viernes, noviembre 27, 2020
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¿Quién fue Diógenes? Breve biografía del filósofo cínico

Diógenes de Sinope, (Sinope, 412 a.C- Corinto, 323 a.C), es más conocido por ser llamado Diógenes el cínico.

Diógenes ha pasado a la historia por una de sus peculiaridades principales: vivía en un tonel.

Fue un filósofo griego de la escuela cínica, gran provocador que incitaba constantemente a reflexionar sobre las complicaciones inútiles a las que la vida en sociedad, a veces, nos arrastra, y propugnaba la libertad máxima, a través del desapego, sobre todo a lo material.

Y eso que el hombre no vivía en esta época de desaforado consumismo.

Como buen cínico preconizaba la vida sencilla y acorde con la naturaleza; vida ascética que despreciaba cualquier riqueza y cualquier preocupación material (no confundamos la corriente filosófica con la acepción del adjetivo que también facilita el diccionario: “dicho de una persona : Que actúa con falsedad o desvergüenza” y que, en su caso, está claro que sería inapropiada. Diógenes era un hombre directo y claro, bien alejado de cualquier falsedad).

Según nuestro filósofo, el más necesitado de bienes materiales y más ajeno a los aplausos sociales, paradójicamente, era el más rico, el más feliz. Su coherencia le llevó a vivir tal como pensaba, en la indigencia, pero absolutamente libre, en una autarquía o gobierno de uno mismo.

Conocemos su pensamiento en boca de otros filósofos e historiadores, como Hecatón, Zoilo de Perga o Teofrastro, entre otros.

Su principal biógrafo fue el historiador griego Diógenes Laercio (siglo III, d.C.), del que, a manos de su obra “Diez libros sobre la vida. Sentencias de los filósofos más ilustres”, hemos conocido infinidad de anécdotas que se le atribuyen a su tocayo.

Grandes frases y anécdotas de Diógenes

Diógenes y Alejandro Magno

Entre las muchísimas anécdotas, tal vez la más renombrada sea la del encuentro del cínico con el emperador Alejandro Magno.

Cuando este visitó Corinto, alertado de las peculiaridades del filósofo, acudió a verlo y comprobar, in situ, que era cierto que vivía en un tonel. Presentándose como Alejandro el Grande, Diógenes le respondió -sin inmutarse- que él era Diógenes el Cínico.

Alejandro le ofreció cualquier favor que Diógenes quisiera, a lo cual Diógenes le pidió que se apartara del sol ya que le impedía disfrutar de él.

Pero hay muchas, muchas más. Aquí os dejo algunas:

Y ya que hemos empezado con una anécdota en la que interviene Alejandro Magno, se cuenta que ambos, el gran conquistador y el cínico, se volvieron a encontrar en varias ocasiones.

En una de ellas, Diógenes le preguntó a Alejandro Magno que por qué iba a conquistar tantas tierras, cuál era su objetivo en esas conquistas. A lo que Alejandro contestó: “después de hacerlo podré descansar”.

La respuesta de Diógenes no se hizo esperar: “Yo ya lo estoy haciendo sin tener que estar conquistando nada”.

Diógenes y las lentejas

En otra historia, estaba Diógenes tomando un plato de lentejas, probablemente sentado en la boca de su tonel, cuando pasó un sicario del emperador -ministrazgo puesto a dedo, seguro que ramplón, adocenado y muy, muy «pelota»- que, al ver a Diógenes comiendo, le increpó:

¡Ay, Diógenes! Si aprendieras a ser más sumiso y adular un poco más al emperador, no tendrías que comer tantas lentejas”.

Parece ser que Diógenes dejó de comer, levantó la vista y, mirando al infame interlocutor, contestó con firme voz:

¡Ay de ti, hermano! Si aprendieras a comer un poco de lentejas, no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador”.

Respecto a lo del plato de lentejas, también se cuenta que ese era de los pocos alimentos que ingería y que solía hacerlo en un único cuenco que poseía para beber y comer. Poco más necesitaba de la vida que su tonel, su cuenco, unas alforjas y un bastón.

Pero un día pasó un zagal más pobre aún que él, y vio como el chaval bebía directamente de la mano, sin usar cuenco alguno. Diógenes se dijo: “un niño me superó en sencillez” y, tras ver como otro crío comía las lentejas en la cavidad de su mano, recogiéndolas con un pedazo de pan, tomó su cuenco y lo arrojó al río, y a partir de entonces, se dice que sólo comió y bebió de sus manos, sin utilizar utensilio alguno.

Diógenes y la limosna

Vivía de la mendicidad, y según parece, se lo tomaba en serio. ¡Y tanto! Fijaos hasta que punto: Un buen día estaba pidiendo limosna a una estatua (sí, sí. Habéis leído bien, a una estatua).

Evidentemente, de inmediato provocó la pregunta de algún curioso y sólo contestó: “Me ejercito en fracasar”.

También cuentan que, pidiendo limosna a un individuo de muy mal carácter, este le increpó que sólo se la daría si lograba convencerlo de la bonanza del hecho, a lo que Diógenes, contestó: “Si yo fuera capaz de persuadirte, lo haría para que te ahorcaras”.

Diógenes y los vanidosos

Y es que no se llevaba muy bien con los vanidosos. En este sentido, cuentan que fue invitado a entrar en una lujosa mansión, pero se le advirtió de que no se le ocurriera escupir en el suelo.

Diógenes lo hizo sobre la cara del dueño, para luego disculparse diciendo que no había podido encontrar un lugar más inmundo en toda la casa.

Es conocido que se rodeaba de perros callejeros y que solía alabar las virtudes de estos animales –el propio término cínico, etimológicamente, significa perro-.

También es sabido que, en su afán por una libertad total, y en su desprecio hacia los lujos y “buenas costumbres” de los humanos – hasta tal punto llegó a despreciar a sus congéneres, que, en una ocasión, gritó: “¡Hombres a mí!”, y al acudir una gran multitud les despachó golpeándolos con el bastón, manifestando “Hombres he dicho, no basura”-.

Se comportaba casi como un animal, llegando a defecar y masturbarse en la calle (se quejaba, incluso, de que no pudiera satisfacer el estómago, al igual que su pene, frotándoselo).

Es más, se manifestaba muy a gusto con sus costumbres, a pesar del escándalo que provocaban.

Otra de las curiosidades que se conocen de Diógenes es que, en un banquete al que fue invitado, con la clara idea de humillarle, echándole huesos al suelo para que los comiera como un perro, Diógenes, comportándose como tal, no tuvo ningún pudor en orinar allí mismo.

Le gustaba afear a los vanidosos, así, se dirigió a un hombre que estaba siendo calzado por un esclavo, y le dijo: “No serás enteramente feliz hasta que tu criado te suene también las narices, lo que ocurrirá cuando hayas olvidado el uso de tus manos”.

Diógenes y su criado

Cuando decidió vivir de la mendicidad, y se deshizo de todos sus bienes, incluido un criado que tenía, le preguntaron que por qué no tenía alguno, a lo que contestó: “Sería absurdo que mi criado pudiera vivir sin Diógenes, y Diógenes, en cambio, no pudiera hacerlo sin su criado”.

Repetía de continuo que había que tener cordura para vivir o una cuerda para ahorcarse.

Claro que tenía cierto gusto por lo de que aquellos que no fueran cuerdos optaran por la cuerda, con perdón por el juego de palabras, y así, le increpó a un sacerdote que aseguraba que a los admitidos en los ritos órficos les esperaban innumerables bienes en el Hades: “¿Por qué, entonces, no te suicidas?”.

Contra los poderosos

No, decididamente, no le gustaban nada los ricos, los soberbios, los magnates, los poderosos, los sacerdotes… Contra éstos tuvo más de un “elogio”.

Así, viendo, en cierta ocasión, cómo los sacerdotes custodios de un templo conducían a uno que había robado una vasija perteneciente al tesoro del mismo, comentó: “Los ladrones grandes llevan preso al pequeño”.

Es de sobras conocido que Diógenes iba andando por la calle con una lámpara encendida mientras iba diciendo «Busco un hombre» (fijaos que decía “busco un hombre”, no “busco a un hombre”. La preposición que no existe deja bien clara la intención de su frase. Al parecer, jamás lo encontró).

En otra historia, cierto día observó a una mujer postrada ante los dioses en actitud ridícula y, queriendo liberarla de su superstición, se le acercó y le dijo: “¿No temes, buena mujer, que tu dios esté detrás de ti (pues todo está lleno de su presencia) y tu postura resulte entonces irreverente?”. Cualquiera sabe cuál pudo ser la respuesta del dios.

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