Luz e interiorismo en las obras de Vermeer

Vermeer es uno de los grandes maestros de la pintura y hoy no sólo veremos su biografía, sino que gracias a Helena Jiménez Bermúdez, comprenderemos un poco más su obra.

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Hoy es nuestra intención acercaros la vida y obra de uno de los pintores más representativos del Barroco holandés, Johannes Vermeer, un gran representante del interiorismo y uno de los autores que mejor uso de la luz ha logrado en sus obras.

El personaje de la izquierda en la obra “La Alcahueta”, es Vermeer. Probablemente sea su único autorretrato (1656).

En ésta ocasión contamos con la ayuda de Helena Jiménez Bermúdez, Licenciada en Historia del Arte y especializada en arte Barroco, a quién desde aquí queremos agradecer su inestimable ayuda.

Vermeer, pintor de encargo y marchante de arte.
Johannes Vermeer nació el 31 de octubre de 1631 en el seno de una familia de comerciantes de objetos de arte. Como era costumbre, Vermeer aprendió de su padre la profesión y como hijo de mercader se inscribió en el gremio de San Lucas. Es en esta época cuando el joven Johannes queda encandilado por el arte y cuando comienzan sus primeros escarceos con la pintura.

Hay que tener en cuenta que Reynier, el padre de Johannes, se relacionaba con la burguesía acomodada de Delft, y con artistas como Pieter Steenwyck y Balthasar van der Ast, por lo que no es de extrañar que Vermeer, también se relacionase con ellos y aprendiese ciertas técnicas pictóricas en su juventud”, explica Helena.

Sin embargo, no sería sino en el gremio de San Lucas donde Vermeer, diera rienda suelta al potencial que llevaba dentro y dónde aprendiese ese estilo interiorista tan personal que le caracteriza. No en vano, en el gremio de San Lucas abundaban los pintores “de encargo”, aquellos que pintaban de forma exclusiva para los burgueses adinerados, muy dados al gusto de ser retratados con toda suntuosidad en sus recargadas alcobas y salas de estar.

El propio Vermeer, debió de seguir estos mismos pasos, convirtiéndose en un pintor de encargo, dedicado a la realización de obras personales para la burguesía. Este hecho, además, explicaría el porqué del escaso volumen pictórico de Vermeer para el mercado público del arte.

El 20 de abril de 1653 Vermeer contrajo matrimonio con Catharina Bolnes, con la que tuvo gran descendencia. Este es uno de los hechos que han llevado a especular que Vermeer, además de pintor pudo dedicarse a la profesión de su padre, como marchante de arte, comerciando con obras ajenas, lo que le hubiera dotado de cierta comodidad económica.

Lo cierto es que con los ingresos que sus encargos le reportaban, Vermeer difícilmente hubiera podido afrontar el coste que suponía mantener a una familia tan numerosa y con cierta calidad de vida”, recalca Jiménez Bermúdez.

“La Lechera”, obra realizada entre 1647 y 1675.

Un estilo singular.
Vermeer siempre ha sido concebido como el antagonista de los “pequeños maestros”, ya que el “pequeño maestro” pintaba objetos lujosos y exóticos, pero siempre vistos a través del vidrio de las ventanas, contemplados desde la calle, como si estuvieran observados por un viandante más. Vermeer opta, sin embargo, por los espacios interiores, pero no buscando objetos lujosos de familias de alta clase, sino algo que fue su gran obsesión en la pintura… la luz.

Luz y color en las obras de Vermeer.
No es casual que el creciente interés por Vermeer coincidiera con el nacimiento impresionista, con su rechazo del estilo académico de tonos oscuros y su dedicación a una pintura al aire libre clara, de colores puros. El color es entendido por los impresionistas como una cualidad de la percepción de la luz, cuya claridad, tonalidad y saturación depende de la longitud de onda de la luz.

La aplicación de esta teoría de las ciencias naturales en la pintura tuvo como consecuencia que el color comenzara a verse como un fenómeno sujeto a las variaciones de la luz, dependiendo además, de la percepción del espectador.

Es por ello que Vermeer ha tenido una gran influencia y aprecio entre el público impresionista, como lo sigue teniendo en la actualidad y a buen seguro lo tuvo en su tiempo.

Vermeer fue un innovador. Su preferencia por el equilibrio en la disposición de los objetos, el procedimiento de reducir estructuras complejas a unos pocos elementos, su tratamiento de la luz y la forma de aplicar el color, reflejan una cualidad estética que era única en su época.

Es difícil comprender como el artista pudo hacer juego, de forma tan sutil, con la luminosidad ambiental, pero Helena nos desvela esta cuestión. “Hoy sabemos que Vermeer se valía de la cámara oscura para ejecutar la mayoría de sus obras, esto lo apreciamos en las borrosidades marginales y en los puntos de luz, el famoso pointillé”. Y es que Vermeer no trataba de plasmar la realidad tal cual era, sino como la ven nuestros ojos, humanizando la imagen conforme la luz es captada por el ojo humano.

“El Militar y la Muchacha sonriendo”, obra de Vermeer de aproximadamente 1657.

El pintor que creó nuevos espacios.
La pintura holandesa de su tiempo estaba marcada por profundos convencionalismos sociales y la rigidez de las formas. Una característica esencial de este periodo es la fuerte individualización y el aislamiento de las figuras, retratadas con la tensión y la inquietud de quien se sabe retratado. Sin embargo, podemos comprobar que esto no era común en la pintura de Vermeer. En obras suyas, como “La lechera”, “El militar y la muchacha riendo” o “Mujer con jarra de agua”, se puede apreciar que Vermeer plasma escenas de la vida cotidiana con una gracilidad y naturalidad exquisitas.

No hay rastro alguno de muecas, distorsiones o figuras forzadas, todo fluye de forma natural, desapasionada incluso. “Las personas, sobre todo mujeres, parecen casi desapasionadas, no muestran emoción alguna, es un modo de ocultar sus emociones, pues son suyas, no hay razón alguna para imponérselas al espectador”, comenta Helena Jiménez.

Por último, es importante destacar el establecimiento de barreras comunicativas por parte de Vermeer. El motivo de la mesa cubierta por un tapiz, que con tanta frecuencia se repite en sus obras, alza una barrera entre las figuras retratadas y el espectador, es parte del simbolismo de Vermeer.

El pintor pretendía con ello, de una forma sutil, distanciar al espectador del retratado, marcar un límite que el público no pudiese traspasar. Antes explicábamos que el pintor trata de vetar las emociones de sus modelos, intentando no mostrarlo todo, dejando sitio a la privacidad personal, y el hecho de que interponga tales barreras comunicativas no hace sino enfatizar esa idea.

Vermeer quiere mostrar, pero siempre manteniendo cierta privacidad, una intimidad que quizás entendamos al concebir al pintor como un “interiorista”, es la intimidad del hogar, aquella que se produce de puertas para adentro”, concluye Helena.


Luz e interiorismo en las obras de Vermeer
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