La leyenda de El Dorado

La leyenda de El Dorado, provocó decenas de exploraciones por parte de los conquistadores españoles en el siglo XVI, y aún las provoca, pero jamás se ha podido conocer más sobre ello. ¿Mito o realidad oculta?

Ríos de tinta se han vertido acerca de la existencia real o no de aquel lugar idílico que con tanto ahínco buscasen los conquistadores españoles allá por el 1530 en territorio andino.

"El Dorado", ¿mito o realidad?

La leyenda parece fraguarse en el momento en que una de las expediciones al “Nuevo Mundo” comandada por el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, entra en contacto con el pueblo de los Muiscas y es testigo de un ritual en el que, con gran vehemencia, se hace alarde del aurífero ornato del que hacían gala los reyes de éste peculiar pueblo.

Ante los atónitos ojos de aquellos hombres, el heredero al trono Muisca, era adornado con plumas de aves exóticas, desnudado y recubierto por entero con polvo de oro y embellecido con placas de glifos y brazaletes del mismo metal, escoltado hasta una balsa repleta de piedras preciosas y guiado hasta el centro de una gran laguna donde vertía todas aquellas riquezas para honrar a sus dioses.

Pronto, la codicia se hizo presente y aquellos hombres saquearon aquellas tierras para hacer posesión de toda cuanta riqueza hubo en ellas.

Al hacerlo se dieron cuenta, que en aquel paraje no había minas ni vestigio alguno que evidenciara la obtención de dichos materiales y concluyeron que tales riquezas tan sólo podían haberse obtenido mediante el comercio con otros pueblos.

Con el propósito de encontrar la fuente de aquellos tesoros, se hizo prisioneros a varios Muiscas que posteriormente fueron torturados para obtener el paradero de aquellas auríferas tierras. Y he aquí que hayamos el primer escollo en la veracidad de la historia de “El Dorado”.

La tortura no es ni será jamás el método idóneo de obtención de información objetiva.

La Historia está plagada de confesiones absurdas obtenidas de dicho modo. Ahí tenemos las confesiones templarias sobre las heréticas prácticas del Temple con la figura de Baphomet o las a cada cual más fabulosas autoinculpaciones de brujería obtenidas por la Santa Inquisición, por poner algún ejemplo tópico y recurrente.

Así, quizás, aquellos conquistadores tan sólo obtuvieron aquello que querían oír, una tierra en la que el oro era algo tan común como la propia tierra que pisaban, ciudades construidas sobre bloques de oro macizo y granadas por doquier con esmeraldas y otras piedras preciosas.

No se puede saber qué de cierto había en aquellas confesiones pero el reguero de pólvora ya estaba ardiendo y no fueron pocas las expediciones que se organizaron para descubrir la situación de aquella ciudad.

La búsqueda se extendió de Colombia a Brasil, Ecuador, Perú, Venezuela…y a cada paso crecía la leyenda, desdibujándose, distorsionándose. El Dorado dejó de ser aquel rey Muisca “El Indio Dorado”, para convertirse en ciudad, la ciudad en un Imperio, según se iba añadiendo folclore a los hechos.

La Historia nos ha dejado pruebas evidentes de que varias culturas precolombinas, como la Inca, hacían uso del oro como elemento ornamental, aunque seguramente no tuviese el mismo valor que se le daba en el “Viejo Continente”.

Es probable que el mito de “El Dorado” no fuese más que una exageración de ciertas evidencias reales, dispersas entre el conglomerado de pueblos precolombinos que la codicia y la imaginación humana hubiesen dado forma, pero lo cierto es que aún a día de hoy, la leyenda de “El dorado” sigue atrayendo a exploradores y arqueólogos y, de vez en cuando, aparecen en portada ciertos descubrimientos que hacen sospechar que quizás, aquella leyenda, no lo fuese tanto como la mítica Troya, descubierta por Schliemann.

Imagen: eddypedro en Flickr

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