Un día, cuando el apóstol Juan subía al templo de Jerusalén, se cruzó con un fariseo llamado Arimanio. El fariseo le preguntó con desprecio dónde estaba el maestro al que seguía y añadió que aquel nazareno los había engañado y los había apartado de la tradición de sus padres. Juan no supo qué responder. Se alejó del templo, subió a un lugar desierto en el monte y se sentó a meditar con tristeza. ¿Por qué había sido enviado el Salvador al mundo? ¿Quién era su Padre? ¿Cómo era el mundo eterno al que iban a ir? Entonces los cielos se abrieron, toda la creación se iluminó y el mundo tembló. Ante Juan apareció una figura que cambiaba de forma: primero un niño, luego un anciano, luego un siervo. Era Cristo resucitado, que venía a revelarle lo que había sido, lo que es y lo que será.
Así comienza el Apócrifo de Juan, también llamado Libro secreto de Juan, el texto más importante del gnosticismo setiano y una de las obras más influyentes de toda la literatura gnóstica. En él, Cristo revela a Juan el origen del universo desde el principio: el Dios supremo, invisible e incomprensible; su primer pensamiento, Barbeló; el mundo divino de los eones; la caída de Sofía, la Sabiduría, que quiso crear sin permiso; y el nacimiento de un ser monstruoso con cabeza de león y cuerpo de serpiente, Yaldabaot, que creó el mundo material y se proclamó el único dios.
A partir de ahí, el texto reescribe los primeros capítulos del Génesis desde un punto de vista radicalmente nuevo. La creación de Adán, el paraíso, el árbol del conocimiento, la serpiente, la creación de Eva, Caín y Abel, el diluvio y los ángeles que se unieron a las hijas de los hombres reciben una interpretación que invierte el relato bíblico. El dios que prohibió comer del árbol no es el Dios verdadero, sino un tirano ignorante. Comer del árbol no fue una caída, sino un despertar y una y otra vez, Cristo corrige a Juan con la misma fórmula: no es como dijo Moisés.
El Apócrifo de Juan es el único texto gnóstico del que se conservan cuatro copias, en dos versiones distintas y su mito ya circulaba antes del año 180, cuando Ireneo de Lyon lo resumió en su tratado contra las herejías.
Cuatro copias, dos versiones
La mayoría de los textos gnósticos se conservan en una sola copia. El Apócrifo de Juan es una excepción notable. Se conoce en cuatro manuscritos coptos: tres de la biblioteca de Nag Hammadi, en los Códices II, III y IV, y uno del Códice de Berlín, comprado en El Cairo en 1896.
Las cuatro copias no son idénticas sino que representan dos versiones distintas del texto. La versión breve se conserva en el Códice III de Nag Hammadi y en el Códice de Berlín. La versión larga, en los Códices II y IV. La versión larga contiene pasajes que no aparecen en la breve, como una lista de 365 ángeles que crean cada parte del cuerpo de Adán y un himno final en el que la Providencia divina narra sus tres descensos al mundo. Las dos versiones derivan de originales griegos distintos, traducidos al copto de forma independiente.
Que existieran cuatro copias en dos versiones demuestra que el Apócrifo de Juan fue un texto muy leído, copiado y reelaborado durante los siglos III y IV. Para quienes reunieron la biblioteca de Nag Hammadi, era evidentemente una obra de referencia: en el Códice II ocupa el primer lugar, por delante del Evangelio de Tomás.
Ireneo y los barbelognósticos
El Apócrifo de Juan no es un texto que solo se conociera después de 1945. Hacia el año 180, el obispo Ireneo de Lyon dedicó un capítulo del primer libro de Contra las herejías a un grupo al que llamaba los barbelognósticos, por el nombre de Barbeló, la primera emanación del Padre.
El resumen de Ireneo coincide casi punto por punto con la primera parte del Apócrifo de Juan: el Padre innombrable, Barbeló como su primer pensamiento, el Autoengendrado, las cuatro grandes luminarias, la caída de Sofía, a la que Ireneo llama también Prúnico, el nacimiento del Primer Arconte y su afirmación de que es un dios celoso y no hay otro dios fuera de él. Ireneo no cita el texto por su nombre, pero es evidente que conocía una versión del mismo mito, quizá del propio Apócrifo de Juan.
Esta coincidencia permite fechar el núcleo del texto. El mito ya circulaba antes del año 180, lo que sitúa la composición del Apócrifo de Juan, o al menos de su primera parte, a mediados del siglo II. Algunos investigadores piensan que el texto tuvo una historia compleja: un tratado inicial sobre el mundo divino y la creación, quizá de origen judío o filosófico, al que más tarde se añadió el marco cristiano del diálogo entre Juan y el Salvador.
El Dios que no puede nombrarse
La revelación comienza por el principio absoluto: el Dios supremo, al que el texto llama la Mónada, el Espíritu invisible o el Padre del Todo. Lo que sigue es una de las descripciones de Dios más elaboradas de la Antigüedad, construida casi enteramente con negaciones.
El Espíritu invisible no puede ser pensado ni nombrado. No es corporal ni incorporal, no es grande ni pequeño, no tiene cantidad ni cualidad. No es infinito ni limitado, porque no hay nada antes de él que pueda limitarlo. Ni siquiera es divino o perfecto en el sentido en que se dice de otras cosas, porque está por encima de la divinidad y de la perfección. No forma parte de las cosas que existen, sino que es superior a ellas. No participa del tiempo ni de la eternidad. Es luz pura en la que ningún ojo puede fijarse.
Este método de hablar de Dios diciendo lo que no es, la llamada teología negativa o apofática, tiene raíces en la filosofía platónica de la época, que buscaba un primer principio absolutamente trascendente, por encima del ser y del pensamiento. El Apócrifo de Juan comparte este lenguaje con filósofos contemporáneos como Alcínoo o Numenio de Apamea y anticipa el Uno de Plotino, que escribiría un siglo después. El autor del texto conocía bien la filosofía de su tiempo.
Barbeló, el primer pensamiento
Del Dios incognoscible surge el resto del mundo divino, pero no por un acto de voluntad o de creación, sino por un acto de conocimiento. El Espíritu invisible se contempla a sí mismo en el agua de luz pura que lo rodea y de esa contemplación surge su primer pensamiento, su reflejo, que adquiere existencia propia. Es Barbeló.
Barbeló es la primera emanación del Padre y la más importante. El texto la llama la Providencia del Todo, la imagen del Espíritu invisible, el primer Hombre, el espíritu virginal, la que es tres veces masculina, la de los tres poderes y los tres nombres, el eón andrógino. Es femenina y masculina a la vez y el texto la presenta a menudo como la Madre del Todo. El origen de su nombre es incierto. Algunos investigadores lo relacionan con una expresión hebrea que significaría Dios en cuatro, en referencia al nombre divino de cuatro letras.
Barbeló pide al Padre que le conceda otros atributos y de esa petición surgen nuevos eones: la Presciencia, la Incorruptibilidad, la Vida eterna y la Verdad. Después, Barbeló contempla de nuevo al Padre y concibe una chispa de luz, un Hijo, al que el Padre unge con su bondad. Es el Autoengendrado, que el texto identifica con Cristo.
Las cuatro luminarias
El Autoengendrado da origen, a su vez, a cuatro grandes luminarias: Harmozel, Oroiael, Daveitai y Eleleth. Cada una tiene tres eones a su servicio, de modo que en total son 12. En la primera luminaria se coloca al hombre perfecto, Adamas o Geradamas, el modelo celestial de Adán. En la segunda, a su hijo Set. En la tercera, a la descendencia de Set, es decir, a las almas de los verdaderos gnósticos. En la cuarta, a las almas que tardaron en arrepentirse.
Esta genealogía divina explica el nombre que los investigadores dan a esta corriente: setianos. Los autores del Apócrifo de Juan se consideraban la descendencia espiritual de Set, el tercer hijo de Adán y Eva, nacido para sustituir a Abel. Set era el antepasado de la raza inamovible, la estirpe de los que poseen el conocimiento.
El último de los 12 eones, situado en la cuarta luminaria, Eleleth, es Sofía. Con ella empieza el drama.
La caída de Sofía
Sofía, la Sabiduría, era un eón como los demás, con su pareja masculina, pero un día concibió un pensamiento propio. Quiso producir una imagen a partir de sí misma, sin el consentimiento del Espíritu y sin la participación de su compañero. Su poder era grande, y su pensamiento no quedó sin efecto. Algo salió de ella.
Lo que salió no se parecía a ella. Era imperfecto, distinto de su forma, porque lo había creado sin su pareja. Cuando Sofía vio el resultado de su deseo, comprobó que tenía la forma de una serpiente con cara de león, con ojos como relámpagos de fuego. Avergonzada, lo arrojó lejos de sí, fuera del mundo divino, para que ninguno de los inmortales lo viera, porque lo había creado en la ignorancia. Lo envolvió en una nube luminosa y colocó un trono en medio de la nube, para que nadie lo viera salvo el Espíritu Santo, al que el texto llama la Madre de los vivientes.
Sofía le dio un nombre: Yaldabaot.
Yaldabaot, el dios ciego
Yaldabaot es el primer arconte, el gobernante del mundo inferior. El texto le da tres nombres. El primero es Yaldabaot, cuyo significado es discutido. El historiador Gershom Scholem propuso que procedía de una expresión aramea que significaría hijo del caos. El segundo es Saclas, que en arameo significa necio. El tercero es Samael, que la tradición judía asocia con el ángel de la muerte y que el texto interpreta como dios ciego.
Yaldabaot nació con una parte del poder de su madre y con ese poder robado se alejó del lugar donde había nacido y creó su propio mundo. Hizo para sí un eón de fuego luminoso y produjo a sus propios ayudantes: doce potestades, siete reyes para los siete cielos y cinco para el abismo. Algunos de sus nombres son extraños y otros resultan sorprendentes: Atot, Harmas, Galila, Yobel, Adonaios, y también Caín y Abel, que aquí son potestades del Demiurgo. Para cada uno de ellos creó a su vez otros ángeles, hasta completar 365, uno por cada día del año.
Cuando terminó, Yaldabaot contempló su obra y a los ángeles que había creado y pronunció la frase que define a su personaje: Yo soy un dios celoso, y no hay otro dios fuera de mí. Es una cita de los profetas de Israel, especialmente de Isaías y del Éxodo, puesta en boca del creador ignorante.
El texto comenta la frase con ironía. Al decir esto, Yaldabaot reveló a los ángeles que había otro dios, porque si no hubiera otro, ¿de quién iba a estar celoso? La afirmación de su unicidad delata su ignorancia, porque no conocía el lugar del que había salido ni el poder de su madre. Su arrogancia es la consecuencia de su ceguera.
Un dios con cabeza de león
La imagen de Yaldabaot como serpiente con cabeza de león ha llamado la atención de los investigadores. En el mundo romano existía una figura muy parecida, el dios con cabeza de león y cuerpo humano rodeado por una serpiente que aparece en los santuarios del culto de Mitra, el llamado leontocéfalo. Su significado exacto se discute, pero suele relacionarse con el tiempo cósmico o con un poder de las tinieblas. Algunos investigadores han señalado además que el nombre del fariseo del prólogo, Arimanio, recuerda a Ahrimán, el espíritu del mal de la religión persa, que algunos autores antiguos asociaban con el leontocéfalo mitraico. La relación entre ambas imágenes es posible, pero no segura.
En la literatura gnóstica posterior, las figuras de los arcontes con rasgos animales se volvieron frecuentes. Varios textos de Nag Hammadi describen a los poderes del mundo inferior con caras de león, de toro, de asno o de dragón, una iconografía que conecta directamente con la demonología medieval.
El arrepentimiento de Sofía
Cuando Sofía vio la maldad de su hijo y comprendió lo que había hecho, se arrepintió. El texto dice que se agitaba de un lado a otro en la oscuridad de la ignorancia. Juan, desconcertado, pregunta al Salvador qué significa eso de agitarse de un lado a otro.
La respuesta contiene la primera corrección explícita a la Biblia. El Génesis dice que, al comienzo de la creación, el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. El Salvador le dice a Juan que no piense que es como dijo Moisés, sobre las aguas. Ese movimiento era la agitación de Sofía, avergonzada y arrepentida de su error, que se movía en la oscuridad sin poder subir al mundo divino.
La fórmula no es como dijo Moisés se repetirá varias veces a lo largo del texto. El Apócrifo de Juan no rechaza el Génesis ni lo ignora, sino que lo corrige. Moisés transmitió los hechos, pero los entendió mal, porque escribió bajo la influencia del dios inferior. Cristo revela ahora la verdadera interpretación.
La creación de Adán
Desde el mundo divino llegó una voz que proclamó: existe el Hombre y el Hijo del Hombre. Al mismo tiempo, la imagen del primer Hombre, el modelo celestial, se reflejó en las aguas del caos. Yaldabaot y sus ángeles vieron el reflejo, quedaron fascinados y dijeron: hagamos un hombre a imagen de Dios y a nuestra semejanza.
Es la frase del Génesis en la que Dios habla en plural, que los intérpretes judíos y cristianos llevaban siglos intentando explicar. El Apócrifo de Juan ofrece una solución: el plural se debe a que no habla un solo dios, sino Yaldabaot con sus ángeles y la imagen que intentan copiar no es la suya, sino la del Hombre celestial que acaban de ver reflejada.
Los arcontes crean entonces un cuerpo psíquico, hecho de alma y cada uno contribuye con una parte. La versión larga del texto contiene aquí uno de sus pasajes más extraordinarios: una lista de 365 ángeles, cada uno responsable de crear una parte del cuerpo de Adán, desde la coronilla hasta las uñas de los pies, con sus nombres exóticos. Otra serie de ángeles gobierna los sentidos y las pasiones, como el placer, el deseo, la tristeza y el miedo. El texto remite para más detalles a un Libro de Zoroastro, una obra que se atribuía al profeta persa y que circulaba en ambientes gnósticos.
El soplo robado
Pero el cuerpo que crearon los arcontes no se movía, yacía inerte, sin vida. Entonces la Madre, Sofía, quiso recuperar el poder que había entregado a su hijo y pidió ayuda al Padre. Por orden del Padre, cinco luminarias bajaron disfrazadas de ángeles de Yaldabaot y le aconsejaron que soplara su espíritu en el rostro de Adán.
Yaldabaot obedeció, sin saber lo que hacía. Al soplar, transmitió a Adán el poder de su madre, la chispa divina que había heredado de ella. El cuerpo se movió, se fortaleció y se volvió luminoso. Este episodio es una relectura del Génesis, donde Dios sopla en la nariz de Adán el aliento de vida. En el Apócrifo de Juan, el soplo es una trampa que el mundo divino tiende al Demiurgo para que se desprenda, sin saberlo, de la luz que había robado.
Los arcontes se dieron cuenta enseguida de que Adán era más inteligente que ellos y que el propio Yaldabaot. Llenos de envidia, lo arrojaron a la región más baja de la materia. Después le dieron un cuerpo material, hecho de tierra, agua, fuego y aire, al que el texto llama la tumba de la forma del cuerpo y la cadena del olvido. Es el cuerpo que todos los seres humanos llevan desde entonces, una prisión diseñada para que el espíritu olvide su origen.
El paraíso invertido
Los arcontes colocaron a Adán en el paraíso, pero el texto explica que su paraíso no era lo que parecía. Su delicia era amargura y su belleza era depravación. Sus frutos eran veneno y su promesa era la muerte. El árbol de la vida que plantaron en medio del jardín era en realidad su propio espíritu falsificado, destinado a mantener a Adán en la ignorancia.
El árbol del conocimiento del bien y del mal es otra cosa. Representa la Epinoia de la luz, el pensamiento luminoso que el mundo divino había ocultado dentro de Adán para despertarlo. Por eso Yaldabaot prohibió comer de él: no quería que Adán conociera su propio origen.
Aquí el texto introduce la inversión más radical. Cristo le dice a Juan que fue él quien hizo que Adán y Eva comieran del árbol. En la versión larga, el Salvador explica que se apareció en forma de águila sobre el árbol del conocimiento para despertarlos del sueño profundo.
Juan, sorprendido, pregunta si no fue la serpiente quien les enseñó a comer. El Salvador sonríe y responde que la serpiente les enseñó otra cosa: el deseo sexual, la contaminación y la destrucción, porque eso era útil para el arconte. La serpiente no es aquí la heroína gnóstica que aparece en otros textos, sino un agente de Yaldabaot. El conocimiento verdadero procede de Cristo.
Eva y la Epinoia de la luz
La creación de Eva recibe también una nueva lectura. Yaldabaot quiso sacar de Adán el poder luminoso que había recibido y para ello lo hizo caer en un trance. El Salvador vuelve a corregir: no es como dijo Moisés, que lo hizo dormir, sino que veló su percepción con un velo y lo dejó insensible.
Yaldabaot intentó extraer la Epinoia de la luz del costado de Adán, pero no pudo atraparla, porque la luz no puede ser capturada por la oscuridad. Entonces modeló una mujer según la forma de la Epinoia y la colocó junto a Adán. Cuando Adán la vio, despertó de su trance, se reconoció en ella y dijo: esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos. Eva no procede de una costilla, sino que es la imagen del principio luminoso que despierta al ser humano.
Caín, Abel y Set
Después de expulsar a Adán y Eva del paraíso, Yaldabaot cometió un último acto de violencia. Vio a la joven junto a Adán, se llenó de deseo y la violó. De esa unión nacieron dos hijos: uno con cara de oso y otro con cara de gato. El primero se llamaba Elohim y el segundo Yahvé, los dos nombres de Dios en la Biblia hebrea. Los hombres los llaman Caín y Abel. Elohim era injusto y Yahvé era justo y Yaldabaot los puso a gobernar los elementos.
El pasaje es una provocación teológica deliberada. Los dos nombres con los que la Biblia designa a Dios se convierten en los hijos bastardos de un arconte, nacidos de una violación. Yaldabaot introdujo además el deseo sexual en la humanidad y desde entonces la procreación transmite el cuerpo material y el espíritu falsificado.
Pero Adán conoció también a su verdadera esposa, la imagen de su propia presciencia y engendró a Set. Con Set nace la descendencia luminosa, la raza que lleva dentro la chispa divina. El Espíritu descendió sobre ella para despertarla y prepararla para el día en que el mundo divino la recogería.
El diluvio y los ángeles caídos
La historia continúa con otros dos episodios del Génesis. Yaldabaot, arrepentido de haber creado a la humanidad, decidió destruirla con un diluvio. Pero la Providencia avisó a Noé, que lo anunció a los demás hombres sin que lo creyeran. El Salvador vuelve a corregir: no es como dijo Moisés, que se escondieron en un arca, sino que se ocultaron en un lugar, en una nube luminosa, Noé y otras personas de la raza inamovible.
Después, Yaldabaot y sus ángeles idearon otro plan. Enviaron a sus ángeles a las hijas de los hombres para tomar esposas y engendrar hijos. Al principio no lo consiguieron, así que adoptaron la apariencia de los maridos de las mujeres y las llenaron con el espíritu de las tinieblas. Les trajeron oro, plata, regalos, cobre, hierro y toda clase de metales y las arrastraron a la confusión. Desde entonces, la humanidad vive esclavizada, sin conocer al Dios de la verdad.
El episodio procede del capítulo 6 del Génesis, donde los hijos de Dios se unen a las hijas de los hombres y sobre todo de su desarrollo en el Libro de Enoc, que cuenta cómo los ángeles vigilantes, los ángeles caídos, enseñaron a los humanos la metalurgia, la fabricación de armas y joyas y las artes de la seducción. El Apócrifo de Juan integra esta tradición en su propio mito: los ángeles caídos son agentes de Yaldabaot y sus regalos, los metales y la riqueza, son herramientas para mantener a la humanidad en la ignorancia.
El destino de las almas
En la última parte del texto, Juan formula una serie de preguntas sobre la salvación y el Salvador responde. ¿Se salvarán todas las almas? Las que reciban el Espíritu de vida se purificarán y serán dignas de la vida eterna. ¿Qué ocurre con las que no lo reciben? Las almas en las que domina el espíritu falsificado vuelven a entrar en cuerpos una y otra vez, encadenadas, hasta que despiertan y alcanzan el conocimiento. El texto contempla, por tanto, una forma de reencarnación como proceso de purificación.
Solo un grupo no tiene salvación: los que conocieron la verdad y se apartaron de ella. Esas almas irán a un lugar donde no hay arrepentimiento y serán castigadas eternamente. Es una de las pocas menciones de un castigo eterno en la literatura gnóstica, reservado no a los ignorantes, sino a los apóstatas.
El himno de la Providencia
La versión larga incluye, antes del final, un himno en primera persona en el que la Providencia, Pronoia, narra sus tres descensos al mundo. La primera vez bajó a las tinieblas y los cimientos del caos temblaron. La segunda, volvió a descender y casi fue destruida. La tercera, entró en la prisión del cuerpo y dijo a quien dormía: quien escuche, que se levante del sueño profundo. Es uno de los textos más bellos de toda la literatura gnóstica y su estructura, un ser divino que baja tres veces para despertar a la humanidad, reaparece en la Protennoia trimorfa, otro texto setiano de Nag Hammadi.
El Apócrifo de Juan termina con una advertencia. El Salvador ordena a Juan que escriba todo lo que ha oído y lo entregue en secreto a sus compañeros de espíritu, y lanza una maldición contra quien cambie estas palabras por un regalo, por comida, bebida, ropa o cualquier otra cosa. Después desaparece. Juan baja del monte y cuenta a los demás discípulos lo que el Salvador le ha revelado.
El Génesis según el Apócrifo de Juan
| Episodio | Génesis | Apócrifo de Juan |
|---|---|---|
| El espíritu sobre las aguas | El espíritu de Dios se mueve sobre las aguas | Sofía se agita en la oscuridad, arrepentida |
| El creador | Dios crea el mundo y lo considera bueno | Yaldabaot, hijo imperfecto de Sofía, crea el mundo en la ignorancia |
| Hagamos al hombre | Dios habla en plural | Yaldabaot y sus ángeles copian la imagen del Hombre celestial |
| El soplo de vida | Dios sopla el aliento de vida en Adán | Yaldabaot entrega sin saberlo la chispa divina que robó a su madre |
| El árbol del conocimiento | Dios prohíbe comer de él | Cristo impulsa a Adán y Eva a comer para que despierten |
| La serpiente | Tienta a Eva | Enseña el deseo sexual, al servicio del arconte |
| Eva | Creada de una costilla de Adán | Modelada según la Epinoia de la luz, que despierta a Adán |
| Caín y Abel | Hijos de Adán y Eva | Elohim y Yahvé, hijos de Yaldabaot y Eva |
| El diluvio | Noé se salva en el arca | Noé y los suyos se ocultan en una nube luminosa |
| Los hijos de Dios | Se unen a las hijas de los hombres | Ángeles de Yaldabaot seducen a las mujeres con metales y regalos |
Por qué importa el Apócrifo de Juan
El Apócrifo de Juan es el texto que mejor permite entender lo que los investigadores llaman gnosticismo setiano y en muchos sentidos el gnosticismo en general. Su mito, con el Dios trascendente, la caída de Sofía, el Demiurgo arrogante y el ser humano que lleva dentro una chispa de luz, es la versión más completa y coherente de la cosmología gnóstica que se conserva.
Su método es también característico. El Apócrifo de Juan no inventa su mito desde la nada, sino que lo construye a partir de una lectura minuciosa del Génesis, versículo a versículo, con la ayuda de la filosofía platónica y de la apocalíptica judía. Los gnósticos setianos eran, ante todo, intérpretes de la Biblia y su interpretación respondía a preguntas que los propios textos bíblicos planteaban. ¿Por qué Dios habla en plural al crear al hombre? ¿Por qué prohíbe el conocimiento del bien y del mal? ¿Por qué se arrepiente de haber creado a la humanidad? ¿Por qué dice ser un dios celoso, si no hay otros dioses? El Apócrifo de Juan responde que el dios del Génesis no es el Dios verdadero.
El texto ofrece además una respuesta al problema del mal que ha resultado atractiva hasta hoy. Si el mundo está lleno de sufrimiento, injusticia y muerte, quizá no sea obra de un Dios bueno y omnipotente, sino de un creador imperfecto, ignorante o malvado. Esta idea ha reaparecido una y otra vez en la cultura moderna, desde las novelas de Philip K. Dick hasta películas como Matrix, que presenta un mundo falso creado para mantener a la humanidad dormida. Yaldabaot ha llegado incluso a los videojuegos: en Persona 5, publicado en 2016, es el nombre del dios del control al que los protagonistas se enfrentan al final.
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Fuentes y bibliografía
Ediciones y traducciones
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Estudios
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Preguntas frecuentes sobre el apócrifo de Juan
¿Qué es el Apócrifo de Juan?
Es un texto gnóstico del siglo II, también llamado Libro secreto de Juan, en el que Cristo resucitado revela al apóstol Juan el origen del universo, la caída de Sofía, el nacimiento del dios creador Yaldabaot y la verdadera interpretación del Génesis. Es el texto más importante del gnosticismo setiano. Se conserva en cuatro copias coptas, tres de Nag Hammadi y una del Códice de Berlín, en dos versiones, una larga y una breve.
¿Quién es Yaldabaot?
Es el dios creador del mundo material en el mito del Apócrifo de Juan. Nació de Sofía, que quiso crear sin el consentimiento del Padre ni de su pareja, y tenía forma de serpiente con cabeza de león. Ignorante de su origen, creó el mundo y a los ángeles y se proclamó el único dios. El texto le da también los nombres de Saclas, que significa necio, y Samael, dios ciego. Los gnósticos lo identificaban con el dios del Antiguo Testamento.
¿Quién es Barbeló?
Es la primera emanación del Dios supremo en el gnosticismo setiano. Surge cuando el Espíritu invisible se contempla a sí mismo en la luz que lo rodea, y se convierte en su primer pensamiento, su imagen y la madre de todo el mundo divino. Es andrógina, femenina y masculina a la vez. Ireneo de Lyon llamaba barbelognósticos a los grupos que la veneraban.
¿Qué dice el Apócrifo de Juan sobre el árbol del conocimiento?
Que no era un árbol prohibido por el Dios verdadero, sino por Yaldabaot, que quería mantener a Adán en la ignorancia. El árbol representa la luz que permite al ser humano conocer su origen. Según el texto, fue el propio Cristo quien impulsó a Adán y Eva a comer de él para despertarlos. La serpiente no les enseñó el conocimiento, sino el deseo sexual, al servicio de los arcontes.
¿Qué significa «no es como dijo Moisés»?
Es la fórmula con la que Cristo corrige la interpretación del Génesis a lo largo del texto. El Apócrifo de Juan no rechaza la Biblia, sino que la reinterpreta: Moisés transmitió los hechos, pero los entendió mal. La fórmula aparece en episodios como el espíritu sobre las aguas, el sueño de Adán y el arca de Noé.
¿Cuándo se escribió el Apócrifo de Juan?
Su núcleo se compuso en griego a mediados del siglo II. Ireneo de Lyon resumió hacia el año 180 un mito casi idéntico, atribuido a los barbelognósticos, lo que demuestra que ya circulaba entonces. Las copias coptas conservadas son del siglo IV y del siglo V.
¿Qué relación tiene con el Libro de Enoc?
El Apócrifo de Juan recoge la tradición del Libro de Enoc sobre los ángeles que se unieron a las mujeres y les enseñaron a trabajar los metales. En el texto gnóstico, esos ángeles son enviados de Yaldabaot, que los utiliza para mantener a la humanidad esclavizada con la riqueza y la confusión.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









