De los 27 libros del Nuevo Testamento, 21 son cartas. Pablo escribió a las comunidades que había fundado y después de él otros escribieron en su nombre y en el de Pedro, Santiago, Juan y Judas. La carta era el medio natural de comunicación entre las primeras iglesias, dispersas por el Mediterráneo y también el vehículo ideal para transmitir autoridad. Una carta firmada por un apóstol se leía en voz alta en la asamblea, se copiaba y se enviaba a otras comunidades. No es extraño que, junto a las cartas que acabaron en el canon, circularan muchas otras.
Las epístolas apócrifas son esas otras cartas: textos que se presentan como escritos por apóstoles, por Jesús o por personajes de su entorno y que la Iglesia no aceptó como Escritura. Algunas nacieron para llenar un hueco de los textos canónicos, como la Epístola a los Laodicenos, que pretende ser la carta perdida que Pablo menciona en Colosenses. Otras respondían a controversias teológicas, como la Tercera Epístola a los Corintios, escrita contra quienes negaban la resurrección de la carne. Y otras satisfacían una curiosidad que los evangelios no calmaban: ¿se carteó Pablo con el filósofo Séneca? ¿Escribió Jesús alguna carta? ¿Qué aspecto físico tenía?
Lo interesante de este grupo de textos es su vida posterior, en la que varias de estas cartas tuvieron más influencia que muchos libros canónicos. La Epístola a los Laodicenos se copió en más de cien manuscritos de la Biblia latina y figuraba en las biblias alemanas impresas antes de Lutero. La Tercera a los Corintios fue canónica en la Iglesia armenia. La correspondencia entre Jesús y el rey Abgar de Edesa se grababa sobre las puertas de las ciudades como protección contra los enemigos. La carta de Léntulo, una falsificación medieval, fijó durante siglos la imagen del rostro de Cristo en la pintura europea. Y la correspondencia entre Pablo y Séneca convenció a san Jerónimo de incluir al filósofo entre los escritores cristianos.
Este artículo recorre las principales epístolas apócrifas, su origen, su contenido y las razones de su éxito o de su olvido.
Escribir en nombre de otro
Para entender las epístolas apócrifas hay que abandonar una idea moderna: la de que firmar un texto con el nombre de otra persona es siempre un fraude. En la Antigüedad, la pseudoepigrafía, la atribución de una obra a un autor que no la escribió, era una práctica extendida. Los discípulos de Pitágoras firmaban sus tratados con el nombre del maestro, y la literatura judía del período helenístico atribuía revelaciones a Enoc, Moisés, Esdras o Baruc. Escribir en nombre de un maestro podía ser una forma de reconocer que las ideas procedían de él, o de reclamar su autoridad para una doctrina nueva.
El propio Nuevo Testamento conoce el problema. En la Segunda Epístola a los Tesalonicenses, el autor advierte a sus lectores que no se dejen alarmar por una carta que parezca venir de él y que anuncie que el día del Señor ya ha llegado. Al final firma de su puño y letra, como señal de autenticidad en todas sus cartas. La advertencia indica que, ya en el siglo I, circulaban cartas falsamente atribuidas a Pablo.
La paradoja es que la crítica moderna considera que varias de las cartas canónicas tampoco son de los autores a los que se atribuyen. La mayoría de los especialistas piensa que las epístolas pastorales, es decir, las dos cartas a Timoteo y la carta a Tito, fueron escritas por discípulos de Pablo a finales del siglo I o comienzos del II.
Lo mismo se dice de la Segunda Epístola de Pedro, probablemente el libro más tardío del Nuevo Testamento. La frontera entre carta canónica y carta apócrifa no siempre coincide con la frontera entre autenticidad y falsificación. Lo que decidió el destino de cada texto fue su aceptación por las iglesias, su antigüedad y su coherencia con la doctrina que se estaba consolidando.
Hay que distinguir también las epístolas apócrifas de las cartas de los llamados Padres Apostólicos, como la Primera Epístola de Clemente, las cartas de Ignacio de Antioquía o la Epístola de Bernabé. Estas obras, escritas a finales del siglo I y en el siglo II, se leyeron en algunas iglesias como Escritura y la de Bernabé y la de Clemente aparecen incluso en grandes códices bíblicos como el Sinaítico y el Alejandrino, pero sus autores no se presentan como apóstoles de Jesús, salvo en el caso discutido de Bernabé y la tradición las ha conservado como literatura cristiana antigua, no como apócrifos.
La Epístola a los Laodicenos
Al final de la Carta a los Colosenses, su autor pide a los destinatarios que, cuando hayan leído la carta, la hagan leer también en la iglesia de Laodicea y que ellos lean a su vez la carta que llegará desde Laodicea. Laodicea era una ciudad cercana a Colosas, en el valle del Lico, en la actual Turquía. La frase sugiere que Pablo escribió una carta a los laodicenos, pero esa carta no se conserva. ¿Se perdió, es otra carta canónica con otro destinatario o nunca existió?
Desde muy pronto hubo respuestas. Marción, el teólogo del siglo II que elaboró el primer canon cristiano conocido, llamaba «a los Laodicenos» a la carta que hoy conocemos como Efesios, según cuenta Tertuliano. El Fragmento Muratoriano, a finales del siglo II, menciona una carta a los Laodicenos y otra a los Alejandrinos, falsificadas en nombre de Pablo para apoyar la herejía de Marción y advierte que no deben recibirse en la Iglesia, porque no conviene mezclar la hiel con la miel.
La Epístola a los Laodicenos que ha llegado hasta nosotros, sin embargo, no tiene nada de marcionita. Es un texto breve, de apenas 20 versículos, escrito en latín, aunque probablemente traducido de un original griego. Su contenido es tan inofensivo que resulta casi decepcionante. Pablo saluda a los laodicenos, se alegra de su fe, los anima a perseverar y a guardarse de los falsos maestros, les recuerda que sus cadenas son por Cristo y se despide. Casi cada frase procede de otras cartas de Pablo, sobre todo de la de Filipenses y en menor medida de la de Gálatas. Es un mosaico de citas paulinas cosidas para rellenar el hueco que dejaba Colosenses.
Precisamente esa falta de contenido explica su éxito. No enseñaba nada peligroso, sonaba como Pablo y resolvía un misterio del texto bíblico. El manuscrito más antiguo que la contiene es el Códice Fuldense, una Biblia latina copiada en el año 546 por encargo del obispo Víctor de Capua. A partir de ahí se difundió por la Biblia latina medieval y aparece en más de cien manuscritos, a veces entre Colosenses y Tesalonicenses, a veces al final de las cartas de Pablo.
La autoridad eclesiástica nunca la aceptó del todo, pero tampoco la persiguió con energía. San Jerónimo, a finales del siglo IV, escribió que algunos leían una carta a los laodicenos, pero que todos la rechazaban. El papa Gregorio Magno, dos siglos después, comentó que Pablo había escrito 15 cartas, aunque la Iglesia solo reconocía 14. El texto se tradujo a varias lenguas vernáculas, incluidas algunas versiones de la Biblia inglesa de los seguidores de Wyclif y figuraba en las biblias alemanas impresas antes de la traducción de Lutero.
Su final llegó con el humanismo. Erasmo de Róterdam, al preparar su edición crítica del Nuevo Testamento a comienzos del siglo XVI, la despachó sin contemplaciones: cualquier lector podía ver que era una falsificación, porque no había nada en ella que tuviera el espíritu de Pablo. El Concilio de Trento fijó el canon católico en 1546 sin ella y las biblias protestantes tampoco la recogieron.
La Tercera Epístola a los Corintios
Pablo escribió al menos cuatro cartas a la comunidad de Corinto, de las que el canon conserva dos. En la Primera a los Corintios menciona una carta anterior y en la Segunda alude a una carta escrita entre lágrimas que tampoco se ha conservado como tal. Este vacío dejó espacio para otra correspondencia apócrifa: un intercambio entre los corintios y Pablo que la tradición conoce como Tercera Epístola a los Corintios.
El texto forma parte de los Hechos de Pablo, escritos en Asia Menor en la segunda mitad del siglo II, aunque probablemente circuló también de forma independiente, la cual tiene dos partes. En la primera, los presbíteros de Corinto escriben a Pablo alarmados porque han llegado a la ciudad dos hombres, Simón y Cleobio, que enseñan doctrinas perturbadoras. Según ellos, no hay que usar a los profetas, Dios no es todopoderoso, no habrá resurrección de la carne, el hombre no fue creado por Dios, Cristo no vino en la carne ni nació de María y el mundo no es obra de Dios, sino de los ángeles.
La lista es un resumen de las ideas que la gran Iglesia atribuía a los gnósticos y a los marcionitas del siglo II. En la segunda parte, Pablo responde desde la prisión de Filipos. Afirma que Dios creó el mundo y al hombre, que envió a los profetas, que Cristo nació realmente de María por el Espíritu Santo para salvar toda carne y que los cuerpos resucitarán. Para defender la resurrección recurre a imágenes clásicas: la semilla que se siembra desnuda y renace vestida, Jonás que salió vivo del vientre del pez y el cadáver que resucitó al tocar los huesos del profeta Eliseo.
La carta es, en definitiva, un tratado antignóstico con el nombre de Pablo. Su interés histórico está en lo que revela sobre las controversias del siglo II y en la paradoja de que los grupos combatidos, como los marcionitas, se apoyaban precisamente en las cartas de Pablo. Poner en boca del apóstol una refutación de sus doctrinas era una forma de arrebatarles su principal autoridad.
A diferencia de otras epístolas apócrifas, la Tercera a los Corintios estuvo a punto de alcanzar la canonicidad plena en algunas regiones. Efrén el Sirio, en el siglo IV, la comentó junto a las cartas canónicas de Pablo. La Iglesia armenia la incorporó a su Biblia y la mantuvo durante siglos. La copia griega más antigua es el Papiro Bodmer X, del siglo III, conservado en la Fundación Bodmer de Ginebra.
La correspondencia entre Pablo y Séneca
Pocas epístolas apócrifas son tan sugerentes como la correspondencia entre el apóstol Pablo y Lucio Anneo Séneca, el filósofo estoico nacido en Córdoba, preceptor y consejero de Nerón. Se conservan 14 cartas en latín, ocho atribuidas a Séneca y seis a Pablo, escritas probablemente en el siglo IV.
La idea de que ambos se conocieron no carecía de apoyo histórico. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que Pablo fue llevado ante el tribunal de Galión, procónsul de Acaya, en Corinto y que Galión se negó a juzgarlo. Galión era hermano mayor de Séneca. Pablo pasó además sus últimos años en Roma, en los mismos años en que Séneca era una figura central de la corte y algunos pasajes del filósofo sobre la conciencia, la igualdad entre los hombres o la presencia de un dios interior sonaban tan cercanos al cristianismo que Tertuliano, a comienzos del siglo III, llegó a decir que Séneca «era de los nuestros».
Las cartas, sin embargo, decepcionan a quien espera un diálogo filosófico pues son breves, formales y bastante triviales. Séneca cuenta que ha leído las cartas de Pablo con admiración, que las ha leído en voz alta ante el emperador y que este quedó impresionado. Elogia la profundidad de sus ideas, pero le reprocha que no cuide el estilo latino y le envía un libro sobre la elegancia de la expresión para que mejore.
Pablo responde con humildad y le pide prudencia, porque la emperatriz podría molestarse al ver que un judío atraía la atención del filósofo. Una de las cartas menciona el incendio de Roma del año 64 y cuenta que destruyó 132 casas y cuatro manzanas en seis días y que los cristianos y los judíos fueron castigados como culpables.
El valor literario es escaso, pero el éxito fue enorme. San Jerónimo, en su catálogo de escritores ilustres de hacia el año 392, incluyó a Séneca entre los autores cristianos precisamente porque muchos leían sus cartas con Pablo. San Agustín también las menciona. Durante toda la Edad Media, Séneca se consideró un pagano casi cristiano, o incluso un converso secreto, y su obra moral se leyó en los monasterios con una veneración que pocos autores clásicos alcanzaron. Parte de ese prestigio se debía a esta correspondencia.
Los humanistas del Renacimiento, Lorenzo Valla y Erasmo entre ellos, demostraron la falsedad de las cartas analizando su latín, sus anacronismos y su pobreza de contenido. Aun así, la leyenda de un Séneca cercano al cristianismo sobrevivió en la cultura popular española. Hoy la correspondencia interesa como documento del esfuerzo cristiano del siglo IV por reconciliar la fe con la mejor filosofía pagana, sobre todo con el estoicismo, cuyas ideas sobre la providencia, la fraternidad humana y el dominio de las pasiones influyeron de forma real en los primeros pensadores cristianos.
La correspondencia entre Jesús y el rey Abgar
Los evangelios no conservan ningún texto escrito por Jesús. La única vez que aparece escribiendo, en el episodio de la mujer adúltera del Evangelio de Juan, traza algo en el suelo que nadie llega a leer. Por eso tiene un interés excepcional la única carta que la tradición atribuye al propio Jesús: su respuesta a Abgar, rey de Edesa.
La fuente principal es Eusebio de Cesarea, que en el primer libro de su Historia eclesiástica, hacia el año 325, afirma haber traducido del siríaco dos cartas conservadas en los archivos reales de Edesa, la actual Şanlıurfa, en el sureste de Turquía. La primera la escribe Abgar V, llamado el Negro, rey de Osroene, que gobernó en tiempos de Jesús. Abgar ha oído hablar de las curaciones que realiza sin medicinas ni hierbas y concluye que Jesús es Dios o el Hijo de Dios. Le ruega que vaya a Edesa a curarle de una enfermedad que lo atormenta y le ofrece refugio en su pequeña ciudad, que según dice basta para los dos, porque sabe que los judíos conspiran contra él.
La respuesta de Jesús es breve. Declara bienaventurado a Abgar por haber creído sin haberlo visto, pero le explica que no puede ir a Edesa, porque debe cumplir en Judea la misión para la que fue enviado y después volver a Aquel que lo envió. Cuando haya sido elevado, le enviará a uno de sus discípulos, que lo curará y dará vida a él y a los suyos. Eusebio añade el relato del cumplimiento: tras la ascensión, el apóstol Tomás envió a Edesa a Tadeo, uno de los 70 discípulos, que curó al rey y convirtió la ciudad.
La tradición siríaca desarrolló la leyenda en la llamada Doctrina de Addai, escrita hacia el año 400. Allí el enviado se llama Addai, el mismo nombre que aparece en el Primer Apocalipsis de Santiago como destinatario de la enseñanza secreta y el relato añade un elemento que tendría una fortuna inmensa. El mensajero de Abgar, un archivero llamado Hanan, pintó un retrato de Jesús y lo llevó al rey. Con el tiempo, el retrato pintado se convirtió en una imagen milagrosa, no hecha por manos humanas, en la que el rostro de Jesús había quedado impreso sobre un paño. Es la imagen de Edesa, el Mandylion, que los bizantinos trasladaron a Constantinopla en el año 944 y que desapareció durante el saqueo de la ciudad por los cruzados en 1204. Algunos investigadores han querido relacionarla con la Sábana Santa de Turín, aunque la hipótesis es discutida.
La carta de Jesús tuvo además un uso que ningún texto canónico conoció. La peregrina Egeria, que visitó Edesa hacia el año 384, cuenta en su diario de viaje que el obispo le mostró las cartas y le explicó que la ciudad era inexpugnable porque Jesús había prometido protegerla. Según le dijeron, cada vez que un enemigo se acercaba, se leía la carta ante las puertas y el ataque fracasaba. La carta se copió en amuletos, se grabó en dinteles y en inscripciones de lugares como Éfeso y circuló durante toda la Edad Media como talismán. El Decreto Gelasiano, en el siglo VI, la declaró apócrifa, sin demasiado éxito.
La Epístola de los Apóstoles
No todas las epístolas apócrifas se atribuyen a un solo autor. La Epistula Apostolorum se presenta como una carta colectiva de los once apóstoles, dirigida a las iglesias de oriente y occidente, del norte y del sur, para prevenirlas contra dos falsos maestros, Simón el Mago y Cerinto.
Se escribió en griego a mediados del siglo II, probablemente entre los años 140 y 170 y se conserva completa en una traducción etíope, parcialmente en copto y en un pequeño fragmento latino. El manuscrito copto lo identificó en 1895 el investigador alemán Carl Schmidt, que publicó su edición en 1919. Hasta entonces nadie sabía de su existencia.
Aunque adopta la forma de carta, casi todo el texto es un diálogo entre los apóstoles y Cristo resucitado, un formato típico de la literatura gnóstica. La paradoja es que la Epistula Apostolorum es una obra antignóstica. Usa el género de sus adversarios para defender la resurrección de la carne, la encarnación real de Cristo y la unidad entre el Dios creador y el Dios salvador.
El relato comienza con la resurrección. Las primeras en ver al Resucitado son unas mujeres, que corren a avisar a los apóstoles y no son creídas. Cristo tiene que presentarse ante ellos en persona e invitar a Pedro a tocar sus heridas, a Tomás a meter los dedos en su costado y a Andrés a comprobar que sus pies dejan huella en el suelo, porque los fantasmas no dejan huella. La insistencia en la corporeidad del Resucitado es una respuesta directa a quienes, como los gnósticos, pensaban que Cristo no había tenido un cuerpo real.
Uno de los pasajes más sorprendentes cuenta cómo se produjo la encarnación. Cristo explica que descendió a través de los cielos adoptando en cada uno la forma de sus ángeles para no ser reconocido y que al llegar a la tierra tomó la forma del arcángel Gabriel. Fue él mismo, bajo esa apariencia, quien anunció a María su concepción y entró en ella.
El texto también contiene una profecía con fecha. Cristo anuncia que su segunda venida ocurrirá cuando hayan pasado 150 años, según la versión copta, o 120, según la etíope. Los investigadores usan este detalle para datar la obra, porque un autor difícilmente habría fijado una fecha ya superada.
La carta de Léntulo y el rostro de Jesús
Los evangelios no dicen nada del aspecto físico de Jesús. No mencionan su estatura, el color de su pelo ni la forma de su rostro. Durante los primeros siglos, el arte cristiano lo representó de maneras muy diversas: a veces joven e imberbe, como un pastor o un filósofo; a veces con barba, a la manera de un dios o un maestro. Solo a partir del siglo IV empezó a imponerse la imagen de un hombre de pelo largo y barba y todavía entonces había variaciones.
A finales de la Edad Media apareció un documento que pretendía zanjar la cuestión. Es una carta dirigida al Senado romano por Publio Léntulo, supuesto gobernador de Judea antes de Poncio Pilato, en la que describe a un hombre llamado Jesús que vive en la región y al que sus seguidores consideran profeta de la verdad.
La descripción es minuciosa. Jesús es un hombre alto y bien proporcionado, de rostro venerable, que inspira amor y temor a quienes lo miran. Su cabello tiene el color de la avellana madura, liso hasta las orejas y ondulado desde allí hasta los hombros, con raya en medio al estilo de los nazarenos. Su frente es lisa y serena, su rostro no tiene arrugas ni manchas y un ligero rubor le da belleza. La barba es abundante, del mismo color que el pelo, no muy larga y dividida en dos puntas. Sus ojos son claros y cambiantes. Nadie lo ha visto reír jamás, aunque sí llorar y es el más hermoso de los hijos de los hombres.
La carta es una falsificación. No hubo ningún gobernador de Judea llamado Léntulo, el vocabulario delata un latín medieval y un funcionario romano jamás habría llamado a Jesús profeta de la verdad ni lo habría descrito con citas de los salmos. Circula en manuscritos a partir del siglo XV, aunque pudo componerse algo antes, probablemente a partir de descripciones bizantinas del rostro de Cristo que circulaban desde siglos anteriores.
Su importancia no está en su autenticidad, sino en su influencia. La carta de Léntulo se copió, se imprimió y se difundió por toda Europa en el momento en que la pintura renacentista buscaba representar a Cristo con un realismo nuevo. El Jesús de pelo castaño con raya al medio, barba bífida, rostro sereno y ojos claros, que domina la iconografía occidental desde entonces, coincide punto por punto con la descripción de este documento. En buena medida, el rostro de Jesús que millones de personas reconocen hoy es un invento de un falsificador anónimo de finales de la Edad Media.
Otras cartas apócrifas
El catálogo de epístolas apócrifas no termina aquí. Hay otros textos menores que merecen al menos una mención.
La Carta de Pedro a Felipe, conservada en el Códice VIII de Nag Hammadi y en el Códice Tchacos, junto al Evangelio de Judas, es un texto gnóstico en el que Pedro convoca a los apóstoles en el monte de los Olivos y el Resucitado se les aparece para explicarles el origen de los poderes que gobiernan el mundo. Aunque lleva el título de carta, la epístola ocupa solo el comienzo y el resto es una revelación.
La llamada Epístola de Tito, o Pseudo-Tito, es una larga exhortación a la castidad, probablemente del siglo V, que se conserva en un único manuscrito latino y cita numerosos apócrifos, lo que la convierte en una fuente valiosa para textos perdidos.
Y está la curiosa Carta del Cielo, también llamada Carta del Domingo, un texto que afirmaba haber caído del cielo, escrito por el propio Cristo, para ordenar el descanso dominical bajo amenaza de castigos terribles. Circuló desde el siglo VI en numerosas versiones y lenguas. Uno de los testimonios más antiguos procede de Hispania: hacia el año 584, el obispo Liciniano de Cartagena escribió al obispo Vicente de Ibiza para reprenderle por haber leído en público una carta así, recordándole que Dios no envía cartas desde el cielo. La advertencia no sirvió de mucho, porque versiones de esta carta siguieron circulando por Europa hasta la Edad Moderna.
Las principales epístolas apócrifas de un vistazo
| Epístola | Atribución | Fecha aproximada | Conservación | Destino posterior |
|---|---|---|---|---|
| Epístola a los Laodicenos | Pablo | Siglos II-IV | Latín, más de cien manuscritos | Presente en biblias latinas y alemanas hasta el siglo XVI |
| Tercera Epístola a los Corintios | Pablo y los corintios | Siglo II | Griego (Papiro Bodmer X), latín, armenio, copto | Canónica en la Iglesia armenia |
| Correspondencia con Séneca | Pablo y Séneca | Siglo IV | Latín | Leída como auténtica durante toda la Edad Media |
| Correspondencia con Abgar | Jesús y el rey Abgar | Siglos III-IV | Siríaco, griego y muchas otras lenguas | Usada como amuleto; origen de la leyenda del Mandylion |
| Epístola de los Apóstoles | Los once apóstoles | Siglo II | Etíope, copto y fragmento latino | Olvidada hasta su redescubrimiento en 1895 |
| Carta de Léntulo | Publio Léntulo, supuesto gobernador | Siglos XIII-XV | Latín medieval | Modeló la imagen de Jesús en el arte occidental |
Por qué quedaron fuera del canon
Ninguna de estas cartas entró en el canon de la Iglesia latina ni de la griega, aunque las razones varían de un caso a otro.
La más evidente es la cronología. Cuando se escribieron la correspondencia con Séneca o la carta de Léntulo, el canon del Nuevo Testamento ya estaba cerrado en la práctica y no había espacio para libros nuevos, por muy piadosos que fueran. Las cartas del siglo II, como la Epistula Apostolorum o la Tercera a los Corintios, llegaron a tiempo, pero no consiguieron el reconocimiento de las grandes iglesias, que valoraban sobre todo la antigüedad y el uso extendido de un texto en la liturgia.
La segunda razón es la duda sobre la autoría. Desde el siglo III, los teólogos analizaban el estilo y el contenido de los libros atribuidos a los apóstoles. Orígenes ya observaba que la Carta a los Hebreos no tenía el estilo de Pablo. Con más motivo se detectaban las falsificaciones burdas. La Epístola a los Laodicenos sonaba a Pablo porque copiaba sus frases, pero no aportaba nada y eso la hacía sospechosa.
La tercera es el uso que hacían de ellas grupos considerados heréticos. El Fragmento Muratoriano rechaza las cartas a los Laodicenos y a los Alejandrinos porque apoyaban la doctrina de Marción. Curiosamente, la tendencia contraria no garantizaba la aceptación: la Tercera a los Corintios y la Epistula Apostolorum eran textos rotundamente antiheréticos y tampoco entraron en el canon.
Quedar fuera, sin embargo, no significó desaparecer. Muchas de estas cartas siguieron copiándose en manuscritos bíblicos, leyéndose en la devoción privada o circulando como amuletos durante siglos. Su historia muestra que la frontera entre canon y apócrifo fue más porosa de lo que suele creerse y que la religión vivida no siempre coincidía con las listas oficiales.
Artículos relacionados con apócrifos
- Cristianismo: Historia, doctrinas e influencia en el mundo
- Apocalipsis apócrifos del Nuevo Testamento: visiones de los últimos tiempos que la iglesia ocultó
- Evangelios apócrifos: los textos perdidos de la antigüedad
- Hechos apócrifos: historias de apóstoles que la iglesia suprimió
- Apocalipsis de Santiago: los dos textos gnósticos sobre el hermano de Jesús
- Apocalipsis de Pablo: el viaje al más allá que abrió el camino a Dante
- Hechos de Pablo: el misionero incansable y su martirio doble
- Evangelio de los Hebreos: texto apócrifo judeo-cristiano
- Estoicismo: la filosofía de la virtud y la aceptación del destino
Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Egeria. Itinerario.
- Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica.
- Jerónimo de Estridón. De viris illustribus.
- Piñero, Antonio (ed.). Apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Madrid: Alianza Editorial, 2010.
- Piñero, Antonio y Del Cerro, Gonzalo (eds.). Hechos apócrifos de los apóstoles. Madrid: BAC, 2004-2011.
- Santos Otero, Aurelio de. Los evangelios apócrifos. Madrid: BAC, 1956 (múltiples reediciones).
- Schmidt, Carl. Gespräche Jesu mit seinen Jüngern nach der Auferstehung. Leipzig: Hinrichs, 1919.
- Séneca y Pablo. Epistolario apócrifo.
Bibliografía:
- Brock, Sebastian. «Transformations of the Edessa Portrait of Christ». Journal of the Assyrian Academic Society 18 (2004).
- Drijvers, Han J. W. «The Abgar Legend». En Schneemelcher, Wilhelm (ed.), New Testament Apocrypha, vol. I. Louisville: Westminster John Knox, 1991.
- Ehrman, Bart D. Forged: Writing in the Name of God. Nueva York: HarperOne, 2011.
- Ehrman, Bart D. Lost Scriptures: Books that Did Not Make It into the New Testament. Oxford: Oxford University Press, 2003.
- Elliott, J. K. The Apocryphal New Testament. Oxford: Clarendon Press, 1993.
- Hill, Charles E. «The Epistula Apostolorum: An Asian Tract from the Time of Polycarp». Journal of Early Christian Studies 7 (1999), pp. 1-53.
- Hills, Julian V. The Epistle of the Apostles. Santa Rosa: Polebridge Press, 2009.
- Lightfoot, J. B. Saint Paul’s Epistles to the Colossians and to Philemon. Londres: Macmillan, 1875 (apéndice sobre la Epístola a los Laodicenos).
- Metzger, Bruce M. The Canon of the New Testament. Oxford: Clarendon Press, 1987.
- Mirecki, Paul. «Laodiceans, Epistle to the». En Anchor Bible Dictionary. Nueva York: Doubleday, 1992.
- Schneemelcher, Wilhelm (ed.). New Testament Apocrypha. 2 vols. Louisville: Westminster John Knox, 1991-1992.
- Taylor, Joan E. What Did Jesus Look Like? Londres: Bloomsbury, 2018.
- Tabbernee, William (ed.). Early Christianity in Contexts. Grand Rapids: Baker Academic, 2014.
- White, Benjamin L. «Reclaiming Paul? Reconfiguration as Reclamation in 3 Corinthians». Journal of Early Christian Studies 17 (2009), pp. 497-523.
Preguntas frecuentes sobre las Epístolas apócrifas
¿Qué son las epístolas apócrifas?
Son cartas atribuidas a apóstoles, a Jesús o a personajes de su entorno que no forman parte del Nuevo Testamento. Se escribieron entre los siglos II y XV con fines diversos: rellenar huecos de los textos canónicos, combatir herejías, reconciliar la fe cristiana con la filosofía pagana o satisfacer la curiosidad sobre la vida y el aspecto de Jesús. Las más conocidas son la Epístola a los Laodicenos, la Tercera a los Corintios, la correspondencia entre Pablo y Séneca, la correspondencia entre Jesús y el rey Abgar, la Epístola de los Apóstoles y la carta de Léntulo.
¿Escribió Jesús alguna carta?
Según la tradición recogida por Eusebio de Cesarea en el siglo IV, Jesús respondió por carta al rey Abgar de Edesa, que le había pedido que fuera a curarle. La carta, breve, explica que no puede ir, pero promete enviar a un discípulo después de su ascensión. Los historiadores consideran que se trata de una leyenda creada en Edesa para dar a la iglesia de la ciudad un origen apostólico. No se conserva ningún texto escrito por Jesús.
¿Existió la carta de Pablo a los Laodicenos?
La Carta a los Colosenses menciona una carta enviada desde Laodicea, lo que sugiere que Pablo o uno de sus discípulos escribió a esa comunidad. Algunos investigadores la identifican con la Carta a los Efesios. La Epístola a los Laodicenos que se conserva en latín, en cambio, es una composición posterior hecha con frases de Filipenses y Gálatas para llenar ese hueco.
¿Se escribieron de verdad Pablo y Séneca?
No hay ninguna prueba de que se conocieran. Las 14 cartas que se conservan se escribieron en latín en el siglo IV, unos 300 años después de la muerte de ambos. Su estilo, su contenido trivial y varios anacronismos lo demuestran. Durante la Edad Media se consideraron auténticas, en parte porque san Jerónimo las citó, y contribuyeron a la fama de Séneca como un pagano cercano al cristianismo.
¿La carta de Léntulo describe el aspecto real de Jesús?
No. Es una falsificación medieval que circuló a partir del siglo XV. No existió ningún gobernador de Judea llamado Léntulo, y el texto contiene expresiones imposibles en un funcionario romano. Su influencia, sin embargo, fue enorme: la imagen de Jesús con pelo castaño y raya al medio, barba dividida en dos puntas y rostro sereno que domina el arte occidental coincide con su descripción.
¿Hay alguna epístola apócrifa que sea canónica en alguna Iglesia?
Sí. La Tercera Epístola a los Corintios formó parte de la Biblia de la Iglesia armenia durante siglos, y Efrén el Sirio la comentó como texto de Pablo en el siglo IV. Es el caso más claro de una epístola apócrifa que alcanzó el estatus de Escritura en una tradición cristiana.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









