InicioArteMiguel Ángel y Julio II, una relación tormentosamente respetuosa

Miguel Ángel y Julio II, una relación tormentosamente respetuosa

En la obra filosófica la “Fenomenología del Espíritu”, escrita por el gran pensador alemán GWF Hegel, trabaja como fundamento de la historia humana la dialéctica del señor y el siervo, también conocida como la dialéctica del amo y el esclavo; en esta idea, Hegel, señala que solo dos consciencias iguales pueden reconocerse mutuamente y respetarse, siendo únicamente los habilitados para dicho reconocimiento, los señores o amos.

En este sentido, la relación entre el Papa “Guerrero” Julio II y el artista del renacimiento Miguel Ángel Bounarrotti, puede ciertamente señalarse, como una relación entre dos consciencias iguales que se admiran y respetan mutuamente.

La relación entre el Papa Julio II y Miguel Ángel, a pesar de haber sido de respeto mutuo, fue también tempestuosa y llena de episodios dignos de contar, donde la personalidad del artista Miguel Ángel se impuso a la efigie del Papa que hacía temblar tanto a pueblos y naciones enteras, como a hombres de Estado y grandes familias reales, amenazándolos con la excomunión o con la espada cuando era necesario.

Sin embargo, el gran maestro artístico del Renacimiento Miguel Ángel consideraba que no debía amilanarse ante la imponente figura del Santo Padre y en varias ocasiones, le plantó cara sin miedo a pesar de las posibles consecuencias que esto pudiese traer.

Miguel Ángel y Julio II, antes del encuentro

La fama de escultor de Miguel Ángel, venía en ascenso gracias a sus trabajos de la Piedad del Vaticano, y el David, ambos le atrajeron gran vistosidad, además de granjearle una buena base de empleadores ansiosos de trabajar con él.

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Miguel Ángel, artista del Renacimiento

Desde el comienzo en el mundo de la escultura, Miguel Ángel amó este arte más que ningún otro, siendo superior tanto a sus maestros como a sus compañeros del taller, lo que le trajo envidias y celos de su parte, pero el reconocimiento y cariño de mecenas y maestros.

Además de su fama de escultor, Miguel Ángel se había convertido en un reputado pintor gracias a la pintura que realizó en el Consejo de Florencia, donde desarrolló escenas de la Batalla de Pisa, siendo los cartones utilizados para esta pintura, elogiados, copiados y reconocidos a tal nivel, que logró conocer al Papa Alejandro VI.

No sería el único Papa que conocería, como veremos a continuación.

Julio II, había llegado al poder del Vaticano en el año 1503, luego de la muerte de Alejandro VI, y el corto papado de Pio II, quien murió antes de contarse un mes de su asunción.

Desde sus inicios, Julio II dejó claro que buscaría la antigua gloria de Roma emulando las conquistas pasadas del extinto imperio romano, razón por la que se le conoció el Papa Guerrero, ya que su accionar parecía más el de un rey conquistador que la representación de Dios en la Tierra.

Dos años después de haber sido electo como Papa, Julio II y Miguel Ángel se conocerían en Roma.

Julio II a Miguel Ángel: ¡Erige monumentos para mí!

Cuando en 1505 Julio II conoció al joven Miguel Ángel, se sorprendió por el talento del artista y su personalidad, siendo disputado por los grandes mecenas de la época.

Pero el Papa Julio II tenía un encargo especial para él: al igual que los grandes faraones egipcios o a las grandes figuras de la historia, el Papa Julio II deseaba tener un monumento fúnebre a la altura de su efigie papal, por lo que encomendó al escultor Miguel Ángel, realizar el mausoleo donde descansaría su cuerpo por toda la eternidad.

Miguel Ángel, sería encargado de este trabajo otorgándole el Papa dinero para viajar a Carrara para escoger las mejores piezas de mármol.

En este proyecto estuvo ocupado ocho meses el joven artista, sin sucumbir ante la tentación de crear nuevas estatuas.

Cuando la mitad de estos mármoles estuvo lista y fue enviada a la plaza de San Pedro, Miguel Ángel se dirigió a Roma para colocar su taller, donde también se instalaría el Santo Padre, para en ocasiones, observar el trabajo de su mausoleo.

No obstante, ambos tendrían su primer desacuerdo poco tiempo después.

Según Vasari en su obra «Vidas», cuando llegó el segundo lote de mármoles, Miguel Ángel, buscaría a Julio II para que le entregara el dinero con que debía pagar el transporte de este material, pero fue ignorado por el Papa y no le concedió reunión.

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Papa Julio II

Luego de reiteradas ocasiones en que el artista buscara reunirse con el Sumo Pontífice, Miguel Ángel lograría verlo en las audiencias sabatinas que ofrecía el Papa durante su almuerzo.

Alí el artista le pediría el dinero, respondiéndole el Papa que volviera el lunes. Cuando llegó el lunes fue ignorado nuevamente y así se mantuvo toda la semana hasta que un servidor de Julio II le expresó que fuera paciente ya que el Papa no deseaba verlo, a lo que Miguel Ángel respondió que se iría a Florencia y que si el Papa deseaba verlo, fuera hasta allá a buscarlo.

Esa misma noche partió a Florencia molesto, sintiéndose despreciado y sin ánimos de volver ante la presencia del Sumo Pontífice, quien envió cartas y mensajeros para que volviera a su presencia.

Miguel Ángel se negaba sin importarle las represalias que esto podría acarrearle, ni sintiendo miedo por aquel Papa, que había subyugado a los grandes reyes europeos de la época, ya fuera por la diplomacia o por la espada.

Durante esta estancia continuó los trabajos en el Consejo de Florencia, donde Piero Soderini era la máxima autoridad y recibía misiva tras misiva de Roma exigiendo la entrega del artista, a lo que Soderini y el gobierno florentino se negaban.

No obstante, cuando ya Julio II amenazaba con la excomunión, Soderini enviaría a Miguel Ángel a Roma en calidad de embajador, siendo acompañado por su hermano el Cardenal Soderini, para reunirse con el Sumo Pontífice. Esta reunión se produciría en Bolonia.

Julio II y Miguel Ángel, se reconcilian

Cuando termina la campaña de Bolonia, Julio II y Miguel Ángel se reencuentran, donde el artista sumiso y cabizbajo, muestra su máximo respeto por el Santo Padre, a quien le dice que actuó por la cólera al sentirse despreciado y siendo echado de Roma como un miserable.

Uno de los Cardenales que escuchaba la reunión dijo a Julio II que los artistas eran gente ignorante que solo conocían de arte y que no entendían de ninguna otra situación.

Este comentario encolerizó a Julio II, quien con una maza en su mano golpeó a dicho Cardenal, amenazándolo y señalando que el ignorante era él y que no irrespetara a Miguel Ángel, que ellos no faltaban el respeto así.

Acto seguido volvería la familiaridad entre estos dos personajes, donde el Papa entregaría favores y obsequios, además de entender que no debía despreciar al artista; y Miguel Ángel por su parte, entendió que aquellos arrebatos de ira del Papa también le venían bien.

Luego de darle trabajos a Miguel Ángel como hacer un retrato del Papa, entre otras cosas, Julio II escogería a este artista como el encargado de pintar la Capilla Sixtina, llamada así, porque fue el Papa Sixto IV, el que habría creado aquella construcción.

Miguel Ángel no gustaba tanto de la pintura y entendía que pintar al fresco no era su fuerte, por lo que intentó persuadir al Papa reconsiderara éste encargo. No obstante, temió que Julio II pensara que hacía un desprecio a este trabajo y poco a poco,  fue desarrollando la magna obra del renacimiento italiano.

Julio II y Miguel Ángel, el encargo de la Capilla Sixtina

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«La creación de Adán», fresco de la Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel. Crédito: Depositphotos.

El trabajo en la Capilla Sixtina se convirtió en un doloroso trayecto de la vida de Miguel Ángel, donde el Papa Julio II también obtendría dolores de cabeza.

Miguel Ángel se quejaba en sonetos y cartas personales de las largas horas en que debía trabajar, la postura que debía tener, el cansancio de sus ojos y la vista, además del cambio negativo que sentía en su cuerpo fruto de las posiciones que debía adoptar para realizar el trabajo.

Un trabajo fatigante que tuvo que realizar él mismo ya que no se sentía cómodo con la forma de trabajar de los ayudantes que tuvo.

Julio II por su parte, fiel a su temperamento fuerte e impaciente, presionaba a Miguel Ángel constantemente para que terminara el encargo de la Capilla Sixtina, presiones que tuvieron varios episodios difíciles, como el referido por Vasari, en la biografía de Miguel Ángel:

… Miguel Ángel le pidió permiso para ir a Florencia el día de San Juan y le pidió dinero para el viaje. “Y la Capilla – le dijo el Papa – cuándo la terminarás?” “Cuando pueda, Santo Padre.” El Papa tenía una maza en la mano, golpeó a Miguel Ángel exclamando: “¡Cuando pueda! ¡Cuando pueda! ¡Yo te la haré terminar!…”.

No obstante, el Papa respetaba a Miguel Ángel y luego de este episodio, Vasari, señala que Julio II envió a su camarero con 500 ducados para que el artista realizara el viaje, demostrando ser duro pero apreciando la amistad con Miguel Ángel, a quien siempre quiso mantener en buenas maneras.

El techo de la capilla sería mostrado en dos partes.

Cuando Miguel Ángel (que procuraba trabajar en el máximo secreto, no dejando siquiera que el Papa mirara el trabajo) terminó la primera parte, el pueblo de Roma, el Papa y los artistas, se maravillaron por tal obra, haciendo que varios de los pintores de la época imitaran el estilo de la capilla, disputándole a Miguel Ángel el encargo de la segunda parte.

Sin embargo, Julio II tenía claro que ese segundo techo podía ser mejor.

20 meses duró la finalización del trabajo de la segunda parte del techo, donde la impaciencia del Papa crecía cada día más, siendo este el momento en que lo amenazaría de “arrojarlo de los andamios” si no terminaba la obra.

Al concluirla en 1512, todos se maravillaron del Papa, del artista y de la belleza que veían sus ojos, ya que parecía un techo pintado por los dioses y no por un solo hombre que, gracias a este trabajo, pasaría a la inmortalidad.

En 1513, el Papa Guerrero Julio II finalizaría su vida, terminando así, una época de campañas militares, y la amistad que lo unía a uno de los grandes genios del arte mundial.

tumba de julio II
El Moisés, tumba de Julio II. Crédito: Depositphotos

En su testamento, el Papa encargaría a Miguel Ángel la finalización del mausoleo, que tuvo que detenerse al principio de la relación debido a que otros artistas envidiosos hicieron ver al Papa la inconveniencia de crear monumentos funerarios mientras éste vivía.

Sin embargo, una vez muerto el Sumo Pontífice, era necesario terminar esta tumba, donde Miguel Ángel legaría varias de sus mejores esculturas a la posteridad, siendo de gran importancia el Moisés.

Tardaría 40 años en culminarla, siendo importunado por los herederos de Julio II, ya que no había culminado la obra a pesar de haber sido pagada, y por los siguientes Papas, quienes deseaban dejara de lado ese trabajo y no invirtiera tantos esfuerzos en el encargo de Julio II.

Leopoldo Ágreda Lovera
Nací en Mérida, un estado andino de Venezuela pero me crié en Caracas la ciudad donde crecí, observando el Ávila y haciéndome las preguntas más importantes sobre la vida, la sociedad y el universo, rodeado de árboles y el sabor agridulce de toda gran ciudad. En el trayecto de mi vida, conocí las calles y sus gentes, las cuales me ayudaron a formarme un mejor criterio de la existencia humana y las ciencias sociales, para luego estudiar en la Universidad Central de Venezuela, donde me he formado como historiador y pensador social. La lectura es uno de mis grandes vínculos con el pasado y la esencia de la humanidad, ya que como dijo Descartes, leer es como tener una conversación con las grandes mentes de la historia; el ajedrez es otra de mis grandes pasiones, ya que me ha ayudado a desarrollar una mejor comprensión de la vida, que junto a la música, forman los tres pilares de mis gustos actuales. Soy familiar, amante de la naturaleza y los animales, porque en ellos ves la esencia de la filosofía y de Dios.

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