El conquistador que cruzó el río más poderoso de Norteamérica
El 8 de mayo de 1541, un grupo de aproximadamente 400 españoles exhaustos, muchos vistiendo pieles de animales en lugar de armaduras, construyó balsas improvisadas bajo el manto de la noche. Habían viajado durante dos años por tierras desconocidas, atravesando pantanos infestados de mosquitos, luchando contra tribus guerreras y perdiendo compañeros por enfermedad y combate. Ahora enfrentaban el mayor obstáculo de todos: un río tan ancho que apenas se veía la orilla opuesta, con corrientes tan poderosas que arrastraban árboles enteros como si fueran ramitas.
Su líder, Hernando de Soto, un veterano de la conquista del Perú que había compartido el rescate de Atahualpa, observaba el gran río con una mezcla de asombro y frustración. No era el oro que buscaba, pero era innegablemente magnífico. Los españoles construyeron balsas planas y cruzaron durante la noche para evitar las canoas de guerra indígenas que patrullaban el río durante el día. No lo sabían entonces, pero acababan de convertirse en los primeros europeos en cruzar el Misisipi, el segundo río más largo de Norteamérica.
La expedición de Hernando de Soto a La Florida, que duró de 1539 a 1543, fue una de las empresas de exploración más ambiciosas y desastrosas del siglo XVI. De Soto recorrió más de 6.000 kilómetros a través de lo que hoy son diez estados de Estados Unidos: Florida, Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Tennessee, Alabama, Misisipi, Arkansas, Texas y Louisiana. Su expedición documentó por primera vez para los europeos la geografía del sureste de Norteamérica, estableció contacto con docenas de pueblos indígenas y dejó un legado profundamente ambivalente que todavía se debate en la actualidad.
La historia de Hernando de Soto es la historia del último gran conquistador español del estilo clásico: ambicioso, valiente, despiadado, capaz de hazañas extraordinarias pero también de crueldades terribles. Es también la historia de una búsqueda obsesiva de riqueza que nunca se materializó, y de un hombre cuyo cuerpo finalmente descansó en las profundidades del río que había descubierto.
Los primeros años: de Extremadura al Nuevo Mundo
Orígenes en la baja nobleza extremeña
Hernando de Soto nació alrededor del año 1500 en la región de Extremadura, España. Existe una disputa histórica sobre su lugar exacto de nacimiento entre dos localidades de la provincia de Badajoz: Jerez de los Caballeros y Villanueva de Barcarrota. Los historiadores modernos se inclinan por Jerez de los Caballeros, ya que el propio De Soto pidió en su testamento ser enterrado en esa ciudad y siempre afirmó ser de allí.
Sus padres, Francisco Méndez de Soto y Leonor Arias Tinoco, pertenecían a la baja nobleza, la clase de los hidalgos. Esto significaba que tenían estatus social pero recursos económicos limitados. En la España del siglo XVI, ser hidalgo era importante no solo por el estatus sino porque garantizaba «limpieza de sangre»: no ser judío, converso, moro o campesino, distinciones que importaban enormemente en una sociedad obsesionada con la pureza religiosa y étnica.
Extremadura, la región natal de De Soto, era una tierra relativamente pobre que paradójicamente produjo un número desproporcionado de conquistadores famosos. Francisco Pizarro, Francisco de Orellana, Pedro de Valdivia, Hernán Cortés (aunque técnicamente de Castilla, creció en Extremadura), Vasco Núñez de Balboa y muchos otros nacieron en esta región. Los historiadores han debatido las razones de este fenómeno, sugiriendo factores como la pobreza relativa que impulsaba la emigración, una cultura guerrera heredada de la Reconquista y las redes familiares y de paisanaje que facilitaban el reclutamiento de nuevos expedicionarios.
El viaje a Tierra Firme: Panamá y los primeros pasos
La oportunidad de De Soto para viajar al Nuevo Mundo llegó en 1514, cuando tenía aproximadamente 14 años. Pedro Arias Dávila, conocido como Pedrarias, había sido nombrado gobernador de Darién (actual Panamá) y estaba reclutando hombres para su expedición. Pedrarias era un noble influyente que había sido gentilhombre de la cámara del rey Fernando el Católico y su nombramiento como gobernador de Tierra Firme fue uno de los más prestigiosos de la época.
Cómo exactamente De Soto consiguió unirse a la expedición de Pedrarias es tema de debate. Algunas fuentes afirman que un pariente de la familia actuó como su padrino, mientras que otras sugieren que Pedrarias mismo, impresionado por el joven, le ofreció financiar su educación en la Universidad de Salamanca con la condición de que luego lo acompañara a América. Lo que está claro es que la familia de De Soto esperaba que se convirtiera en abogado, una carrera respetable para un hidalgo sin fortuna. Sin embargo, De Soto le dijo a su padre que prefería explorar las Indias Occidentales, mostrando ya el espíritu aventurero que lo caracterizaría toda su vida.
Cuando De Soto embarcó hacia Panamá en 1514, sus posesiones se limitaban a un escudo y una espada. Era un adolescente sin fortuna personal, dependiente de la generosidad de Pedrarias y de su propia capacidad para destacar en el Nuevo Mundo. El viaje transatlántico duró varias semanas y De Soto llegó a una Panamá que era todavía una colonia precaria, acechada por enfermedades, hostilidad indígena y disputas internas entre los conquistadores.
Nicaragua: aprendiendo el oficio de conquistador
Los primeros años de De Soto en América fueron de aprendizaje duro. Participó en varias expediciones de exploración y conquista en Tierra Firme, donde aprendió las tácticas que lo harían famoso: el uso efectivo de la caballería en combate, la diplomacia (a menudo engañosa) con líderes indígenas y la organización de expediciones en territorio hostil.
En 1523, con aproximadamente 23 años, De Soto ya era capitán de una unidad de caballería y participó en la expedición de Francisco Hernández de Córdoba para explorar y colonizar Nicaragua y Honduras. Esta expedición fue particularmente brutal incluso para los estándares de la época, involucrando la subyugación violenta de poblaciones indígenas y la captura de esclavos para vender en otras colonias.
De Soto ganó fama como jinete excepcional y como táctico militar. La caballería era el arma más decisiva en las conquistas españolas de América: los caballos eran desconocidos para las poblaciones indígenas y el impacto psicológico de una carga de caballería podía ser devastador. De Soto dominó no solo el aspecto técnico de montar y combatir a caballo, sino también el uso táctico de pequeñas unidades de caballería para maximizar su impacto.
Un incidente revelador de esta época fue un conflicto por el control de Nicaragua entre Pedrarias y Gil González Dávila, otro conquistador que tenía autorización independiente de la Corona para explorar la región. De Soto luchó a favor de Pedrarias y fue enviado a enfrentar a González Dávila. En Toreba, Honduras, De Soto fue derrotado y capturado. Sin embargo, González lo liberó después de que De Soto prometiera no volver a atacarlo, una promesa que cumplió. Este episodio muestra que De Soto, aunque despiadado en muchos aspectos, tenía un código de honor personal que respetaba.
La conquista del Perú: la fortuna que cambiaría todo
El encuentro con Pizarro y la expedición al Tahuantinsuyo
En 1530, Francisco Pizarro estaba organizando su tercera y definitiva expedición para conquistar el Imperio inca, el Tahuantinsuyo. Pizarro había realizado dos expediciones previas de reconocimiento que habían confirmado la existencia de un gran imperio rico en oro y plata al sur de Panamá. Para esta tercera expedición, necesitaba los mejores hombres disponibles y Hernando de Soto, con su reputación como capitán de caballería y veterano de múltiples campañas, fue reclutado como uno de los oficiales principales.
De Soto se unió a Pizarro en 1532 como capitán de caballería, lo que lo convertía efectivamente en el segundo o tercer hombre más importante de la expedición después de los hermanos Pizarro. La expedición de conquista del Perú contaba inicialmente con apenas 168 hombres y 62 caballos, un número ridículamente pequeño para enfrentar un imperio que controlaba millones de personas a lo largo de miles de kilómetros de costa y sierra.
La expedición desembarcó en Tumbes en 1532 y comenzó su marcha hacia el interior. El Imperio inca estaba en medio de una guerra civil entre los hermanos Atahualpa y Huáscar por el control del trono, una división que Pizarro explotaría brillantemente. De Soto participó en todas las fases de la conquista inicial, demostrando no solo valor militar sino también considerable habilidad diplomática.
El encuentro con Atahualpa: el momento que definió a De Soto
El episodio más famoso de la participación de De Soto en la conquista del Perú ocurrió en noviembre de 1532, cuando los españoles se acercaban a Cajamarca, donde el emperador inca Atahualpa estaba acampado con un ejército de decenas de miles de guerreros. Pizarro envió a De Soto con solo cinco jinetes a entregar un mensaje formal a Atahualpa, invitándolo a reunirse con los españoles.
El encuentro entre De Soto y Atahualpa fue uno de los momentos más dramáticos de la conquista de América. De Soto cabalgó directamente hacia el emperador, que estaba sentado en su litera rodeado de miles de guerreros. Los cronistas españoles reportan que Atahualpa no mostró ningún miedo o sorpresa ante los caballos, que nunca había visto antes. De Soto, queriendo impresionar al emperador, realizó una demostración de equitación que incluyó corcoveos, giros rápidos y una carga simulada que detuvo a apenas centímetros del emperador.

La demostración tuvo el efecto deseado. Según los cronistas, Atahualpa quedó visiblemente impresionado por el control que De Soto tenía sobre su caballo, aunque no mostró miedo. Más importante, la demostración convenció a Atahualpa de que los españoles eran guerreros formidables y posiblemente seres sobrenaturales, lo que puede haber influido en su decisión de aceptar la invitación de Pizarro para reunirse al día siguiente.
La reunión del 16 de noviembre de 1532 terminó en lo que los españoles llamaron la «Batalla» de Cajamarca pero que fue en realidad una emboscada y masacre. Los españoles capturaron a Atahualpa y mataron a miles de sus desarmados seguidores. De Soto participó en la acción pero posteriormente expresó reservas sobre algunos aspectos del episodio, mostrando un matiz moral poco común entre los conquistadores.
El rescate de Atahualpa y la riqueza de De Soto
Después de capturar a Atahualpa, Pizarro exigió un rescate extraordinario: el emperador debía llenar una habitación de 6.7 por 5.2 metros hasta una altura de 2.7 metros con objetos de oro y otra habitación similar con plata. Atahualpa aceptó y durante los meses siguientes, llegó a Cajamarca un tesoro sin precedentes desde todos los rincones del imperio.
De Soto fue uno de los beneficiarios principales del reparto del rescate de Atahualpa. Como capitán de caballería, recibió una de las porciones más grandes: aproximadamente 18.000 onzas de oro (unos 510 kilogramos) más una cantidad considerable de plata. En términos actuales, esto equivaldría a millones de dólares, una fortuna enorme para un hombre que había llegado a América apenas con un escudo y una espada.
Sin embargo, la relación de De Soto con Atahualpa se complicó con el tiempo. Algunos cronistas sugieren que De Soto desarrolló cierto respeto por el emperador inca y se opuso a su ejecución. Cuando Pizarro decidió ejecutar a Atahualpa en julio de 1533, supuestamente por conspirar contra los españoles, De Soto no estuvo presente: Pizarro lo había enviado en una expedición de reconocimiento precisamente para que no pudiera interferir.
De Cuzco a España: el regreso del conquistador rico
Después de la ejecución de Atahualpa, la expedición española continuó hacia Cuzco, la capital del imperio. De Soto jugó un papel fundamental en este avance, liderando las fuerzas de vanguardia. En 1533, descubrió el camino inca que conducía a Cuzco y participó en la captura de la ciudad.
Como recompensa por sus servicios, De Soto recibió la encomienda de Piura, una región costera del norte del Perú. Las encomiendas otorgaban al conquistador el derecho a cobrar tributo de las poblaciones indígenas de la región, lo que significaba ingresos considerables además de la fortuna en oro que ya había acumulado. De Soto se convirtió en miembro de la nueva nobleza militar americana, con riqueza y poder basados en sus conquistas.
Sin embargo, en 1535, De Soto tomó una decisión sorprendente: renunció como gobernador de Cuzco, cargo que ocupaba temporalmente y decidió regresar a España. Las razones exactas son debatidas, pero probablemente incluían disputas con los hermanos Pizarro sobre el reparto del poder en el Perú conquistado y el deseo de disfrutar de su fortuna en España, donde podría invertirla en propiedades y estatus social.
De Soto regresó a España en 1536, llegando a Sevilla como uno de los hombres más ricos de la ciudad. Tenía aproximadamente 36 años, era inmensamente rico y su fama como conquistador del Perú lo había convertido en una celebridad. Se estableció en una casa confortable en Sevilla y en 1537 se casó con Isabel de Bobadilla, hija de su antiguo patrón Pedrarias, cumpliendo una promesa que había hecho años antes.
La obsesión con La Florida: organizando la expedición
La leyenda de La Florida y Cabeza de Vaca
A pesar de tener todo lo que un hidalgo español podría desear —riqueza, estatus, una esposa de buena familia— De Soto pronto se sintió inquieto. En Sevilla circulaban historias sobre nuevas tierras por conquistar, nuevos imperios por descubrir. La más tentadora era La Florida, un territorio vasto y mayormente inexplorado al norte de las colonias del Caribe.
Juan Ponce de León había explorado la costa este de La Florida en 1513, dándole nombre a la península. Francisco de Garay había explorado la costa del Golfo de México en 1519. Pánfilo de Narváez había liderado una desastrosa expedición en 1528 que terminó con casi todos los participantes muertos. De los aproximadamente 400 hombres que habían partido con Narváez, solo cuatro sobrevivieron: Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza y un esclavo moro llamado Estebanico.
Cabeza de Vaca y sus compañeros regresaron a México en 1536 después de ocho años de cautiverio, esclavitud y vagabundeo por el suroeste de Norteamérica. Sus relatos de esta experiencia, que Cabeza de Vaca publicaría como Naufragios en 1542, incluían referencias a rumores de ciudades ricas al norte. Aunque Cabeza de Vaca nunca había visto personalmente estas ciudades, los rumores se transformaron en la imaginación española en nuevos Cuzcos y Tenochtitláns esperando ser conquistados.
De Soto era consciente de los peligros: la expedición de Narváez había sido un desastre completo. Pero también había escuchado los rumores de ciudades ricas y después de su éxito en Perú, creía que podría tener éxito donde otros habían fracasado. Más importante, De Soto estaba motivado no solo por la codicia sino por la ambición de gloria. Cortés y Pizarro eran ahora los conquistadores más famosos de España, sus nombres mencionados junto a los de los grandes capitanes de la historia. De Soto quería unirse a ese panteón.
La Capitulación de La Florida: autorización real
El 20 de abril de 1537, el emperador Carlos V otorgó a Hernando de Soto la Capitulación de La Florida, un documento que le daba el derecho exclusivo de conquistar y colonizar La Florida. El documento también le otorgaba varios títulos y honores: adelantado de La Florida, gobernador de Cuba y marqués de ciertos territorios que conquistara.
La capitulación especificaba las obligaciones de De Soto: debía transportar un mínimo de 500 hombres a La Florida, establecer dos fortalezas, llevar sacerdotes para la evangelización y fundar al menos tres ciudades. A cambio, recibiría concesiones de tierra, el derecho de repartir encomiendas y una porción de todos los tesoros descubiertos.
De Soto invirtió casi toda su fortuna personal del Perú en organizar la expedición. Vendió propiedades, pidió préstamos y utilizó su prestigio para atraer inversores y participantes. La promesa de encontrar otro Perú atrajo a cientos de voluntarios: hidalgos segundones buscando fortuna, veteranos de otras conquistas buscando nuevas oportunidades, artesanos y comerciantes esperando enriquecerse en las nuevas tierras.
La preparación: una empresa masiva
La expedición que De Soto organizó fue una de las más grandes y mejor equipadas que había partido hacia el Nuevo Mundo. Reunió entre 600 y 700 hombres, 200 a 220 caballos, 9 naves, 24 sacerdotes y toneladas de equipo que incluía armas, armaduras, cañones, herramientas, semillas para plantar, cerdos vivos para criar y perros de guerra.
La expedición incluía no solo soldados sino también herreros, carpinteros, ingenieros, granjeros, comerciantes, y hasta músicos. De Soto estaba planeando no solo una expedición de conquista sino un proyecto de colonización completo. Llevaba todo lo necesario para establecer asentamientos permanentes, cultivar la tierra y fundar una nueva sociedad española en La Florida.
El 6 de abril de 1538, la flota partió de Sanlúcar de Barrameda. La primera parada fue Cuba, donde De Soto debía asumir formalmente su cargo como gobernador. El plan era usar Cuba como base de operaciones para la expedición a La Florida, dejando allí a su esposa Isabel como regente mientras él exploraba el continente.
La estancia en Cuba se prolongó más de lo planeado debido a un ataque francés a La Habana. Los piratas franceses habían saqueado e incendiado la ciudad y De Soto dedicó varios meses a ayudar en su reconstrucción y fortificación. Finalmente, el 18 de mayo de 1539, la flota partió de La Habana rumbo a La Florida con aproximadamente 620 hombres y 220 caballos.
La expedición a La Florida: tres años en el infierno verde
Desembarco en Tampa Bay: las primeras desilusiones
El 25 de mayo de 1539, la flota de De Soto desembarcó en la bahía de Tampa, en la costa oeste de Florida. De Soto nombró al lugar Espíritu Santo. Lo que los españoles encontraron allí era muy diferente de lo que esperaban. En lugar de ciudades ricas y campos cultivados, había pantanos interminables, mosquitos que atacaban en nubes, serpientes venenosas, caimanes, calor sofocante y humedad extrema.

Sin embargo, la expedición tuvo un golpe de suerte extraordinario: encontraron a Juan Ortiz, un español que había formado parte de la expedición de Narváez de 1528 y había vivido con los indígenas durante once años. Ortiz había sido capturado por los Uzita, una subtribu de los Calusa y había sobrevivido a años de cautiverio y tortura. Su historia incluía un episodio notable: la hija del cacique Hirrihigua había intercedido para salvar su vida cuando su padre ordenó quemarlo vivo, un precedente de la historia de Pocahontas que ocurriría décadas más tarde.
Ortiz conocía el terreno, hablaba varias lenguas indígenas y pudo servir como intérprete para la expedición. Estableció un sistema ingenioso de guías en cadena: reclutaba guías de cada tribu a lo largo de la ruta, que luego pasaban información y conocimiento lingüístico a guías de áreas vecinas. Este sistema fue crucial para el éxito inicial de la expedición.
El primer invierno: Anhaica y los apalaches
Durante los primeros meses, la expedición se movió hacia el norte a través de Florida, encontrando resistencia intermitente de las tribus locales. Los españoles adoptaron una táctica brutal: capturaban a los caciques y los mantenían como rehenes para asegurar la cooperación de sus pueblos. También esclavizaban a indígenas para usarlos como porteadores y guías.
En Ocali y Ochile, De Soto enfrentó su primera emboscada seria. El cacique Vitachuco había fingido amistad con los españoles mientras preparaba un ataque con 10.000 guerreros divididos en dos grupos. De Soto, desconfiado desde el principio, propuso al cacique una «demostración» de cómo luchaban los españoles, lo que reveló la emboscada. La batalla resultante fue feroz, con bajas en ambos bandos, pero los españoles prevalecieron principalmente por su caballería y armas de fuego.
La expedición penetró en la provincia de Apalache y estableció su primer campamento de invierno en Anhaica, cerca de la actual Tallahassee, en 1539-1540. Este sitio arqueológico, conocido ahora como el Sitio Gobernador Martin, fue descubierto en 1987 y es uno de los dos lugares definitivamente documentados como asociados con la expedición de De Soto.
Durante el invierno en Anhaica, los españoles confiscaron el maíz almacenado de los apalaches, causando hambruna en la población local. Esta sería un patrón recurrente: la expedición de De Soto no tenía líneas de suministro y dependía de confiscar alimentos de las poblaciones indígenas, lo que generaba hambruna, resentimiento y conflicto.
Hacia el noreste: Cofitachequi y la señora de perlas
En la primavera de 1540, la expedición continuó hacia el noreste, alcanzando Cofitachequi (cerca de la actual Camden, Carolina del Sur) en mayo. Cofitachequi estaba en territorio de los cheroquis y aquí ocurrió uno de los episodios más notables de la expedición.
El pueblo estaba gobernado por una mujer, que los españoles llamaron la «Señora de Cofitachequi«. Ella recibió a De Soto con considerable hospitalidad, incluso quitándose un collar de perlas que llevaba y colocándoselo a De Soto en señal de amistad. Los españoles encontraron en Cofitachequi aproximadamente veinte arrobas (unos 230 kilogramos) de perlas, así como objetos de la expedición fracasada de Lucas Vázquez de Ayllón de 1526, confirmando que no eran los primeros europeos en la región.
A pesar de la hospitalidad inicial, De Soto esencialmente secuestró a la Señora de Cofitachequi para que sirviera como guía y rehén. Ella viajó con la expedición durante varias semanas antes de escapar, llevándose una caja de perlas. Este episodio ejemplifica la ambivalencia moral de De Soto: capaz de reconocer y respetar el poder y la dignidad de líderes indígenas, pero también dispuesto a traicionarlos cuando convenía a sus intereses.
Alabama y la masacre de Mabila
La expedición continuó hacia el oeste a través de los Montes Apalaches, atravesando partes de las actuales Tennessee y Georgia antes de entrar en Alabama. En Coosa (actual Coosa, Alabama), De Soto fue invitado a pasar el invierno, pero rechazó la invitación porque quería alcanzar el puerto de Achusi (actual Pensacola) para contactar con sus barcos.
El 18 de octubre de 1540, la expedición llegó a Mabila (actual Mobile, Alabama), territorio del cacique Tascalusa (o Tuscaloosa). El nombre Tascalusa significa «Guerrero Negro» en lengua choctaw y los cronistas lo describen como un hombre de estatura excepcional, quizás más de dos metros de altura.
Tascalusa había planificado cuidadosamente una emboscada. Invitó a los españoles a entrar en la ciudad fortificada de Mabila, donde miles de guerreros choctaw estaban escondidos. Cuando los españoles entraron, los indígenas atacaron. La Batalla de Mabila fue el combate más sangriento de toda la expedición.
La batalla duró nueve horas. Los españoles, atrapados dentro de la ciudad fortificada, tuvieron que luchar por sus vidas. Finalmente prevalecieron incendiando la ciudad y usando su caballería para romper las líneas indígenas, pero el precio fue terrible. Los españoles perdieron aproximadamente 20 a 30 hombres muertos y casi todos los demás fueron heridos, algunos gravemente. Más importante, perdieron la mayor parte de su equipo: armas, armaduras, camas, medicinas, y casi todas las perlas y oro que habían acumulado.
Los cronistas estimaron que entre 2.000 y 3.000 guerreros indígenas murieron en la batalla, aunque estas cifras pueden ser exageradas. La Batalla de Mabila fue un punto de inflexión: después de ella, la expedición nunca se recuperó completamente. Los hombres estaban desmoralizados, muchos heridos nunca sanaron adecuadamente, y la pérdida de equipo los dejó en condiciones precarias.
El descubrimiento del Misisipi: 8 de mayo de 1541
La marcha hacia el oeste: de Alabama al gran río
Después de Mabila, De Soto enfrentó una decisión crucial. El puerto de Achusi estaba a solo unos días de marcha al sur. Allí podrían encontrarse con los barcos que habían quedado en Florida, recibir suministros y refuerzos y posiblemente abandonar la expedición. Muchos de los hombres querían precisamente esto: habían tenido suficiente de pantanos, mosquitos, combates y enfermedades.
Sin embargo, De Soto rechazó la idea de ir al puerto. Sabía que si sus hombres veían los barcos, muchos querrían abandonar la expedición. Más importante, De Soto todavía creía que la riqueza que buscaba estaba más al oeste. Ordenó a la expedición continuar hacia el interior, una decisión que muchos de sus hombres consideraron un error fatal.
Durante el invierno de 1540-1541, la expedición acampó en Chicaza (en el actual norte de Misisipi). El 4 de marzo de 1541, los indígenas chickasaw atacaron el campamento español en la noche, incendiándolo. Los españoles perdieron muchos de los caballos que les quedaban, más equipo y sufrieron bajas adicionales. Este ataque dejó a la expedición en su estado más vulnerable hasta ese momento.
Después de recuperarse del ataque, los españoles continuaron hacia el oeste. Los cronistas describen un país diferente de la Florida que habían conocido: menos pantanos, más colinas y evidencia de poblaciones indígenas más numerosas y organizadas. Estaban atravesando el territorio de las grandes culturas del Misisipi, sociedades complejas que habían construido montículos ceremoniales y centros urbanos de baja densidad.
El 8 de mayo de 1541: el primer europeo en ver el Misisipi
El 8 de mayo de 1541, después de viajar casi dos años desde Tampa Bay, la expedición de De Soto alcanzó las orillas del Misisipi en un punto al sur de la actual Memphis, Tennessee. Los españoles llamaron al río inicialmente «Río Grande» o «Río del Espíritu Santo», aunque los indígenas lo llamaban con nombres que variaban según la región: «Meschacebé», «Misi-ziibi» y otras variantes que significaban «Padre de las Aguas» o «Gran Río».

La visión del Misisipi dejó a los españoles asombrados. Según el Caballero de Elvas, uno de los cronistas de la expedición, el río tenía «más de media legua de ancho» (aproximadamente 3 kilómetros) en el punto donde lo encontraron. La corriente era tan poderosa que arrastraba árboles enteros río abajo. Los españoles nunca habían visto un río de tal magnitud en América, ni siquiera el Amazonas que Orellana había navegado un año antes era tan ancho en su curso superior.
El desafío inmediato era cruzar el río. De Soto ordenó la construcción de balsas planas grandes y robustas, un proceso que tomó casi cuatro semanas. Los carpinteros españoles, dirigidos por Francisco de Guzmán, construyeron cuatro balsas capaces de transportar hombres y caballos. La madera se cortó de los bosques ribereños, y se utilizaron las últimas cadenas y clavos que quedaban del equipo original.
Mientras tanto, los españoles observaron que las tribus locales patrullaban el río en grandes canoas de guerra durante el día. Algunas de estas canoas podían transportar hasta 40 o 50 guerreros. Los indígenas claramente no iban a permitir que los españoles cruzaran sin oposición. De Soto decidió cruzar de noche para evitar el combate.
En la noche del 18 de junio de 1541, la expedición comenzó el cruce. Las balsas, cargadas con hombres, caballos y el equipo que quedaba, fueron empujadas a la corriente. El cruce fue peligroso: la corriente era fuerte, las balsas eran improvisadas y pesadas, y la oscuridad hacía difícil mantener el rumbo. Sin embargo, los españoles lograron cruzar sin enfrentar resistencia significativa de los indígenas, completando el cruce en la madrugada del 19 de junio.
Hernando de Soto y su expedición se habían convertido en los primeros europeos documentados en cruzar el Misisipi. El río se convertiría en la arteria de expansión estadounidense dos siglos más tarde, pero en 1541 era simplemente otro obstáculo en una búsqueda obsesiva de oro que nunca aparecería.
Arkansas: la búsqueda continúa al oeste del Misisipi
Después de cruzar el Misisipi, la expedición entró en lo que hoy es Arkansas. Los españoles continuaron su búsqueda de ciudades ricas, pero lo que encontraron fueron pueblos agrícolas relativamente pequeños, aunque algunos estaban bien organizados y tenían montículos ceremoniales impresionantes.
La expedición pasó semanas viajando por Arkansas, encontrando pueblos de las culturas Caddo y otras tribus. Algunos recibieron a los españoles pacíficamente, otros resistieron. De Soto continuó con su táctica de capturar caciques como rehenes, una práctica que generaba tanto resentimiento que eventualmente casi todos los pueblos que visitaban terminaban en conflicto con ellos.
Durante el otoño de 1541, la expedición se movió hacia el sur, regresando gradualmente hacia el Misisipi. Los hombres estaban cada vez más desmoralizados. Habían pasado más de dos años desde que salieron de Tampa Bay, habían recorrido miles de kilómetros a través de territorio hostil, habían perdido la mitad de sus compañeros y no habían encontrado el oro que De Soto había prometido.
El regreso al Misisipi: decisiones desesperadas
En la primavera de 1542, De Soto y sus oficiales se reunieron para discutir qué hacer. Las opciones eran limitadas y ninguna era buena. Podían intentar regresar a la costa del Golfo de México por tierra, construir barcos y navegar a México. Podían intentar llegar a México por tierra a través de Texas. O podían continuar explorando con la esperanza de finalmente encontrar las riquezas que buscaban.
De Soto propuso continuar explorando hacia el oeste, pero la mayoría de sus hombres se oponía. El consenso emergente era que debían intentar alcanzar México, ya fuera por mar navegando por el Misisipi hasta su desembocadura y luego por la costa del Golfo o por tierra a través de Texas.
Antes de que pudieran implementar cualquier plan, De Soto cayó enfermo. La enfermedad exacta es debatida: algunos historiadores sugieren fiebre tifoidea, otros malaria, otros alguna forma de fiebre tropical no identificada. Lo que está claro es que De Soto empeoró rápidamente durante las primeras semanas de mayo de 1542.
La muerte de De Soto y el final de la expedición
Los últimos días del conquistador
Hernando de Soto pasó sus últimos días en un campamento junto al Misisipi, probablemente cerca de la actual Ferriday, Louisiana, o McArthur, Arkansas (los historiadores debaten la ubicación exacta). Su condición se deterioró rápidamente. Los pocos medicamentos que quedaban no sirvieron de nada. Los sacerdotes de la expedición lo atendieron espiritualmente, administrándole los últimos sacramentos.
Según el cronista Garcilaso de la Vega (aunque su versión fue escrita décadas después y es menos confiable que otras crónicas), De Soto expresó en sus últimos días sentimientos de pesar y tristeza. Supuestamente les dijo a sus hombres que sentía «dolor y pena por dejarlos en una tierra donde no sabían dónde estaban». Si estas palabras son precisas, sugieren que De Soto, al final de su vida, reconoció el fracaso de su empresa y lamentó haber conducido a tantos hombres a su muerte.
El 21 de mayo de 1542, Hernando de Soto murió. Tenía aproximadamente 42 años. En su testamento, nombró a Luis de Moscoso Alvarado como nuevo líder de la expedición. Moscoso era un oficial experimentado que había servido lealmente durante toda la expedición.

El entierro en el Misisipi: el conquistador se convierte en parte del río
La muerte de De Soto planteó un problema inmediato para los españoles supervivientes. Durante la expedición, De Soto había cultivado una imagen casi divina entre muchas de las tribus indígenas que encontraron. Se presentaba como inmortal o al menos como poseedor de poderes sobrenaturales. Los españoles temían que si los indígenas descubrían que De Soto había muerto, su propia posición se volvería insostenible.
Inicialmente, los españoles enterraron el cuerpo de De Soto fuera del campamento, esperando mantener su muerte en secreto. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que los indígenas locales notarían la tumba reciente y deducirían lo que había pasado. Peor aún, había un riesgo de que los indígenas desenterraran el cuerpo y lo mutilaran para evitar que, según sus creencias, su cuerpo se reuniera con su alma en el más allá.
Para evitar esto, un grupo de oficiales españoles —Juan de Añasco, Juan de Guzmán, Arias Tinoco, Alonso Romo de Cardeñosa, Juan de Abadía y Diego Arias— desenterraron el cuerpo de De Soto en la noche. Lo envolvieron en mantas lastradas con piedras y lo colocaron dentro de un tronco de árbol hueco. Luego, en secreto, llevaron el tronco a medio del Misisipi y lo dejaron caer en las aguas profundas del río.
Así, Hernando de Soto, el conquistador de tres Américas, el veterano de la conquista del Perú, el descubridor del Misisipi, encontró su tumba final en las profundidades del río que había sido su mayor descubrimiento. El simbolismo es poderoso: el hombre que había dedicado su vida a conquistar y controlar la naturaleza americana terminó siendo reclamado por ella, descansando en el fondo del río más poderoso de Norteamérica.
La supervivencia de la expedición: de Moscoso a México
Después de la muerte de De Soto, Luis de Moscoso asumió el mando de los aproximadamente 300 hombres que quedaban de los 620 originales. Moscoso enfrentaba una situación desesperada: sus hombres estaban exhaustos, muchos heridos o enfermos, el equipo era mínimo y estaban a miles de kilómetros de cualquier asentamiento español.
Moscoso decidió primero intentar alcanzar México por tierra atravesando Texas. La expedición marchó hacia el suroeste durante varios meses, pero encontró un territorio cada vez más árido y poblaciones indígenas cada vez más dispersas. Para el otoño de 1542, quedó claro que este plan no funcionaría: la distancia era demasiado grande, los suministros insuficientes y el terreno demasiado difícil.
Moscoso ordenó regresar al Misisipi. Durante el invierno de 1542-1543, los españoles supervivientes construyeron siete bergantines en la orilla del río. La construcción fue un esfuerzo heroico: tenían que fabricar clavos fundiendo las armaduras que quedaban, hacer cuerdas de fibras vegetales y cortar madera con las pocas herramientas que tenían.
En julio de 1543, los siete bergantines partieron río abajo hacia el Golfo de México. El viaje fue peligroso: las tribus ribereñas atacaban constantemente y cuando finalmente alcanzaron la desembocadura del Misisipi, las grandes olas causadas por el choque del río con el océano casi volcaron los frágiles barcos.
De los siete bergantines, todos sobrevivieron al viaje por el Misisipi y la navegación costera. Los españoles siguieron la costa del Golfo hacia el oeste, pasando por la desembocadura del Río Pánuco y finalmente llegando al puerto de Tampico en México en septiembre de 1543.
De los aproximadamente 620 hombres que habían partido de Tampa Bay en 1539, aproximadamente 311 regresaron a territorio español. La expedición de Hernando de Soto había durado cuatro años y cuatro meses, había recorrido más de 6.000 kilómetros, había atravesado diez estados actuales de Estados Unidos, y había resultado en la muerte de más de la mitad de sus participantes. No había encontrado oro, no había establecido ninguna colonia permanente y no había generado ninguna ganancia material.
El legado de Hernando de Soto: entre la admiración y la condena
El impacto geográfico: mapear el sureste
Aunque la expedición de De Soto fracasó en sus objetivos declarados de encontrar riquezas y establecer colonias, su impacto geográfico fue considerable. Los cronistas de la expedición —el Caballero de Elvas, Rodrigo Rangel, Luis Hernández de Biedma y Garcilaso de la Vega— dejaron descripciones detalladas de la geografía del sureste de Norteamérica que fueron las primeras disponibles para los europeos.

El descubrimiento del Misisipi fue particularmente significativo. Aunque otros exploradores habían visto la desembocadura del río (Alonso Álvarez de Pineda en 1519, posiblemente Cabeza de Vaca), De Soto fue el primero en explorarlo tierra adentro y reconocer su magnitud. El Misisipi se convertiría en la arteria principal de la expansión estadounidense en los siglos XVIII y XIX, fundamental para el comercio y el transporte.
Las crónicas de la expedición también documentaron las culturas indígenas del sureste en un momento crítico justo antes de su colapso demográfico. Las descripciones de pueblos, montículos ceremoniales, organización política, agricultura y tecnología son invaluables para los arqueólogos y antropólogos modernos que intentan reconstruir estas sociedades perdidas.
Las crónicas: cuatro perspectivas sobre la misma expedición
La expedición de De Soto es notable por tener cuatro crónicas independientes, cada una con una perspectiva diferente:
El Caballero de Elvas (identidad desconocida) escribió la primera crónica publicada, en 1557. Su relato, traducido al inglés por Richard Hakluyt en 1609, fue la fuente principal de información sobre la expedición durante siglos. El Caballero de Elvas escribió con considerable detalle sobre la geografía y los eventos, pero su identidad sigue siendo un misterio.
Luis Hernández de Biedma, factor del rey (el agente responsable de la propiedad real), escribió un informe oficial que presentó en los Archivos Reales en España en 1544. Su relato es más breve y técnico que el del Caballero de Elvas, enfocándose en aspectos administrativos y legales.
Rodrigo Rangel, secretario de De Soto, llevó un diario que se perdió, pero que fue utilizado extensamente por Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias. El diario de Rangel, preservado parcialmente a través de Oviedo, proporciona detalles día a día de la expedición.
Garcilaso de la Vega «El Inca», hijo de un conquistador español y una princesa inca, escribió La Florida del Inca publicada en 1605, décadas después de la expedición. Su crónica es la más literaria y dramática, pero también la menos confiable históricamente, ya que incorpora elementos legendarios y se basó en testimonios de segunda mano.
La existencia de cuatro crónicas independientes hace que la expedición de De Soto sea una de las mejor documentadas del siglo XVI, permitiendo a los historiadores contrastar versiones y reconstruir los eventos con considerable detalle.
El impacto demográfico: enfermedades y despoblación
El legado más devastador de la expedición de De Soto fue la introducción de enfermedades europeas en poblaciones indígenas que no tenían inmunidad. Viruela, sarampión, gripe, tifus y otras enfermedades viajaron con la expedición española, aunque los cronistas rara vez las mencionan directamente.
Las sociedades del Misisipi que De Soto encontró —con sus montículos ceremoniales, centros urbanos de baja densidad, agricultura sofisticada y organización política compleja— colapsaron demográficamente en las décadas posteriores a la expedición. Cuando exploradores franceses y españoles regresaron a la misma región en los siglos XVII y XVIII, encontraron poblaciones mucho más pequeñas, viviendo en asentamientos dispersos, sin evidencia de las grandes ciudades que De Soto había descrito.
Los arqueólogos estiman que las enfermedades introducidas por De Soto y expediciones posteriores causaron una mortalidad del 90-95% en algunas poblaciones indígenas. Este fue uno de los colapsos demográficos más rápidos y completos de la historia humana. Lo que De Soto documentó en 1539-1542 fue, en esencia, una civilización en su apogeo o en las etapas iniciales de su desintegración; décadas más tarde, estas civilizaciones habían desaparecido casi completamente.
La memoria de De Soto en Estados Unidos
En Estados Unidos, el legado de Hernando de Soto es profundamente ambivalente. Por un lado, es recordado como un explorador valiente que amplió dramáticamente el conocimiento europeo de Norteamérica. Por otro lado, es condenado por su trato brutal a las poblaciones indígenas y su papel en desencadenar el colapso demográfico del sureste.
El nombre de De Soto está presente en múltiples lugares de Estados Unidos:
- Condados: DeSoto County en Florida, Misisipi, Louisiana
- Ciudades: DeSoto en Missouri, Hernando en Misisipi
- Geografía: Cataratas DeSoto en Georgia, Puente Hernando de Soto en Memphis
- Instituciones: De Soto School en Arkansas, Parque Estatal DeSoto en Alabama
- Memorial: De Soto National Memorial en Bradenton, Florida
- Comercio: La marca de automóviles DeSoto (fabricada por Chrysler 1928-1961)
Esta proliferación de nombres refleja la fascinación estadounidense con los exploradores españoles que abrieron el continente, pero también genera controversia. En años recientes, algunos han cuestionado si es apropiado honrar a un hombre cuyas acciones contribuyeron al genocidio de poblaciones indígenas. El debate sobre la memoria de De Soto continúa, reflejando debates más amplios sobre cómo las sociedades modernas deben recordar figuras históricas complejas.
Fuentes y bibliografía
Crónicas primarias:
- Elvas, Caballero de. Relação Verdadeira (1557). Traducción inglesa por Richard Hakluyt, 1609.
- Biedma, Luis Hernández de. Relación del suceso de la jornada (1544).
- Rangel, Rodrigo (vía Oviedo). Historia general y natural de las Indias (Libro XVII).
- Garcilaso de la Vega. La Florida del Inca. Lisboa, 1605.
Bibliografía en español:
- Bravo, Carlos. Hernando de Soto. Madrid: Historia 16, 1987.
- Garrido Palacios, José. «Hernando de Soto, conquistador de las tres Américas». Revista Defensa, enero 2025.
- Mira Caballos, Esteban. Hernando de Soto: El Conquistador de las Tres Américas. Madrid: Sílex, 2018.
Bibliografía en inglés:
- Albornoz, Miguel. Hernando de Soto: Knight of the Americas. Nueva York, 1986.
- Clayton, Lawrence A. et al. The De Soto Chronicles, 2 vols. Tuscaloosa: University of Alabama Press, 1993.
- Duncan, David Ewing. Hernando de Soto: A Savage Quest in the Americas. Nueva York, 1996.
- Hudson, Charles. Knights of Spain, Warriors of the Sun. Athens: University of Georgia Press, 1997.
- Swanton, John R. Final Report of the De Soto Expedition Commission. Washington, 1939.
Estudios arqueológicos:
- Ewen, Charles R. Hernando de Soto among the Apalachee. Gainesville: University Press of Florida, 1998.
- Jones, B. Calvin. «The Governor Martin Site«. Florida Anthropologist 35.1 (1982).
Fuentes digitales:
- De Soto National Memorial.
- Mississippi Encyclopedia.
- Sociedad Geográfica Española.
- Gilder Lehrman Institute.
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Preguntas frecuentes sobre Hernando de Soto
¿Quién fue Hernando de Soto?
Hernando de Soto fue un conquistador y explorador español nacido alrededor de 1500 en Extremadura, España. Es conocido principalmente por tres logros: su participación en la conquista del Perú junto a Francisco Pizarro (1532-1535), donde acumuló una gran fortuna del rescate de Atahualpa; su exploración del sureste de Norteamérica (1539-1542), donde recorrió más de 6,000 kilómetros atravesando diez estados actuales; y su descubrimiento del río Misisipi en 1541, convirtiéndose en el primer europeo documentado en cruzarlo. Murió de fiebre en 1542 a los 42 años, y su cuerpo fue enterrado en el Misisipi.
¿Cuándo descubrió De Soto el Misisipi?
Hernando de Soto y su expedición alcanzaron el río Misisipi el 8 de mayo de 1541, en un punto al sur de la actual Memphis, Tennessee. Los españoles pasaron casi cuatro semanas construyendo balsas para cruzar el río, finalmente cruzándolo en la noche del 18 de junio de 1541. De Soto fue el primer europeo documentado en ver y cruzar el Mississippi en su curso medio, aunque otros exploradores habían visto previamente su desembocadura en el Golfo de México.
¿Por qué fue De Soto a La Florida?
De Soto organizó la expedición a La Florida motivado por varios factores. Primero, ambición de gloria: quería emular el éxito de Cortés en México y Pizarro en Perú, y creía que podría encontrar otro imperio rico para conquistar. Segundo, los relatos de Cabeza de Vaca y rumores sobre ciudades ricas al norte del Golfo de México lo convencieron de que había riquezas por descubrir. Tercero, había recibido una Capitulación real en 1537 que lo nombraba adelantado de La Florida y gobernador de Cuba, títulos prestigiosos que quería validar con conquistas territoriales. Invirtió casi toda su fortuna del Perú en organizar la expedición.
¿Cuántos hombres sobrevivieron la expedición de De Soto?
De los aproximadamente 620 hombres que partieron de Tampa Bay, Florida en mayo de 1539, solo 311 regresaron a territorio español en Tampico, México en septiembre de 1543. Esto representa una tasa de supervivencia de aproximadamente 50%. Los demás murieron por enfermedades tropicales (malaria, fiebre amarilla, disentería), combates con poblaciones indígenas, accidentes, hambre y agotamiento. La expedición también perdió la mayoría de los 220 caballos que había llevado. El número de supervivientes es notable considerando que la expedición duró más de cuatro años en territorio completamente hostil.
¿Encontró De Soto el oro que buscaba?
No. La expedición de De Soto fracasó completamente en su objetivo de encontrar ciudades ricas como Tenochtitlán o Cuzco. Encontraron algunas perlas en Cofitachequi (aproximadamente 230 kilogramos), pero incluso esas se perdieron en la Batalla de Mabila cuando los indígenas incendiaron la ciudad fortificada. Los pueblos indígenas que encontraron practicaban agricultura y tenían sociedades organizadas con montículos ceremoniales, pero no tenían grandes cantidades de oro o plata. La búsqueda obsesiva de De Soto por riquezas que no existían llevó a la expedición cada vez más profundo en territorio desconocido, culminando en desastre.
¿Cómo murió Hernando de Soto?
Hernando de Soto murió el 21 de mayo de 1542 de una fiebre, probablemente tifoidea o malaria, cerca de las orillas del río Misisipi en lo que hoy es Louisiana o Arkansas. Tenía aproximadamente 42 años. Los españoles inicialmente enterraron su cuerpo fuera del campamento, pero temiendo que los indígenas lo descubrieran y desenterraran, lo exhumaron en secreto, lo colocaron en un tronco de árbol hueco lastrado con piedras, y lo hundieron en medio del Misisipi. De Soto fue enterrado en el río que había descubierto, un final poético para un hombre cuya obsesión por la conquista lo había llevado a atravesar todo un continente.
¿Qué legado dejó De Soto?
El legado de De Soto es profundamente ambivalente. Geográficamente, su expedición documentó por primera vez para los europeos la geografía del sureste de Norteamérica y el curso medio del Misisipi, que se convertiría en arteria vital de expansión estadounidense. Las crónicas de su expedición proporcionan información invaluable sobre las culturas indígenas del Misisipi justo antes de su colapso. Sin embargo, su expedición también introdujo enfermedades europeas que causaron mortalidad del 90-95% en poblaciones indígenas, devastando civilizaciones complejas. Su trato brutal a los pueblos indígenas —esclavitud, captura de caciques, confiscación de alimentos— causó hambruna y muerte. Es recordado como explorador valiente pero también condenado como invasor que desencadenó genocidio.
¿Por qué no se establecieron colonias españolas después de De Soto?
El fracaso catastrófico de la expedición de De Soto disuadió intentos españoles de colonizar el sureste de Norteamérica durante décadas. La Corona española concluyó que La Florida no contenía las riquezas que justificaran el gasto de establecer colonias permanentes. No fue hasta 1565 que España estableció San Agustín en Florida, principalmente como base militar para proteger la ruta de los galeones de tesoro que navegaban de México y Perú a España, no como colonia económicamente productiva. La región que De Soto había explorado —lo que hoy es Georgia, Alabama, Misisipi, Arkansas— permaneció sin presencia europea permanente hasta el siglo XVIII, cuando colonos británicos y franceses comenzaron a penetrar desde el este y el norte.












