destrucción temporal del ego.
Esta lectura encuentra apoyo en el paralelismo estructural entre las dos hermanas: Ereshkigal hace a Inanna exactamente lo que Inanna hace después a Dumuzi. «La miró con la mirada de la muerte, le habló con la palabra de la ira». Las mismas palabras, la misma estructura, como si la diosa del amor y la vida hubiera internalizado, en su descenso y su regreso, el poder de la muerte que pertenecía a su hermana.
La influencia del mito en otras tradiciones
La estructura narrativa del descenso, la prueba, la muerte y el retorno es una de las matrices míticas más persistentes de la historia de las religiones y el mito de Inanna/Ishtar es su formulación documentada más antigua.
Perséfone y el ciclo de las estaciones
El mito griego de Perséfone comparte con el de Inanna la estructura fundamental: una diosa desciende al inframundo —o es llevada allí—, su ausencia provoca la esterilidad de la tierra y su regreso restaura la fertilidad. La ausencia de Perséfone explica el invierno exactamente como la ausencia de Inanna explica la sequía y la esterilidad en la versión mesopotámica.
Los especialistas debaten si hay influencia directa del mito mesopotámico sobre el griego a través de los contactos culturales del Próximo Oriente, o si se trata de desarrollos paralelos de una estructura mítica universal. Lo que es indudable es que el mito de Inanna es varios siglos más antiguo que cualquier formulación griega conocida del mito de Perséfone y que los contactos culturales entre Mesopotamia y el mundo griego a través del Levante y Anatolia fueron intensos y continuos durante el segundo milenio a.C.
Orfeo y Eurídice
El mito de Orfeo que desciende al inframundo para recuperar a Eurídice comparte con el descenso de Inanna la estructura del viaje al reino de los muertos para recuperar a un ser amado, el paso por guardianes que deben ser persuadidos o apaciguados, y la condición impuesta para el regreso. La diferencia fundamental es el fracaso de Orfeo: al volverse para mirar a Eurídice antes de salir del inframundo pierde lo que había ganado, mientras que Inanna regresa pero a un precio diferente.


Adonis y Tammuz
El mito griego de Adonis, el joven amante de Afrodita que muere y cuya muerte llora la diosa, es claramente una elaboración del mito mesopotámico de Dumuzi/Tammuz, transmitido a través del mundo cananeo y fenicio donde el equivalente de Tammuz era Adón, «el señor», que en griego se convirtió en Adonis. El llanto de Afrodita por Adonis muerto es el mismo llanto de Inanna por Dumuzi, y el ciclo de muerte y resurrección estacional del joven amante es el mismo en ambas tradiciones.
El descenso de Cristo al Hades
La tradición cristiana del descenso de Cristo al Hades entre la muerte en la cruz y la resurrección —recogida en el Credo Apostólico y en textos apócrifos como el Evangelio de Nicodemo— comparte con el mito de Inanna la estructura de la muerte, el descenso al reino de los muertos y el regreso a la vida. Los tres días que Inanna pasa muerta en el inframundo antes de ser rescatada han llamado la atención de muchos intérpretes por su paralelismo con los tres días entre la muerte y la resurrección de Cristo. No se puede establecer influencia directa, pero la persistencia de esa estructura temporal en ambos mitos es significativa.
El mito en la cultura contemporánea
El descenso de Inanna/Ishtar ha experimentado un notable renacimiento en la cultura contemporánea, especialmente en movimientos espiritualistas, feministas y neopaganos que han redescubierto el mito como recurso simbólico poderoso.
El estudio de Sylvia Brinton Perera, Descent to the Goddess (1981), popularizó una lectura psicológica junguiana del mito que ha tenido enorme influencia: el descenso de Inanna como modelo del proceso de transformación psicológica femenina, el encuentro con la sombra, el vaciamiento necesario para la renovación. Este libro introdujo el mito a una audiencia muy amplia fuera de los círculos académicos especializados.
En la literatura, el mito ha inspirado obras tan distintas como la novela de Ursula K. Le Guin y varios ciclos de poesía contemporánea que reescriben el descenso desde perspectivas modernas. En la música, artistas de muy distintos géneros han utilizado la figura de Inanna/Ishtar como referencia simbólica. Y en los movimientos de espiritualidad femenina contemporánea, Inanna es frecuentemente invocada como arquetipo de poder femenino que no teme descender a la oscuridad.
El descenso en distintas tradiciones
| Tradición | Figura | Período | Razón del descenso | Condición del regreso | Consecuencia cósmica |
|---|---|---|---|---|---|
| Sumeria | Inanna | ~2100 a.C. | Ambigua: poder, duelo o iniciación | Dejar un sustituto (Dumuzi) | Cese del deseo y la reproducción |
| Acadia | Ishtar | ~1200 a.C. | No especificada | Sustituto implícito (Tammuz) | Cese explícito de toda vida sexual |
| Griega | Perséfone | ~700 a.C. | Rapto por Hades | No comer en el inframundo (incumplido) | Invierno: esterilidad de la tierra |
| Griega | Orfeo | ~700 a.C. | Recuperar a Eurídice | No mirar atrás (incumplida) | Ninguna |
| Cananea/Griega | Afrodita/Adonis | ~500 a.C. | Recuperar al amante muerto | Acuerdo con Perséfone | Ciclo estacional de Adonis |
| Cristiana | Cristo | Siglo I d.C. | Redención de los muertos | Resurrección divina | Salvación universal |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes
- Descenso de Inanna al Gran Abajo (versión sumeria), en Wolkstein y Kramer (1983).
- Descenso de Ishtar al inframundo (versión acadia), en Dalley (2000).
- Epopeya de Gilgamesh, tablilla VI, en Dalley (2000).
Bibliografía
- Lara Peinado, Federico (1992). Mitos sumerios y acadios. Editora Nacional, Madrid.
- Bottéro, Jean (2001). Religion in ancient Mesopotamia.
- Dalley, Stephanie (2000). Myths from Mesopotamia: Creation, the Flood, Gilgamesh, and Others. Oxford University Press.
- Kramer, Samuel Noah (1985). La historia empieza en Sumer. Orbis, Barcelona.
- Wolkstein, Diane; Kramer, Samuel Noah (1983). Inanna: Queen of Heaven and Earth. Harper & Row, Nueva York.
- Perera, Sylvia Brinton (1981). Descent to the Goddess: A Way of Initiation for Women. Inner City Books, Toronto.
- Jacobsen, Thorkild (1976). The Treasures of Darkness: A History of Mesopotamian Religion. Yale University Press.
- Katz, Dina (2003). The Image of the Netherworld in the Sumerian Sources. CDL Press, Bethesda.
- Harris, Rivkah (1991). «Inanna-Ishtar as Paradox and a Coincidence of Opposites«. History of Religions 30(3): 261-278.
- Westenholz, Joan Goodnick (1997). «Inanna and Ishtar in the Babylonian World«. En The Oxford Encyclopedia of Ancient Egypt. Oxford University Press.
Recursos digitales
Preguntas frecuentes sobre el descenso de Ishtar
¿Por qué Inanna decidió descender al inframundo?
El texto sumerio no da una razón única y clara, lo que probablemente es intencional. Las interpretaciones principales son tres: que Inanna quería extender su poder al reino de los muertos como había hecho con otros dominios; que fue al funeral del esposo de su hermana Ereshkigal, el gran toro del cielo Gugalanna; o que el descenso era un viaje iniciático voluntario hacia la transformación a través de la muerte. La ambigüedad del texto permite que todas estas lecturas coexistan, y muchos especialistas consideran que esa ambigüedad es parte del significado del mito.
¿Qué significan las siete puertas y el despojo progresivo?
Las siete puertas representan las etapas de un proceso de vaciamiento gradual: en cada puerta, Inanna pierde un atributo de su poder e identidad hasta llegar ante Ereshkigal completamente despojada. El simbolismo más convincente es el iniciático: no se puede experimentar la muerte y el renacimiento sin entregarlo todo primero. Las siete puertas también pueden corresponder a los siete planetas de la cosmología mesopotámica, siendo Ishtar la diosa del planeta Venus que atraviesa los dominios de todos los demás.
¿Por qué Inanna condenó a Dumuzi si él era su esposo?
Porque Dumuzi no había llorado su muerte. Cuando Inanna regresó a Uruk lo encontró en su trono, vestido de fiesta, sin señales de duelo. En el contexto del mito, ese comportamiento era una traición: mientras la diosa del amor y la fertilidad estaba muerta y el mundo se había detenido, su esposo ejercía el poder que su ausencia le dejaba disponible. La mirada de muerte de Inanna sobre Dumuzi es el mismo poder que Ereshkigal había ejercido sobre ella, internalizado durante el descenso.
¿Cuál es la diferencia principal entre la versión sumeria y la acadia del mito?
La versión sumeria es más extensa y narrativamente más rica: incluye la figura de Ninshubur, el recorrido de súplica ante los dioses, el episodio de Dumuzi y Geshtinanna, y el acuerdo final de alternancia. La versión acadia es más breve pero hace explícita la consecuencia cósmica del descenso: toda la vida sexual cesa en el mundo mientras Ishtar está en el inframundo. La versión acadia enfatiza más el carácter de Ishtar como fuerza que mantiene el deseo y la reproducción cósmica.
¿Está relacionado el mito de Inanna con el de Perséfone?
Comparten la misma estructura narrativa fundamental: una diosa desciende al inframundo, su ausencia provoca la esterilidad de la tierra, y su regreso restaura la fertilidad. Los especialistas debaten si hay influencia directa del mito mesopotámico sobre el griego a través de los contactos culturales del Próximo Oriente, o si son desarrollos paralelos de una estructura mítica universal. Lo indudable es que el mito de Inanna es varios siglos más antiguo que cualquier formulación griega conocida del mito de Perséfone.
¿Quién es Ereshkigal y qué papel tiene en el mito?
Ereshkigal es la reina del inframundo y hermana de Inanna en la versión sumeria. Lejos de ser una antagonista simple, el texto la presenta como una figura que sufre: atormentada por un dolor físico constante, hambrienta de empatía. Es precisamente ese dolor compartido con los seres enviados por Enki lo que la mueve a entregar el cadáver de Inanna. Algunos intérpretes modernos la leen como la sombra psicológica de Inanna: el aspecto reprimido y oscuro de la diosa que espera en el fondo y con el que Inanna debe confrontarse para completar su transformación.
¿Qué es el kurgarra y el galatur?
Son los dos seres que Enki crea para rescatar a Inanna del inframundo. Los crea de la suciedad bajo sus uñas, y son seres sin sexo, sin categoría definida, que pueden entrar en el inframundo sin activar sus leyes porque no encajan en ninguna de las categorías que esas leyes regulan. Su función en el rescate no es la fuerza sino la empatía: gimen con Ereshkigal, comparten su dolor, y ese acto de compasión inesperada es lo que mueve a la reina del inframundo a liberar el cadáver de Inanna.












