En la Alejandría del emperador Adriano, hacia el año 130, enseñaba un maestro cristiano que escribió 24 libros de comentarios sobre el evangelio, impuso a sus discípulos cinco años de silencio, como los pitagóricos y afirmó que el universo había surgido de un Dios que no es. Se llamaba Basílides y fue uno de los primeros grandes pensadores del gnosticismo, contemporáneo de Valentín y tan influyente como él.
De Basílides conocemos dos versiones tan distintas que parecen describir a dos personas diferentes. Según Ireneo de Lyon, enseñaba un mito con 365 cielos gobernados por un arconte llamado Abraxas, cuyo nombre sumaba 365 en el valor numérico de sus letras griegas y sostenía que Jesús no murió en la cruz, sino que intercambió su aspecto con Simón de Cirene, que fue crucificado en su lugar mientras el Salvador lo contemplaba riéndose. Según Hipólito de Roma, en cambio, Basílides era un filósofo audaz que concibió la creación del mundo a partir de la nada absoluta, mediante una semilla que contenía en potencia todas las cosas, y que imaginó el final de la historia como una gran ignorancia que caería sobre el mundo inferior para que nada deseara lo que no puede alcanzar.
¿Cuál de los dos es el verdadero Basílides? Los historiadores llevan siglos discutiéndolo. Lo que sí sabemos es que su nombre quedó unido para siempre a Abraxas, el ser con cabeza de gallo y piernas de serpiente que aparece grabado en cientos de gemas mágicas de la Antigüedad y que, muchos siglos después, inspiró a Carl Gustav Jung y a Hermann Hesse y que sus seguidores, los basilidianos, sobrevivieron en Egipto hasta el siglo IV, y, según san Jerónimo, llevaron su doctrina hasta Hispania.
Un maestro en la Alejandría de Adriano
Basílides vivió y enseñó en Alejandría, la gran capital intelectual del Mediterráneo oriental, en la primera mitad del siglo II. Clemente de Alejandría, que escribió hacia el año 200, sitúa su actividad durante los reinados de Adriano y Antonino Pío, es decir, aproximadamente entre los años 117 y 161.
La Alejandría de Basílides era una ciudad cosmopolita en la que convivían la filosofía griega, la gran comunidad judía que había producido figuras como Filón, las religiones egipcias tradicionales y un cristianismo todavía mal conocido, del que no conservamos casi ningún testimonio directo para esta época. En ese ambiente surgieron los primeros grandes maestros gnósticos: Basílides, Carpócrates y, poco después, Valentín, que se formó en la ciudad antes de trasladarse a Roma.
Como otros maestros gnósticos, Basílides reclamaba para su enseñanza una tradición apostólica. Según Clemente, sus seguidores afirmaban que había sido alumno de un tal Glaucias, que había sido intérprete del apóstol Pedro. La afirmación era una forma de responder a los obispos, que trazaban su autoridad hasta los apóstoles: Basílides tenía también una línea de transmisión que se remontaba a Pedro.
Las obras perdidas de Basílides
Basílides fue un escritor prolífico, aunque casi todo lo que escribió se ha perdido. Según Agripa Cástor, un autor cristiano del siglo II que escribió una refutación contra él y cuyas palabras conservó Eusebio de Cesarea, Basílides compuso 24 libros de comentarios sobre el evangelio, conocidos como Exegetica. Orígenes afirma además que Basílides escribió un evangelio propio, aunque no sabemos si se trataba de una obra distinta o de una versión de los evangelios conocidos.
Agripa Cástor añade algunos detalles curiosos. Basílides habría inventado unos profetas llamados Barcabbas y Barcof, cuyos escritos citaba como autoridad. Impuso a sus discípulos un silencio de cinco años, a la manera de los pitagóricos, antes de iniciarlos en su doctrina y enseñaba que comer carne sacrificada a los ídolos era indiferente y que en tiempos de persecución no había pecado en negar la fe.
De las Exegetica se conservan unos pocos fragmentos, citados por Clemente de Alejandría. El más extenso trata un problema que inquietaba a los cristianos del siglo II: ¿por qué sufren los mártires? Basílides responde que, si los mártires sufren, es porque han cometido pecados que desconocemos, quizá en vidas anteriores, o porque tienen una inclinación al pecado aunque no lo hayan cometido, igual que un niño que sufre sin haber pecado y concluye con una frase que resume su pensamiento: diré cualquier cosa antes que llamar malvada a la providencia.
El fragmento revela a un pensador preocupado por el problema del mal y dispuesto a aceptar ideas como la reencarnación para salvar la bondad de Dios. Clemente lo critica con dureza, pero lo cita con respeto, como a un adversario intelectual de altura.
Isidoro, el hijo
Basílides tuvo un hijo y discípulo, Isidoro, que continuó su enseñanza y escribió también varias obras. Clemente conserva fragmentos de un tratado titulado Sobre el alma adherida, en el que Isidoro sostiene que el alma humana tiene adheridos espíritus o apéndices de origen animal, que son la causa de las pasiones y que el ser humano debe dominarlos con la razón. Clemente cita también sus reflexiones sobre el matrimonio, en las que Isidoro aconseja casarse a quien no pueda dominar sus deseos, para no consumirse en ellos.
El Basílides de Ireneo: los 365 cielos
La primera exposición del sistema de Basílides procede de Ireneo de Lyon, que hacia el año 180 le dedicó un capítulo de su tratado Contra las herejías.
Según Ireneo, Basílides enseñaba que del Padre ingénito nació primero el Intelecto, de este la Palabra, de la Palabra la Prudencia y de la Prudencia la Sabiduría y el Poder. De la Sabiduría y el Poder surgieron las virtudes, los principados y los ángeles, que crearon el primer cielo. De ellos procedieron otros ángeles, que crearon un segundo cielo semejante al primero y así sucesivamente, hasta completar 365 cielos. Por eso, explicaba Basílides, el año tiene 365 días, uno por cada cielo.
Los ángeles que ocupan el último cielo, el que vemos, fueron los que crearon el mundo y se repartieron las naciones de la tierra. Su jefe es el dios de los judíos, que quiso someter a los demás pueblos al suyo y por eso los demás jefes se rebelaron contra él y las naciones se enfrentaron a su pueblo.
Abraxas
Ireneo añade que los basilidianos situaban los 365 cielos como lo hacían los astrólogos y que el príncipe de todos ellos se llamaba Abrasax, o Abraxas, porque las letras de su nombre en griego, usadas como números, sumaban 365. En griego, cada letra del alfabeto tenía un valor numérico y la suma de las de Abrasax, alfa (1), beta (2), rho (100), alfa (1), sigma (200), alfa (1) y xi (60), da exactamente 365.
El nombre de Abraxas se convirtió en uno de los más célebres del mundo antiguo. Aparece grabado en cientos de gemas mágicas de época imperial, generalmente acompañado de una figura muy característica: un ser con cabeza de gallo, torso humano y piernas en forma de serpiente, que sostiene un látigo y un escudo. Estas gemas se usaban como amuletos de protección y no siempre tenían relación con los basilidianos, porque el nombre de Abraxas formaba parte del repertorio de la magia grecoegipcia de la época. Pero la tradición posterior las asoció con Basílides y durante siglos se conocieron como gemas basilidianas. Su historia completa está en el artículo dedicado a Abraxas.
Simón de Cirene en la cruz
La doctrina más célebre que Ireneo atribuye a Basílides se refiere a la crucifixión. Para salvar a los hombres del dominio de los ángeles creadores, el Padre envió a su primer engendrado, el Intelecto, al que llaman Cristo. Este se apareció en la tierra como un hombre e hizo milagros, pero no sufrió la pasión.
Según los evangelios, cuando los soldados llevaban a Jesús al Calvario, obligaron a un hombre llamado Simón de Cirene, que volvía del campo, a llevar su cruz. Basílides, según Ireneo, interpretaba el episodio de forma sorprendente. Simón de Cirene fue transformado para que tuviera el aspecto de Jesús y fue él quien murió crucificado, por error y por ignorancia de los verdugos. Jesús, por su parte, tomó la forma de Simón y permaneció junto a la cruz, riéndose de ellos. Como era un poder incorpóreo, el Intelecto del Padre ingénito, podía transformarse a voluntad y regresó después a Aquel que lo había enviado, burlándose de quienes no podían retenerlo.
De esta doctrina, Ireneo deduce una consecuencia práctica: quien confiesa al crucificado sigue siendo esclavo y está bajo el poder de los que hicieron los cuerpos, mientras que quien lo niega se libera de ellos. Por eso los basilidianos no daban importancia al martirio.
La idea de un Jesús que ríe mientras otro muere en su lugar reaparece en otros textos gnósticos, como el Apocalipsis de Pedro y el Segundo tratado del gran Set de la biblioteca de Nag Hammadi. Curiosamente, también tiene un eco en el Corán, que afirma que Jesús no fue crucificado, sino que a sus enemigos les pareció que lo era. Algunos investigadores han sugerido que esa tradición islámica procede de ideas cristianas heterodoxas que circulaban en Oriente, aunque la relación no es directa.
Uno entre mil
Ireneo añade algunos rasgos de la vida de los basilidianos. Practicaban la magia, los encantamientos y las invocaciones y conocían los nombres de los ángeles de cada cielo, lo que les permitía atravesarlos sin ser detenidos. Decían que solo uno entre mil y dos entre diez mil podían conocer estos misterios y que no debían revelarse a nadie. Su lema era: tú conoces a todos, pero que nadie te conozca a ti.
El Basílides de Hipólito: el Dios que no es
A comienzos del siglo III, Hipólito de Roma ofreció en su Refutación de todas las herejías una exposición del pensamiento de Basílides completamente distinta de la de Ireneo. No hay en ella 365 cielos, ni Abraxas, ni Simón de Cirene. Hay, en cambio, uno de los sistemas filosóficos más originales de la Antigüedad.
Hubo un tiempo en que no había nada
Según Hipólito, Basílides comenzaba con una afirmación radical: hubo un tiempo en que no había nada y añadía que ese nada no era siquiera una de las cosas que existen, sino que, hablando con propiedad, no había absolutamente nada. Ni materia, ni sustancia, ni algo sin sustancia, ni simple, ni compuesto, ni nada pensable.
En ese vacío absoluto, el Dios que no es, un Dios tan trascendente que ni siquiera puede decirse que exista, quiso crear un mundo, aunque sin voluntad, sin pensamiento y sin sentimiento, porque esas palabras se le aplican solo de forma impropia. Y creó, a partir de lo que no era, una semilla que contenía en sí misma todas las cosas del mundo, igual que la semilla de la mostaza contiene en potencia el árbol entero, con sus raíces, sus ramas y sus hojas.
Esta idea tiene una importancia excepcional en la historia del pensamiento. Los filósofos griegos daban por supuesto que el mundo había sido formado a partir de una materia preexistente, como en el Timeo de Platón, donde el Demiurgo da forma a un caos anterior. El historiador alemán Gerhard May sostuvo en 1978 que Basílides fue el primer pensador cristiano que formuló de manera explícita la creación a partir de la nada, la creatio ex nihilo, una doctrina que la teología cristiana adoptaría como propia poco después.
La triple filiación
Dentro de la semilla del mundo había una filiación, una realidad divina formada por tres partes, a las que Hipólito llama hijos. La primera, la más sutil, ascendió de inmediato hacia el Dios que no es, con la rapidez de un pensamiento. La segunda, más densa, no podía subir por sí misma y ascendió con la ayuda del Espíritu Santo, que actuó como un ala. La tercera, la que necesita ser purificada, quedó atrapada en la semilla, en el mundo, y es la parte divina que se encuentra en los seres humanos espirituales.
De la semilla surgió también el Gran Arconte, un ser de belleza y poder indescriptibles, que creyó ser el dios supremo porque no sabía que había algo por encima de él. El Gran Arconte engendró un hijo más sabio que él y creó el mundo superior, la Ogdóada. Después surgió un segundo arconte, inferior al primero, que creó el mundo visible, la Hebdómada y que es el dios que habló a Moisés.
El Evangelio y la gran ignorancia
Para liberar a la tercera filiación, la que estaba atrapada en el mundo, el Evangelio descendió desde lo alto. No descendió como una persona que viaja de un lugar a otro, sino como una luz que se transmite de un nivel al siguiente. Primero iluminó al hijo del Gran Arconte, que lo comunicó a su padre. El Gran Arconte comprendió entonces que no era el dios supremo y se llenó de temor, que es el principio de la sabiduría. Luego el Evangelio pasó al segundo arconte y, finalmente, llegó a Jesús, el hijo de María, que fue iluminado por la luz que descendía.
Cuando toda la tercera filiación haya sido purificada y haya ascendido, el mundo llegará a su fin de una forma singular. Dios enviará sobre todo lo que queda en el mundo inferior una gran ignorancia, para que ningún ser desee lo que no puede alcanzar y nadie sufra por la nostalgia de lo superior. Los arcontes olvidarán que existe algo por encima de ellos y cada ser permanecerá en paz en el lugar que le corresponde, como un pez que no desea volar porque no sabe que existe el aire.
Es una de las ideas más originales y conmovedoras de la literatura gnóstica: una salvación que no castiga a quienes quedan abajo, sino que los libera del deseo de lo imposible.
Dos Basílides
| Aspecto | Según Ireneo de Lyon | Según Hipólito de Roma |
|---|---|---|
| Principio supremo | Padre ingénito | Dios que no es |
| Origen del mundo | Emanaciones sucesivas desde el Padre | Una semilla creada a partir de la nada |
| Estructura del cielo | 365 cielos con sus ángeles | Ogdóada y Hebdómada, gobernadas por dos arcontes |
| Jefe de los cielos | Abraxas | Gran Arconte |
| Dios de los judíos | Jefe de los ángeles del último cielo | Arconte de la Hebdómada |
| Crucifixión | Simón de Cirene muere en lugar de Jesús | No se menciona |
| Salvación | Conocimiento de los nombres y misterios | Ascenso de la tercera filiación |
| Final del mundo | No se describe | La gran ignorancia cae sobre el mundo inferior |
¿Cómo se explica la diferencia entre los dos relatos? Los investigadores han propuesto varias respuestas. Algunos piensan que Ireneo describe a los basilidianos de su tiempo, que habían transformado la enseñanza del maestro en un sistema mitológico y mágico, mientras que Hipólito tuvo acceso a un escrito filosófico más cercano al propio Basílides. Otros creen lo contrario: que el sistema de Hipólito es una elaboración tardía de discípulos influidos por la filosofía estoica y aristotélica. Y otros sostienen que ninguno de los dos refleja fielmente al Basílides histórico, del que solo podemos estar seguros a través de los fragmentos que cita Clemente.
Los basilidianos
Los seguidores de Basílides formaron una escuela que sobrevivió durante bastante tiempo. A comienzos del siglo IV, Epifanio de Salamina afirma que todavía existían basilidianos en Egipto, especialmente en el delta del Nilo.
San Jerónimo añade una noticia de gran interés para la historia de Hispania. En una de sus cartas, escrita a finales del siglo IV, cuenta que la herejía de Basílides se había extendido por la Galia y por Hispania a través de un egipcio llamado Marcos, que había corrompido a mujeres nobles y había tenido como discípulos a Ágape y Elpidio. Es el mismo Marcos de Menfis al que Sulpicio Severo atribuía el origen de la doctrina de Prisciliano. Para Jerónimo, el priscilianismo era, en último término, una herencia de Basílides, aunque los historiadores actuales dudan mucho de esa conexión.
Basílides en la época moderna
Basílides y Abraxas tuvieron una segunda vida en el siglo XX gracias a Carl Gustav Jung. En 1916, el psicólogo suizo escribió un texto visionario titulado Siete sermones a los muertos, que firmó con el nombre de Basílides de Alejandría. En él aparece Abraxas como un dios que reúne en sí los opuestos, el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la creación y la destrucción. Jung lo distribuyó en privado entre sus amigos y solo se publicó después de su muerte, como apéndice de sus memorias.
Hermann Hesse, que fue paciente de un discípulo de Jung, recuperó la figura de Abraxas en su novela Demian, publicada en 1919, donde aparece como el dios que es a la vez divino y demoníaco. La frase de la novela sobre el pájaro que rompe el cascarón del huevo para volar hacia Abraxas se convirtió en una de las más citadas de la literatura del siglo XX.
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Fuentes y bibliografía
Fuentes:
- Clemente de Alejandría. Stromata.
- Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica.
- Hipólito de Roma. Refutación de todas las herejías.
- Ireneo de Lyon. Contra los herejes.
- Montserrat Torrents, José (ed.). Los gnósticos. 2 vols. Madrid: Gredos, 1983.
Bibliografía:
- Jung, Carl Gustav. Recuerdos, sueños, pensamientos. Barcelona: Seix Barral, 1964 (incluye los Siete sermones a los muertos).
- Layton, Bentley. The Gnostic Scriptures. Nueva York: Doubleday, 1987.
- Löhr, Winrich A. Basilides und seine Schule. Tubinga: Mohr Siebeck, 1996.
- May, Gerhard. Schöpfung aus dem Nichts: Die Entstehung der Lehre von der creatio ex nihilo. Berlín: De Gruyter, 1978.
- Mansfeld, Jaap. Heresiography in Context: Hippolytus’ Elenchos as a Source for Greek Philosophy. Leiden: Brill, 1992.
- Pearson, Birger A. «Basilides the Gnostic». En Marjanen, Antti y Luomanen, Petri (eds.), A Companion to Second-Century Christian «Heretics». Leiden: Brill, 2005.
- Rudolph, Kurt. Gnosis: The Nature and History of Gnosticism. San Francisco: Harper & Row, 1983.
Preguntas frecuentes sobre Basílides
¿Quién fue Basílides?
Fue un maestro cristiano gnóstico que enseñó en Alejandría durante los reinados de Adriano y Antonino Pío, aproximadamente entre los años 117 y 161. Escribió 24 libros de comentarios sobre el evangelio, de los que solo se conservan fragmentos. Es uno de los primeros grandes pensadores del gnosticismo, contemporáneo de Valentín, y su nombre está ligado a Abraxas.
¿Qué relación tiene Basílides con Abraxas?
Según Ireneo de Lyon, Basílides enseñaba que existían 365 cielos, uno por cada día del año, y que su príncipe se llamaba Abraxas, porque las letras de su nombre en griego suman 365. El nombre aparece en cientos de gemas mágicas antiguas con una figura de cabeza de gallo y piernas de serpiente, que la tradición llamó gemas basilidianas, aunque no todas tenían relación con su escuela.
¿Qué decía Basílides sobre la crucifixión de Jesús?
Según Ireneo de Lyon, Basílides enseñaba que Jesús no murió en la cruz. Simón de Cirene, el hombre que ayudó a llevar la cruz, tomó el aspecto de Jesús y fue crucificado en su lugar, mientras Jesús, con la apariencia de Simón, contemplaba la escena riéndose. Hipólito de Roma, en cambio, no menciona esta doctrina en su exposición del pensamiento de Basílides.
¿Qué es el Dios que no es de Basílides?
Es el principio supremo en el sistema que Hipólito de Roma atribuye a Basílides. Es un Dios tan trascendente que ni siquiera puede decirse que exista. A partir de la nada absoluta, creó una semilla que contenía en potencia todas las cosas. Algunos historiadores consideran que Basílides fue el primer pensador cristiano en formular la creación a partir de la nada.
¿Quién era Isidoro?
Era hijo y discípulo de Basílides, y continuó su enseñanza en Alejandría. Escribió un tratado sobre el alma en el que sostenía que las pasiones humanas proceden de espíritus de origen animal adheridos al alma, que deben dominarse con la razón. Clemente de Alejandría conserva algunos fragmentos de sus obras.
¿Qué relación tiene Basílides con Prisciliano?
San Jerónimo afirmó a finales del siglo IV que la herejía de Basílides había llegado a Hispania a través de un egipcio llamado Marcos, el mismo al que Sulpicio Severo atribuía el origen de la doctrina de Prisciliano. Para Jerónimo, el priscilianismo derivaba de Basílides. Los historiadores actuales dudan mucho de esa conexión, que parece un recurso polémico para desacreditar a Prisciliano.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









