En la isla griega de Cefalonia, en el mar Jónico, los habitantes de la ciudad de Same celebraban cada luna nueva una fiesta en honor de un joven al que habían declarado dios. Tenía un templo, un altar y un museo y su culto incluía sacrificios, banquetes e himnos. Se llamaba Epífanes, había muerto a los 17 años y era hijo de un maestro cristiano de Alejandría llamado Carpócrates. Así lo cuenta, al menos, Clemente de Alejandría, que conocía el tratado que aquel joven había escrito defendiendo que todas las cosas, incluidas las mujeres, debían ser comunes.
Los carpocracianos, los seguidores de Carpócrates, fueron una de las corrientes gnósticas con peor fama de la Antigüedad. Según sus adversarios, enseñaban que el alma debía experimentar todas las acciones posibles, incluidas las más vergonzosas, antes de liberarse del mundo y que para ello se reencarnaba una y otra vez. Se les acusó de practicar la magia y de celebrar banquetes nocturnos que terminaban en orgías. Pero también se les atribuye uno de los datos más interesantes de la historia del arte cristiano: fueron los primeros, según Ireneo de Lyon, en tener imágenes de Jesús, que veneraban junto a las de Pitágoras, Platón y Aristóteles.
Carpócrates de Alejandría
De Carpócrates sabemos muy poco. Enseñó en Alejandría en la primera mitad del siglo II, probablemente hacia el año 130, en la misma época y la misma ciudad que Basílides. No se conserva ninguno de sus escritos y todo lo que sabemos de él procede de Ireneo de Lyon y de Clemente de Alejandría.
Según Ireneo, Carpócrates enseñaba que el mundo había sido creado por unos ángeles muy inferiores al Padre ingénito. Jesús era hijo de José y de María, nacido como los demás hombres, pero se distinguía de ellos porque su alma, firme y pura, recordaba lo que había visto cuando estaba junto al Padre. Por eso recibió un poder que le permitió escapar de los ángeles creadores del mundo y atravesarlos para volver a su origen.
Lo más llamativo de esta doctrina es su consecuencia. Si Jesús era un hombre como los demás, cualquier alma que alcanzara su misma pureza podía hacer lo mismo que él e incluso superarlo. Los carpocracianos afirmaban que algunos de ellos eran iguales a Pedro, a Pablo y a los demás apóstoles y que otros los superaban, e incluso que podían ser superiores al propio Jesús.
Pasar por todas las acciones
La doctrina más polémica de los carpocracianos se refiere a la reencarnación. Según Ireneo, enseñaban que el alma debía experimentar todas las acciones y todas las formas de vida antes de liberarse del dominio de los ángeles. Si no lo conseguía en una vida, debía reencarnarse en otro cuerpo y así sucesivamente, hasta haber pasado por todo.
Los carpocracianos apoyaban esta idea en un pasaje del Evangelio de Mateo. Jesús aconseja ponerse de acuerdo con el adversario mientras se está con él en el camino, para que no te entregue al juez, el juez al guardia y el guardia a la cárcel, porque no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Para los carpocracianos, el adversario era uno de los ángeles creadores del mundo, la cárcel era el cuerpo y pagar el último céntimo significaba haber pasado por todas las experiencias posibles.
Sus enemigos interpretaron esta doctrina como una justificación de cualquier inmoralidad. Si el alma debía experimentarlo todo, el pecado se convertía en un paso necesario hacia la salvación. Ireneo dice que no se atreve a creer que los carpocracianos hicieran realmente las cosas que sus libros permitían, pero insinúa que sí.
Es difícil saber qué pensaban realmente los carpocracianos. La idea de la transmigración de las almas era habitual en la filosofía platónica y pitagórica y es posible que los carpocracianos la adoptaran de esas escuelas sin las consecuencias morales que sus enemigos les atribuían.
Magia y una marca en la oreja
Ireneo añade que los carpocracianos practicaban la magia: encantamientos, filtros de amor, espíritus familiares y envío de sueños y cuenta un detalle singular: algunos de ellos marcaban a sus discípulos con un hierro candente en la parte interior del lóbulo de la oreja derecha.
Ireneo afirma también que los carpocracianos se llamaban a sí mismos gnósticos. Es uno de los pocos casos en que un heresiólogo atribuye a un grupo el uso de ese nombre como denominación propia.
Las primeras imágenes de Jesús
El dato más interesante que Ireneo da sobre los carpocracianos tiene que ver con el arte. Según él, tenían imágenes de Jesús, algunas pintadas y otras hechas de otros materiales y afirmaban que eran copias de un retrato que había mandado hacer Poncio Pilato cuando Jesús vivía entre los hombres. Las coronaban y las veneraban junto a las imágenes de los grandes filósofos griegos, Pitágoras, Platón y Aristóteles, a la manera de los paganos.
Es una de las referencias más antiguas a imágenes de Jesús, anterior a cualquier representación conservada, que no aparecen hasta el siglo III. En una época en que la mayoría de los cristianos rechazaba las imágenes religiosas, siguiendo la tradición judía, los carpocracianos tenían retratos de Jesús y los veneraban como se veneraba a los grandes sabios.
La práctica tiene un paralelo curioso. La Historia Augusta, una colección de biografías imperiales de finales del siglo IV, cuenta que el emperador Alejandro Severo, que reinó entre los años 222 y 235, tenía en su capilla privada imágenes de Cristo, Abraham, Orfeo y Apolonio de Tiana, a las que rendía culto. La veneración de Jesús como uno de los grandes sabios de la humanidad, junto a los filósofos y los profetas, parece haber sido una idea compartida por algunos círculos de la época.
Epífanes, el hijo divinizado
La figura más llamativa de los carpocracianos es Epífanes, el hijo de Carpócrates. Clemente de Alejandría cuenta que su madre se llamaba Alejandría y procedía de Cefalonia, que Carpócrates lo educó en la filosofía platónica y que murió a los 17 años. En la ciudad de Same, en Cefalonia, se le consagró un templo y se le rendía culto como a un dios, con una fiesta en cada luna nueva.
Epífanes escribió un tratado titulado Sobre la justicia, del que Clemente conserva algunos fragmentos. En él sostenía que la justicia de Dios consiste en la comunidad y la igualdad. Dios hace brillar el sol para todos por igual, ricos y pobres, hombres y mujeres, libres y esclavos y da a todos los animales la misma tierra y el mismo alimento. Fueron las leyes humanas las que introdujeron la distinción entre lo mío y lo tuyo y con ella, el robo, la desigualdad y la injusticia. Por eso, decía Epífanes, todas las cosas deben ser comunes, incluidas las mujeres, igual que los animales se unen libremente.
El texto de Epífanes es uno de los escritos más radicales de la Antigüedad sobre la igualdad y la propiedad y algunos historiadores modernos lo han considerado un precursor del comunismo utópico. Clemente, que lo cita para refutarlo, añade que los carpocracianos celebraban unos banquetes comunitarios en los que, después de comer, apagaban las lámparas y se entregaban a relaciones sexuales indiscriminadas.
Algunos investigadores han dudado de la historia de Epífanes. Ya en el siglo XIX se propuso que el culto de Same estaba dedicado en realidad a un dios lunar llamado Epífanes, el que se manifiesta celebrado en la luna nueva y que Clemente lo confundió con el hijo de Carpócrates. La hipótesis no puede demostrarse, pero muestra lo frágil que es nuestra información sobre los carpocracianos.
Marcelina en Roma
La doctrina de Carpócrates llegó a Roma de la mano de una mujer llamada Marcelina, que según Ireneo llegó a la ciudad durante el pontificado de Aniceto, hacia los años 155-166 y arrastró a muchos al error. Es una de las pocas mujeres maestras de una escuela gnóstica cuyo nombre conocemos, junto a las profetisas y discípulas que aparecen en los textos de otros grupos.
El Evangelio secreto de Marcos
Los carpocracianos volvieron a la actualidad en el siglo XX por un descubrimiento polémico. En 1958, el historiador estadounidense Morton Smith afirmó haber encontrado en el monasterio de Mar Saba, en el desierto de Judea, una copia del siglo XVIII de una carta atribuida a Clemente de Alejandría. En ella, Clemente hablaba de una versión secreta del Evangelio de Marcos, conservada en Alejandría y reservada a los iniciados y acusaba a Carpócrates de haberla robado y corrompido.
La carta citaba dos pasajes de ese evangelio secreto, uno de los cuales narraba cómo Jesús resucitaba a un joven y, días después, lo iniciaba de noche en el misterio del reino de Dios. Smith publicó el hallazgo en 1973 y desató una enorme controversia. Muchos investigadores, como Stephen Carlson, han sostenido que la carta es una falsificación moderna, quizá del propio Smith, mientras que otros la consideran auténtica. El manuscrito original desapareció y solo se conservan fotografías, lo que hace imposible un análisis definitivo.
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Bibliografía
- Carlson, Stephen C. The Gospel Hoax: Morton Smith’s Invention of Secret Mark. Waco: Baylor University Press, 2005.
- Clemente de Alejandría. Stromata.
- Ireneo de Lyon. Contra los herejes.
- Kraft, Heinrich. «Gab es einen Gnostiker Karpokrates?». Theologische Zeitschrift 8 (1952).
- Löhr, Winrich A. «Karpokratianisches». Vigiliae Christianae 49 (1995), pp. 23-48.
- Montserrat Torrents, José (ed.). Los gnósticos. 2 vols. Madrid: Gredos, 1983.
- Smith, Morton. Clement of Alexandria and a Secret Gospel of Mark. Cambridge: Harvard University Press, 1973.
- Rudolph, Kurt. Gnosis: The Nature and History of Gnosticism. San Francisco: Harper & Row, 1983.
Preguntas frecuentes sobre los carpocracianos
¿Quiénes eran los carpocracianos?
Eran los seguidores de Carpócrates, un maestro gnóstico de Alejandría de la primera mitad del siglo II. Enseñaban que el mundo había sido creado por ángeles inferiores, que Jesús era un hombre cuya alma recordaba su origen divino y que cualquier alma podía igualarlo. Creían en la reencarnación y, según sus enemigos, practicaban la magia y celebraban banquetes libertinos.
¿Qué creían los carpocracianos sobre la reencarnación?
Según Ireneo de Lyon, enseñaban que el alma debía pasar por todas las acciones y experiencias posibles antes de liberarse del dominio de los ángeles creadores del mundo, y que si no lo conseguía en una vida, debía reencarnarse hasta completarlas. Sus enemigos lo interpretaron como una justificación del pecado.
¿Quién fue Epífanes?
Fue el hijo de Carpócrates, que murió a los 17 años. Escribió un tratado, Sobre la justicia, en el que defendía que todas las cosas, incluidas las mujeres, debían ser comunes, porque las leyes humanas habían introducido la desigualdad. Según Clemente de Alejandría, en la isla de Cefalonia se le veneraba como un dios.
¿Tenían los carpocracianos imágenes de Jesús?
Sí, según Ireneo de Lyon. Afirmaban que eran copias de un retrato mandado hacer por Poncio Pilato, y las veneraban junto a las de Pitágoras, Platón y Aristóteles. Es una de las referencias más antiguas a imágenes de Jesús, anterior a cualquier representación conservada.
¿Qué es el Evangelio secreto de Marcos?
Es un supuesto texto mencionado en una carta atribuida a Clemente de Alejandría, que el historiador Morton Smith afirmó haber encontrado en 1958 en el monasterio de Mar Saba. La carta acusa a Carpócrates de haber corrompido ese evangelio secreto. Su autenticidad es muy discutida, y muchos investigadores la consideran una falsificación moderna.
Nota editorial: las infografías e ilustraciones de este artículo han sido desarrolladas con asistencia de herramientas de Inteligencia Artificial para la recreación artística de personajes y entornos históricos.









