Los profetas son las figuras más influyentes del Antiguo Testamento después de Moisés y las que más han marcado el desarrollo del pensamiento religioso, ético y político de la civilización occidental. En la Biblia hebrea, el profeta no es principalmente un adivino del futuro sino un portavoz de Dios en el presente: alguien que ha recibido una comunicación divina y está obligado a transmitirla, aunque nadie quiera escucharla y aunque eso le cueste la vida. La fórmula que repiten constantemente, «así dice YHWH», no es una introducción retórica sino una declaración de autoridad: lo que sigue no viene del profeta sino de Dios.
El corpus profético de la Biblia hebrea es uno de los más extensos y más diversos de toda la literatura religiosa antigua. Comprende 17 libros en el canon hebreo, agrupados en cuatro profetas mayores, Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel y 12 profetas menores, desde Oseas hasta Malaquías. La distinción entre mayores y menores no es de importancia teológica sino de extensión: los profetas mayores tienen libros más largos. A estos se añaden los llamados profetas anteriores, figuras como Samuel, Elías y Eliseo que ejercieron el profetismo antes de que existiera la tradición de los libros proféticos.
Los profetas no actuaron en el vacío sino en respuesta a situaciones históricas concretas: la amenaza asiria del siglo VIII a.C., la reforma de Josías en el siglo VII, la destrucción de Jerusalén y el exilio babilónico del siglo VI, el período de la restauración persa del siglo V. Cada profeta habló desde su contexto y para su contexto y entender ese contexto es condición indispensable para entender el mensaje. Al mismo tiempo, sus palabras trascendieron el momento histórico que las generó y se convirtieron en textos fundacionales para el judaísmo, el cristianismo y el islam.
El legado del profetismo bíblico es extraordinariamente amplio. La idea de que el poder político está sometido a una autoridad moral superior, que los ricos y poderosos deben responder ante Dios por su trato a los pobres y vulnerables, que la religión sin justicia social es hipocresía, son ideas que los profetas formularon con una claridad y una radicalidad que no han perdido vigor. Cuando Amós denunció a los que vendían al justo por plata y al pobre por un par de sandalias, o cuando Isaías dijo que YHWH aborrecía las fiestas religiosas de quienes oprimían al huérfano y a la viuda, estaban formulando principios éticos que siguen siendo subversivos en cualquier época.
¿Qué es un profeta en la Biblia hebrea?
La palabra hebrea para profeta es nabi, cuya etimología exacta es debatida: puede significar «el que habla», «el que es llamado» o «el que proclama». Lo que está claro es que el nabi bíblico no es principalmente un vidente del futuro, aunque a veces prediga eventos futuros, sino un mediador entre YHWH y su pueblo. Recibe un mensaje de Dios y está obligado a transmitirlo, independientemente de las consecuencias.
Esta obligación es el rasgo más característico del profeta bíblico y el que lo distingue de figuras similares en otras culturas del antiguo Oriente Próximo. El profeta mesopotámico o egipcio era un especialista al servicio del estado o del templo, consultado por el rey para conocer la voluntad divina sobre asuntos específicos. El profeta bíblico puede ser consultado, pero también puede irrumpir sin ser llamado, confrontar al rey con una acusación moral, hablar en nombre de YHWH contra las instituciones establecidas incluyendo la monarquía y el sacerdocio. Su autoridad no viene de una institución sino directamente de su comisión divina.
El texto más elaborado sobre la naturaleza del profeta en la Biblia hebrea está en el Deuteronomio 18:15-22, donde Moisés anuncia que YHWH suscitará un profeta semejante a él y establece el criterio de discernimiento: si el profeta habla en nombre de YHWH y lo que dice no se cumple, ese profeta habló presuntuosamente. Este criterio, la verificación por el cumplimiento, es un intento de racionalizar el discernimiento de la autenticidad profética, aunque la tradición reconoció siempre que el criterio es insuficiente: algunos mensajes proféticos tardan generaciones en cumplirse.
El texto bíblico usa también otros términos para designar figuras proféticas. El roeh, «vidente» y el jozeh, también «vidente», aparecen en los textos más antiguos para designar a personas con capacidad de percibir lo divino de formas no ordinarias. Samuel es llamado roeh en el primer libro de los Reyes y el propio texto explica que lo que antes se llamaba roeh ahora se llama nabi. Esta aclaración sugiere una evolución del vocabulario que refleja una evolución de la comprensión de la función profética.
El profetismo en el antiguo Israel: origen y desarrollo histórico
El profetismo en Israel tiene una historia que se extiende desde los períodos más antiguos de la confederación tribal hasta el período persa, abarcando más de 500 años. Los investigadores distinguen habitualmente varias fases en ese desarrollo.
La fase más antigua es la del profetismo extático o de grupo, documentada en los libros de Samuel y Reyes. Grupos de profetas itinerantes, los llamados «hijos de los profetas» o comunidades proféticas, se movían por el territorio experimentando estados de éxtasis colectivo asociados con la música y el baile. Saúl se encontró con uno de estos grupos y «profetizó entre ellos», lo que el texto describe con la pregunta irónica: «¿También Saúl entre los profetas?». Estos grupos no producían literatura ni transmitían mensajes articulados sino que eran signos vivientes de la presencia del espíritu de YHWH.
La segunda fase es la del profetismo de corte, representado por figuras como Natán, el profeta que confrontó a David por el asunto de Betsabé y Gad, el vidente de David. Estos profetas operaban en la órbita de la monarquía, eran consultados por los reyes y tenían acceso a la corte. Su función era asesorar, advertir y a veces confrontar al rey con la perspectiva de YHWH. Natán es el ejemplo más elaborado: su parábola del cordero que confrontó a David con su pecado es uno de los textos retóricos más eficaces de toda la Biblia.
La tercera fase es la del profetismo clásico o escrito, que comienza en el siglo VIII a.C. con Amós y Oseas en el reino del norte y con Isaías y Miqueas en el reino del sur. Es en esta fase donde el profetismo bíblico alcanza su mayor elaboración literaria y teológica. Los profetas clásicos son los que produjeron los libros que llevan su nombre, transmitieron su mensaje a discípulos que lo conservaron y editaron y desarrollaron una teología profética con categorías propias: la alianza como fundamento de la relación entre YHWH e Israel, el pecado como ruptura de esa alianza, el juicio como consecuencia del pecado y la restauración como horizonte de esperanza más allá del juicio.
La cuarta fase es la del profetismo del exilio y la restauración, representado por el Segundo Isaías (Isaías 40-55), Ezequiel, el Tercer Isaías y los profetas postexílicos como Ageo, Zacarías y Malaquías. Este profetismo nació en las circunstancias extremas del exilio babilónico y tuvo que articular una teología de la supervivencia: cómo seguir siendo pueblo de YHWH sin templo, sin rey, sin tierra. Las respuestas que desarrolló, la universalización de YHWH como Dios de todas las naciones, la interiorización de la religión, la esperanza en una restauración futura, fueron fundamentos del judaísmo postexílico y del posterior desarrollo del cristianismo.
Profetas mayores y profetas menores: la clasificación canónica
La distinción entre profetas mayores y profetas menores es una convención de la tradición cristiana occidental que no corresponde exactamente a ninguna división de la Biblia hebrea. En el canon hebreo, los libros proféticos se dividen en «profetas anteriores» (Nevi’im Rishonim), que son Josué, Jueces, Samuel y Reyes y «profetas posteriores» (Nevi’im Ajaronim), que incluyen los cuatro grandes libros proféticos de Isaías, Jeremías, Ezequiel y el libro de los Doce, que en la tradición hebrea es un solo libro aunque contenga los escritos de doce profetas distintos.
La denominación «profetas mayores» para Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel y «profetas menores» para los doce, fue introducida por Agustín de Hipona en el siglo IV d.C. en su obra La ciudad de Dios y hace referencia exclusivamente a la extensión de los libros: Isaías tiene 66 capítulos, Jeremías 52, Ezequiel 48 y el conjunto de los doce profetas menores tiene 67 capítulos en total, equivalentes en extensión a un libro mayor. La denominación «menor» no implica menor importancia teológica: Amós formuló la ética social más radical del Antiguo Testamento, Oseas desarrolló la imagen del matrimonio como metáfora de la alianza y Jonás planteó la cuestión de la misericordia universal con una profundidad que pocos textos bíblicos igualan.
Los profetas mayores
Isaías
Isaías es el más extenso y el más citado de los profetas en el Nuevo Testamento. Ejerció su ministerio en Jerusalén durante el siglo VIII a.C., en los reinados de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías, y su libro es en realidad una compilación de al menos dos y posiblemente tres colecciones de oráculos de períodos distintos. Los capítulos 1 al 39 corresponden al profeta histórico del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, conocidos como el Segundo Isaías o Deuteroisaías, fueron escritos durante el exilio babilónico en el siglo VI; los capítulos 56 al 66, el Tercer Isaías o Tritoisaías, corresponden al período de la restauración postexílica.
El mensaje de Isaías gira en torno a la santidad de YHWH, «el Santo de Israel» y a las consecuencias de esa santidad para un pueblo que no la refleja en su vida. Los capítulos del Segundo Isaías contienen los célebres «cánticos del siervo sufriente», cuatro poemas que describen a una figura que sufre voluntariamente para expiar los pecados de muchos y que la tradición cristiana identificó con Jesús con más insistencia que cualquier otro texto del Antiguo Testamento.
Entre los textos de Isaías que más huella han dejado en la cultura occidental está el oráculo contra el rey de Babilonia del capítulo 14, que contiene la primera mención del nombre Lucifer en toda la Biblia. El versículo 12 dice: «¡Cómo caíste del cielo, Helel ben Shajar, hijo de la aurora!», donde Helel significa «el brillante» o «el resplandeciente». Jerónimo, al traducir la Biblia al latín en el siglo IV d.C., vertió Helel como Lucifer, «portador de luz» y ese nombre quedó fijado en la tradición occidental. En su contexto original, el oráculo es una metáfora política sobre la caída del rey babilónico desde la cima del poder hasta el abismo de la derrota. La reinterpretación de este texto como descripción de la caída de Satanás como ángel rebelde fue una elaboración posterior del judaísmo del Segundo Templo, consolidada en el cristianismo a partir de Lucas 10:18, donde Jesús dice «veía a Satanás caer del cielo como un rayo».

Jeremías
Jeremías ejerció su ministerio durante más de cuatro décadas, desde el 627 a.C. hasta después de la destrucción de Jerusalén en el 587 a.C. Es el más autobiográfico de los profetas: su libro contiene las «confesiones», una serie de monólogos interiores en que expresa su angustia, su resentimiento ante Dios y su lucha contra una vocación que lo ha costado todo. Su contribución teológica más original es el oráculo de la nueva alianza del capítulo 31, la promesa de una alianza no grabada en piedra sino escrita en el corazón de cada persona, que la carta a los Hebreos citó más extensamente que cualquier otro texto del Antiguo Testamento.
Ezequiel
Ezequiel fue deportado a Babilonia en la primera deportación del 597 a.C. y ejerció su ministerio entre los exiliados. Su libro es el más visionario y el más simbólico de los profetas mayores: abre con la célebre visión del carro divino, la Merkabá, cuatro seres vivientes que sostienen el trono de YHWH, que fue el punto de partida de toda la mística judía posterior. El capítulo 37, el valle de los huesos secos que vuelven a vivir, es la formulación más poderosa de la esperanza en la restauración de Israel en todo el Antiguo Testamento. Los últimos capítulos describen con detalle milimétrico el templo escatológico que YHWH construirá en el tiempo final.
Daniel
Daniel es el más tardío y el más debatido de los profetas mayores. El libro lleva el nombre de un personaje que vivió en la corte babilónica durante el exilio, pero la mayoría de los investigadores lo datan en el siglo II a.C., durante la persecución del rey seléucida Antíoco IV Epífanes, que intentó helenizar forzosamente a los judíos. Es el libro más apocalíptico del Antiguo Testamento: sus visiones de los cuatro imperios, el Hijo del Hombre que viene entre las nubes del cielo y la resurrección de los muertos al final de los tiempos influyeron decisivamente en el Nuevo Testamento y en el desarrollo de la literatura apocalíptica judía y cristiana.

Los doce profetas menores
El libro de los Doce, Sheneim Asar en hebreo, es en el canon hebreo un solo rollo que contiene los escritos de doce profetas distintos. Su orden canónico es el siguiente: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.
Oseas fue el primero de los profetas escritores del reino del norte, activo en el siglo VIII a.C. Su contribución más original es la metáfora del matrimonio como imagen de la alianza entre YHWH e Israel: así como Oseas perdonó a su esposa infiel, YHWH sigue amando a un Israel que lo abandona repetidamente.
Joel es un profeta de datación incierta cuyo libro describe una plaga de langosta como preludio del «día de YHWH» y contiene la promesa de que Dios derramará su espíritu sobre toda carne, citada por Pedro en el discurso de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles.
Amós fue pastor de Tecoa y cultivador de higos, el primer profeta escritor del Antiguo Testamento en orden cronológico, activo en el siglo VIII a.C. Su mensaje es el más socialmente radical de todos los profetas: denunció con una ferocidad sin paralelo la opresión de los pobres por los ricos y declaró que YHWH aborrecía las fiestas religiosas de quienes pisoteaban a los necesitados.
Abdías es el libro más corto del Antiguo Testamento con 21 versículos y contiene un oráculo de juicio contra Edom por haberse alegrado de la caída de Jerusalén.
Jonás es el más narrativo de los libros proféticos y el más universalista: un profeta enviado a predicar a la ciudad pagana de Nínive que intenta huir de su misión, es tragado por un gran pez, vomitado en la orilla y cumple finalmente su misión con tan poco entusiasmo que se enfada cuando Nínive se convierte y Dios la perdona.
Miqueas fue contemporáneo de Isaías en el siglo VIII a.C. y contiene uno de los textos éticos más citados de toda la Biblia: «Se te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno; ¿qué pide YHWH de ti sino que hagas justicia, que ames la misericordia y que te humilles ante tu Dios?».
Nahúm contiene un oráculo de juicio sobre Nínive, la capital asiria, celebrando su destrucción como acto de justicia divina.
Habacuc es el profeta que se atreve a preguntar directamente a Dios por qué permite que los injustos prosperen y los justos sufran y recibe una respuesta que se convirtió en uno de los textos fundacionales del pensamiento cristiano: «El justo por su fe vivirá».
Sofonías fue contemporáneo de Jeremías y anunció el «día de YHWH» como un día de juicio universal sobre todas las naciones.
Ageo fue el primero de los profetas postexílicos, activo en el 520 a.C. y llamó a los exiliados que habían regresado a Judá a reconstruir el Templo.
Zacarías fue contemporáneo de Ageo y sus visiones nocturnas anticipan el estilo apocalíptico que alcanzará su desarrollo pleno en Daniel. Sus oráculos sobre el rey humilde que entra en Jerusalén montado en un asno y el pastor herido cuyas ovejas se dispersan fueron aplicados a Jesús en los evangelios de la pasión.
Malaquías, cuyo nombre significa simplemente «mi mensajero», es el último libro del Antiguo Testamento en el orden cristiano y cierra el corpus profético con una promesa: «He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que venga el día de YHWH». El Nuevo Testamento identificó esta promesa con Juan el Bautista.
Los profetas anteriores: Elías, Eliseo y Samuel
Además de los diecisiete libros proféticos, la tradición bíblica reconoce figuras proféticas anteriores que no dejaron libros propios pero cuyo ministerio está documentado en los libros históricos. Las más importantes son Samuel, Elías y Eliseo.
Samuel fue el último de los jueces y el primero de los profetas en el sentido institucional: ungió a Saúl y a David como reyes de Israel y estableció el modelo de profeta como guardián de la alianza frente al poder monárquico. Su figura fue determinante para la comprensión israelita de la relación entre la autoridad profética y la autoridad real.
Elías fue el profeta más dramático del reino del norte, activo en el siglo IX a.C. durante el reinado de Acab. Desafió al rey y a los 450 profetas de Baal en el monte Carmelo, huyó al Horeb exhausto y encontró a YHWH no en el fuego ni en el terremoto sino en «una voz de silencio tenue». Fue arrebatado al cielo en un carro de fuego sin experimentar la muerte, lo que lo convirtió en figura mesiánica por excelencia.

Eliseo fue el sucesor de Elías y el profeta con más milagros atribuidos del Antiguo Testamento. Su ministerio fue más comunitario y más político que el de Elías y sus milagros, desde la resurrección del hijo de la sunamita hasta la curación de Naamán el sirio, anticipan el tipo de ministerio que los evangelios atribuirán a Jesús.
El mensaje común: justicia, alianza y esperanza
A pesar de la enorme diversidad de contextos, estilos y acentos, los profetas bíblicos comparten un núcleo temático común que les da unidad como corpus.
El primero es la centralidad de la alianza. Para los profetas, la relación entre YHWH e Israel es una alianza con obligaciones mutuas y el pecado de Israel no es solo una transgresión de reglas sino una ruptura de esa relación. La metáfora del matrimonio, usada por Oseas, Jeremías y Ezequiel, expresa esta dimensión personal de la alianza: Israel ha sido infiel como una esposa que abandona a su marido.
El segundo es la ética social como exigencia religiosa. Los profetas insistieron con una radicalidad que no tiene parangón en la literatura religiosa contemporánea en que la adoración a YHWH sin justicia social es hipocresía que YHWH aborrece. Amós, Isaías, Miqueas y Jeremías denunciaron la opresión de los pobres, la corrupción de los jueces y la acumulación de riqueza a expensas de los vulnerables con palabras que siguen siendo subversivas.
El tercero es la esperanza más allá del juicio. Ningún profeta bíblico, ni siquiera los más duros en su anuncio del juicio, termina sin un horizonte de esperanza. Jeremías anunció la destrucción de Jerusalén y también la nueva alianza. Ezequiel describió el valle de los huesos secos y también el templo escatológico. El Segundo Isaías es pura consolación. Esta estructura de juicio y restauración es la gramática básica del mensaje profético.
El profetismo y el mesianismo
Una dimensión fundamental del profetismo bíblico es su contribución al desarrollo del mesianismo, la esperanza en un ungido futuro que restaurará a Israel y establecerá el reino de YHWH. Las raíces del mesianismo están en la promesa hecha a David en 2 Samuel 7, donde YHWH prometió que la dinastía davídica no tendría fin. Cuando la monarquía fracasó y fue destruida por los babilonios, esta promesa se transformó en esperanza escatológica: vendrá un descendiente de David que será el rey perfecto.
Isaías habló del niño que nacerá y será llamado «Maravilla de Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz». Miqueas anunció que de Belén saldría el que gobernaría a Israel. Zacarías describió al rey humilde que entrará en Jerusalén montado en un asno. Malaquías anunció la venida del mensajero que preparará el camino. Estos textos, leídos en el contexto del fracaso de la monarquía y la esperanza de restauración, fueron el sustrato escriturístico sobre el que el Nuevo Testamento construyó su presentación de Jesús como el Mesías esperado.
Los profetas en el judaísmo, el cristianismo y el islam
En el judaísmo, los profetas son la segunda sección del canon bíblico, los Nevi’im, y su lectura pública en la sinagoga, la haftará, acompaña cada semana la lectura de la Torá. Los profetas son los intérpretes autorizados de la Torá y los guardianes de la alianza. En la tradición rabínica, la profecía cesó con los últimos profetas del período persa, Ageo, Zacarías y Malaquías y no volverá hasta la era mesiánica.
En el cristianismo, los profetas son leídos fundamentalmente como anunciadores de Cristo. La exégesis tipológica, que ve en los textos proféticos prefiguraciones de eventos del Nuevo Testamento, fue el método hermenéutico dominante en los padres de la Iglesia y sigue siendo central en la liturgia cristiana, donde los textos proféticos se leen en paralelo con los evangelios especialmente en el tiempo de Adviento y en la Semana Santa.
En el islam, los profetas bíblicos son reconocidos como auténticos mensajeros de Alá, parte de la cadena de profetas que culmina en Mahoma. El Corán menciona a Moisés, Abraham, Noé, David, Salomón, Elías, Jonás, Job y Zacarías, entre otros, como profetas islámicos. Sin embargo, el Corán afirma que los textos bíblicos han sido alterados respecto a la revelación original, lo que explica las diferencias entre las versiones bíblica y coránica de las mismas historias.
Los profetas del Antiguo Testamento: períodos, contextos y mensajes
| Profeta | Período | Reino / Contexto | Mensaje central | Texto clave |
|---|---|---|---|---|
| Samuel | Siglo XI a.C. | Israel unido; transición a la monarquía | La obediencia vale más que el sacrificio | 1 Samuel 15:22 |
| Elías | Siglo IX a.C. | Reino del norte; reinado de Acab | YHWH contra Baal; celo por la alianza | 1 Reyes 18; 19 |
| Eliseo | Siglo IX-VIII a.C. | Reino del norte; desde Acab hasta Joás | Providencia divina en lo cotidiano; milagros | 2 Reyes 2-13 |
| Amós | ~760 a.C. | Reino del norte; reinado de Jeroboán II | Justicia social radical; YHWH aborrece el culto sin justicia | Amós 5:21-24 |
| Oseas | ~750-720 a.C. | Reino del norte; últimas décadas | La alianza como matrimonio; el amor fiel de YHWH | Oseas 11:1-9 |
| Isaías | ~740-700 a.C. (Is 1-39); siglo VI (Is 40-55) | Jerusalén; amenaza asiria y exilio babilónico | Santidad de YHWH; el siervo sufriente; consolación | Isaías 52-53; 40:1-11 |
| Miqueas | ~735-700 a.C. | Judá; contemporáneo de Isaías | Justicia, misericordia y humildad ante Dios | Miqueas 6:8 |
| Jeremías | ~627-580 a.C. | Judá; caída de Jerusalén | Destrucción inevitable; nueva alianza en el corazón | Jeremías 31:31-34 |
| Sofonías | ~630 a.C. | Judá; reinado de Josías | El día de YHWH como juicio universal | Sofonías 1:14-18 |
| Habacuc | ~600 a.C. | Judá; amenaza babilónica | La fe como respuesta al sufrimiento injusto | Habacuc 2:4 |
| Ezequiel | ~593-571 a.C. | Exilio en Babilonia | Gloria de YHWH; responsabilidad individual; templo futuro | Ezequiel 37; 1-3 |
| Daniel | Siglo VI a.C. (según el libro); redacción siglo II a.C. | Corte babilónica; apocalipticismo | Fidelidad en el exilio; reino de Dios al final de los tiempos | Daniel 7; 12 |
| Ageo | ~520 a.C. | Restauración postexílica | Reconstruir el Templo como prioridad | Ageo 1:7-8 |
| Zacarías | ~520-518 a.C. | Restauración postexílica | Visiones apocalípticas; el rey humilde sobre el asno | Zacarías 9:9; 13:7 |
| Malaquías | ~450 a.C. | Restauración postexílica | Fidelidad en el culto; promesa del retorno de Elías | Malaquías 3:1; 4:5 |
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- La Biblia. Libros proféticos completos. Versión de la Biblia de Jerusalén.
- El Corán. Menciones de los profetas bíblicos. Traducción de Julio Cortés. Herder, 2005.
- Talmud Babilónico. Sanhedrin 11a (cese de la profecía); Baba Batra 14b-15a (orden de los libros proféticos).
Bibliografía académica:
- von Rad, Gerhard. Teología del Antiguo Testamento, vol. 2. Sígueme, 1972.
- Brueggemann, Walter. The Prophetic Imagination. Fortress Press, 1978.
- Heschel, Abraham Joshua. The Prophets. Harper & Row, 1962.
- Koch, Klaus. The Prophets, 2 vols. Fortress Press, 1983-1984.
- Blenkinsopp, Joseph. A History of Prophecy in Israel. Westminster John Knox Press, 1996.
- Petersen, David L. The Prophetic Literature: An Introduction. Westminster John Knox Press, 2002.
- Sicre, José Luis. Profetismo en Israel: el profeta, los profetas, el mensaje. Verbo Divino, 1992.
Preguntas frecuentes sobre los profetas del Antiguo Testamento
¿Cuántos profetas hay en la Biblia?
El canon bíblico cristiano incluye diecisiete libros proféticos: cuatro profetas mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel) y doce profetas menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías). Además, los libros históricos mencionan figuras proféticas que no dejaron libros propios, como Samuel, Natán, Gad, Elías y Eliseo. En el canon hebreo, los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes también forman parte de la sección de los profetas, llamados «profetas anteriores».
¿Qué diferencia hay entre profetas mayores y profetas menores?
La distinción entre profetas mayores y menores fue introducida por Agustín de Hipona en el siglo IV d.C. y hace referencia exclusivamente a la extensión de los libros, no a su importancia teológica. Los profetas mayores, Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, tienen libros más extensos. Los doce profetas menores tienen libros más breves, aunque en el canon hebreo forman un solo volumen. Un profeta «menor» como Amós formuló la ética social más radical del Antiguo Testamento, y Jonás planteó la cuestión de la misericordia universal con una profundidad que ningún profeta mayor supera.
¿Cuál fue el primer profeta de la Biblia?
Depende de la definición. Abraham es llamado «profeta» en el Génesis 20:7, lo que lo convierte técnicamente en el primero en recibir ese título. Moisés es considerado el profeta por excelencia, «a quien YHWH conocía cara a cara», y el Deuteronomio lo presenta como el modelo de todos los profetas posteriores. En cuanto a los profetas escritores, Amós es generalmente considerado el primero en orden cronológico, activo hacia el 760 a.C., aunque es posible que algunos materiales del libro de Oseas sean igualmente antiguos.
¿Por qué los profetas bíblicos denunciaron tanto la injusticia social?
Los profetas bíblicos denunciaron la injusticia social porque su teología de la alianza hacía inseparables la relación con YHWH y el trato a los semejantes. Para ellos, adorar a YHWH mientras se oprimía a los pobres era una contradicción radical: YHWH había liberado a Israel de la esclavitud de Egipto y eso hacía de la opresión de los vulnerables una negación directa de la identidad de Dios. Amós, Isaías, Miqueas y Jeremías desarrollaron esta teología con una radicalidad que no tiene paralelo en la literatura religiosa contemporánea.
¿Cuándo cesó la profecía en el judaísmo?
La tradición rabínica estableció que la profecía cesó con los últimos profetas del período persa, Ageo, Zacarías y Malaquías, aproximadamente en el siglo V a.C. Esta convicción está formulada explícitamente en el Talmud Babilónico: «Desde la muerte de los últimos profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías, el Espíritu Santo se apartó de Israel». La profecía no volverá hasta la era mesiánica. Esta posición delimitó el canon profético y fundamentó la autoridad de los textos escritos como la forma permanente de la revelación divina.
¿Cómo se distinguía un verdadero profeta de un falso profeta?
El Deuteronomio ofrece dos criterios principales. El primero es el cumplimiento: si lo que el profeta anuncia en nombre de YHWH no se cumple, ese profeta habló presuntuosamente. El segundo es la fidelidad a YHWH: si el profeta hace señales y prodigios pero lleva al pueblo a seguir a otros dioses, no debe ser escuchado aunque sus señales se cumplan. Jeremías añadió criterios adicionales basados en el contenido del mensaje: los profetas que anunciaban paz cuando había pecado eran sospechosos de falsedad. El discernimiento de la autenticidad profética fue uno de los problemas más difíciles de la religión israelita.
¿Qué papel tienen los profetas en el islam?
En el islam, los profetas bíblicos son reconocidos como mensajeros auténticos de Alá, parte de la larga cadena de profetas que Dios envió a la humanidad antes de la revelación final a Mahoma. El Corán menciona a Moisés, Abraham, Noé, David, Salomón, Elías, Jonás, Job, Zacarías y Jesús, entre otros, como profetas islámicos. Sin embargo, la tradición islámica afirma que los textos bíblicos han sido alterados respecto a la revelación original, lo que explica las diferencias entre las versiones bíblica y coránica de las mismas historias.
¿Qué relación tienen los profetas con el mesianismo?
Los profetas bíblicos son los principales articuladores del mesianismo en el Antiguo Testamento. A partir del fracaso de la monarquía davídica y especialmente después de la destrucción de Jerusalén, los profetas desarrollaron la esperanza en un ungido futuro, un descendiente de David, que restauraría a Israel y establecería el reino de YHWH. Isaías habló del niño que será llamado «Príncipe de la Paz». Miqueas anunció que de Belén saldría el gobernante eterno. Zacarías describió al rey humilde sobre el asno. Malaquías prometió el retorno de Elías como precursor del día de YHWH. Estos textos fueron el sustrato escriturístico sobre el que el Nuevo Testamento construyó su presentación de Jesús como el Mesías.









