En su Segunda Epístola a los Corintios, Pablo de Tarso cuenta que conoció a un hombre que fue arrebatado hasta el tercer cielo, al paraíso, y que allí escuchó palabras inefables que a ningún ser humano le está permitido pronunciar. El hombre era él mismo y el silencio que impuso sobre aquella experiencia duró unos tres siglos. A finales del siglo IV, un autor anónimo decidió romperlo. El Apocalipsis de Pablo, conocido en la tradición latina como Visio Pauli, relata con todo detalle lo que el apóstol habría visto en ese viaje: cómo muere el justo y cómo muere el pecador, la ciudad dorada de Cristo con sus cuatro ríos y un infierno al otro lado del océano donde sufren adúlteros, usureros e impíos, pero también obispos, sacerdotes y diáconos.
El texto toma la estructura del Apocalipsis de Pedro, escrito en el siglo II y la amplía en todas las direcciones. Donde Pedro describía castigos, Pablo añade el juicio individual del alma en el momento de la muerte, un recorrido completo por el paraíso y una galería de condenados que refleja las preocupaciones de la Iglesia del siglo IV: la disciplina del clero, la ortodoxia sobre la encarnación y la soberbia de los ascetas. Termina con un gesto que la Edad Media recordaría durante siglos: gracias a las lágrimas de Pablo y a la intercesión del arcángel Miguel, Cristo concede a los condenados un día de descanso en el infierno.
Ningún concilio lo aceptó. San Agustín se burló de él, el Decreto Gelasiano lo incluyó entre los libros apócrifos y el historiador Sozomeno desmintió la leyenda de su hallazgo. Nada de eso impidió que se convirtiera en uno de los textos más copiados de la Edad Media. Se tradujo al siríaco, al copto, al armenio, al etíope y al eslavo, y en Occidente circuló en decenas de versiones latinas y en casi todas las lenguas vernáculas, del inglés antiguo al provenzal. Cuando Dante hace decir a su personaje, al comienzo del Infierno, que él no es Eneas ni Pablo, está citando la tradición que este texto había creado. Para entender cómo imaginó Europa el más allá antes de la Divina Comedia, el Apocalipsis de Pablo es el documento clave.
Lo que Pablo no podía decir
Todo empieza con un pasaje de apenas cuatro versículos. En el capítulo 12 de la Segunda Epístola a los Corintios, escrita hacia el año 55, Pablo se defiende de unos rivales que presumían de visiones y revelaciones. Con una ironía evidente, cuenta que conoce a un hombre en Cristo que 14 años antes fue arrebatado al tercer cielo, no sabe si en el cuerpo o fuera del cuerpo y que en el paraíso escuchó palabras que no se pueden decir.
Pablo no describe nada más. Su argumento es precisamente que no necesita presumir de lo que vio, porque su autoridad descansa en la debilidad y no en las experiencias extáticas. Para sus lectores posteriores, sin embargo, ese silencio era una invitación. ¿Qué había visto el apóstol en el tercer cielo? ¿Qué palabras eran esas que ningún hombre podía pronunciar?
La tentación de rellenar el hueco fue antigua y no se limitó a un solo texto. En el siglo II ya circulaban relatos sobre la ascensión de Pablo y en la biblioteca de Nag Hammadi apareció un apocalipsis gnóstico con su nombre, del que hablaremos al final. El Apocalipsis de Pablo que conoció la Edad Media es, sin embargo, el más ambicioso de todos. Su autor no se conforma con insinuar: convierte las palabras inefables en un reportaje de decenas de capítulos.
La paradoja no pasó inadvertida. Agustín de Hipona, en uno de sus Tratados sobre el Evangelio de Juan, se refiere a unos hombres vanos que, con una presunción necia, han inventado un Apocalipsis de Pablo lleno de no se sabe qué fábulas y que la Iglesia sana no recibe. Su objeción era sencilla: si Pablo oyó cosas que no se pueden decir, ¿cómo pudo escribirlas alguien?
Una caja de mármol en Tarsos
El texto se presenta con una leyenda de hallazgo que buscaba resolver esa objeción. En el prólogo de las versiones largas se cuenta que, durante el consulado del emperador Teodosio y de Cinegio, es decir, en el año 388, un hombre noble que vivía en Tarsos, en la antigua casa de Pablo, recibió varias veces la visita de un ángel. El ángel le ordenó excavar los cimientos de la casa y allí apareció una caja de mármol que contenía el relato de la revelación, junto con los zapatos que el apóstol usaba para enseñar. El hombre, temiendo que fuera un engaño, llevó la caja al juez de la ciudad, que la envió sellada al emperador. Teodosio guardó el original y mandó una copia a Jerusalén.
La historia resolvía el problema de Agustín con un recurso habitual en la literatura apocalíptica: Pablo no reveló las palabras inefables durante su vida, sino que las escribió y las ocultó hasta que llegara el momento oportuno. El mismo recurso aparece en el Libro de Enoc y en otros textos que se presentan como escritos antiguos sellados para las generaciones futuras.
Contamos además con un testimonio casi contemporáneo que desmonta la leyenda. El historiador Sozomeno, a mediados del siglo V, dedicó unas líneas al texto en su Historia eclesiástica. Cuenta que el llamado Apocalipsis del apóstol Pablo, que ningún autor antiguo conocía, era muy apreciado por la mayoría de los monjes, y que algunos afirmaban que se había encontrado en tiempos de Teodosio en una caja de mármol bajo la casa de Pablo en Tarsos. Sozomeno, historiador escrupuloso, preguntó a un presbítero de la iglesia de Tarsos, un cilicio de edad avanzada y este le respondió que no sabía nada del asunto y que sospechaba que todo era una invención de los herejes.
El dato de los monjes es revelador. El Apocalipsis de Pablo nació y se difundió en ambientes monásticos, probablemente en Egipto, a finales del siglo IV. Algunos investigadores defienden que existió un núcleo más antiguo, del siglo III, que el autor de la versión conocida reelaboró, pero la redacción que ha llegado hasta nosotros respira el mundo del monacato egipcio: la insistencia en el ayuno, la castidad y la humildad, las críticas a los ascetas soberbios y la dura vigilancia sobre el clero.
La queja de la creación
Antes de subir a los cielos, el texto abre con una escena que no tiene equivalente en el Apocalipsis de Pedro: toda la creación se queja ante Dios de los pecados de la humanidad.
El sol se presenta y pide permiso para abrasar a los hombres, porque han llenado la tierra de impiedad. La luna y las estrellas piden oscurecerse para no alumbrar a los pecadores. Las aguas reclaman desbordarse y ahogarlos y la tierra pide abrirse para tragarlos. Dios responde a cada uno con la misma paciencia: lo sabe todo y ve sus pecados, pero espera a que se conviertan. Si no lo hacen, él mismo los juzgará.
La escena tiene raíces en la tradición judía, donde la creación actúa como testigo de la conducta humana, pero aquí cumple una función precisa: presenta a un Dios paciente frente a una naturaleza que exige castigo. El infierno que Pablo verá después no es el resultado de la ira divina, sino el límite de una paciencia que los pecadores agotaron por su cuenta.
Después viene un pasaje que marcaría la imaginación cristiana durante siglos. Cada día, al ponerse el sol, los ángeles custodios de todos los hombres y mujeres suben ante Dios para adorarlo e informar de lo que han hecho sus protegidos durante la jornada. Lo mismo ocurre al amanecer. Los ángeles de los justos llegan con alegría, los de los pecadores llegan avergonzados y piden ser liberados de su tarea, pero Dios les ordena que sigan sirviendo al pecador hasta que se arrepienta o muera. La idea del ángel de la guarda como testigo que lleva un registro de nuestros actos, tan presente en la piedad popular, tiene aquí una de sus formulaciones más vivas.
Cómo muere un justo y cómo muere un pecador
La siguiente sección es probablemente la más original del texto y la que más influyó en la espiritualidad medieval. El ángel lleva a Pablo al firmamento y le muestra el momento exacto de la muerte.
Cuando muere un justo, se acercan a su lecho los ángeles santos y los ángeles malignos, pero los malignos no encuentran nada en él y se retiran. Los ángeles santos toman su alma con suavidad y le dicen que salga sin miedo del cuerpo que habitó. El alma se despide de su cuerpo, al que agradece haber sido su morada, y sube acompañada de su ángel custodio y de su espíritu. Por el camino se cruzan con los poderes del aire, que intentan detenerla, pero no encuentran nada que reclamar. Ante Dios, el arcángel Miguel y los ejércitos celestiales la reciben y el alma es entregada a Miguel para que la conduzca al paraíso.
La muerte del pecador es el reverso exacto de la escena. Su alma sale del cuerpo entre los ángeles malignos y su propio ángel custodio y su espíritu le reprochan su vida. Al llegar ante Dios, el ángel la acusa y Dios la entrega al ángel del Tártaro, que la arroja a las tinieblas exteriores.
Hay un tercer caso aún más dramático. Un alma llega ante el juicio y niega haber pecado. Dios ordena entonces que se traiga el documento donde están escritos sus pecados, el cheirógrafo, y aparecen además las almas de las personas a las que dañó en vida. Una a una, las víctimas se presentan como testigos: la mujer a la que sedujo, el hombre al que engañó, la persona a la que mató. El alma no tiene más remedio que callar. El texto insiste en una idea que resultaba nueva en la literatura cristiana: el juicio no espera al fin de los tiempos, sino que sucede para cada persona en el instante de su muerte.
Este juicio particular será una pieza central de la teología medieval y de las artes moriendi, los manuales del bien morir que se difundieron a partir del siglo XV. Las imágenes de ángeles y demonios disputándose el alma de un moribundo junto a su lecho, tan frecuentes en la pintura y en los grabados de la Baja Edad Media, descienden de este capítulo.
La ciudad de Cristo
Después del juicio, el ángel conduce a Pablo al tercer cielo, donde se encuentra con dos ancianos de rostro luminoso. Son Enoc y Elías, los dos hombres que según la Biblia no murieron y fueron llevados vivos junto a Dios. Pablo ve luego las tablas de oro en las que se escriben los nombres de los justos y recibe la advertencia de no revelar lo que allí escucha, un guiño al silencio de la epístola que el propio texto se salta a continuación.
El recorrido desciende a la Tierra Prometida, situada a orillas del océano que rodea el mundo. Es una tierra de una fertilidad desbordante, donde cada vid tiene diez mil ramas y cada racimo, diez mil uvas. Allí esperan las almas de los justos hasta la segunda venida de Cristo, cuando esta tierra se manifestará para reinar mil años.
Más allá, en el centro de un lago blanco como la leche, se levanta la ciudad de Cristo. El lago tiene un nombre que el lector del Apocalipsis de Pedro reconocerá: es el lago Aquerusio. Aquí, el arcángel Miguel bautiza en sus aguas a los pecadores que se arrepintieron antes de morir, y solo después pueden entrar en la ciudad. La herencia platónica del Fedón, donde las almas se purificaban en el lago Aquerusio, sobrevive en la geografía cristiana del paraíso. Pablo cruza el lago en una barca de oro, acompañado por 3.000 ángeles que cantan himnos.
La ciudad es de oro, con 12 murallas y 12 puertas y la atraviesan cuatro ríos. El río de miel es el de los profetas y allí salen a recibir a Pablo Isaías, Jeremías, Ezequiel y los demás. El río de leche acoge a los niños que Herodes mandó matar y a quienes guardaron la castidad. Junto al río de vino están Abraham, Isaac, Jacob, Lot y Job, los hombres que recibieron a los peregrinos con hospitalidad. El río de aceite pertenece a quienes se entregaron a Dios con todo el corazón y sin soberbia y allí se canta y se alaba sin descanso. En el centro de la ciudad, junto a un altar, el rey David toca el salterio y canta el aleluya y toda la ciudad le responde.
Lo curioso es lo que Pablo encuentra antes de llegar a las puertas. Fuera de la ciudad hay árboles grandes sin fruto y bajo ellos esperan hombres que lloran porque no pueden entrar. Son ascetas que renunciaron al mundo, ayunaron y vivieron en castidad, pero se llenaron de soberbia y se consideraron superiores a los demás. Tendrán que esperar fuera hasta la venida de Cristo. La escena es una advertencia directa a los monjes que leían el texto: la disciplina sin humildad no abre las puertas del cielo.
Al otro lado del océano
Para ver el castigo de los pecadores, el ángel lleva a Pablo hacia el occidente, más allá del océano, donde se pone el sol y donde no hay luz, sino tinieblas, tristeza y lamento. La geografía es significativa. Al situar el infierno en el extremo occidental del mundo, detrás del océano, el autor retoma una imagen de la cosmología griega, donde el Hades se encontraba en los confines de occidente y la adapta a la nueva fe.
El río de fuego
Lo primero que Pablo ve es un río de fuego hirviendo y dentro de él una multitud de hombres y mujeres sumergidos a distintas profundidades. Unos tienen el fuego hasta las rodillas, otros hasta el ombligo, otros hasta los labios y otros hasta las cejas. El ángel le explica el sentido de cada nivel. Los que están hundidos hasta las rodillas salieron de la iglesia y se dedicaron a charlas ociosas y discusiones, los que llegan al ombligo recibieron la comunión y después fornicaron, hasta los labios están los que calumniaron a sus hermanos en la misma iglesia y hasta las cejas los que se alegraron del mal ajeno y tramaron contra su prójimo.
El sistema es nuevo. En el Apocalipsis de Pedro cada pecado tenía un castigo diferente, pero aquí la gravedad se mide en centímetros. Un mismo tormento admite grados y el pecador está más o menos hundido según su culpa. Dante llevará esta lógica a su extremo en el séptimo círculo del Infierno, donde los violentos se hunden en un río de sangre hirviendo a distintas alturas según la gravedad de sus crímenes.
Clérigos en el infierno
Si algo distingue al Apocalipsis de Pablo de su modelo, es el lugar que ocupan los miembros del clero entre los condenados. El Apocalipsis de Pedro hablaba de perseguidores, idólatras y ricos, los enemigos externos de una comunidad perseguida. Dos siglos después, el cristianismo es la religión del Imperio y los enemigos ya no están fuera, están dentro de la Iglesia.
Pablo ve a un anciano arrastrado por cuatro ángeles que le hunden un garfio de hierro en las entrañas. Era un presbítero que comía, bebía y fornicaba y después ofrecía el sacrificio en el altar del Señor. Poco más allá, otro anciano es arrojado al río de fuego mientras los ángeles lo apedrean. Era un obispo que no juzgó con justicia ni tuvo piedad de las viudas y los huérfanos. Un tercero, hundido hasta las rodillas, tiene las manos ensangrentadas y le salen gusanos de la boca: era un diácono que se comía las ofrendas y fornicaba. A un lector, el encargado de leer las Escrituras en la liturgia, un ángel le corta los labios y la lengua con una navaja de fuego, porque enseñaba al pueblo los mandamientos de Dios pero no los cumplía.
Pablo llora al verlos. El ángel le pregunta entonces si se considera más misericordioso que Dios, la misma reprimenda que Cristo dirigía a Pedro en el apocalipsis anterior. El eco no es casual: el autor conocía bien su modelo.
Una galería de condenados
El catálogo continúa con penas que recuerdan a las de Pedro y otras nuevas. Los usureros se muerden la lengua en una fosa. Las jóvenes que perdieron la virginidad a escondidas de sus padres visten de negro y llevan cadenas de fuego al cuello. Los que hicieron daño a los huérfanos, a las viudas y a los pobres están desnudos en un lugar de hielo y nieve, devorados por gusanos. Los que rompieron el ayuno antes de la hora señalada sufren una sed y un hambre insoportables junto a un agua y unos frutos que no pueden alcanzar, una imagen que evoca inevitablemente el mito griego de Tántalo.
El texto conserva también los castigos de suspensión que caracterizaban al Apocalipsis de Pedro. Hay hombres y mujeres colgados de las cejas y del cabello, arrastrados por un río de fuego, que cometieron adulterio. La continuidad con el modelo del siglo II es evidente, aunque el autor la integra en un sistema más amplio.
El pozo de los siete sellos
El castigo más terrible no está reservado a los asesinos ni a los adúlteros, sino a los herejes. Pablo llega a un pozo sellado con siete sellos y cuando el ángel lo abre, sale un hedor tan insoportable que supera todos los tormentos anteriores. En el fondo están quienes no confesaron que Cristo vino en la carne, que la Virgen María lo dio a luz y que el pan y el cáliz de la eucaristía son su cuerpo y su sangre.
Cerca de allí, en un lugar de frío y nieve donde reina el gusano que nunca duerme, sufren quienes negaron la resurrección de Cristo y la resurrección de la carne.
¿Por qué la herejía merece un castigo peor que el asesinato? Porque el texto se escribió en plena era de las grandes controversias cristológicas, cuando la definición de la naturaleza de Cristo dividía a la Iglesia en concilios y exilios. Para el autor, negar la encarnación era negar el fundamento mismo de la salvación. El infierno del Apocalipsis de Pablo es, en parte, un tratado de ortodoxia en imágenes.
Un domingo de descanso para los condenados
Después de recorrer todos los tormentos, llega la escena que dio al texto su fama más duradera. Los condenados ven pasar al arcángel Miguel con los ejércitos celestiales y gritan pidiendo misericordia a Miguel y a Pablo. El arcángel llora con ellos y les dice que él mismo ruega sin cesar por el género humano. Pablo se une a sus lágrimas. Entonces se abren los cielos y desciende el Hijo de Dios.
Cristo recuerda a los condenados todo lo que hizo por ellos: derramó su sangre, sufrió la cruz y la corona de espinas y ellos no se arrepintieron. Aun así, por amor a Miguel y a Pablo, por las oraciones de sus hermanos que siguen en el mundo y por su propia bondad, les concede un día y una noche de descanso para siempre, el día en que resucitó de entre los muertos. La tradición lo interpretó como un descanso cada domingo.
La idea no era exclusiva de este texto. El poeta hispano Prudencio, contemporáneo del Apocalipsis de Pablo, escribió en uno de sus himnos que las almas de los condenados disfrutan de una tregua en sus tormentos durante la noche de Pascua. Es probable que ambos recogieran una creencia difundida en la piedad popular.
Comparada con la promesa del Apocalipsis de Pedro, esta misericordia es modesta. En el texto del siglo II, los justos podían sacar a los condenados del castigo pero en el del siglo IV, solo pueden conseguirles un alivio temporal. Entre uno y otro se había impuesto la doctrina de la condena eterna y el autor del Apocalipsis de Pablo respeta ese límite. La esperanza de Pedro sobrevive, pero recortada a la medida de la nueva ortodoxia.
La escena tuvo una larga descendencia. En la Navegación de san Brandán, un relato irlandés del siglo X, el monje Brandán encuentra a Judas Iscariote sentado sobre una roca en medio del mar. Judas le explica que, por la misericordia de Cristo, cada domingo se le permite salir del infierno y refrescarse en esa roca. El descanso dominical de los condenados había pasado del apocalipsis apócrifo a la leyenda.
Del Apocalipsis de Pedro al de Pablo
La deuda del Apocalipsis de Pablo con su modelo es evidente, pero también lo son las diferencias. Esta tabla recoge las principales:
| Aspecto | Apocalipsis de Pedro | Apocalipsis de Pablo |
|---|---|---|
| Fecha | Hacia el año 135 | Finales del siglo IV |
| Contexto | Comunidad perseguida, probablemente en Judea | Monacato egipcio, cristianismo ya oficial |
| Momento del juicio | Juicio final colectivo | Juicio individual en la muerte |
| Paraíso | Breve visión de los justos y transfiguración | Recorrido completo por la ciudad de Cristo |
| Condenados principales | Perseguidores, idólatras, ricos | Clero corrupto, herejes, ascetas soberbios |
| Peor castigo | No hay jerarquía clara | Pozo de los siete sellos para los herejes |
| Misericordia | Los justos pueden salvar a los condenados | Un día de descanso a la semana |
| Difusión posterior | Limitada, sobre todo en Etiopía | Masiva en toda la Europa medieval |
El cambio más profundo es de perspectiva. El Apocalipsis de Pedro miraba hacia fuera: prometía a una comunidad acosada que sus verdugos serían castigados. El de Pablo mira hacia dentro: advierte a los propios cristianos, y sobre todo a quienes tenían responsabilidad en la Iglesia, de que el bautismo y el cargo no garantizan la salvación. Es un texto de disciplina más que de consuelo.
Mil manuscritos: la Visio Pauli en la Edad Media
La suerte del Apocalipsis de Pablo fue la contraria de la de su modelo. El de Pedro desapareció de Occidente y solo sobrevivió en Etiopía y en unos pocos fragmentos griegos. El de Pablo se convirtió en un éxito editorial que atravesó toda la Edad Media.
La versión griega que se conserva es un resumen. Las versiones más completas son las latinas largas, estudiadas por Theodore Silverstein y Anthony Hilhorst y las orientales en siríaco, copto, armenio, etíope, árabe y georgiano. En Occidente, sin embargo, lo que más circuló no fueron estas versiones largas, sino una serie de redacciones latinas breves, compuestas entre los siglos IX y XII, que eliminaron casi todo lo que no fuera el infierno. Silverstein identificó una docena de ellas y la llamada Redacción IV fue la más copiada.
Estas redacciones medievales añadieron elementos que no estaban en el original y que acabarían siendo inseparables de la imagen del más allá. Aparece un puente estrecho sobre el río infernal, que los justos cruzan sin dificultad y del que caen los pecadores. Aparece también una rueda de fuego que un ángel hace girar mil veces al día, llevando consigo a mil almas en cada vuelta. La visión del infierno se simplifica, se vuelve más gráfica y se adapta a la predicación.
A partir de estas redacciones latinas, la Visio Pauli pasó a las lenguas vernáculas. Hay versiones en inglés antiguo y medio, en anglonormando, en francés antiguo, en provenzal, en alemán, en italiano, en irlandés antiguo y en eslavo. Se leía en los monasterios, se usaba en los sermones y se recitaba en voz alta. Para muchos cristianos medievales, lo que sabían del infierno procedía más de este texto que de la Biblia.
La difusión preocupó a algunos autores eclesiásticos. El Decreto Gelasiano, una lista de libros aceptados y rechazados compuesta probablemente en el siglo VI, incluyó la llamada Revelación de Pablo entre los apócrifos que la Iglesia no recibe. Hacia el año 1000, el abad anglosajón Ælfric de Eynsham advirtió a sus lectores de que la llamada visión de Pablo era falsa, con el mismo argumento que Agustín: el apóstol dijo que las palabras que escuchó no se podían pronunciar. Las advertencias no sirvieron de mucho. El texto seguía copiándose porque respondía a una necesidad que los libros canónicos no satisfacían: la de saber, con detalle, qué ocurre después de la muerte.
Dante y el «vaso de elección»
Al comienzo de la Divina Comedia, cuando Virgilio le propone guiarlo por el más allá, Dante duda. ¿Con qué derecho puede un hombre corriente emprender ese viaje? Recuerda entonces a sus dos únicos precedentes. El primero es Eneas, que bajó al inframundo en el libro VI de la Eneida y cuyo viaje condujo a la fundación de Roma. El segundo es el «vaso de elección», la expresión con la que Cristo se refiere a Pablo en los Hechos de los Apóstoles, que fue allí para traer consuelo a la fe. Y concluye: «Yo no soy Eneas, yo no soy Pablo».
La referencia no puede explicarse solo por la Segunda Epístola a los Corintios, que habla de un viaje al cielo y no de una bajada a los infiernos. Dante alude al Pablo de la Visio, el que recorrió los lugares de castigo. La tradición que el apócrifo había creado era tan conocida a comienzos del siglo XIV que bastaba una mención de pasada.
Los paralelos entre ambos textos son numerosos. Los condenados hundidos a distintas alturas en un río de fuego y de sangre, el castigo de clérigos y papas simoníacos, la sed de los golosos junto a frutos inalcanzables en el Purgatorio, la estructura del recorrido guiado y las preguntas del visionario a su guía. Dante no copió el Apocalipsis de Pablo, pero escribió dentro de la tradición que este había inaugurado y la llevó a una altura literaria que ningún visionario medieval había alcanzado. Entre la Visio Pauli y la Comedia hay casi mil años de visiones intermedias, desde la de Drythelm, contada por Beda, hasta la Visión de Tundal y todas ellas beben del mismo manantial.
El otro Apocalipsis de Pablo
En 1945, entre los códices descubiertos en Nag Hammadi, en el Alto Egipto, apareció un texto copto que también lleva el título de Apocalipsis de Pablo, pero no tiene nada que ver con la Visio Pauli.
El Apocalipsis de Pablo gnóstico, conservado en el Códice V, es un texto breve del siglo II o III. Comienza con Pablo en el camino de Jericó, donde se le aparece un niño, que es la forma que adopta el Espíritu o el propio Cristo revelador y lo invita a subir. Pablo asciende desde el tercer cielo hasta el décimo. En el cuarto contempla cómo unos ángeles castigan a un alma y en el séptimo se encuentra con un anciano sentado en un trono, una figura que representa al Demiurgo, el dios creador inferior de la cosmología gnóstica, que intenta impedirle el paso. Pablo le muestra una señal y el anciano se ve obligado a dejarlo pasar. En el octavo, el noveno y el décimo cielo, Pablo saluda a los doce apóstoles y a los espíritus que allí habitan.
El sentido del texto es opuesto al de la Visio. No le interesan el infierno ni el castigo de los pecadores, sino el ascenso del alma que conoce los secretos necesarios para escapar de los poderes que gobiernan el mundo material. Es una guía para la liberación, no un catálogo de penas. El mismo códice de Nag Hammadi contiene también los dos Apocalipsis de Santiago, lo que muestra que los gnósticos reclamaban para sí la autoridad de las grandes figuras del cristianismo primitivo.
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Fuentes y bibliografía
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Preguntas frecuentes sobre el Apocalipsis de Pablo
¿Qué es el Apocalipsis de Pablo?
Es un texto cristiano apócrifo escrito en griego a finales del siglo IV, probablemente en Egipto, que narra lo que el apóstol Pablo habría visto durante su arrebato al tercer cielo, mencionado en la Segunda Epístola a los Corintios. Describe la muerte y el juicio de las almas, el paraíso con la ciudad de Cristo y el infierno con sus castigos. En la tradición latina se conoce como Visio Pauli y fue uno de los textos más leídos de la Edad Media.
¿Quién escribió el Apocalipsis de Pablo?
Su autor es anónimo. No lo escribió el apóstol, que murió hacia el año 64, más de tres siglos antes de la redacción del texto. El énfasis en el ayuno, la castidad, la humildad de los ascetas y la disciplina del clero apunta a un monje o a un autor cercano al monacato egipcio de finales del siglo IV. El prólogo inventa un hallazgo milagroso en Tarsos para justificar su aparición tardía, una leyenda que ya desmintió el historiador Sozomeno en el siglo V.
¿Por qué no está en la Biblia?
Nunca tuvo posibilidades reales de entrar en el canon. Cuando se escribió, a finales del siglo IV, la lista de libros del Nuevo Testamento ya estaba prácticamente cerrada. Además, contradecía de forma directa al propio Pablo, que afirmó que lo escuchado en el paraíso no se podía pronunciar. Agustín lo consideró una fábula y el Decreto Gelasiano lo incluyó entre los libros apócrifos.
¿Es verdad que los condenados descansan los domingos?
Es lo que cuenta el Apocalipsis de Pablo. Después de que el arcángel Miguel y Pablo intercedan con lágrimas por los condenados, Cristo les concede un día y una noche de descanso para siempre, el día de su resurrección, que la tradición interpretó como cada domingo. No es una doctrina de la Iglesia, sino una creencia popular que se difundió gracias a este texto y que reaparece en leyendas como la de Judas en la Navegación de san Brandán.
¿Qué diferencia hay entre el Apocalipsis de Pablo y los Hechos de Pablo?
Son dos obras distintas. Los Hechos de Pablo, escritos en el siglo II, narran la vida y la predicación del apóstol, incluida la historia de Tecla, y terminan con su martirio en Roma. El Apocalipsis de Pablo, dos siglos posterior, no cuenta episodios de su vida, sino una visión del más allá.
¿Influyó el Apocalipsis de Pablo en Dante?
Sí, aunque de forma indirecta. Dante menciona el viaje de Pablo al más allá en el canto II del Infierno, junto al de Eneas, como uno de los dos precedentes de su propio recorrido. Los castigos graduados según la culpa, la geografía del infierno y la estructura del viaje guiado proceden de la tradición que la Visio Pauli creó y que las visiones medievales transmitieron hasta el siglo XIV.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









