Por Enrique Ravello Barber, Historiador e investigador en Historia Antigua del mundo antiguo
Hablar de los indoeuropeos significa adentrarse tratar de uno de los elementos esenciales de eso que se ha dado en llamar “identidad europea”. En los años 70-90 los grandes historiadores europeos eran esencialmente medievalistas -George Duby, Jacques Le Goff- se trataba de presentar la Edad Media cristiana -la Europa de la catedrales- como el momento de creación de una cierta idea de Europa en el momento en el que el proceso político y económico de unificación europea necesitas ese justo complemente intelectual. Todos ellos fueron historiadores extremadamente brillantes y sus obras son y serán por mucho tiempo una referencia obligada.
La cuestión de los indoeuropeos aumenta la perspectiva temporal de los que los medievalistas de décadas anteriores querían sostener: los rasgos comunes d ellos pueblos europeos no se crean en el Medioevo, sino que ya están presentes en la primera Antigüedad. Señalemos que todas las lenguas que se hablan en la Europa actual excepto el euskera, el finés, el lapón, el estonio y el húngaro desciende de una única lengua que llamamos -por convención- “indoeuropeo”. Es decir, de modo exagerado pero no falso, podemos considerar a todos los idiomas europeos dialectos de una misma lengua común
La primera gran pista fue lingüística, el filólogo alemán Franz Bopp, pero también el danés Rasmus Christian Bask o el español Lorenzo Hervás y Panduro, fueron los primeros en establecer que los parecidos entre las lenguas antiguas más conocida en su época: griego, latín, sánscrito, el alemán y el lituanos modernos y lenguas celtas como el galés y el gaélico no eran sólo de carácter léxico sino que respondían a algo más profundo que abarcaba también la gramática, de ahí fue fácil deducir que todos ellos venían de una misma lengua, una lengua muy antigua a la que se llamó también Ursprache, la partícula ur– en alemán hace referencia a algo antiguo y a la vez primordial y generador.
Señalar también que, durante el dominio británico de la India, muchos estudiosos ingleses que empezaron a leer los textos sagrados hindúes, especialmente los Vedas y a conocer el sánscrito quedaron sorprendidos por la similitud léxica y gramatical de esa antiguo lengua con su idioma inglés.
No conservamos ningún documento escrito en aquella lengua, pero sí se ha podido reconstruir -de forma hipotética- a través de sus lenguas derivadas.
Griegos, romanos, celtas, germanos, eslavos, pueblos iranios o las sociedades de la antigua India presentan diferencias históricas evidentes. Se desarrollaron en espacios geográficos distintos y crearon instituciones políticas, formas artísticas y tradiciones religiosas propias, pero sus paralelismos, su esencia y sus rasgos comunes no pueden explicarse sin remitir a un origen común. En este aspecto son absolutamente fundamentales las obras del profesor francés George Dumèzil, los paralelismos entre los panteones, estructuración social, formas políticas, ideología y concepción de mundo de estas civilizaciones se fundamentan en la común herencia indoeuropea
Una civilización reconstruida a través de sus palabras
El estudio del léxico común permite aproximarse, con las necesarias cautelas, a determinados aspectos del mundo indoeuropeo.
Cuando varias lenguas históricamente separadas conservan términos que pueden remontarse a una raíz común, el lingüista puede intentar determinar qué conceptos existían antes de que las distintas ramas indoeuropeas emprendieran caminos independientes.
De esta forma se han estudiado palabras relacionadas con la familia, el poder, los animales, la naturaleza, la guerra, la religión o determinadas instituciones sociales.
En este sentido la lengua se convierte en una especia de “fósil guía”. Una vez determina la antigua lengua común (Ursprache) las siguientes cuestiones que se planteaban eran obvias: se tratada de determina el pueblo que la habló (Urvolk) y la zona donde se asentaba (Urhemait). El hecho de que los idiomas de origen indoeuropeo tengan términos emparentado para designar floras y faunas de zonas frías y diferentes para las de zonas calientes, nos da una prueba clara de donde se ubicaba esa Urhemait. Las hipótesis acerca de la misma han sido variadas, desde la danubiana de Bosch Gimpera hasta la teoría de los kurganes de la famosa profesora estadounidenses de origen lituano Marija Gimbutas, el tema es largo y complejo y daría para un artículo entero, pero nosotros defendemos la teoría de la sede báltico-nórdica como patria primigenia de los indoeuropeos antes de su dispersión. Damos validez relativa a la tesis de Gimbutas:sí, los kurganes fueron una zona desde donde se indoeuropeizaron extensas regiones de Europa centro y sud-oriental, pues divergimos con ella en un punto esencial: kurganes no es la primera zona indoeuropea, sino que la cultura de los kurganes deriva de una expansión indoeuropea desde zonas más septentrionales.
Siguiendo con la importancia del léxico como “fósil guía” para la cuestión indoeuropea, vayamos con otro ejemplo muy concreto, últimamente se ha puesto de moda la llamada “teoría yamnaya” que personalmente considero un error insostenible desde cualquier punto de vista, pero vayamos al punto de vista filológico. Si las lenguas indoeuropeas derivadas comparten un mismo término para «arado» y la arqueología ha constatado que la agricultura de arado no aparece en la estepa hasta la segunda mitad del segundo milenio a. C, ¿cómo es posible que las migraciones “yamnayas” que se dirigieron a Europa, Anatolia y el sur de Asia llevaran todas en sus lenguas esa palabra si esas migraciones se produjeron en el tercer milenio a.C.? ¿Como podían los presuntos indoeuropeos “yamnayas” poner nombre a un artefacto que desconocían?
A lo largo de mi trayectoria académica, el problema indoeuropeo ha constituido uno de mis principales campos de interés junto al estudio de las religiones antiguas y de la ideología religiosa y política del mundo romano.
Mi formación como licenciado en Geografía e Historia por la Universitat de València, complementada posteriormente por estudios especializados en historia y filosofía de las religiones, me llevó necesariamente hacia una pregunta que atraviesa muchas culturas antiguas: cuánto puede conservar una civilización concreta de estructuras heredadas de épocas muchísimo anteriores. Y más aún, cuando puede esa civilización concreta servir de puente entre su herencia y sus consecuencias. Por ser más concreto, cuándo tienen de herencia indoeuropea el mundo greco-latino y cuando de eso se ha transmitido a la civilización occidental actual.
Jean Haudry y la tradición de los estudios indoeuropeos
Uno de los investigadores que dedicó buena parte de su vida académica a esta cuestión fue el lingüista francés Jean Haudry, profesor de lingüística indoeuropea y sánscrito y fundador del Institut d’études indo-européennes de la Universidad Jean Moulin Lyon III.
Mi relación académica y personal con Haudry me permitió profundizar en una forma de aproximarse al fenómeno indoeuropeo que no se limita simplemente a la cuestión filológica. Esta similitud lingüística permite penetrar también en una determinada concepción del universo.
Haudry recoge y amplia la idea de trifuncionalidad indoeuropea formulada por George Dumèzil. Siguiente esta idea, tanto el cosmos como la tierra -que es su reflejo- se articulan entorno a tres funciones: la soberana, la guerra y la productiva. En los panteones célticos, germano-escandinavos, iranio-hindúes, greco-romanos y balto-eslavos, a nadie se le escapa e paralelismo entre Júpiter, Zeus y Odín o entre Marte, Ares y Thor.
Esa trifuncionalidad tenía su reflejo en el orden social -repetimos reflejo del orden divino-. Las sociedades indoeuropeas se articulaban también en torno a esas tres funciones, Es la base del sistema de casta que los indoeuropeos llevan a la India y que se superponen a la población autóctona dravídica que queda excluida del mismo, serán los famosos “parias”.
Para cerrar el espacio dedica a Jean Haudry me gustaría señalar uno de sus últimos escritos, el prólogo para la edición castellana publicada por EAS del libro de sabio hindú Tilak titulado El hogar polar de los Vedas. Tilak, amigo personal de Mahatman Gandhi y fundador con él del Parrido del Congreso, era un brahmán hindú profundo conocedor de los Vedas -los textos sagrados del hinduismo- haciendo un concienzudo estudio de los datos celestes climáticos, estacionales etc., que aparecen en los mismos Tilak concluye que primigeniamente debieron ser concebido en una región situada muy al norte en tiempos remotos, aunque su codificación escrita- como pasa con tantas obras- fuera posterior. Haudry analiza la hipótesis de Tilak desde el punto de vista filológico y da valor positivo a sus conclusiones. Todo esto abre un panorama apasionante para los estudios indoeuropeos que podría ampliar de forma determinante su marco temporal y geográfico
El Cielo, el sol y el poder.
El Sol es un símbolo recurrente que aparece en todas las civilizaciones, por analogía representa orden y superioridad -en el mismo sentido que los planetas está “subordinados a él”. Este aspecto simbólico lo estudia muy bien el psicoanalista suizo C. G. Jung, cuyos trabajos sobre el inconsciente colectivo son de gran ayuda a la hora de estudiar todos los simbolismos, incluido especialmente los simbolismos religiosos y de poder.
Pero como matiza el historiador de las religiones de origen rumano y posteriormente profesor en la Universidad de Chicago, Mircea Eliade, autor de consulta obligada, el culto solar se manifiesta en civilizaciones que han alcanzado un determinado desarrollo de organización y centralidad del poder. El Sol, debido a su regularidad, a su movimiento y a su capacidad de iluminar, podía convertirse en uno de los símbolos más poderosos para expresar permanencia, victoria o restauración del orden.
Cultos solares vemos en todo el planeta, desde la famosa religión solar de Amenofis IV, rebautizado como Akenatón, hasta la concepción imperial japonesa como hijo del sol vigente hasta mediados del siglo XX.
Roma no nació en un vacío cultural
Centrándonos en Roma, el investigador alemán Franz Altheim es quien mejor nos habla de la presencia de representaciones solares en la península itálica, señalando como las primeras las de incisiones de Val Camónica (Norte de Italia) que ponen en relación por su similitud iconográfica con las representaciones halladas en el sur de Suecia. Si bien Altheim es una referencia determinante para la inicial presencia solar en Italia, su libro titulado Deus invictus referido a los cultos solares de la Roma del siglo III d. C no coincide nuestra opinión sobre este punto.
Respecto a la naturaleza de Sol en la Roma primigenia queremos hacer una breve pero importante referencia a lo que hemos escrito en un artículo publicado el año pasado por una revista especializada. Sol Indiges, la divinidad solar romana es una divinidad de origen latino, por lo tanto, no hay que asimilar -como hacen muchos autores- el origen del culto solar en roma a los sabinos y su rey, pues sí que existiría ese culto solar, pero sería algo específicamente gentilicio, mientras que Sol Indiges la divinidad solar general romana. Recordemos que latinos -cuyo primer rey seria Rómulo- y sabinos -cuyo rey era Tito Tacio- son ambos de origen indoeuropeo y se fusionan para dar nacimiento a la Roma histórica, proceso que queda simbólicamente reflejado en el famoso episodio del rapto de las sabinas.
Este último aspecto conecta directamente con otra de mis principales líneas de investigación: la presencia de la religión solar en Roma y su relación con el poder imperial.
Mi investigación doctoral en la Universitat de València se ha centrado precisamente en Deus Sol como elemento de poder en la ideología imperial de Aureliano (270-275).
El emperador Aureliano gobernó en uno de los momentos más difíciles del Imperio romano. Su reinado puede entenderse dentro de un proceso de reconstrucción política y militar, pero también ideológica.
Cuando estudiamos el papel desempeñado por las imágenes solares en este contexto, observamos nuevamente hasta qué punto las sociedades antiguas utilizaban el lenguaje religioso para representar el poder, la victoria y la centralidad y la estabilidad.
En mi propio recorrido investigador he intentado mantener ese diálogo entre Historia Antigua, religión e ideología.
Las estancias doctorales realizadas en la Universidad Nacional de Córdoba y en el CONICET de Argentina, así como en la École française de Rome, han permitido desarrollar esta línea de investigación en contacto con distintos ámbitos académicos dedicados al estudio del mundo antiguo.
De estas investigaciones ha surgido también el trabajo dedicado a “Sol en la Roma republicana: ideología y representación”, donde se estudia la presencia y significación del elemento solar desde lo primeros tiempo de Roma hasta la transición al Imperio.
¿Por qué siguen interesándonos los indoeuropeos?
La primera respuesta que se me ocurre es “para conocer nuestro más antiguo pasado”. Nietzsche decía “el hombre del futuro será el de la más larga memoria”
De alguna forma hay elemento de lo indoeuropeo que son permanentes en la civilización europea. Volviendo al famoso medievalista George Duby tiene un extraordinario libro editado en castellano con el título Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo. En esa obra Duby no explica la articulación de la sociedad medieval en tres órdenes: pugnatores, laboratores, oratores, es decir la trifuncionalidad indoeuropea en plena Edad Media, y el esquema se proyectó en el devenir histórico europeo.
Ahora que tan de moda está la Ilíada, hay que recordar que es una obra típica de la literatura heroica indoeuropeo, donde vemos elementos comunes con la literatura heroica de otros pueblos indoeuropeos como celtas, germanos o hindúes. La Ilíada en particular y los poemas homéricos en general que podemos consideran la obra fundacional de la literatura europea, son inexplicables sin situarlos en el contexto indoeuropeo
Ahí reside buena parte de la fascinación de la Historia: reconstruir, a partir de fragmentos dispersos, las ideas y las sociedades de quienes vivieron miles de años antes que nosotros y de los que somos, en cierta medida, sus herederos y continuadores.
Sobre el autor
Enrique Ravello Barber (Valencia, 1968) es licenciado en Geografía e Historia por la Universitat de València y ha desarrollado su actividad investigadora principalmente en los ámbitos de la Historia Antigua, las religiones antiguas y los estudios indoeuropeos.

Su investigación doctoral se centra en “Deus Sol como elemento de poder en la ideología imperial de Aureliano (270-275)”, dentro del programa de doctorado “Geografía e Historia del Mediterráneo desde la Prehistoria a la Edad Moderna” de la Universitat de València.
Es experto universitario en Historia y Filosofía de las Religiones y ha mantenido una estrecha relación académica con el lingüista y especialista en estudios indoeuropeos Jean Haudry, fundador del Institut d’études indo-européennes de la Universidad Jean Moulin Lyon III.
En el marco de su investigación ha realizado estancias doctorales en la Universidad Nacional de Córdoba, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina y la École française de Rome. Y a pronunciado conferencias en el Colegio de Montserrat (Córdoba- Argentina), la Universidad Católica de Rosario (UCR), y la Universidad Interamericana Abierta (Rosario, Argentina)
Su actividad académica incluye conferencias sobre Historia Antigua y sobre el emperador Aureliano, así como trabajos de investigación publicados en revistas científicas de prestigio internacional como “Sol en la Roma republicana: ideología y representación”.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









