Si cierras los ojos e imaginas a Jesús, es muy probable que veas a un hombre alto, de rostro sereno y alargado, con el pelo castaño partido por una raya en medio que le cae ondulado sobre los hombros, la barba no muy larga y dividida en dos puntas y unos ojos claros que miran con una mezcla de dulzura y gravedad. Es la imagen que repiten los cuadros de los museos, las estampas de las iglesias, las películas y los dibujos de los catecismos. Lo que casi nadie sabe es que esa imagen tiene un texto de referencia, y que ese texto es una falsificación.
La carta de Léntulo se presenta como un informe enviado al Senado romano por Publio Léntulo, supuesto gobernador de Judea en tiempos de Tiberio. En ella, el funcionario describe a un hombre extraordinario que vive en su provincia, al que llaman Jesucristo, y detalla su estatura, el color de su pelo, la forma de su barba, sus ojos, su manera de hablar y hasta el hecho de que nunca nadie lo vio reír. Durante siglos se leyó como el único retrato de Jesús hecho por alguien que lo había visto con sus propios ojos.
El documento no resiste el menor análisis histórico. No existió ningún gobernador de Judea llamado Léntulo, el latín es medieval y el funcionario pagano habla de Jesús con frases de los salmos y títulos cristianos. Los manuscritos más antiguos son del siglo XV, y los especialistas piensan que se compuso a finales de la Edad Media a partir de descripciones bizantinas más antiguas.
Su importancia no está en lo que revela sobre Jesús, sino en lo que revela sobre la forma en que lo imaginó Europa. La carta se copió, se tradujo y se imprimió justo cuando la pintura del Renacimiento buscaba representar a Cristo con un realismo nuevo. Fijó por escrito un tipo de rostro que ya se estaba imponiendo en el arte y le dio una autoridad que parecía histórica. El resultado es que la imagen de Jesús que millones de personas reconocen hoy se parece mucho más a la descripción de este falsificador anónimo que a un judío galileo del siglo I.
Lo que dicen los evangelios: nada
El punto de partida de toda esta historia es un silencio. Los cuatro evangelios cuentan con detalle lo que Jesús dijo e hizo, pero no dicen una sola palabra sobre su aspecto. No sabemos si era alto o bajo, si llevaba el pelo largo o corto, si tenía barba, de qué color eran sus ojos ni cómo era su voz. Tampoco lo dicen las cartas de Pablo, que nunca lo conoció en persona, ni ningún otro texto del Nuevo Testamento.
El silencio no es casual. La literatura antigua describía a veces el aspecto de los personajes ilustres, como hace Suetonio con los emperadores, pero los evangelios no son biografías en ese sentido. Les interesa el mensaje y el destino de Jesús, no su fisonomía y en el ambiente judío del que surgieron, la prohibición bíblica de hacer imágenes no invitaba a fijar el aspecto de un hombre al que sus seguidores consideraban enviado de Dios.
Los primeros cristianos rellenaron el vacío con las Escrituras y las Escrituras ofrecían respuestas contradictorias. El salmo 45 celebra a un rey que es el más hermoso de los hijos de los hombres y los cristianos lo leyeron como una profecía sobre Cristo. Pero el profeta Isaías, en el capítulo 53, describe al siervo sufriente como un hombre sin aspecto ni belleza que pudiera atraer las miradas, despreciado y desechado por los hombres. ¿Cuál de las dos profecías describía a Jesús?
En los siglos II y III, varios autores cristianos se inclinaron por Isaías. Justino Mártir, Ireneo de Lyon y Clemente de Alejandría aceptaban que Jesús no había sido hermoso. Tertuliano fue más lejos y escribió que su cuerpo no tenía siquiera una belleza humana corriente y mucho menos una gloria celestial. Para estos autores, la fealdad de Cristo era un signo de su humildad: el Hijo de Dios no había venido con apariencia de rey.
El filósofo pagano Celso, que escribió contra los cristianos hacia el año 178, aprovechó la idea para burlarse. Según la respuesta que le dedicó Orígenes décadas después, Celso afirmaba que el cuerpo de Jesús era pequeño, feo e insignificante, y preguntaba cómo un dios podía tener un aspecto tan pobre. Orígenes no negó la tradición, pero la matizó: Jesús aparecía distinto según la capacidad espiritual de quien lo miraba.
A comienzos del siglo V, san Agustín cerró la cuestión con una franqueza notable. En su tratado Sobre la Trinidad escribió que no conocemos el rostro de Jesús y que cada persona lo imagina a su manera, de modo que el rostro del Señor varía según la diversidad de innumerables imaginaciones.
Del Buen Pastor al Pantocrátor
Mientras los teólogos discutían, el arte cristiano empezaba a dar forma visual a Jesús y lo hizo sin un modelo fijo.
Las representaciones más antiguas que se conservan son del siglo III. En el baptisterio de Dura Europos, una ciudad fronteriza del Éufrates destruida hacia el año 256, un fresco muestra a Jesús curando a un paralítico: es un joven sin barba, con el pelo corto y vestido como cualquier hombre de la época. En las catacumbas de Roma, Jesús aparece con frecuencia como el Buen Pastor, un muchacho imberbe con una oveja sobre los hombros, una imagen tomada directamente del arte pagano. Otras veces aparece como un maestro o un taumaturgo con una varita, también joven y sin barba.
A partir del siglo IV, cuando el cristianismo se convirtió en la religión del Imperio, empezó a imponerse otro tipo. Jesús aparece barbado, con el pelo largo y una expresión majestuosa, sentado en un trono como un emperador o un filósofo. El modelo debía mucho a la imagen de Zeus y de los grandes dioses del panteón griego. En los mosaicos de Roma y Rávena conviven todavía los dos tipos, el joven sin barba y el hombre maduro barbado, pero el segundo acabará ganando.
La culminación de ese proceso es el Pantocrátor, el Cristo todopoderoso del arte bizantino. El icono más antiguo que se conserva de este tipo, pintado en el siglo VI y guardado en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí, muestra ya los rasgos que dominarán durante siglos: el rostro alargado, el pelo largo con raya en medio, la barba y una mirada intensa que parece atravesar al espectador.
Cuando el falsificador de la carta de Léntulo se sentó a escribir, el tipo físico de Cristo llevaba casi mil años fijado en el arte. Él no lo inventó, que hizo fue darle una apariencia de testimonio histórico.
Las descripciones bizantinas
La carta de Léntulo tiene precedentes en la literatura bizantina, que a partir del siglo VIII empezó a producir descripciones escritas del aspecto de Jesús. El contexto fue la crisis iconoclasta: cuando los emperadores prohibieron las imágenes religiosas, sus defensores sostuvieron que representar a Cristo era legítimo porque se había hecho hombre con un cuerpo concreto y visible. Si tenía un rostro, ese rostro podía pintarse y convenía saber cómo era.
Una de las descripciones más antiguas se atribuye a Epifanio el Monje, un autor de finales del siglo VIII o comienzos del IX. Según él, Jesús era alto, de pelo rubio algo rizado, cejas negras y unidas, piel del color del trigo y un gran parecido con su madre. Una carta atribuida falsamente a Juan Damasceno, dirigida a un emperador Teófilo, ofrece un retrato similar: alto, de cejas unidas, ojos hermosos, pelo rizado, barba negra y piel del color del trigo, como la de su madre.
Hacia 1320, el historiador bizantino Nicéforo Calixto recopiló estas tradiciones en su Historia eclesiástica. Describe a Jesús como un hombre de unos siete palmos de altura, de pelo rubio no muy espeso y ligeramente rizado, cejas negras, ojos brillantes, nariz larga, barba rubia no muy larga y pelo largo, porque nunca se lo cortó. Su cuello estaba ligeramente inclinado, lo que le daba un aire de humildad y su piel tenía el color del trigo.
Estas descripciones comparten varios rasgos con la carta de Léntulo: la estatura elevada, el pelo largo y ondulado, la barba no muy larga y un rostro que inspira respeto. El erudito alemán Ernst von Dobschütz, que estudió a fondo las imágenes y descripciones de Cristo a finales del siglo XIX, concluyó que el autor de la carta conocía esta tradición bizantina y la adaptó al latín, añadiendo detalles propios y el marco ficticio de un informe oficial romano.
El texto de la carta
La carta de Léntulo circuló en numerosas versiones con pequeñas variantes. Su contenido esencial es el siguiente.
El autor anuncia al Senado y al pueblo romano que en sus días ha aparecido y todavía vive, un hombre de gran virtud llamado Jesucristo, al que los gentiles llaman profeta de la verdad y sus discípulos llaman Hijo de Dios. Resucita a los muertos y cura toda clase de enfermedades.
Sigue el retrato. Es un hombre de estatura alta y bien proporcionada, de rostro venerable, que inspira a quienes lo miran a la vez amor y temor. Su pelo tiene el color de la avellana temprana, todavía no madura. Es liso casi hasta las orejas y, desde allí hacia abajo, ondulado y algo más oscuro y brillante y le cae sobre los hombros. Lleva una raya en medio de la cabeza, según la costumbre de los nazarenos. Su frente es lisa y serena, y su rostro no tiene arrugas ni manchas, embellecido por un rubor moderado. Su nariz y su boca son perfectas. Su barba es abundante, del mismo color que el pelo, no muy larga y dividida en dos puntas en el mentón. Sus ojos son claros y cambiantes.
El retrato moral completa el físico. Es terrible cuando reprende, dulce y amable cuando aconseja, alegre sin perder la gravedad. Nadie lo ha visto reír jamás, pero sí llorar a menudo. Sus manos y sus brazos son agradables a la vista. Al hablar es grave, de pocas palabras y modesto. Y concluye con una frase del salmo 45: es el más hermoso entre los hijos de los hombres.
Por qué es una falsificación
La carta de Léntulo es un caso de manual para aprender a reconocer una falsificación histórica. Los indicios son tantos que basta un examen superficial.
El primero es el propio Léntulo. Los Cornelios Léntulos eran una familia aristocrática romana muy conocida, con varios cónsules en su historia y un miembro de la familia, Gneo Cornelio Léntulo Getúlico, fue cónsul precisamente en el año 26, el mismo en que Pilato llegó a Judea, pero ningún Léntulo gobernó Judea. Conocemos la lista de los prefectos romanos de la provincia por Flavio Josefo y el predecesor de Pilato fue Valerio Grato, que gobernó entre los años 15 y 26. Algunas versiones de la carta le dan además títulos imposibles, como presidente del pueblo de Jerusalén, que no corresponden a ningún cargo de la administración romana.
El segundo indicio es el vocabulario. Un funcionario romano jamás habría llamado a un predicador judío Jesucristo, uniendo el nombre y el título mesiánico como hacían los cristianos, ni habría recogido que sus discípulos lo llamaban Hijo de Dios con un tono tan respetuoso. Mucho menos habría cerrado un informe oficial con una cita de los salmos hebreos. La carta habla como un cristiano piadoso, no como un administrador pagano.
El tercero es el latín. La lengua de la carta, con sus construcciones y su vocabulario, es la del latín medieval y no la de la época de Tiberio. La expresión según la costumbre de los nazarenos, por ejemplo, confunde a los habitantes de Nazaret con los nazireos, los consagrados a Dios que según la ley de Moisés no debían cortarse el pelo. Esa confusión, que explicaría por qué la carta da a Jesús una melena larga, es típica de la exégesis medieval.
El cuarto es la ausencia de cualquier mención antigua. Si un documento así hubiera existido en los archivos de Roma, los apologistas cristianos de los primeros siglos, que buscaban con avidez testimonios paganos sobre Jesús, lo habrían citado sin descanso pero ninguno lo hace. Ni Justino, ni Tertuliano, ni Eusebio, ni Jerónimo, ni Agustín, que precisamente afirmaba que nadie conocía el rostro de Jesús.
Origen y difusión
No sabemos quién escribió la carta ni exactamente cuándo. Los manuscritos más antiguos que la contienen son del siglo XV, aunque es posible que el texto se compusiera algo antes. Algunas copias añaden una nota de origen: el documento habría sido encontrado en 1421 por un miembro de la familia Colonna, de Roma, en un antiguo archivo, a partir de un original enviado desde Constantinopla. La nota sirve para dar autoridad al texto y es tan ficticia como la carta.
La difusión fue rápida gracias a la imprenta. La carta se incluyó en ediciones de obras de autores medievales prestigiosos, como san Anselmo de Canterbury, cuyas obras impresas en Núremberg en 1491 la recogen y se tradujo a varias lenguas europeas. Circuló en hojas sueltas, en libros de devoción y como texto piadoso que se copiaba a mano y se guardaba en casa. En algunas regiones se usó incluso como amuleto, igual que la carta de Jesús al rey Abgar.
No todos la aceptaron. Los humanistas más críticos sospecharon de ella desde muy pronto y en el siglo XVI ya había eruditos que la consideraban apócrifa. Pero su éxito popular no dependía del juicio de los eruditos. Respondía a un deseo profundo de los fieles: saber cómo era el hombre al que rezaban.
La influencia en el arte
La carta de Léntulo apareció en un momento decisivo para la historia de la imagen de Cristo. En el siglo XV, la pintura europea, primero en Flandes y después en Italia, buscaba un realismo nuevo. Los pintores querían representar a Cristo como un hombre de carne y hueso, con una fisonomía concreta y verosímil y no solo como el icono hierático del arte bizantino.
La carta les ofrecía exactamente eso: un retrato detallado, con apariencia de testimonio histórico, que coincidía con la tradición iconográfica que ya conocían. Es difícil probar que un pintor concreto la tuviera delante al trabajar, pero la coincidencia entre su descripción y el Cristo del arte occidental desde finales del siglo XV es casi completa: el pelo castaño con raya en medio, liso arriba y ondulado sobre los hombros, la barba bífida, el rostro alargado sin arrugas y la expresión grave y serena.
En la misma época circularon también medallas con el perfil de Cristo, que pretendían reproducir un retrato antiguo y que reforzaron la idea de que existía un modelo auténtico de su rostro. La combinación de texto e imágenes creó un tipo tan estable que sobrevivió a la Reforma, a la Contrarreforma y a la Ilustración.
En el siglo XX, ese tipo alcanzó una difusión masiva. La cabeza de Cristo, pintada en 1940 por el estadounidense Warner Sallman, se reprodujo cientos de millones de veces en estampas, calendarios y biblias y fijó para varias generaciones el rostro de un Jesús de pelo castaño claro, rostro alargado y mirada serena. El cine de Hollywood, desde Rey de reyes hasta Jesús de Nazaret de Franco Zeffirelli, eligió actores que encajaban en el mismo modelo. Sin saberlo, todos estaban ilustrando la carta de Léntulo.
¿Rió alguna vez Jesús?
Uno de los detalles más curiosos de la carta es la afirmación de que nadie vio nunca reír a Jesús, aunque sí llorar a menudo. El dato no es una invención del falsificador, sino el eco de un debate medieval.
Los evangelios cuentan que Jesús lloró ante la tumba de Lázaro y sobre Jerusalén, pero no mencionan ninguna risa. San Juan Crisóstomo, en el siglo IV, sacó de ese silencio una conclusión moral: Cristo nunca rió y los cristianos debían imitarlo evitando la risa, que consideraba una puerta al pecado. La idea tuvo larga vida en la espiritualidad monástica, que desconfiaba de la risa como signo de ligereza.
Este debate es el centro de El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco ambientada en una abadía del siglo XIV. El monje ciego Jorge de Burgos envenena un libro perdido de Aristóteles sobre la comedia para impedir que alguien lo lea, convencido de que la risa destruye el temor a Dios. Cuando el franciscano Guillermo de Baskerville le pregunta si Cristo rió alguna vez, la respuesta de Jorge reproduce casi literalmente la idea de la carta de Léntulo.
Cómo era realmente Jesús
Si la carta de Léntulo es una falsificación, ¿qué podemos decir del aspecto real de Jesús? Los historiadores no tienen un retrato, pero sí pueden reconstruir el aspecto probable de un judío de Galilea en el siglo I a partir de la arqueología, la antropología y los textos de la época.
La historiadora Joan Taylor, del King’s College de Londres, dedicó a esta pregunta un libro publicado en 2018. Sus conclusiones dibujan un hombre muy distinto del de la carta. Según los restos óseos de la época, la estatura media de un varón judío de la región rondaba 1,65 metros, lo que hace improbable el hombre alto de la tradición. Su pelo y sus ojos serían oscuros y su piel, morena, como la de la mayoría de los habitantes del Mediterráneo oriental.
El pelo largo es también dudoso. Los retratos de judíos de la época, como los que aparecen en monedas y relieves romanos, muestran el pelo corto y Pablo escribe en la Primera Epístola a los Corintios que es una deshonra para un hombre llevar el pelo largo, algo difícil de imaginar si Jesús lo hubiera llevado así. Lo más probable es que tuviera el pelo corto y una barba también corta, como los demás hombres de su entorno. Como artesano y predicador itinerante que caminaba largas distancias, debía de tener un aspecto curtido y delgado, vestido con una túnica sencilla y un manto.
En 2001, un equipo dirigido por el experto en reconstrucción facial Richard Neave, de la Universidad de Mánchester, creó para un documental de la BBC el rostro de un galileo típico del siglo I a partir de un cráneo hallado en la región. El resultado, un hombre de rostro ancho, piel oscura, pelo corto y rizado y barba corta, no pretendía ser un retrato de Jesús, sino una aproximación a cómo podría haber sido un hombre de su tiempo y su lugar. La imagen dio la vuelta al mundo precisamente porque contrastaba con el Jesús de la tradición.
| Rasgo | Carta de Léntulo | Fuentes bizantinas | Reconstrucción histórica |
|---|---|---|---|
| Estatura | Alta y bien proporcionada | Alta | Alrededor de 1,65 metros |
| Pelo | Castaño claro, largo, con raya en medio | Rubio, algo rizado, largo | Oscuro, probablemente corto |
| Barba | Abundante, no larga, dividida en dos puntas | Rubia o negra, no muy larga | Oscura y corta |
| Ojos | Claros y cambiantes | Brillantes, cejas negras | Probablemente marrones |
| Piel | Rostro sin arrugas, con rubor | Color del trigo | Morena |
| Fuente | Falsificación medieval, siglos XIV-XV | Tradición literaria, siglos VIII-XIV | Arqueología y antropología |
Artículos relacionados con apócrifos
- Cristianismo: Historia, doctrinas e influencia en el mundo
- Epístolas apócrifas del Nuevo Testamento: las cartas que nunca escribieron los apóstoles
- Apocalipsis apócrifos del Nuevo Testamento: visiones de los últimos tiempos que la iglesia ocultó
- Evangelios apócrifos: los textos perdidos de la antigüedad
- Hechos apócrifos: historias de apóstoles que la iglesia suprimió
- La carta de Jesús al rey Abgar: la leyenda de Edesa y el origen del Mandylion
Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Agustín de Hipona. Tratado sobre la Santísima Trinidad.
- Flavio Josefo. Antigüedades judías.
- Orígenes. Contra Celso.
- Santos Otero, Aurelio de. Los evangelios apócrifos. Madrid: BAC, 1956 (múltiples reediciones).
- Tertuliano. De carne Christi.
Bibliografía:
- Belting, Hans. Imagen y culto: una historia de la imagen anterior a la era del arte. Madrid: Akal, 2009.
- Dobschütz, Ernst von. Christusbilder: Untersuchungen zur christlichen Legende. Leipzig: Hinrichs, 1899.
- Eco, Umberto. El nombre de la rosa. Barcelona: Lumen, 1982.
- Elliott, J. K. The Apocryphal New Testament. Oxford: Clarendon Press, 1993.
- Grabar, André. Christian Iconography: A Study of Its Origins. Princeton: Princeton University Press, 1968.
- Jensen, Robin Margaret. Face to Face: Portraits of the Divine in Early Christianity. Minneapolis: Fortress Press, 2005.
- Jensen, Robin Margaret. Understanding Early Christian Art. Londres: Routledge, 2000.
- Kessler, Herbert L. y Wolf, Gerhard (eds.). The Holy Face and the Paradox of Representation. Bolonia: Nuova Alfa, 1998.
- Le Goff, Jacques. «Risa». En Una historia del cuerpo en la Edad Media. Barcelona: Paidós, 2005.
- Mathews, Thomas F. The Clash of Gods: A Reinterpretation of Early Christian Art. Princeton: Princeton University Press, 1993.
- Morgan, David (ed.). Icons of American Protestantism: The Art of Warner Sallman. New Haven: Yale University Press, 1996.
- Pelikan, Jaroslav. Jesús a través de los siglos. Barcelona: Herder, 1989.
- Taylor, Joan E. What Did Jesus Look Like? Londres: Bloomsbury, 2018.
- Zeitlin, Irving M. Jesus and the Judaism of His Time. Cambridge: Polity Press, 1988.
Preguntas frecuentes sobre la Carta de Léntulo
¿Qué es la carta de Léntulo?
Es un texto en latín que se presenta como un informe enviado al Senado romano por Publio Léntulo, supuesto gobernador de Judea, con una descripción detallada del aspecto físico y del carácter de Jesús. Circuló a partir del siglo XV y durante siglos se consideró el único retrato de Jesús hecho por un testigo. Es una falsificación medieval.
¿Existió Publio Léntulo?
Los Cornelios Léntulos fueron una familia romana real y muy influyente, pero ningún Léntulo gobernó Judea. La lista de prefectos romanos de la provincia se conoce gracias a Flavio Josefo, y el predecesor de Poncio Pilato fue Valerio Grato. El personaje de la carta es una invención.
¿Cómo describe a Jesús la carta de Léntulo?
Como un hombre alto y bien proporcionado, de rostro venerable, con el pelo del color de la avellana temprana, liso hasta las orejas y ondulado sobre los hombros, partido por una raya en medio. Su barba es abundante, del color del pelo, no muy larga y dividida en dos puntas, y sus ojos son claros. Añade que nadie lo vio reír, pero sí llorar, y lo llama el más hermoso de los hijos de los hombres, con palabras del salmo 45.
¿Cuándo se escribió la carta de Léntulo?
Los manuscritos más antiguos son del siglo XV, aunque el texto pudo componerse algo antes, a finales de la Edad Media. Su autor adaptó al latín descripciones bizantinas del rostro de Cristo que circulaban desde el siglo VIII y les dio la forma de un informe oficial romano.
¿Influyó en la imagen de Jesús en el arte?
Sí, aunque no la creó. El tipo de Cristo barbado con pelo largo existía desde el siglo IV, pero la carta le dio una apariencia de testimonio histórico justo cuando la pintura del Renacimiento buscaba un Cristo más realista. Su descripción coincide casi punto por punto con la imagen de Jesús que se impuso en el arte occidental y que llegó hasta las estampas y el cine del siglo XX.
¿Cómo era realmente Jesús?
No existe ninguna descripción fiable. Según los historiadores, un judío galileo del siglo I mediría en torno a 1,65 metros, tendría el pelo y los ojos oscuros, la piel morena y, probablemente, el pelo y la barba cortos, como muestran los retratos de judíos de la época. Esa imagen difiere mucho de la tradición artística europea.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









