Publicado el: Dom, Oct 28th, 2012

En Halloween apuesta por la marca de la Casa, de Austria

La noche del 31 de octubre está a la vuelta de la esquina, y con ella, un desfile inmenso de ingeniosos y terroríficos disfraces, seña inconfundible de la popular fiesta de Halloween. La festividad celta cada vez tienes más seguidores dentro de Europa, y es por eso que en nuestro país son muchos los jóvenes que en la Noche de los Difuntos se caracterizan de personajes grotescos y salen a la calle con el objeto de divertirse y pasar una noche aterradora.

Esta costumbre con poco arraigo en España, a supuesto que no proliferen los disfraces de figuras propiamente autóctonas y que en la mayoría de los casos, se tengan que importar personajes de ficción Norteamericana y de Reino Unido, tales como Jack el Destripador, Freddy Krueger, Cara de Cuero (el monstruoso sociópata de la conocida película, La Matanza de Texas).

Sin embargo, a lo largo de la historia de España, no han faltado personalidades con rasgos tan sumamente grotescos, que se llegó a pensar que esas deformaciones eran causa de algún embrujo. Es el caso del Rey Carlos IIEl Hechizado”, que debe su apodo a esta exagerada credulidad que imperaba en la España contrarreformista del siglo XVII y que a pesar de ser un estado fiel a la fe cristiana, daba un valor desmedido a la superstición y al esoterismo.

Retrato de un joven Carlos II de España (por Juan Carreño de Miranda, alrededor de 1650)

Si bien dentro de sus posibilidades, el último rey de la dinastía de los Austria no fue ni un mal monarca ni un mal cristiano, se debería recalcar que sus posibilidades fueron, tristemente, muy escasas. Nació el 6 noviembre de 1661 como único sucesor de la Casa de Austria tras la trágica y prematura muerte de su hermano y anterior príncipe heredero, Felipe el Próspero. El peso de la corona española recayó por tanto, en este infante de salud incierta.

Tales eran las preocupaciones que la Corte albergaba sobre el futuro del niño, que cometieron el error de esconder al recién nacido de todo aquel que fuera ajeno a la Casa. Este fuerte hermetismo en el que sin proponérselo se vio en vuelta la Corona, dio paso a ciertos rumores que ponían en duda el género del niño, llegando a afirmar que había nacido mujer y no varón.

Tuvo que ser un enviado especial del rey de Francia el que finalmente convenciera a Felipe IV para que presentara a su hijo en sociedad. El informe que este embajador realizó describiendo al futuro rey, no favorecía en nada a la Corte española y distaba mucho del retrato que las fuentes oficiales publicaron. Estas fueron las palabras que el emisario galo escribió: “El príncipe parece ser extremadamente débil. Tiene en las dos mejillas dos erupciones de carácter herpético. La cabeza está completamente cubierta de costras. Desde hace dos o tres semanas se le ha formado debajo de la oreja un canal o desagüe que supura. No pudimos ver esto, pero nos hemos enterado por otro conducto. El gorrito, hábilmente dispuesto a tal fin, no dejaba ver esta parte del rostro” (Poyato, 2000).

Carlos II de España, ‘El Hechizado’

Y es que Carlos II padeció a lo largo de toda su vida múltiples enfermedades y ciertos signos de oligofrenia, que hicieron de su existencia un auténtico calvario. Era un joven raquítico con retardo motor, cabeza grande por hidrocefalia y desarreglos intestinales. A los tres años todavía no se le habían formado por completo los huesos del cráneo y tampoco había aprendido a andar.

Siguió mamando hasta los cuatro años, y llegó a tener 14 amas de cría. Su prognatismo facial (adelantamiento de una de las mandíbulas respecto a la otra) propio de los Austrias, aunque en él era todavía más pronunciado, le impedía masticar adecuadamente y eso le producía grandes problemas estomacales. No aprendió a leer y escribir hasta los nueve años y sus avances eran del todo cuestionables, así lo confirmaban sus trazos inseguros y su letra irregular. Su precaria salud, su melancolía y su falta de energía se convirtieron en objeto de burla por parte del pueblo, y dio píe a numerosas coplillas y sátiras populares. Una de ellas rezaba así:

«El Príncipe, al parecer,
por lo endeble y patiblando
es hijo de contrabando
pues no se puede tener».

Sin embargo, a pesar de sus múltiples deficiencias físicas, el joven monarca nunca eludió sus deberes reales y el 19 de noviembre de 1679 contrajo matrimonio con María Luisa de Orleans con la firme intención de dar un legítimo sucesor a la Corona. Cuentan que de camino a España, María Luisa a sabiendas de lo que esperaba, pues había podido observar el poco agraciado aspecto de su esposo por los retratos que le habían hecho llegar, intentó retrasar el avance de la comitiva para evitar el encuentro.

Aunque una vez casados, se tiene constancia de que Carlos II fue un esposo atento y afectuoso que colmó de cariños a su mujer. Henry Kamen añade, acerca de cómo debió ser la noche de bodas de los reyes, que “Cuanto sabemos es que Carlos parecía encantado y que la reina no tuvo queja ninguna”.

Pero a pesar de los muchos intentos del monarca, no pudo engendrar ningún heredero que le sucediera en el trono, ni con María Luisa de Orleans, ni con su segunda mujer Mariana de Neoburgo, con la que celebró nuevas nupcias después del fallecimiento de su primera esposa. Fue a raíz de estos infortunios cuando se le empezó a tiznar de impotente, y fueron tantas las alusiones a su falta de virilidad que incluso el propio rey llegó a creerse que había sido hechizado.

En 1698 puso el caso en manos del inquisidor general, fray Tomás de Rocabertí (fotografía) y de su confesor real, el dominico Froilán Díaz. Ambos religiosos, convencidos de que el demonio estaba atormentando el alma del rey en vida, comenzaron unos estudios que concluirían en que el joven rey había sido hechizado a la edad de 14 años de la siguiente forma: alguien habría disuelto en chocolate (a sabiendas de lo mucho que le gustaba al monarca ese dulce) los sesos de un hombre muerto para que el Rey enfermara, y también los riñones para que no pudiera engendrar.

A la luz de esos resultados, emprendieron una serie de exorcismos ayudados de un capuchino saboyano llamado fray Mauro Tenda, aunque afortunadamente los descabellados y poco fructíferos experimentos quedaron interrumpidos en 1699 gracias a la intervención del nuevo inquisidor general, Baltasar de Mendoza.

El último descendiente de los Austria murió el 1 de noviembre de 1700, a la edad de 39 años, con una calva incipiente y un cuerpo aquejado de una vejez prematura. Fue durante la elaboración de su testamento donde mostró finalmente, su profundo concepto de la dignidad de la Monarquía Hispánica, cuando, en el difícil momento de decidir la sucesión, se pronunció a favor de la opción que permitía preservar la unidad de todos los territorios bajo un único soberano, firmando su testamento en favor del duque de Anjou el 3 de octubre de 1700.

Bajo este último acto consiguió garantizar integridad de la Monarquía, y sus biógrafos, incluso los más críticos, coinciden que en que tomó una decisión justa y acertada. De hecho, algunos afirman que fue el único momento de grandeza de toda su vida. Un epitafio satírico francés comparte esta idea en estas líneas:

“Aquí yace Carlos Segundo, rey de las Españas
que nunca hizo campañas
ni conquistas, ni hijos.
Que así vivió durante treinta años
en que se vio reinar a tan buen príncipe
tenía una salud tan escasa
que, por decirlo francamente
solamente hizo su testamento”

Quizá Carlos II no fue un asesino a sueldo, ni el protagonista de ningún thriller americano, pero es indudable que su particular apariencia física y su vida ligada a exorcismos y la nigromancia como remedio para curar sus numerosas enfermedades, son características que le pueden convertir en un perfecta elección para el disfraz de Halloween de este año. No hace falta buscar fuera, lo que tenemos en Casa.

Bibliografía:

  1. Alfonso Mola. M & Martínez Shaw. C, “Dignidad de rey”, 2000, La aventura de la Historia, número 24.
  2. Calvo Poyato. C, “El triste reino del Hechizado”, 2000, La aventura de la Historia, número 24.
  3. Herrera. A, “Historietas de testas coronadas”, 2008, Muy Historia, número 16.
  4. López Alonso. A, “Carlos II, el Rey al que todos creyeron hechizado”.

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