A mediados del siglo II, la comunidad cristiana de Roma tuvo entre sus maestros más respetados a un egipcio culto y elocuente, formado en Alejandría, que escribía con una prosa poética poco común entre los autores cristianos de su tiempo. Se llamaba Valentín. Según Tertuliano, llegó a esperar con fundamento que lo eligieran obispo de la ciudad y solo cuando otro candidato le arrebató el puesto rompió con la Iglesia. Ireneo de Lyon, que escribió contra él una generación después, lo consideraba el origen de la herejía más peligrosa de todas, precisamente porque sus seguidores no parecían herejes: asistían a las mismas celebraciones, leían los mismos evangelios, recitaban las mismas oraciones y se consideraban cristianos como los demás, solo que con un conocimiento más profundo.
Los valentinianos fueron la corriente gnóstica más influyente de la Antigüedad. Sus maestros elaboraron el gran mito de los eones, la caída de Sofía y el nacimiento del Demiurgo, que los heresiólogos describieron con detalle y que hoy asociamos con el gnosticismo en general. Escribieron el primer comentario conocido de un evangelio, el de Heracleón sobre Juan, más de medio siglo antes que el de Orígenes. Desarrollaron una teología de los sacramentos con ritos propios, como la redención y la misteriosa cámara nupcial y produjeron algunos de los textos más bellos del cristianismo antiguo, como el Evangelio de la Verdad, que muchos atribuyen al propio Valentín y el Evangelio de Felipe.
La escuela sobrevivió más de dos siglos. En el año 388, todavía había comunidades valentinianas organizadas en la frontera del Éufrates y a comienzos del siglo V las leyes imperiales seguían mencionándolas entre las herejías perseguidas. Su historia es la de un cristianismo alternativo que no surgió en los márgenes, sino en el corazón de la Iglesia de Roma y que obligó a sus adversarios a definir con precisión lo que significaba ser ortodoxo.
Conviene aclarar desde el principio que este Valentín no tiene nada que ver con san Valentín, el mártir romano cuya fiesta se celebra el 14 de febrero. Comparten el nombre, que era bastante común y poco más.
Un egipcio en Roma
Sabemos muy poco de la vida de Valentín y casi todo procede de sus adversarios. Según Epifanio de Salamina, que escribió dos siglos después, nació en Frebonis, una localidad de la costa egipcia, hacia el año 100 y se formó en Alejandría con una educación griega completa. La ciudad era entonces el gran centro intelectual del Mediterráneo, donde convivían el platonismo, la tradición judía de Filón y un cristianismo todavía mal conocido, del que surgieron maestros como Basílides, contemporáneo de Valentín y fundador de otra escuela gnóstica.
Los discípulos de Valentín afirmaban que su maestro había aprendido de un tal Teudas, discípulo a su vez del apóstol Pablo. Lo cuenta Clemente de Alejandría, que añade que los seguidores de Basílides hacían lo mismo con un tal Glaucias, supuesto intérprete de Pedro. Estas genealogías servían para reclamar una tradición apostólica tan legítima como la que invocaban los obispos, que trazaban su autoridad hasta los apóstoles a través de listas de sucesores.
Hipólito de Roma conserva otra tradición sobre el origen de su enseñanza. Según él, Valentín afirmaba haber tenido una visión en la que se le apareció un niño recién nacido. Cuando le preguntó quién era, el niño respondió que era el Logos, la Palabra divina. Valentín habría construido su sistema a partir de esa revelación.
Hacia el año 136, durante el pontificado de Higino, Valentín se trasladó a Roma. Según Ireneo, enseñó allí bajo los obispos Higino, Pío y Aniceto, es decir, durante unos 20 años, hasta mediados de la década del 150. Roma era entonces el lugar donde se concentraban los grandes maestros cristianos de todas las tendencias: por allí pasaron Marción, Justino Mártir y Taciano y la comunidad no tenía todavía una estructura tan centralizada como la que tendría después.
Tertuliano, en su tratado Contra los valentinianos, escrito hacia el año 207, cuenta que Valentín esperaba ser elegido obispo porque tenía talento y elocuencia, pero que la comunidad prefirió a otro que tenía el prestigio de haber sufrido por la fe, un confesor. Indignado, Valentín rompió con la Iglesia y se dedicó a combatir la verdad. El relato tiene todos los rasgos de una caricatura polémica, que convierte la herejía en el resentimiento de un ambicioso, pero sugiere algo importante: Valentín no era una figura marginal, sino un maestro con suficiente prestigio como para aspirar a dirigir la comunidad más importante del Occidente cristiano.
Epifanio añade que Valentín terminó sus días en Chipre, donde naufragó en la fe. No sabemos si es un dato fiable.
Lo que queda de Valentín
De los escritos de Valentín solo se conservan unos diez fragmentos, citados por Clemente de Alejandría e Hipólito de Roma. Son breves, pero bastan para descubrir a un autor con una voz propia, muy distinta de la imagen del especulador oscuro que transmitieron sus enemigos.
Uno de los fragmentos más conocidos compara el corazón humano con una posada. Como una posada en la que se alojan viajeros que la ensucian y la dañan sin cuidado, porque no es suya, el corazón está lleno de espíritus impuros mientras no recibe la atención de Dios. Solo cuando el Padre, el único bueno, lo visita, el corazón se purifica y se llena de luz y quien tiene un corazón así es bienaventurado, porque verá a Dios.
Otro fragmento, citado por Clemente, se dirige a los elegidos con una frase de gran fuerza. Les dice que son inmortales desde el principio, hijos de la vida eterna y que han querido que la muerte se repartiera entre ellos para agotarla y consumirla, de modo que la muerte muera en ellos. Cuando disuelven el mundo sin ser disueltos, son señores de la creación y de toda corrupción.
Hay también un fragmento desconcertante sobre el cuerpo de Jesús. Valentín sostiene que Jesús practicaba un dominio tan perfecto de sí mismo que comía y bebía de una forma especial, sin que la comida se corrompiera en él, porque en él no había corrupción. El texto revela la preocupación de Valentín por conciliar la humanidad de Jesús con su naturaleza divina.
Hipólito conserva además un breve salmo de Valentín titulado Cosecha, en el que el autor contempla todas las cosas suspendidas del espíritu en el éter: la carne colgada del alma, el alma del aire, el aire del éter y del abismo frutos que brotan y un niño que nace del seno materno. Es uno de los pocos himnos cristianos del siglo II que se conservan.
El Evangelio de la Verdad
Ireneo menciona que los valentinianos tenían un libro titulado Evangelio de la Verdad. Cuando en 1945 apareció en Nag Hammadi un texto que comenzaba con las palabras «el evangelio de la verdad es alegría», los investigadores lo identificaron de inmediato con ese libro y varios de ellos, como Gilles Quispel y Henri-Charles Puech, propusieron que su autor era el propio Valentín.
El Evangelio de la Verdad no es un evangelio en sentido narrativo, sino una homilía o meditación poética. Explica que la ignorancia del Padre produjo angustia y terror y que esa angustia se espesó como una niebla hasta que nadie podía ver. El Error, personificado, se aprovechó de esa niebla para fabricar un mundo falso. Jesús vino a revelar al Padre y por eso el Error, furioso, lo persiguió y lo clavó en un madero. Pero en la cruz Jesús se convirtió en el fruto del conocimiento del Padre y quienes comieron de ese fruto se alegraron al descubrirse a sí mismos en él.
El estilo, lleno de imágenes y de juegos de palabras, coincide con el de los fragmentos de Valentín, y el texto apenas menciona los elementos del mito complejo que desarrollaron sus discípulos. Por eso muchos investigadores lo consideran una obra temprana de la escuela, quizá del propio maestro. La atribución, sin embargo, no puede probarse.
¿Inventó Valentín el mito valentiniano?
Durante mucho tiempo se dio por hecho que Valentín era el autor del gran sistema mítico que Ireneo describe en el primer libro de Contra las herejías. Hoy esa idea está en discusión.
En 1992, el historiador alemán Christoph Markschies publicó un estudio exhaustivo de los fragmentos de Valentín, titulado con una pregunta: ¿Valentín gnóstico? Su conclusión fue que los fragmentos auténticos no contienen el mito de los 30 eones ni la caída de Sofía y que Valentín fue más bien un teólogo cristiano platonizante, influido por la filosofía de su tiempo, cuyo pensamiento sus discípulos transformaron después en un sistema mitológico. Otros investigadores, como Einar Thomassen, consideran en cambio que los fragmentos son compatibles con una versión temprana del mito.
Sea cual sea la respuesta, el sistema que los heresiólogos llamaron valentiniano es sobre todo obra de la generación siguiente y en especial de Ptolomeo, cuya versión describe Ireneo con todo detalle.
El mito valentiniano
El mito valentiniano se ha expuesto en otros artículos de Red Historia dedicados a Sofía y al Demiurgo, así que aquí basta con resumir su estructura.
En el principio existe el Padre, llamado Abismo, junto a su compañera Silencio. De ellos emanan parejas de seres divinos, los eones, que juntos forman el Pléroma, la plenitud divina. Son 30 en total, ordenados en grupos de ocho, diez y doce. El último eon, Sofía, la Sabiduría, sintió el deseo de conocer al Padre por sí misma, sin su compañero. Ese deseo desordenado provocó una crisis en el mundo divino. Un poder llamado Límite restauró a Sofía en el Pléroma, pero separó de ella su pasión y la expulsó fuera.
Esa pasión expulsada es Achamot, la Sabiduría inferior. Fuera del Pléroma, sumida en la angustia, Achamot dio origen a la materia a partir de sus emociones: de su miedo, de su tristeza, de su confusión y de su deseo de volver. También formó al Demiurgo, el dios creador, que construyó el mundo y modeló al ser humano sin saber que por encima de él existía un mundo divino. Por eso se creía el único dios. Los valentinianos lo identificaban con el dios del Antiguo Testamento, pero no lo consideraban malvado, como otros gnósticos, sino ignorante y, en cierto modo, justo.
El mito explica también la naturaleza humana. En el ser humano hay tres elementos: la materia, que procede de las pasiones de Achamot; el alma, que procede del Demiurgo; y el espíritu, una semilla divina que Achamot depositó en algunos hombres sin que el Demiurgo lo supiera. De ahí se deriva la célebre división de la humanidad en tres clases: los hílicos o materiales, destinados a perecer; los psíquicos, que pueden salvarse por la fe y las buenas obras; y los pneumáticos o espirituales, que poseen la semilla divina y regresarán al Pléroma por el conocimiento.
Los valentinianos se consideraban pneumáticos. A los cristianos de la gran Iglesia los llamaban psíquicos, no para condenarlos, sino para situarlos en un nivel inferior de comprensión. Esta clasificación explica la ambigua relación de los valentinianos con la Iglesia: no se veían como un grupo separado, sino como la élite espiritual de una comunidad más amplia.
Dos escuelas: la italiana y la oriental
Tras la muerte de Valentín, sus discípulos se dividieron en dos grandes ramas. Hipólito de Roma explica que la diferencia principal se refería al cuerpo de Jesús. La escuela italiana, a la que pertenecían Ptolomeo y Heracleón, sostenía que el cuerpo de Jesús era psíquico, es decir, procedente del Demiurgo y que el Espíritu descendió sobre él en el bautismo. La escuela oriental, representada por Teódoto y Marcos, afirmaba que el cuerpo de Jesús era espiritual desde su nacimiento.
La distinción parece una sutileza teológica, pero tenía consecuencias. Para la escuela italiana, la salvación de los psíquicos, los cristianos corrientes, era posible y deseable y la relación con la gran Iglesia podía mantenerse. La escuela oriental tendía a subrayar más la distancia entre los espirituales y los demás.
Hipólito incluye en la rama oriental a Bardesanes, el filósofo cristiano de la corte del rey Abgar el Grande en Edesa, aunque la mayoría de los investigadores duda de que Bardesanes fuera realmente valentiniano.
Los grandes discípulos
Ptolomeo y la Carta a Flora
Ptolomeo fue el principal sistematizador del mito valentiniano en Roma, hacia la década del 160. La versión que Ireneo describe en Contra las herejías procede de su escuela. Pero el texto suyo que se conserva entero no es un tratado mitológico, sino una carta breve, clara y razonada, dirigida a una mujer cristiana llamada Flora, que Epifanio copió íntegra en su Panarion para refutarla.
La Carta a Flora responde a una pregunta que inquietaba a los cristianos del siglo II: ¿qué valor tiene la ley de Moisés? Algunos, como Marción, sostenían que procedía de un dios malvado y otros afirmaban que venía directamente del Dios supremo. Ptolomeo rechaza ambas posturas y propone una solución intermedia, apoyándose en las palabras de Jesús en los evangelios.
La ley, explica, no procede de una sola fuente. Una parte viene de Dios, otra de Moisés, que la añadió por su cuenta, como el permiso de divorcio y otra de los ancianos del pueblo, que introdujeron sus propias tradiciones. La parte que viene de Dios se divide a su vez en tres: la ley pura, como los diez mandamientos, que Jesús vino a completar; la ley mezclada con injusticia, como la venganza del ojo por ojo, que Jesús abolió; y la ley simbólica, como los sacrificios, la circuncisión o el sábado, que Jesús transformó en sentido espiritual.
El dios que dio esa ley, concluye Ptolomeo, no es el Dios perfecto ni el diablo, sino un dios intermedio, justo pero no bueno en sentido pleno: el Demiurgo. La carta termina con la promesa de explicar más adelante, si Flora lo merece, cómo surgió ese dios de un principio único, según la tradición apostólica que los valentinianos decían haber recibido.
La carta es un texto notable por su claridad y por su tono pedagógico, muy alejado de la imagen de los gnósticos como especuladores delirantes. Contiene además uno de los primeros usos cristianos conocidos del término griego que significa de la misma sustancia, homoousios, la palabra que casi dos siglos después el Concilio de Nicea consagró para definir la relación entre el Padre y el Hijo.
Algunos investigadores han propuesto identificar a este Ptolomeo con un maestro cristiano del mismo nombre que, según Justino Mártir, fue ejecutado en Roma hacia el año 152 por instruir en la fe a una mujer casada. La hipótesis es atractiva pero no puede probarse.
Heracleón, el primer comentarista
Heracleón escribió hacia el año 170 el primer comentario conocido sobre un libro del Nuevo Testamento: un comentario al Evangelio de Juan. La obra se ha perdido, pero Orígenes, al escribir su propio comentario a Juan unos 60 años después, citó y discutió casi 50 fragmentos de Heracleón, lo que permite conocer su método.
Heracleón lee el evangelio buscando su sentido espiritual. En el episodio de la samaritana, por ejemplo, la mujer que va a sacar agua del pozo representa la naturaleza espiritual atrapada en el mundo. El agua del pozo es la vida material, que no sacia; el agua viva que ofrece Jesús es el conocimiento. Los cinco maridos que ha tenido la samaritana simbolizan su unión con la materia y su verdadero esposo es su contraparte celestial en el Pléroma.
Clemente de Alejandría conserva otro fragmento de Heracleón sobre el martirio que ha dado mucho que hablar. Heracleón distingue entre dos formas de confesar a Cristo: con la voz, ante los tribunales y con la fe y la conducta, a lo largo de la vida. La segunda es la verdadera y la primera no es necesaria para todos. Muchos, dice, confesaron con la voz y luego renegaron. Sus adversarios vieron en esta idea un desprecio del martirio, aunque Heracleón no lo condenaba, sino que lo relativizaba.
La importancia de Heracleón es enorme para la historia de la exégesis bíblica. Fue un valentiniano quien inauguró el género del comentario cristiano y Orígenes, el gran exégeta de la Iglesia, construyó en parte su obra discutiendo con él.
Teódoto y la pregunta por el origen
De Teódoto, representante de la escuela oriental, conocemos solo lo que recogió Clemente de Alejandría en una colección de notas llamada Extractos de Teódoto. Contiene una de las frases más citadas de toda la literatura gnóstica, una especie de definición del conocimiento que salva. Según Teódoto, lo que libera al ser humano no es solo el bautismo, sino el conocimiento de quiénes éramos y en qué nos hemos convertido, dónde estábamos y adónde hemos sido arrojados, hacia dónde nos apresuramos y de qué somos redimidos, qué es el nacimiento y qué el renacimiento.
Marcos el Mago
El discípulo más polémico fue Marcos, que actuó en Asia Menor y en el valle del Ródano, en la Galia, donde Ireneo era obispo. Ireneo le dedica varios capítulos llenos de acusaciones. Según él, Marcos practicaba una especulación numérica y alfabética muy elaborada, según la cual cada letra y cada número correspondían a un poder divino. Durante la eucaristía, hacía que el vino del cáliz se volviera rojo como sangre y engañaba a mujeres ricas, a las que convencía de que podían profetizar y a las que después seducía.
Es difícil saber qué hay de cierto en estas acusaciones, que recurren a los tópicos habituales contra los herejes: magia, sexo y dinero. Lo que sí muestra el relato de Ireneo es que los marcosianos tenían una vida ritual intensa y atraían seguidores en la misma región donde Ireneo dirigía su iglesia. Esa competencia directa explica en buena parte la virulencia de su tratado.
Los ritos valentinianos
Los valentinianos no eran solo pensadores. Tenían una práctica religiosa propia, centrada en una serie de ritos que, según ellos, completaban los sacramentos de la Iglesia. El Evangelio de Felipe, un texto valentiniano de Nag Hammadi, resume esa práctica en una frase: el Señor lo hizo todo en un misterio, un bautismo, una unción, una eucaristía, una redención y una cámara nupcial.
El bautismo valentiniano no era el mismo para todos. Los textos distinguen entre un bautismo psíquico, que recibían todos los cristianos y un bautismo espiritual, reservado a los pneumáticos. Ireneo cuenta que algunos grupos valentinianos repetían el bautismo con fórmulas propias.
La redención, en griego apolýtrosis, era un rito que podía administrarse en vida o en el momento de la muerte e Ireneo describe varias versiones. En una de ellas, el moribundo recibía una unción de aceite y agua y se le enseñaban unas fórmulas para pronunciar ante los poderes que intentarían detener su alma al subir. Esas fórmulas coinciden casi palabra por palabra con las que Jesús enseña a Santiago en el Primer Apocalipsis de Santiago, uno de los textos hallados en Nag Hammadi.
La cámara nupcial es el rito más misterioso. El Evangelio de Felipe habla de ella con insistencia, pero de forma alusiva. La idea de fondo parece ser la reunificación del ser humano con su contraparte angélica, su doble celestial, del que quedó separado al caer en el mundo. Igual que Sofía cayó al separarse de su compañero, la salvación consiste en volver a unir lo que estaba separado. Algunos investigadores interpretan el rito como una ceremonia simbólica de unión espiritual y otros lo relacionan con el matrimonio real de las parejas valentinianas. Los heresiólogos acusaron a los valentinianos de practicar en él actos sexuales, pero no hay pruebas de ello.
La relación con la gran Iglesia
Lo que hacía a los valentinianos tan inquietantes para sus adversarios era su cercanía. Ireneo se queja de que hablan como nosotros y piensan de otra forma. Cuenta que los valentinianos se lamentaban de que los obispos los excluyeran de la comunión, cuando ellos confesaban lo mismo que los demás cristianos. La diferencia, decían, estaba solo en el grado de comprensión.
Esta estrategia de permanecer dentro de la Iglesia explica la dureza de la reacción. Para Ireneo, una herejía que se presentaba como una lectura más profunda de la misma fe era mucho más peligrosa que una secta abiertamente separada, como la de Marción. Por eso el primer libro de Contra las herejías se dedica a exponer el mito valentiniano con todo detalle. Ireneo creía que bastaba con mostrarlo a la luz para que su extravagancia lo refutara.
La respuesta de la gran Iglesia a los valentinianos tuvo consecuencias duraderas. Contribuyó a fijar el canon de los cuatro evangelios, a reforzar la autoridad de los obispos como garantes de la tradición apostólica y a formular las primeras reglas de fe, resúmenes de la doctrina que todo cristiano debía aceptar y que están en el origen del credo. En cierto sentido, la ortodoxia se definió frente a los valentinianos.
Una larga supervivencia
Los valentinianos no desaparecieron pronto. En el siglo III siguieron activos en Roma, Alejandría, Antioquía y Asia Menor, y Orígenes discutió con ellos en sus obras. A comienzos del siglo IV, Epifanio de Salamina los conocía todavía y algunos de los códices de Nag Hammadi, copiados hacia mediados del siglo IV, contienen textos valentinianos que alguien seguía leyendo.
Uno de los últimos testimonios es de finales del siglo IV. En el año 388, en Calínico, una ciudad de la frontera del Éufrates, unos monjes que celebraban una procesión fueron insultados por miembros de una comunidad valentiniana e incendiaron su capilla. En el mismo episodio, la multitud cristiana quemó también una sinagoga. El emperador Teodosio ordenó que el obispo local pagara la reconstrucción de la sinagoga y Ambrosio de Milán le escribió una carta célebre para oponerse a la orden. El episodio demuestra que había comunidades valentinianas organizadas, con sus propios lugares de culto, casi 250 años después de la muerte de Valentín.
Las leyes imperiales del siglo V incluyeron a los valentinianos entre los grupos heréticos a los que se prohibía reunirse y su nombre aparece todavía en algunos cánones eclesiásticos del siglo VII. Después se pierde su rastro.
Los principales valentinianos
| Nombre | Época | Obra o fuente | Aportación |
|---|---|---|---|
| Valentín | Hacia 100-160 | Fragmentos en Clemente e Hipólito; quizá el Evangelio de la Verdad | Fundador de la escuela en Roma |
| Ptolomeo | Hacia 160 | Carta a Flora, en Epifanio | Sistematizador del mito; interpretación de la ley de Moisés |
| Heracleón | Hacia 170 | Comentario a Juan, en Orígenes | Primer comentario conocido de un evangelio |
| Teódoto | Finales del siglo II | Extractos de Teódoto, en Clemente | Principal representante de la escuela oriental |
| Marcos | Finales del siglo II | Descrito por Ireneo | Especulación numérica y ritos propios en la Galia y Asia |
El legado de los valentinianos
La influencia de los valentinianos va más allá de su propia historia. Fueron los primeros cristianos en comentar sistemáticamente los textos del Nuevo Testamento, en especial el Evangelio de Juan y las cartas de Pablo. La investigadora Elaine Pagels mostró en los años 70 cómo los valentinianos leían a Pablo como un maestro gnóstico, lo que obligó a los autores de la gran Iglesia a reivindicar al apóstol para sí.
Su teología de los sacramentos, su reflexión sobre el origen del mal y su interpretación alegórica de las Escrituras alimentaron, por reacción, el pensamiento de Ireneo, Clemente, Tertuliano y Orígenes. Algunos términos que se volvieron centrales en la teología cristiana, como homoousios, aparecen por primera vez en textos valentinianos.
En la época moderna, los valentinianos han atraído a pensadores muy diversos. Carl Gustav Jung, cuyo instituto compró el códice de Nag Hammadi que contiene el Evangelio de la Verdad, veía en su mito una descripción simbólica de la psique. El filósofo Hans Jonas los estudió como expresión de una experiencia existencial de extrañeza en el mundo y el crítico literario Harold Bloom llegó a definirse a sí mismo como gnóstico. Para muchos lectores contemporáneos, la pregunta de Teódoto sobre quiénes éramos y adónde hemos sido arrojados sigue siendo actual
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Clemente de Alejandría. Stromata.
- Epifanio de Salamina. Panarion.
- Ireneo de Lyon. Contra los herejes.
- Montserrat Torrents, José (ed.). Los gnósticos. 2 vols. Madrid: Gredos, 1983.
- Piñero, Antonio; Montserrat Torrents, José y García Bazán, Francisco (eds.). Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi. 3 vols. Madrid: Trotta, 1997-2000.
- Tertuliano. Contra los valentinianos.
- Layton, Bentley. The Gnostic Scriptures. Nueva York: Doubleday, 1987.
Bibliografía:
- Dunderberg, Ismo. Beyond Gnostic Myths: The Structure of Life and Society in the School of Valentinus. Nueva York: Columbia University Press, 2008.
- Jonas, Hans. La religión gnóstica. Madrid: Siruela, 2000.
- Markschies, Christoph. Valentinus Gnosticus? Untersuchungen zur valentinianischen Gnosis. Tubinga: Mohr Siebeck, 1992.
- Markschies, Christoph. Gnosis: An Introduction. Londres: T&T Clark, 2003.
- Orbe, Antonio. Estudios valentinianos. 5 vols. Roma: Pontificia Universidad Gregoriana, 1955-1966.
- Pagels, Elaine. The Gnostic Paul: Gnostic Exegesis of the Pauline Letters. Filadelfia: Fortress Press, 1975.
- Pagels, Elaine. The Johannine Gospel in Gnostic Exegesis: Heracleon’s Commentary on John. Nashville: Abingdon, 1973.
- Pagels, Elaine. Los evangelios gnósticos. Barcelona: Crítica, 1982.
- Quispel, Gilles. «Valentinian Gnosis and the Apocryphon of John». En Layton, Bentley (ed.), The Rediscovery of Gnosticism, vol. I. Leiden: Brill, 1980.
- Thomassen, Einar. The Spiritual Seed: The Church of the «Valentinians». Leiden: Brill, 2006.
- Williams, Michael A. Rethinking «Gnosticism». Princeton: Princeton University Press, 1996.
Preguntas frecuentes sobre Valentín y los valentinianos
¿Quién fue Valentín el gnóstico?
Fue un maestro cristiano nacido en Egipto hacia el año 100 y formado en Alejandría, que enseñó en Roma entre los años 136 y 160 aproximadamente. Según Tertuliano, aspiró a ser obispo de Roma y rompió con la Iglesia cuando eligieron a otro. Fundó la escuela gnóstica más influyente de la Antigüedad, aunque de sus escritos solo se conservan unos diez fragmentos. Muchos investigadores le atribuyen el Evangelio de la Verdad, hallado en Nag Hammadi.
¿Es Valentín el gnóstico el mismo que san Valentín?
No. San Valentín, cuya fiesta se celebra el 14 de febrero, fue un mártir romano del siglo III, y la tradición que lo asocia con los enamorados es medieval. Valentín el gnóstico vivió en el siglo II y fue considerado hereje. Solo comparten el nombre, que era bastante común en el mundo romano.
¿Qué creían los valentinianos?
Creían que el mundo material no había sido creado por el Dios supremo, sino por un dios inferior, el Demiurgo, surgido de una caída dentro del mundo divino protagonizada por Sofía. Dividían a la humanidad en tres clases: materiales, psíquicos y espirituales. Los espirituales poseían una semilla divina y se salvaban por el conocimiento. Se consideraban cristianos y participaban en la vida de las iglesias, aunque practicaban ritos propios.
¿Qué es la Carta a Flora?
Es una carta escrita hacia el año 160 por Ptolomeo, discípulo de Valentín, a una mujer cristiana llamada Flora. Explica que la ley de Moisés no procede del Dios supremo ni del diablo, sino de un dios intermedio y justo, y la divide en partes según su origen y su valor. Se conserva completa porque Epifanio de Salamina la copió en el siglo IV para refutarla.
¿Qué era la cámara nupcial de los valentinianos?
Era uno de sus ritos más importantes y misteriosos, mencionado sobre todo en el Evangelio de Felipe. Parece que simbolizaba la reunión del ser humano con su contraparte angélica, de la que había quedado separado al caer en el mundo. Su contenido exacto se desconoce. Los heresiólogos lo acusaron de ser un rito sexual, pero no hay pruebas de ello.
¿Cuándo desaparecieron los valentinianos?
Sobrevivieron más de dos siglos. En el año 388 todavía existía una comunidad valentiniana con su capilla en Calínico, junto al Éufrates, que fue incendiada por unos monjes. Las leyes imperiales del siglo V los incluían entre las herejías prohibidas, y su nombre aparece en algunos textos eclesiásticos del siglo VII. Después desaparecen de las fuentes.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









