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La biblioteca de Nag Hammadi: el hallazgo que cambió la historia del cristianismo

by Marcelo Ferrando Castro
3 octubre, 2026
in Fuentes Históricas, Historia de las Religiones
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Recreación del hallazgo de Nag Hammadi: un campesino egipcio con turbante y galabiya rompe con una azada una gran jarra de barro junto a una roca, al pie de un acantilado con cuevas funerarias, mientras dos jóvenes observan los códices encuadernados en cuero esparcidos por el suelo.

Recreación del momento en que Muhammad Ali al-Samman rompió la jarra al pie del Jabal al-Tarif, en diciembre de 1945. Dentro había 13 códices de papiro con 52 textos, la mayoría desconocidos, que llevaban más de 1.500 años enterrados. Crédito: recreación con IA - Red Historia

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En diciembre de 1945, al pie de un acantilado del Alto Egipto, un campesino llamado Muhammad Ali al-Samman golpeó con su azada una jarra de barro enterrada. Dudó antes de romperla, porque temía que dentro hubiera un genio encerrado, pero acabó haciéndolo con la esperanza de encontrar oro. No había oro. Había 13 libros de papiro encuadernados en cuero, copiados en copto hacia mediados del siglo IV y escondidos allí durante más de 1.500 años.

Esos libros forman la biblioteca de Nag Hammadi, el hallazgo más importante para el estudio del gnosticismo y uno de los grandes descubrimientos de manuscritos del siglo XX, comparable a los rollos del mar Muerto, que aparecieron apenas un año y medio después. Contienen 52 tratados, de los cuales unos 40 eran completamente desconocidos. Entre ellos están el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de la Verdad, el Apócrifo de Juan, los Apocalipsis de Santiago, Pablo, Pedro y Adán y una serie de tratados sobre el origen del mundo, el destino del alma y la naturaleza de Dios que los primeros cristianos habían leído y que la Iglesia había dejado de copiar.

Hasta entonces, los gnósticos solo se conocían por lo que contaban de ellos sus adversarios. Nag Hammadi les devolvió la voz y mostró que el cristianismo de los siglos II y III había sido mucho más diverso de lo que se creía, pero el camino entre la jarra rota y las ediciones publicadas fue largo y accidentado. Los códices pasaron por un asesinato y una venganza de sangre, el horno de una cocina campesina, el despacho de un sacerdote copto, las manos de anticuarios y contrabandistas, un instituto de psicología en Zúrich, una revolución, una guerra y casi 30 años de disputas académicas antes de que el mundo pudiera leerlos completos.

Este artículo cuenta esa historia, explica quién pudo esconder los libros y por qué y recorre el contenido de los 13 códices, uno por uno.

Índice:

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  • Un acantilado junto al Nilo
  • El hallazgo
    • Una venganza de sangre
    • El horno de la cocina
    • El sacerdote y el maestro
  • El largo camino hasta el museo
    • El Códice Jung
  • Casi 30 años para publicar
  • Cómo son los códices
    • El secreto de las tapas
  • Quién escondió la biblioteca y por qué
    • Los monjes pacomianos y la carta de Atanasio
    • Un coleccionista o una tumba
  • Los 13 códices, uno por uno
    • Códice I: el códice valentiniano
    • Códice II: el más famoso
    • Códices III y IV: las otras copias
    • Códice V: el códice de los apocalipsis
    • Códice VI: la sorpresa
    • Códice VII: los textos setianos
    • Códices VIII a XIII: los tratados filosóficos
  • Qué cambió con Nag Hammadi
  • Artículos relacionados con textos gnósticos
  • Fuentes y bibliografía
    • Preguntas frecuentes sobre la Biblioteca de Nag Hammadi
    • ¿Qué es la biblioteca de Nag Hammadi?
    • ¿Quién encontró los manuscritos de Nag Hammadi?
    • ¿Dónde están hoy los códices de Nag Hammadi?
    • ¿Quién escondió la biblioteca de Nag Hammadi?
    • ¿Qué textos se encontraron en Nag Hammadi?
    • ¿Qué relación tiene Nag Hammadi con los manuscritos del mar Muerto?
    • ¿Se pueden leer los textos de Nag Hammadi en español?

Un acantilado junto al Nilo

El escenario del hallazgo es el Jabal al-Tarif, un acantilado de piedra caliza que se eleva sobre la orilla derecha del Nilo, a unos diez kilómetros al noreste de la ciudad de Nag Hammadi, en la provincia de Qena. Al pie del acantilado se extiende una franja de tierra de cultivo y en la roca se abren decenas de cuevas que se usaron como tumbas desde la época faraónica. Algunas datan del Imperio Antiguo, hace más de 4.000 años.

En la Antigüedad tardía, esta zona fue uno de los núcleos del primer monacato cristiano. A pocos kilómetros, al otro lado del río, estaba Shenesit, la antigua Chenoboskion, donde Pacomio, el fundador del monacato cenobítico, empezó su vida religiosa a comienzos del siglo IV. Algo más lejos se levantaban Tabennisi, donde fundó su primer monasterio hacia el año 323 y Pbow, que se convirtió en la sede central de la federación de monasterios pacomianos. Hacia mediados del siglo IV, la región estaba salpicada de comunidades de monjes que vivían, trabajaban y rezaban según una regla común.

Este contexto será decisivo para entender quién escondió la biblioteca. Pero en 1945 nadie pensaba en monjes. El valle era tierra de campesinos, los fellahin, que trabajaban los campos y buscaban al pie de los acantilados el sabakh, una tierra rica en nitratos que se usaba como fertilizante.

El hallazgo

La reconstrucción más detallada del descubrimiento se debe al estudioso estadounidense James M. Robinson, que en los años 70 viajó varias veces a la región, localizó a los protagonistas y los entrevistó. Su relato, con todas las reservas que impone basarse en recuerdos de 30 años antes, es el que se sigue habitualmente.

Según Robinson, a comienzos de diciembre de 1945, Muhammad Ali al-Samman, un campesino de la aldea de al-Qasr, fue con sus hermanos y otros hombres al Jabal al-Tarif a buscar sabakh. Junto a una gran roca caída, la azada golpeó una jarra de barro de aproximadamente un metro de altura, sellada con un cuenco. Muhammad Ali dudó en abrirla. Temía que contuviera un jinn, un espíritu, que escaparía al romperla, pero luego pensó que podía guardar oro y la rompió con la azada.

Dentro había libros. Muhammad Ali, decepcionado, los repartió con sus compañeros, que no mostraron interés, así que se los llevó a casa envueltos en su túnica. Algunas hojas sueltas de papiro, según contó, se dispersaron con el viento.

Una venganza de sangre

El destino de los códices quedó enredado en una tragedia familiar. Unos meses antes, el padre de Muhammad Ali, que trabajaba como vigilante nocturno de maquinaria de riego, había matado a un ladrón y había sido asesinado a su vez en represalia. Según la costumbre de la región, la familia estaba obligada a vengarse.

Poco después del hallazgo, la madre de Muhammad Ali les avisó de que el presunto asesino, un hombre de la aldea vecina de Hamra Dum, dormía junto al camino. Muhammad Ali y sus hermanos lo atacaron con las azadas y lo mataron. Según el relato recogido por Robinson, le arrancaron el corazón y se lo comieron, el acto supremo de la venganza de sangre.

El asesinato tuvo consecuencias para los manuscritos. La policía empezó a registrar la casa de la familia y Muhammad Ali, temiendo que encontraran los libros y los confiscaran, o que sirvieran de prueba contra él, decidió deshacerse de ellos.

El horno de la cocina

Antes de eso, sin embargo, parte de los papiros sufrió un destino peor. Muhammad Ali contó a Robinson que había dejado los libros en la casa junto al horno de barro donde su madre cocía el pan y que ella, sin conceder ningún valor a aquellos papeles viejos, usó algunas hojas para encender el fuego.

La historia se repite en casi todos los relatos del hallazgo, pero los especialistas dudan de su alcance. Es posible que se quemaran algunas hojas sueltas o los papiros que servían para rellenar las tapas, pero la mayoría de los códices se conservan casi completos y las lagunas que presentan se explican mejor por el deterioro natural y por el trato que recibieron después. En todo caso, el episodio forma parte de la leyenda de Nag Hammadi.

El sacerdote y el maestro

Para proteger los libros de los registros policiales, Muhammad Ali dejó al menos uno de los códices en casa de un sacerdote copto de al-Qasr, al-Qummus Basiliyus Abd al-Masih. El cuñado del sacerdote, Raghib Andrawus, que trabajaba como maestro itinerante de historia y lengua inglesa en las escuelas de la región, vio el libro durante una visita y sospechó que podía tener valor.

Raghib llevó el códice a El Cairo y lo mostró a un médico copto, que lo puso en contacto con el Museo Copto. El director del museo, Togo Mina, reconoció su importancia y el 4 de octubre de 1946 el museo adquirió el que hoy se conoce como Códice III. Fue el primero de la colección que llegó a manos de una institución pública.

Los demás códices siguieron otro camino. Muhammad Ali y otros vecinos los vendieron por cantidades insignificantes a comerciantes locales, que a su vez los revendieron en el mercado de antigüedades de El Cairo. La mayoría acabó en manos de Phocion Tano, un anticuario chipriota establecido en la capital. Otra parte pasó a una coleccionista italiana, Maria Dattari y a un comerciante belga, Albert Eid.

El largo camino hasta el museo

En 1947, un joven estudioso francés, Jean Doresse, examinó el Códice III en el Museo Copto y se dio cuenta de que contenía textos gnósticos desconocidos. Al año siguiente vio el lote de Tano y comprendió la magnitud del hallazgo. Doresse visitó la región de Nag Hammadi en 1950, intentó localizar el lugar exacto y publicó las primeras noticias del descubrimiento en la prensa francesa y en revistas especializadas.

El gobierno egipcio actuó para evitar que los códices salieran del país. En 1949 se prohibió su exportación y en 1952, tras un largo proceso, la colección de Tano fue declarada propiedad nacional y depositada en el Museo Copto. Tano recibió una compensación que él siempre consideró insuficiente. Las vicisitudes políticas de Egipto en esos años, con la revolución de 1952 que derrocó al rey Faruk y la crisis de Suez de 1956, retrasaron todavía más el estudio de los manuscritos.

El Códice Jung

Un códice se escapó. Albert Eid sacó de Egipto de contrabando la mayor parte del que hoy se conoce como Códice I y lo ofreció en venta en Estados Unidos y Europa. Durante un tiempo no encontró comprador. En 1952, el historiador neerlandés Gilles Quispel, que conocía el valor del manuscrito, convenció al Instituto Carl Gustav Jung de Zúrich para que lo comprara con fondos de un mecenas. El códice fue entregado al psicólogo suizo en una ceremonia el 15 de noviembre de 1953 y desde entonces se le conoce como Códice Jung.

Jung tenía un interés profundo por el gnosticismo. Veía en sus mitos, con sus caídas, sus emanaciones divinas y su búsqueda de la chispa interior, una expresión simbólica de los procesos del inconsciente y del camino hacia la individuación. Había leído con atención a los heresiólogos antiguos y había escrito incluso, en su juventud, un texto visionario en estilo gnóstico, los Siete sermones a los muertos, firmado con el nombre de Basílides, un maestro gnóstico de Alejandría.

El Códice Jung contenía, entre otros textos, el Evangelio de la Verdad, que fue el primer texto de Nag Hammadi publicado en edición completa, en 1956. El acuerdo de compra preveía que el códice regresara a Egipto tras su publicación y así ocurrió de forma escalonada entre 1961 y 1975. Hoy está en el Museo Copto con los demás.

Casi 30 años para publicar

La publicación de la biblioteca se convirtió en uno de los grandes escándalos académicos del siglo XX. Los textos estaban en manos de un pequeño número de especialistas y sus ediciones avanzaban muy despacio. Algunos investigadores tenían acceso a las fotografías y otros no y las disputas por los derechos de publicación se mezclaban con rivalidades personales y nacionales.

El Evangelio de Tomás se publicó en 1959, en una edición preparada por un equipo internacional y causó sensación. Pero en los años 60, más de 15 años después del hallazgo, la mayoría de los textos seguían inéditos.

La situación cambió gracias a la intervención de la UNESCO y del gobierno egipcio, que en 1970 crearon un Comité Internacional para los Códices de Nag Hammadi. El secretario permanente del comité fue James M. Robinson, profesor en Claremont, California, que dirigía un ambicioso proyecto de traducción y edición. Su estrategia consistió en publicar primero una edición facsímil de todos los códices, con fotografías de cada página, de modo que cualquier investigador pudiera trabajar con los textos sin depender de los editores oficiales. Los diez volúmenes del facsímil aparecieron entre 1972 y 1977.

En 1977, Robinson publicó además The Nag Hammadi Library in English, la primera traducción completa de todos los textos a una lengua moderna. Por fin, 32 años después de que Muhammad Ali rompiera la jarra, cualquier lector podía conocer la biblioteca entera. En español, la edición de referencia es la que dirigieron Antonio Piñero, José Montserrat Torrents y Francisco García Bazán, publicada por Trotta en tres volúmenes entre 1997 y 2000.

Cómo son los códices

Los códices de Nag Hammadi son libros, no rollos. El formato de códice, con hojas dobladas y cosidas, como un libro moderno, se había impuesto entre los cristianos desde muy pronto, mientras que la literatura pagana seguía usando el rollo. Los códices de Nag Hammadi son de papiro y están encuadernados en cuero, con solapas que se cerraban con tiras de piel, una encuadernación sorprendentemente sólida que explica en parte su buena conservación.

Hay 12 códices y ocho hojas sueltas de un decimotercero, que se encontraron dentro de la tapa del Códice VI. Las hojas suman en total más de 1.000 páginas, aunque muchas están dañadas. Contienen 52 tratados, pero algunos aparecen repetidos en varias copias, como el Apócrifo de Juan, que se conserva tres veces, de modo que el número de obras distintas ronda las 46. De ellas, unas 40 eran desconocidas antes del hallazgo.

Los textos están escritos en copto, la última fase de la lengua egipcia, que se escribía con el alfabeto griego más algunas letras tomadas del demótico. La mayoría están en sahídico, el dialecto del Alto Egipto, aunque algunos códices presentan rasgos de otros dialectos regionales. Casi todas las obras son traducciones de originales griegos, compuestos en los siglos II y III en ciudades como Alejandría, Antioquía o Edesa.

Los códices no fueron copiados por una sola mano. Los especialistas han identificado una docena de escribas distintos y los libros presentan diferencias de formato, de tamaño y de calidad que indican que no se produjeron como una colección unitaria. Algunos copistas dejaron notas personales. Al final de uno de los textos del Códice II, el escriba pide a sus hermanos que lo recuerden en sus oraciones. En el Códice VI, otro copista explica que ha copiado un discurso de entre los muchos que le han llegado y que duda si deben copiarse los demás, porque quizá sus lectores ya los tienen.

El secreto de las tapas

Una de las claves para fechar la biblioteca estaba escondida dentro de las encuadernaciones. Para dar rigidez a las tapas de cuero, los encuadernadores las rellenaban con papiros de desecho pegados en capas, lo que se llama cartonaje. Ese papiro reciclado incluía cartas, recibos, contratos y documentos administrativos que ya no servían.

Al despegar el cartonaje del Códice VII, los investigadores encontraron documentos con fechas de los años 341, 346 y 348. Los códices tuvieron que encuadernarse, por tanto, después del 348 y probablemente no mucho más tarde. Algunos de esos documentos mencionan nombres de monjes y términos propios de la vida monástica, lo que alimentó la hipótesis de que la biblioteca procedía de un monasterio.

Quién escondió la biblioteca y por qué

La pregunta de quién enterró los códices al pie del Jabal al-Tarif no tiene una respuesta segura, pero hay dos grandes hipótesis.

Los monjes pacomianos y la carta de Atanasio

La explicación más difundida relaciona la biblioteca con los monasterios pacomianos de la región y su argumento principal es una fecha. En el año 367, el obispo Atanasio de Alejandría, el gran defensor de la ortodoxia nicena, envió su 39.ª Carta Festal a las iglesias de Egipto. Estas cartas se escribían cada año para anunciar la fecha de la Pascua, pero Atanasio aprovechó esta para fijar la lista de los libros aceptados como Escritura. Es el primer documento conocido que enumera exactamente los 27 libros del Nuevo Testamento actual. La carta condenaba además los libros apócrifos, que los herejes habían inventado para engañar a los sencillos.

Según una de las biografías de Pacomio, Teodoro, el abad de Pbow, mandó traducir la carta al copto y la hizo colocar en los monasterios para que sirviera de norma. La hipótesis sugiere que algunos monjes, que conservaban en sus bibliotecas textos ahora prohibidos, decidieron esconderlos en lugar de destruirlos, quizá con la esperanza de recuperarlos más adelante. La jarra sellada y el lugar elegido, una zona de tumbas que nadie removía, encajarían con esa intención.

Los defensores de esta hipótesis, como Hugo Lundhaug y Lance Jenott en un estudio de 2015, señalan además que los monasterios pacomianos tenían bibliotecas y escribas, que los monjes leían una gran variedad de textos y que la frontera entre la ortodoxia y la herejía no estaba tan clara en el siglo IV como lo estaría después. Un monje podía leer el Evangelio de Tomás o el Apócrifo de Juan como literatura espiritual sin considerarse gnóstico.

Un coleccionista o una tumba

La hipótesis alternativa sostiene que la biblioteca no pertenecía a un monasterio, sino a uno o varios particulares, quizá un grupo de cristianos interesados en estos textos o un coleccionista culto. La heterogeneidad de los códices, copiados por manos distintas y con formatos diversos, sugiere una colección reunida poco a poco más que la producción organizada de un scriptorium monástico.

Algunos investigadores han propuesto también que los libros se enterraron como ajuar funerario, siguiendo una costumbre egipcia muy antigua de depositar textos religiosos junto a los muertos. El Jabal al-Tarif era una necrópolis y otros manuscritos cristianos de la época han aparecido en tumbas.

El debate sigue abierto. Lo que parece claro es que quien escondió la biblioteca lo hizo con cuidado, en un recipiente sellado y en un lugar elegido, y que valoraba esos libros lo suficiente como para preservarlos.

Los 13 códices, uno por uno

La biblioteca no está organizada temáticamente. Cada códice reúne textos de procedencias distintas y a menudo un texto setiano aparece junto a uno valentiniano o a uno sin relación con el gnosticismo.

CódiceTextos principales
I (Jung)Oración del apóstol Pablo, Apócrifo de Santiago, Evangelio de la Verdad, Tratado sobre la resurrección, Tratado Tripartito
IIApócrifo de Juan, Evangelio de Tomás, Evangelio de Felipe, Hipóstasis de los arcontes, Sobre el origen del mundo, Exégesis sobre el alma, Libro de Tomás el Contendiente
IIIApócrifo de Juan, Evangelio de los egipcios, Eugnosto el bienaventurado, Sofía de Jesucristo, Diálogo del Salvador
IVApócrifo de Juan, Evangelio de los egipcios
VEugnosto el bienaventurado, Apocalipsis de Pablo, Primer y Segundo Apocalipsis de Santiago, Apocalipsis de Adán
VIHechos de Pedro y los doce apóstoles, El trueno: mente perfecta, Enseñanza autorizada, fragmento de la República de Platón, tres textos herméticos
VIIParáfrasis de Sem, Segundo tratado del gran Set, Apocalipsis de Pedro, Enseñanzas de Silvano, Tres estelas de Set
VIIIZostriano, Carta de Pedro a Felipe
IXMelquisedec, Pensamiento de Norea, Testimonio de la verdad
XMarsanes
XIInterpretación del conocimiento, Exposición valentiniana, Alógenes, Hipsifrone
XIISentencias de Sexto, fragmentos del Evangelio de la Verdad
XIIIProtennoia trimorfa, comienzo de Sobre el origen del mundo

Códice I: el códice valentiniano

El Códice Jung es el más homogéneo de la colección. Casi todos sus textos proceden de la escuela de Valentín. Abre con una breve Oración del apóstol Pablo, escrita en la guarda del libro, y sigue con el Apócrifo de Santiago, una carta en la que Santiago cuenta una revelación que Jesús les hizo a él y a Pedro 550 días después de la resurrección.

El texto más célebre del códice es el Evangelio de la Verdad, una meditación poética sobre cómo la ignorancia del Padre produjo el error y la angustia y cómo Jesús vino a disiparlos con el conocimiento. Su estilo es tan elevado que muchos investigadores lo atribuyen al propio Valentín. Completan el códice el Tratado sobre la resurrección, también llamado Carta a Reginos, que defiende una resurrección espiritual que ya se ha producido para quien posee el conocimiento, y el Tratado Tripartito, la exposición sistemática más extensa de la teología valentiniana.

Códice II: el más famoso

El Códice II es el más conocido de la biblioteca, porque reúne algunos de sus textos más influyentes. Abre con la versión larga del Apócrifo de Juan, el gran mito setiano sobre el origen del mundo, en el que Cristo revela al apóstol Juan cómo Sofía dio origen al Demiurgo Yaldabaot y cómo este creó el mundo y a la humanidad.

Le sigue el Evangelio de Tomás, una colección de 114 dichos de Jesús que comienza afirmando que son las palabras secretas que pronunció Jesús el viviente y que escribió Dídimo Judas Tomás. Muchos dichos tienen paralelos en los evangelios canónicos y algunos investigadores consideran que ciertas versiones podrían ser incluso más antiguas. Otros, como el que promete que quien encuentre la interpretación de estas palabras no probará la muerte, revelan una orientación propia.

El Evangelio de Felipe, a continuación, es una antología de reflexiones valentinianas sobre los sacramentos, entre ellos el misterioso rito de la cámara nupcial. Contiene el pasaje, dañado por una laguna en el papiro, que describe a María Magdalena como la compañera de Jesús, a quien él amaba más que a todos los discípulos y a quien besaba a menudo. La palabra que falta en el papiro, en el lugar donde Jesús besaba a María, ha dado lugar a ríos de tinta.

El códice incluye además la Hipóstasis de los arcontes, un relato del origen de los poderes que gobiernan el mundo, Sobre el origen del mundo, la Exégesis sobre el alma, que narra la caída y la redención del alma como una mujer prostituida que vuelve a su esposo celestial y el Libro de Tomás el Contendiente, un diálogo ascético entre Jesús y Tomás.

Códices III y IV: las otras copias

El Códice III, el primero que llegó al Museo Copto, contiene la versión breve del Apócrifo de Juan, el Evangelio de los egipcios, también llamado Libro sagrado del gran Espíritu invisible, una obra setiana que no tiene relación con el evangelio del mismo nombre citado por Clemente de Alejandría. Incluye también dos textos muy interesantes para entender cómo se formaron los escritos gnósticos: Eugnosto el bienaventurado, un tratado filosófico sobre el mundo divino sin ningún elemento cristiano y la Sofía de Jesucristo, que reproduce casi el mismo contenido en forma de diálogo entre Cristo resucitado y sus discípulos. La comparación entre ambos muestra cómo un texto filosófico podía cristianizarse convirtiéndolo en una revelación de Jesús. El códice termina con el Diálogo del Salvador.

El Códice IV, muy dañado, contiene otra copia de la versión larga del Apócrifo de Juan y otra del Evangelio de los egipcios.

Códice V: el códice de los apocalipsis

El Códice V reúne cinco revelaciones. Después de una segunda copia de Eugnosto, contiene el Apocalipsis de Pablo gnóstico, en el que el apóstol asciende hasta el décimo cielo y se enfrenta a un anciano que representa al Demiurgo. Siguen los dos Apocalipsis de Santiago, el primero un diálogo entre Jesús y su hermano sobre el ascenso del alma y el segundo un discurso de Santiago en el templo que termina con su lapidación. El códice cierra con el Apocalipsis de Adán, en el que Adán revela a su hijo Set la historia futura de la humanidad y la venida de un iluminador.

Códice VI: la sorpresa

El Códice VI es el más variado de la biblioteca y el que más sorprendió a los investigadores. Abre con los Hechos de Pedro y los doce apóstoles, un relato en el que los apóstoles encuentran a un misterioso vendedor de perlas que resulta ser Cristo.

Contiene a continuación uno de los textos más enigmáticos de toda la colección, El trueno: mente perfecta, un poema en el que una voz femenina se define a través de paradojas: es la primera y la última, la honrada y la despreciada, la prostituta y la santa, la esposa y la virgen. No menciona a Cristo ni contiene ningún mito gnóstico reconocible y su clasificación sigue siendo un misterio.

El códice incluye además un fragmento de la República de Platón, el célebre pasaje del libro IX que compara el alma humana con una criatura compuesta de un monstruo de muchas cabezas, un león y un hombre. La traducción copta es tan torpe que el traductor no parece haber entendido bien el original. Cierran el códice tres textos herméticos, atribuidos a la tradición de Hermes Trismegisto: un diálogo sobre la Ogdóada y la Enéada, una oración de acción de gracias y un fragmento del tratado Asclepio, conocido antes solo en latín. Ninguno de estos textos es gnóstico en sentido estricto, lo que demuestra que quien reunió la biblioteca tenía intereses amplios.

Códice VII: los textos setianos

El Códice VII, el de las fechas del cartonaje, contiene varios textos setianos: la Paráfrasis de Sem, el Segundo tratado del gran Set y las Tres estelas de Set, una serie de himnos para el ascenso del alma. Incluye también el Apocalipsis de Pedro gnóstico, que presenta a un Jesús que ríe en lo alto mientras crucifican a su parte carnal y las Enseñanzas de Silvano, una colección de consejos morales de tradición cristiana alejandrina sin rasgos gnósticos.

Códices VIII a XIII: los tratados filosóficos

Los últimos códices están peor conservados, pero contienen textos de gran interés. El Códice VIII incluye Zostriano, un largo tratado sobre el ascenso del alma por los niveles del mundo divino, y la Carta de Pedro a Felipe, también conservada en el Códice Tchacos. El Códice IX contiene Melquisedec, el Pensamiento de Norea y el Testimonio de la verdad, que ataca con dureza a los cristianos de la gran Iglesia. El Códice X conserva solo Marsanes, otro tratado filosófico setiano.

El Códice XI reúne dos textos valentinianos, la Interpretación del conocimiento y la Exposición valentiniana, acompañada de breves fragmentos sobre los ritos de la unción, el bautismo y la eucaristía, y dos textos setianos, Alógenes y Hipsifrone. El Códice XII contiene las Sentencias de Sexto, una colección de máximas morales muy popular entre los monjes y fragmentos de otra copia del Evangelio de la Verdad. Las ocho hojas del Códice XIII conservan la Protennoia trimorfa, un himno setiano en el que el Pensamiento divino desciende tres veces al mundo, y el comienzo de Sobre el origen del mundo.

Zostriano y Alógenes tienen una historia especial. Porfirio, el discípulo de Plotino, cuenta en su biografía del filósofo que algunos cristianos del círculo romano de su maestro, hacia el año 260, leían revelaciones atribuidas a Zostriano y a Alógenes y que la escuela de Plotino escribió refutaciones contra ellas. Hasta 1945 eran solo títulos. Nag Hammadi demostró que los gnósticos y los neoplatónicos habían debatido sobre los mismos textos.

Qué cambió con Nag Hammadi

El hallazgo de Nag Hammadi transformó el estudio de los orígenes del cristianismo en varios sentidos.

El primero fue que, por fin, los gnósticos hablaban por sí mismos. Los textos confirmaron que los heresiólogos como Ireneo habían descrito con bastante precisión algunos mitos, pero también mostraron que su imagen era parcial. Los gnósticos no eran solo especuladores excéntricos con mitologías absurdas. Muchos de sus textos son profundamente espirituales, con una calidad literaria y una seriedad filosófica que sus adversarios nunca reconocieron.

El segundo fue que el cristianismo primitivo resultó mucho más diverso de lo que se creía. Durante siglos se había pensado que existía una doctrina original de la que los herejes se habían desviado. Los textos de Nag Hammadi mostraron que, en los siglos II y III, distintos grupos se consideraban igualmente cristianos, leían los mismos evangelios de formas muy diferentes y producían su propia literatura. La ortodoxia no fue el punto de partida, sino el resultado de un largo proceso de debate y selección.

El tercero fue el Evangelio de Tomás, que abrió un debate que sigue vivo sobre los dichos de Jesús. Su forma, una colección de dichos sin narración, coincide con la que los investigadores atribuían a la fuente hipotética Q, utilizada por Mateo y Lucas. Algunos especialistas, como los del llamado Seminario de Jesús en Estados Unidos, lo consideraron una fuente tan valiosa como los evangelios canónicos para conocer al Jesús histórico. Otros lo consideran un texto tardío que depende de ellos. La discusión ha generado una bibliografía enorme.

El cuarto fue su impacto cultural. El libro Los evangelios gnósticos, publicado por Elaine Pagels en 1979, presentó al gran público los textos de Nag Hammadi como testimonio de un cristianismo alternativo, más abierto a la experiencia personal y al papel de las mujeres y se convirtió en un éxito de ventas. Desde entonces, la biblioteca ha inspirado novelas, películas y movimientos espirituales, aunque generalmente con interpretaciones que los especialistas consideran simplificadoras.

Nag Hammadi se descubrió además en el mismo momento histórico que los manuscritos del mar Muerto, hallados en Qumrán a partir de 1947. Ambos descubrimientos, uno para el judaísmo del Segundo Templo y otro para el cristianismo primitivo, cambiaron en una sola generación lo que se sabía sobre los orígenes de las dos religiones.

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  • Hechos apócrifos: historias de apóstoles que la iglesia suprimió
  • Gnosticismo: gnosis y dualismo en el cristianismo primitivo
  • Apocalipsis de Santiago: los dos textos gnósticos sobre el hermano de Jesús
  • Platón: el teórico de las formas y fundador de la Academia

Fuentes y bibliografía

Ediciones y traducciones:

  • Meyer, Marvin (ed.). The Nag Hammadi Scriptures: The International Edition. Nueva York: HarperOne, 2007.
  • Piñero, Antonio; Montserrat Torrents, José y García Bazán, Francisco (eds.). Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi. 3 vols. Madrid: Trotta, 1997-2000.
  • Robinson, James M. (ed.). The Facsimile Edition of the Nag Hammadi Codices. 12 vols. Leiden: Brill, 1972-1984.
  • Robinson, James M. (ed.). The Nag Hammadi Library in English. Leiden: Brill, 1977 (edición revisada de 1988).
  • Mahé, Jean-Pierre y Poirier, Paul-Hubert (dirs.). Écrits gnostiques. La bibliothèque de Nag Hammadi. París: Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, 2007.
  • Layton, Bentley. The Gnostic Scriptures. Nueva York: Doubleday, 1987.

Estudios sobre el hallazgo y la colección:

  • Doresse, Jean. The Secret Books of the Egyptian Gnostics. Londres: Hollis & Carter, 1960.
  • Goodacre, Mark. «How Reliable Is the Story of the Nag Hammadi Discovery?». Journal for the Study of the New Testament 35 (2013), pp. 303-322.
  • Lundhaug, Hugo y Jenott, Lance. The Monastic Origins of the Nag Hammadi Codices. Tubinga: Mohr Siebeck, 2015.
  • Robinson, James M. The Nag Hammadi Story. 2 vols. Leiden: Brill, 2014.
  • Robinson, James M. «The Discovery of the Nag Hammadi Codices». Biblical Archaeologist 42 (1979), pp. 206-224.
  • Scholer, David M. Nag Hammadi Bibliography. Leiden: Brill, 1971-2009.

Estudios sobre el gnosticismo y los textos:

  • Brakke, David. The Gnostics: Myth, Ritual, and Diversity in Early Christianity. Cambridge: Harvard University Press, 2010.
  • Jonas, Hans. La religión gnóstica. Madrid: Siruela, 2000.
  • King, Karen L. What Is Gnosticism? Cambridge: Harvard University Press, 2003.
  • Markschies, Christoph. Gnosis: An Introduction. Londres: T&T Clark, 2003.
  • Pagels, Elaine. Los evangelios gnósticos. Barcelona: Crítica, 1982.
  • Rudolph, Kurt. Gnosis: The Nature and History of Gnosticism. San Francisco: Harper & Row, 1983.
  • Williams, Michael A. Rethinking «Gnosticism». Princeton: Princeton University Press, 1996.

Preguntas frecuentes sobre la Biblioteca de Nag Hammadi

¿Qué es la biblioteca de Nag Hammadi?

Es una colección de 13 códices de papiro en copto, con 52 tratados, descubierta en diciembre de 1945 cerca de la ciudad de Nag Hammadi, en el Alto Egipto. Los códices se copiaron hacia mediados del siglo IV, aunque la mayoría de los textos se compusieron en griego en los siglos II y III. Contiene sobre todo textos gnósticos, como el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe y el Apócrifo de Juan, además de textos herméticos y un fragmento de Platón.

¿Quién encontró los manuscritos de Nag Hammadi?

Un campesino llamado Muhammad Ali al-Samman, que buscaba fertilizante con sus hermanos al pie del acantilado de Jabal al-Tarif. Encontró una jarra de barro sellada con los códices dentro. La reconstrucción más detallada del hallazgo se debe al investigador estadounidense James M. Robinson, que entrevistó a los protagonistas en los años 70.

¿Dónde están hoy los códices de Nag Hammadi?

En el Museo Copto de El Cairo. El Códice III fue el primero en llegar, en 1946. La mayoría de los demás se confiscaron a un anticuario y se declararon propiedad nacional en 1952. El Códice I, que salió de Egipto de contrabando y fue comprado por el Instituto Jung de Zúrich, regresó al museo entre 1961 y 1975.

¿Quién escondió la biblioteca de Nag Hammadi?

No se sabe con certeza. La hipótesis más difundida atribuye el escondite a monjes de los monasterios pacomianos de la región, que habrían ocultado los libros tras la carta del obispo Atanasio del año 367 que condenaba los apócrifos. Otros investigadores piensan que la colección pertenecía a particulares o que se enterró como ajuar funerario en una tumba.

¿Qué textos se encontraron en Nag Hammadi?

Entre los más conocidos están el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de la Verdad, el Apócrifo de Juan, la Sofía de Jesucristo, los dos Apocalipsis de Santiago, los Apocalipsis de Pablo, Pedro y Adán, Zostriano, Alógenes y El trueno: mente perfecta. La colección incluye también textos herméticos, las Sentencias de Sexto y un fragmento de la República de Platón.

¿Qué relación tiene Nag Hammadi con los manuscritos del mar Muerto?

Ninguna directa. Los manuscritos del mar Muerto se encontraron en Qumrán, en Palestina, a partir de 1947, y son textos judíos de entre el siglo III a.C. y el siglo I d.C. Los de Nag Hammadi son textos cristianos y gnósticos de los siglos II al IV, encontrados en Egipto. Los dos hallazgos se produjeron casi a la vez y ambos transformaron el estudio de los orígenes del judaísmo y del cristianismo.

¿Se pueden leer los textos de Nag Hammadi en español?

Sí. La edición de referencia es Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, dirigida por Antonio Piñero, José Montserrat Torrents y Francisco García Bazán y publicada por la editorial Trotta en tres volúmenes entre 1997 y 2000. Incluye la traducción de todos los textos con introducciones y notas.

Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.

Tags: CristianismoGnosticismoTextos apócrifosTextos gnósticos
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