Cuando los primeros exiliados judíos regresaron a Jerusalén en 516 a.C., más de 70 años después de que Nabucodonosor II destruyera el Templo de Salomón, encontraron una ciudad en ruinas. Las murallas estaban derribadas, los edificios carbonizados y lo más importante, el Templo que había sido el corazón espiritual de Israel durante casi cuatrocientos años simplemente no existía. El profeta Jeremías había prometido que el exilio duraría 70 años y aquí estaban, en el año 72, construyendo sobre las cenizas de su pasado. Lo que no sabían entonces era que estaban iniciando una historia de casi 600 años, una historia que sería mucho más larga que la del Primer Templo, pero también mucho más turbulenta, llena de invasiones, conquistas, reformas, conflictos religiosos, y finalmente, una destrucción aún más completa.
El Segundo Templo no fue una reconstrucción exacta del primero, sino que era más modesto, menos dorado, menos espléndido. Pero lo que le falta en gloria arquitectónica lo compensa con una significación histórica y teológica incalculable. Durante sus casi 600 años de existencia, el Segundo Templo fue testigo de la transformación más profunda de la religión judía: la transición de una fe centrada en sacrificios y un lugar sagrado a una fe que podía existir en cualquier lugar, en cualquier sinagoga, en cualquier corazón. Cuando Tito destruyó el Segundo Templo en 70 d.C., no mató la religión judía. De hecho, liberó una religión que ya había comenzado a trascender la necesidad del Templo mismo.
La historia del Segundo Templo es la historia de cuatro fases distintas, cuatro momentos donde la estructura misma del edificio, su significado religioso y su contexto político fueron transformándose gradualmente. Comenzó como un acto de reconstrucción humilde bajo liderazgo religioso, se convirtió en un campo de batalla ideológico durante la conquista helenística, experimentó un breve resurgimiento de independencia judía bajo los Macabeos y finalmente fue remodelado en su forma más espléndida por Herodes, el rey que los romanos colocaron como gobernante títere. Pero en todas sus fases, el Segundo Templo fue la prueba viva de que una religión podía sobrevivir, adaptarse y finalmente prosperar incluso cuando su símbolo más sagrado fuera destruido.
El Segundo Templo en tres minutos
El Segundo Templo de Jerusalén fue reconstruido después del Exilio Babilónico alrededor de 516 a.C. y destruido por el general romano Tito en 70 d.C., existiendo durante aproximadamente 586 años. A diferencia del Primer Templo, que fue construido una sola vez bajo Salomón, el Segundo Templo experimentó cuatro fases claramente distintas de su existencia, cada una marcada por circunstancias políticas y religiosas diferentes.
La primera fase fue la restauración post-exilio bajo el liderazgo de Esdras y Nehemías, donde el Templo fue reconstruido de manera relativamente modesta alrededor de 516 a.C. Este templo funcionó durante casi dos siglos en relativa paz, aunque siempre bajo la sombra del imperio más grande que lo rodeaba. La segunda fase comenzó cuando Alejandro Magno conquistó el Levante en 333 a.C., introduciendo la cultura helenística que transformaría profundamente la sociedad judía. Durante esta fase, el Templo continuó funcionando, pero la tensión entre la tradición judía y la influencia griega creció constantemente, culminando en la crisis de 167 a.C. cuando el rey seléucida Antíoco IV Epífanes profanó el Templo de manera tan grave que casi destruye la religión judía.
La tercera fase fue la reacción: la revuelta Macabea que comenzó en 164 a.C., cuando los Macabeos recuperaron el Templo de manos seléucidas y lo purificaron. Durante este período, de 164 a 63 a.C., el Templo estuvo bajo control judío completamente independiente, la única época en toda la historia del Segundo Templo cuando los judíos fueron verdaderamente autónomos. Pero esta independencia fue breve, porque en 63 a.C. el general romano Pompeyo conquistó Jerusalén y el Templo pasó a estar bajo el dominio romano, aunque con la apariencia de autonomía religiosa local.
La cuarta y final fase fue la remodelación herodiana, cuando el rey Herodes el Grande, designado por Roma como rey de Judea, reconstruyó el Templo completamente entre aproximadamente 20-19 a.C., creando lo que fue sin duda la estructura más espléndida que jamás haya tenido. Este templo, el Templo de Herodes, es el que aparece en los Evangelios del Nuevo Testamento, porque Jesús de Nazaret caminó por sus patios y enseñó en sus porticales. Pero incluso esta gloria no fue permanente. Menos de cien años después, en 70 d.C., cuando los judíos se rebelaron contra Roma nuevamente, el general romano Tito sitió Jerusalén y cuando la ciudad finalmente cayó, el Templo fue completamente destruido, quemado y sus piedras desmanteladas una por una.
Lo que distingue al Segundo Templo del Primero es que mientras el Primero fue el símbolo de una nación unida bajo una dinastía única, el Segundo Templo fue el símbolo de una nación que aprendió a sobrevivir sin completa independencia, a mantener su identidad religiosa mientras estaba bajo dominio extranjero, a adaptar su fe a circunstancias cambiantes. Cuando el Segundo Templo fue destruido, no hubo un Tercer Templo y sin embargo, la religión judía no solo sobrevivió sino que floreció, porque ya había aprendido las lecciones que el Segundo Templo le enseñó: que Dios no necesita estar limitado a un edificio, que la fe puede existir en la mente y el corazón de los creyentes y que una comunidad puede ser más importante que un lugar sagrado.
La restauración post-exilio: el regreso a Jerusalén
Cuando Ciro el Grande, el rey persa que había conquistado Babilonia y liberado sus imperios, emitió su edicto alrededor de 539 a.C. permitiendo que los pueblos deportados regresaran a sus tierras, los judíos que habían estado en exilio durante 70 años comenzaron el largo viaje de regreso a Jerusalén. No todos partieron pues muchos habían nacido en el exilio y otros habían establecido vidas en Babilonia y preferían quedarse (una de las teorías de por qué desaparecieron 10 tribus de israel), pero suficientes regresaron como para reconstruir la ciudad y, lo más importante, para reconstruir el Templo. Esto no fue un regreso triunfal como el que podría imaginarse, fue lento, vacilante, lleno de incertidumbre. Los que regresaban eran una minoría comparados con aquellos que se quedaban en Babilonia y la ciudad que encontraron estaba en estado de semi-ruinas.
El Libro de Esdras, que es la fuente principal para esta época, describe cómo bajo el liderazgo de Zorobabel, un descendiente de la familia real davídica, la comunidad judía que había regresado comenzó a reconstruir el Templo. Alrededor de 516 a.C., 16 años después del retorno inicial, el Templo fue completado y dedicado. Pero aquí es donde surge un detalle importante que los textos bíblicos subrayan: este nuevo Templo no era como el viejo. Los ancianos que recordaban el Primer Templo lloraban cuando veían el Segundo Templo, porque era más pequeño, menos decorado y sin algunos de los elementos más sagrados como el Arca de la Alianza. Según la tradición, el Arca había desaparecido durante la destrucción babilónica, nunca fue recuperada y su ausencia fue una fuente de dolor espiritual para la comunidad judía por siglos.
Sin embargo, el Segundo Templo se convirtió rápidamente en el corazón de la nueva comunidad judía. Bajo el liderazgo del sacerdote Esdras y del gobernador Nehemías, quién llegó algunos años después, el Templo no solo fue reconstruido arquitectónicamente sino que fue revitalizado religiosamente. Esdras fue responsable de la compilación y estandarización de la Torá, los cinco primeros libros de la Biblia hebrea, lo que significaba que el Templo se convirtió en el centro no solo del culto ritual sino también del estudio religioso y la preservación de la tradición. Nehemías, por su parte, reconstruyó las murallas de Jerusalén, lo que permitió que la ciudad volviera a tener una identidad definida, un espacio sagrado protegido.
Durante esta primera fase, que duró aproximadamente dos siglos, el Templo funcionó bajo la autoridad religiosa del sacerdocio judío, aunque técnicamente bajo la soberanía del Imperio Persa. Los persas eran generalmente tolerantes con las religiones locales de sus territorios, siempre que pagaran los impuestos apropiados. Los judíos gozaban de una considerable autonomía religiosa durante este período y el Templo fue capaz de desarrollar prácticas y tradiciones que lo distinguirían para siempre del Primer Templo. La sinagoga, por ejemplo, que había surgido durante el exilio como una alternativa para adorar sin un Templo, continuó existiendo junto al Templo, lo que significa que ya en esta época temprana el judaísmo estaba desarrollando una duplicidad de espacios sagrados.
La crisis helenística: Antíoco IV y la abominación desoladora
En 333 a.C., Alejandro Magno pasó por el Levante en su camino para conquistar el imperio persa y aunque según la tradición judía fue respetuoso con el Templo, la conquista de Alejandro significó el fin de la era persa y el comienzo de la era helenística. Cuando Alejandro murió sin un heredero claro, su imperio fue dividido entre sus generales, los diádocos y el Levante, incluyendo Jerusalén, eventualmente pasó bajo el control de la dinastía seléucida, los sucesores de Seleuco, uno de los generales de Alejandro que controlaba Mesopotamia y Siria.
Durante los primeros cien años aproximadamente del gobierno seléucida, los judíos experimentaron una convivencia relativamente pacífica con sus gobernantes helenísticos. La ciudad de Jerusalén, como muchas ciudades del Levante, comenzó a adoptar características helenísticas: la arquitectura griega, la lengua griega (el griego koiné se convirtió en la lengua común del comercio y la administración) y las costumbres griegas. Incluso el Templo mismo fue influenciado por la estética helenística, aunque sus funciones religiosas permanecieron esencialmente judías.
Pero esta coexistencia llegó a un punto de quiebre cuando Antíoco IV Epífanes, quien reinó desde 175 a.C., ascendió al trono seléucida. Antíoco era un helenista extremadamente celoso, convencido de que la mejor manera de mantener unido su imperio era mediante la helenización forzada de sus pueblos. Para los judíos, esto significaba presión constante para abandonar sus prácticas religiosas y adoptar las costumbres griegas, incluyendo el culto a dioses griegos y lo más ofensivo, permitir que se instalaran símbolos paganos en el Templo.
Lo que sucedió en 167 a.C. fue un acto de profanación tan grave que casi destruye la religión judía. Antíoco IV entró en el Templo y colocó una estatua de Zeus en el Santo de los Santos, el lugar más sagrado donde supuestamente solo Dios habitaba. Además, profanó el Templo ofreciendo carne de cerdo, un animal completamente prohibido en la ley judía, sobre el altar de sacrificio. El Libro de Macabeos lo llama la «abominación desoladora», una expresión que después sería usada por el profeta Daniel y por Jesús mismo en los Evangelios. Para los judíos de la época, esto no era simplemente una ofensa religiosa, era como si el fundamento mismo de su identidad había sido violado, como si su pacto con Dios había sido quebrantado públicamente.


La respuesta fue inmediata y violenta. Un sacerdote judío llamado Matatías, de la familia sacerdotal de los Macabeos, se negó a participar en los sacrificios paganos ordenados por Antíoco. Cuando Antíoco intentó obligarlo, Matatías mató al oficial seléucida y huyó a las montañas con sus hijos. Lo que comenzó como una familia en fuga se convirtió en una revuelta masiva, conocida como la Revuelta Macabea, una guerra de guerrillas contra el imperio seléucida que duró varios años y eventualmente logró algo que parecía imposible: la liberación del control seléucida.
La independencia macabea: un breve respiro
En 164 a.C., apenas tres años después de la profanación del Templo, los Macabeos, bajo el liderazgo de Judas Macabeo (cuyo nombre significa «el Martillo»), lograron recuperar Jerusalén y el Templo de manos seléucidas. Lo primero que hicieron fue purificar el Templo, removiendo la estatua de Zeus, limpiando la profanación y restableciendo el culto judío según la Ley. Este evento, la purificación del Templo, es conmemorado anualmente en la festividad de Janucá, el Festival de las Luces, que duraba ocho días y marcaba la cantidad de días que el aceite ritual sagrado duró milagrosamente cuando no había más para que durara.
La victoria macabea fue seguida por algo aún más significativo: la creación de un estado judío independiente. Durante aproximadamente un siglo, de 164 a 63 a.C., Judea fue una nación soberana, gobernada por la dinastía asmonea (otro nombre para los Macabeos), una dinastía que combinaba poder político y autoridad religiosa. Los reyes Macabeos eran gobernantes civiles y aunque no eran sacerdotes del linaje aarónico, también asumieron roles religiosos, una práctica que causó tensión con los grupos religiosos más tradicionales.
Durante este período, el Templo experimentó un renacimiento cultural y religioso. Se realizaron festivales elaborados, se expandieron las estructuras del Templo y el Templo se convirtió nuevamente en el símbolo viviente de la independencia judía, aunque ésta no fue completa. Los Macabeos tuvieron que defenderse constantemente contra el Imperio Seléucida, que nunca aceptó completamente la pérdida de una de sus provincias más valiosas.
Además, dentro de Judea misma, surgieron divisiones religiosas. Los fariseos, que enfatizaban la Ley escrita y la tradición oral, ganaban influencia entre el pueblo común. Los saduceos, que enfatizaban solo la Ley escrita y controlaban el sacerdocio, retenían poder en el Templo. Los esenios, descontentos con ambos, se retiraron a comunidades separadas como la de Qumrán, donde mantuvieron sus propias interpretaciones de la Ley y nos legaron los Rollos del Mar Muerto.
Pero incluso esta independencia, tan preciada después de siglos de dominación extranjera, fue breve. En 63 a.C., el general romano Pompeyo, mientras conquistaba la región para extender el control romano, marchó sobre Jerusalén. El sitio fue brutal. Cuando las murallas finalmente cayeron, Pompeyo entró al Templo mismo y según Flavio Josefo, el historiador judío que vivió siglos después pero tenía acceso a fuentes históricas, Pompeyo entró al Santo de los Santos. Para los judíos, esto fue una profanación equivalente a la de Antíoco IV, aunque sin la misma intención destructiva. Roma había llegado y con Roma llegó el fin de la verdadera independencia judía, aunque la apariencia de autonomía religiosa se mantendría.
La remodelación herodiana: gloria antes de la caída
Cuando Herodes el Grande fue designado por Roma como rey de Judea alrededor de 37 a.C., era un hombre sin legitimidad entre los judíos. Era de ascendencia idumea (edomita), no de la línea davídica y había llegado al poder no por derecho sino por la voluntad de los romanos. Para legitimarse, necesitaba hacer algo que resonara profundamente con el pueblo judío. Lo que hizo fue una de las hazañas arquitectónicas más audaces de la antigüedad: reconstruyó completamente el Templo.


El proyecto herodiano fue masivo en escala. Herodes expandió la plataforma sobre la que estaba el Templo, creando una plataforma de casi 19 acres rodeada por murallas. Construyó pórticos columnados alrededor de la plataforma, incluyendo el famoso Pórtico Real en el lado sur, que tenía 162 columnas. El Templo mismo fue reconstruido completamente, con una fachada cubierta de piedra blanca que brillaba al sol, con adornos de oro. Según las descripciones, cuando el sol golpeaba la fachada dorada del Templo, era tan brillante que los visitantes tenían que apartar la vista. La obra se completó alrededor de 19 a.C., aunque el trabajo continuó durante décadas, refinándose y expandiéndose.
Este no fue simplemente un acto de piedad religiosa, fue un acto político. Al construir un Templo tan magnífico, Herodes se colocó a sí mismo como el protector de la religión judía, como el hombre que había sido elegido por Dios para realizar una obra que rivalizaba con la de Salomón y funcionó. A pesar de su falta de legitimidad inicial, Herodes logró una medida considerable de apoyo entre el pueblo judío, al menos durante su reinado.
El Templo de Herodes era verdaderamente espléndido. Tenía un patio de los gentiles, donde incluso los no-judíos podían entrar, un patio de las mujeres, un patio de los hombres y el santuario interior donde solo los sacerdotes podían entrar. Había un sistema elaborado de conductos de agua que traían agua desde fuentes lejanas para los rituales de purificación, una enorme fuente de bronce donde los sacerdotes se purificaban antes de los sacrificios y mesas donde los cambistas cambiaban el dinero común por monedas del Templo, un comercio que Jesús, según los Evangelios, interrumpió violentamente cuando visitó el Templo poco después.
Durante este período, que duró hasta 70 d.C., el Templo de Herodes fue el símbolo más visible de la sofisticación y el poder del mundo judío. Era un centro de peregrinación, donde judíos de todo el imperio venían para las grandes festividades de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos, era un centro económico, porque el Templo era una institución de riqueza considerable, un centro de aprendizaje religioso, porque rabinos y maestros religiosos enseñaban en los pórticos del Templo y era el lugar donde Jesús de Nazaret, según los Evangelios, fue presentado cuando era un bebé, donde enseñó cuando era adulto y donde fue arrestado poco antes de su ejecución.
Comparativa entre el Primer Templo y el Segundo Templo en sus cuatro fases
| Aspecto | Primer Templo | Fase 1: Restauración | Fase 2: Helenismo | Fase 3: Independencia | Fase 4: Herodes |
|---|---|---|---|---|---|
| Período | 960-586 a.C. | 516-333 a.C. | 333-164 a.C. | 164-63 a.C. | 37 a.C.-70 d.C. |
| Constructor/Líder | Salomón | Esdras, Nehemías | Seléucidas | Macabeos | Herodes el Grande |
| Contexto político | Apogeo monarquía unida | Imperio persa | Imperio seléucida | Independencia judía | Dominio romano |
| Significado principal | Gloria nacional | Reconstrucción espiritual | Crisis y supervivencia | Libertad y dignidad | Esplendor y complejidad |
| Elementos sagrados presentes | Arca de la Alianza | Sin Arca (perdida) | Sin Arca | Sin Arca | Sin Arca |
| Evento crítico | Construido como símbolo de poder | Reconstruido tras exilio | Profanación por Antíoco IV | Purificación y liberación | Destrucción por Tito |
| Influencias arquitectónicas | Levantina clásica | Levantina post-exilio | Helenística | Helenística + judía | Helenística romana |
| Duración | ~374 años | ~183 años | ~169 años | ~101 años | ~107 años |
| Fin | Destrucción total (586 a.C.) | Continuó (transición a Fase 2) | Profanado (164 a.C.) | Conquistado (63 a.C.) | Destruido (70 d.C.) |
| Legado religioso | Estableció Templo como centro | Estableció tradición post-exilio | Enseñó resistencia espiritual | Demostró independencia posible | Enseñó fe sin Templo |
Análisis: el Segundo Templo es fundamentalmente diferente del Primero porque no fue una construcción única sino una evolución gradual a través de cuatro fases completamente distintas. Cada fase refleja las presiones políticas de su época y cómo el judaísmo se adaptó para sobrevivir bajo circunstancias radicalmente diferentes. Mientras el Primer Templo fue el símbolo de una nación unida, el Segundo Templo fue el símbolo de una fe que aprendió a existir en el exilio, bajo opresión y finalmente, sin un Templo en absoluto.
La destrucción final: Tito y el fin de una era
En 66 d.C., los judíos se rebelaron nuevamente contra el dominio romano por múltiples causas: impuestos opresivos, gobernadores romanos arrogantes que se burlaban de la religión judía y un creciente sentido de que la tolerancia romana tenía límites. Los revolucionarios, llamados zelotes, creían que Dios vendría a liberarlos si ellos simplemente se atrevían a luchar. Sabían que era una lucha suicida contra el imperio más poderoso de la tierra, pero creían que Dios no abandonaría a su pueblo e iniciaron la Guerra de Judea.
La respuesta romana fue brutal. El general Tito, hijo del emperador Vespasiano, fue enviado con un ejército para aplastar la revuelta. En 70 d.C., después de un sitio de cinco meses, Jerusalén cayó. El relato de Flavio Josefo describe la hambruna dentro de la ciudad cercada, la desesperación de los defensores y finalmente, cuando las murallas cayeron, la ejecución sistemática de los que habían resistido. Pero lo más significativo, lo que marcó el fin de una era, fue lo que sucedió con el Templo.
A diferencia de la destrucción de 586 a.C., cuando Nabucodonosor incendió el Templo, la destrucción de 70 d.C. fue completa y deliberada. Los romanos querían asegurarse de que nunca más habría un centro de resistencia judía en Jerusalén. El Templo fue incendiado, sus piedras fueron demolidas una por una, sus cimientos fueron excavados y el tesoro del Templo fue saqueado y llevado a Roma, donde aparece representado en el Arco de Tito, un monumento que conmemora la victoria romana y que puede verse hoy en Roma.
Lo que es remarcable es que el judaísmo no murió con el Templo y de hecho, en cierto sentido, el judaísmo fue liberado por la destrucción del Templo. Porque mientras el Templo existió, el judaísmo estaba atado a un lugar, a una estructura física, a un sistema de sacrificios. Cuando el Templo fue destruido, los judíos descubrieron que su fe, su identidad religiosa, podía existir en cualquier lugar. Las sinagogas, que durante siglos habían funcionado junto al Templo, se convirtieron ahora en los únicos lugares de adoración. La oración, que siempre había acompañado los sacrificios del Templo, se convirtió ahora en sustituto del sacrificio. La Torá y su estudio, que siempre habían sido importantes, se convirtieron ahora en el centro absoluto de la vida religiosa. El rabino, el maestro, reemplazó al sacerdote como la autoridad religiosa central.
Esta transformación fue tan profunda que cambió el judaísmo para siempre. El Talmud, el cuerpo de ley oral que fue compilado en los siglos después de la destrucción del Templo, asume constantemente que el Templo ya no existe. Contiene largas discusiones sobre cómo hubieran sido ciertos rituales si el Templo existiera, pero estos son ejercicios académicos, no prescripciones para la práctica. El judaísmo rabínico que emergió de la destrucción del Templo es el judaísmo que ha perdurado hasta hoy, dos mil años después.
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- El judaísmo rabínico: después del Templo
Fuentes y bibliografía
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Preguntas frecuentes sobre el Segundo Templo
¿Cuánto tiempo duró realmente el Segundo Templo?
El Segundo Templo existió desde aproximadamente 516 a.C., cuando fue completado después del Exilio Babilónico, hasta 70 d.C., cuando fue destruido por Tito. Esto significa que duró alrededor de 586 años, significativamente más tiempo que el Primer Templo que duró aproximadamente 374 años. Aunque fue reconstruido y remodelado varias veces, es considerado una sola institución del Templo con cuatro fases claramente distinguibles.
¿Por qué es tan importante la profanación de Antíoco IV?
La profanación de Antíoco IV en 167 a.C. fue una de las crisis más graves de la religión judía antigua. Cuando Antíoco colocó una estatua de Zeus en el Santo de los Santos y ofrendó cerdo sobre el altar, no fue simplemente una ofensa religiosa. Fue un ataque directo a la identidad judía, un intento de forzar a los judíos a abandonar su fe y abrirse a la cultura griega. La respuesta fue la Revuelta Macabea, la única revuelta que logró expulsar a un imperio de la región, y eventualmente llevó a la independencia judía.
¿Qué sucedió con el Arca de la Alianza después de la destrucción del Primer Templo?
El Arca desapareció cuando Nabucodonosor destruyó el Primer Templo en 586 a.C. Su destino exacto es desconocido. Algunas tradiciones sugieren que fue escondida por sacerdotes antes de la destrucción. La tradición etíope afirma que fue llevada a Etiopía y se encuentra en la iglesia de Nuestra Señora de Sión en Axum. Pero históricamente, el Arca nunca fue recuperada. Cuando el Segundo Templo fue reconstruido, el Santo de los Santos no contenía el Arca, y esto fue una fuente constante de tristeza para los judíos religiosos.
¿Fue Herodes un rey judío legítimo?
Herodes no fue de descendencia davídica. Era de origen idumea (edomita), una población que había sido helenizada y adoptado la religión judía, pero no era de la línea real de Judá. Fue designado por Roma como gobernante de Judea, no elegido por los judíos. Sin embargo, su construcción del Magnífico Templo le dio una legitimidad de facto entre muchos judíos, aunque grupos religiosos como los Fariseos nunca lo aceptaron completamente como un rey legítimo.
¿Cómo sabemos detalles sobre el Segundo Templo si fue completamente destruido?
Sabemos detalles sobre el Segundo Templo, especialmente el Templo de Herodes, principalmente a través de varios textos antiguos. Flavio Josefo, un historiador judío que vivió durante la época del Segundo Templo y escribió después de su destrucción, proporciona descripciones detalladas. El Nuevo Testamento también describe el Templo de Herodes. Además, la Mishná (la compilación de ley oral judía) y el Talmud contienen descripciones técnicas del Templo. La arqueología también ha revelado algunos artefactos y estructuras que datan del Segundo Templo.
¿Por qué los judíos no reconstruyeron el Templo después de 70 d.C.?
Aunque los judíos intentaron reconstruir Jerusalén y el Templo varias veces en los siglos siguientes, los romanos lo prohibieron. Además, después de que el Templo fue destruido, el judaísmo se transformó. Sin Templo, sin sacrificios, el judaísmo rabínico desarrolló nuevas formas de adoración centradas en la oración y el estudio de la Ley. Estos nuevos rituales funcionaban sin un Templo central, así que cuando la oportunidad de reconstruir llegó, los líderes religiosos judíos ya no lo consideraban absolutamente necesario para su fe.
¿Cuándo exactamente fue completado el Templo de Herodes?
La reconstrucción del Templo por Herodes fue completada alrededor de 19 a.C., después de aproximadamente una década de trabajo intenso. Sin embargo, la decoración, expansión y refinamiento del complejo del Templo continuaron durante décadas. Algunos historiadores sugieren que el trabajo en las estructuras de apoyo y en los pórticos continuó hasta poco antes de la destrucción de 70 d.C.
¿Cuál fue el impacto de la destrucción del Segundo Templo en el cristianismo primitivo?
La destrucción del Segundo Templo en 70 d.C. tuvo un impacto profundo en el cristianismo primitivo. Los Evangelios fueron escritos después de esta destrucción, y muchos estudiosos creen que la destrucción del Templo influyó en cómo los primeros cristianos interpretaban las enseñanzas de Jesús sobre el Templo. Además, los cristianos pudieron afirmar que Jesús mismo había profetizado la destrucción del Templo, lo que reforzó la idea de que Jesús era el Mesías que los judíos habían esperado.
¿Quién fue Judas Macabeo y por qué es importante?
Judas Macabeo fue el hijo de Matatías y el líder de la revuelta contra el Imperio Seléucida en 167 a.C. Su nombre significa «el Martillo», probablemente porque golpeaba a los seléucidas con ataques de guerrilla. Logró liberar Jerusalén del control seléucida, permitiendo que los judíos purificaran el Templo. Este evento es conmemorado en la festividad de Janucá. Aunque fue finalmente derrotado y muerto en batalla, su legado fue la creación de una dinastía judía independiente que gobernó durante aproximadamente un siglo.
¿Cómo cambió la religión judía después de la destrucción del Templo?
Después de 70 d.C., el judaísmo cambió de una religión centrada en sacrificios en un Templo central a una religión centrada en la oración, el estudio de la Ley y la observancia de los mandamientos. La sinagoga se convirtió en el lugar de adoración primario. El rabino, no el sacerdote, se convirtió en la autoridad religiosa central. El Talmud, la compilación de debates rabínicos sobre la Ley, se convirtió en tan importante como la Torá escrita. Este judaísmo rabínico, que surgió de la destrucción, es fundamentalmente el judaísmo que existe hoy.









