El hijo de Afrodita que cambió la historia
Eneas no es simplemente uno más de los héroes de la mitología griega, sino la conexión viva entre el mundo grecorromano y la fundación de Roma misma. Mientras Aquiles, Héctor y Áyax se pierden en la leyenda tras la caída de Troya, Eneas continúa su viaje hacia un destino mayor: convertirse en el ancestro de la dinastía romana.
Su historia es única porque combina dos elementos que raramente coexisten en la mitología clásica: el guerrero homérico y el navegante errante. Es Aquiles después de la guerra, es Odiseo con un propósito divino claro; pero a diferencia del héroe griego que retorna a casa, Eneas marcha hacia un destino completamente nuevo, hacia una tierra que nunca ha pisado, hacia un futuro que solo los dioses conocen.
Los orígenes divinos de Eneas
Eneas nació de una unión que desafiaba las leyes del Olimpo: la diosa Afrodita, la más bella entre los inmortales, se enamoró del mortal Anquises, un príncipe troyano que cuidaba rebaños en las montañas del Ida. A diferencia de las conquistas divinas violentas de Zeus, esta fue una seducción genuina, casi tierna, donde la diosa se presentó como una mortal para ganarse el corazón del hombre.
Del encuentro nació Eneas, pero Afrodita, temerosa de que los otros dioses se mofaran de ella por amar a un mortal, entregó al niño a las ninfas de las montañas para que lo criaran. Fue una infancia en las cuevas sagradas rodeada de fuentes de agua clara y bosques primordiales, no en palacios sino en la naturaleza salvaje, bajo la tutela de las ninfas y del sabio Quirón —el mismo que enseñó a Aquiles y a otros héroes griegos.
Este origen es crucial para entender quién era Eneas. A diferencia de Héctor, criado como príncipe en Troya o Aquiles, educado por Quirón pero desde la infancia conocedor de su destino guerrero, Eneas creció en soledad relativa, en contacto directo con la naturaleza y la sabiduría antigua. Cuando llegó a la edad adulta y fue reconocido por su madre, ya poseía una madurez que los demás héroes troyanos no tenían.
La vida antes de la guerra: matrimonio y familia
A diferencia de muchos de los héroes de la guerra de Troya, Eneas no fue forzado al conflicto. Se casó voluntariamente con Creusa, hija del rey Príamo, solidificando sus vínculos con la casa real troyana y de esta unión nació Ascanio, quien sería crucial para el futuro de su padre.
Este detalle aparentemente menor es profundamente importante. Mientras otros guerreros como Aquiles o Héctor eran esencialmente mercenarios de la gloria, Eneas tenía raíces reales en la ciudad, algo que perder, responsabilidades genuinas. No era un héroe que buscaba la gloria personal: era un hombre que defendía su hogar, su familia, sus tradiciones.
Eneas en la guerra de Troya
Cuando comenzó la guerra, Eneas no fue uno de los primeros en la batalla, vivía en una fortaleza en el Ida, lejos de la capital troyana; pero eventualmente fue arrastrado al conflicto y demostró ser un guerrero formidable, peleando junto a Héctor como uno de los defensores principales de Troya.
En la Ilíada de Homero, Eneas aparece principalmente en dos escenas memorables. La primera ocurre cuando Diomedes, el más agresivo de los guerreros griegos después de Aquiles, lo ataca y lo hiere gravemente. Entonces interviene Apolo, quien envuelve a Eneas en una nube dorada y lo transporta fuera del campo de batalla hacia el templo de Apolo en Pérgamo para que se recupere.
Después de su sanación, Eneas retorna a la batalla con una ferocidad renovada, matando a varios guerreros griegos como Cretón, Orsíloco y muchos otros cuya resistencia se desmorona ante su ira. Pero nuevamente los dioses intervienen, esta vez en la forma de Poseidón, el dios del mar, quien lo envuelve en una nube para salvarlo de la muerte.
Lo fascinante es que Eneas sea rescatado no una sino dos veces por dioses poderosos y esto no es accidental. Los dioses tienen planes para él, sus destinos vinculados a un propósito mayor que la gloria troyana. Su muerte en Troya sería prematura, un desperdicio de un futuro que trascendería la guerra misma.
La caída de Troya y la huida heroica
Cuando Troya finalmente cae —no en batalla honorable sino por el engaño del caballo de madera— Eneas se enfrenta a la realidad de la derrota. La ciudad está siendo saqueada, los guerreros griegos corren por las calles matando a diestro y siniestro, las mujeres son capturadas como esclavas, los templos son profanados.
Pero Eneas no huye como un cobarde. En una escena que ha sido inmortalizada en el arte clásico, carga a su padre Anquises sobre sus hombros y sostiene a su hijo Ascanio en los brazos, llevando también el Paladio, la estatua sagrada de Atenea que se decía protegía a Troya. Marcha a través de la ciudad ardiendo hacia las puertas, llevando consigo a un grupo de guerreros troyanos que aún están dispuestos a luchar o a huir.

Creusa, su esposa, lo sigue, pero en el caos y el tumulto de la huida ella desaparece. Eneas intenta regresar para buscarla, llamándola por su nombre, cuando aparece su fantasma, su espíritu, diciéndole que no llore. Los dioses, explica, han dispuesto que ella se quede en Troya; pero su destino es otro: debe partir hacia occidente, hacia una tierra lejana en donde fundará un nuevo imperio. «No es mi sino viajar contigo», dice el espectro de Creusa, «pero debes ir. Debes fundar una nueva ciudad».
Este momento es devastador. Eneas debe abandonar a su amada, aunque sea su fantasma quien le ordena que lo haga. No es la gloria lo que lo llama, sino el deber, la responsabilidad hacia un pueblo que sobrevivió, hacia un futuro que los dioses han previsto. Los dioses han hablado y Eneas, a diferencia de muchos héroes mitológicos, obedece.
El viaje épico: Eneas como Odiseo con destino claro
Eneas reúne a lo que queda de la población troyana —los ancianos, las mujeres, los niños, los guerreros que sobrevivieron— y navega en 20 naves hacia lo desconocido. Lo que sigue es una odisea propia, una serie de viajes que lo llevan a través del Mediterráneo durante años, cada una de estas paradas dejando su marca en la vida del héroe.
Primero llegan a Tracia, donde Eneas se entera de una tragedia terrible: descubren el cuerpo de Polidoro, otro hijo de Príamo, asesinado durante la guerra. Su espíritu, atrapado sin descanso, implora que lo entierren; Eneas cumple este deber piadoso, comprendiendo que los héroes vivos tienen la responsabilidad de honrar a los muertos, de permitir que los espíritus descansen.
Continúan navegando hacia Delos, donde consultan un oráculo, pero Eneas y sus hombres malinterpretan las palabras divinas. El oráculo menciona «la antigua madre» y piensan que se refiere a Creta, la tierra de los antepasados minoicos, así que navegan hacia Creta y establecen una ciudad temporal. Pero sus Penates —los dioses del hogar troyana que ha llevado consigo— se le aparecen en sueños para corregirlo: no Creta, sino Italia. Eso es lo que el oráculo quería decir y hacia allá debe dirigirse.
De nuevo en el mar, son sorprendidos por una tempestad que los lanza a las Islas Estrófades, donde encuentran a las Arpías: criaturas monstruosas, mitad mujer mitad águila, que atormentaban a los hombres con su presencia corrupta. Eneas intenta alimentarlas, esperando paz, pero las Arpías atacan, desatando una batalla caótica de la que finalmente logran escapar, aunque no sin dificultad.
Navegando hacia Italia, pasan por la costa del Epiro donde encuentran a Heleno, otro hijo de Príamo que de alguna forma sobrevivió a la guerra. Heleno ha establecido una pequeña colonia griega y ejerce como profeta; cuando reconoce a Eneas, lo abraza como a un hermano. Heleno vaticina el futuro: Eneas enfrentará pruebas terribles, conocerá a una mujer que lo amará apasionadamente pero que no podrá seguirlo, llegará a Italia y fundará un imperio. «Los dioses tienen grandes planes para ti», dice Heleno, «solo debes tener fe».
Cartago y Dido: el amor que no pudo ser
Continuando su viaje hacia Italia, Eneas y sus hombres son nuevamente atrapados por una tempestad que los lanza a las costas de Cartago, donde reina Dido, la reina fundadora de la ciudad, una mujer de gran belleza y sabiduría. Ella recibe a Eneas con hospitalidad real, le ofrece comida, alojamiento y compañía.
Pero conforme pasen los días, algo más profundo ocurre. Dido se enamora de Eneas. No es una atracción superficial sino un amor genuino y desesperado. Aquí hay dos almas heridas por la guerra, dos supervivientes que encuentran consuelo el uno en el otro. Eneas, que ha perdido a su esposa, que ha sido exiliado de su hogar, que carga con la responsabilidad de conducir a su pueblo hacia un futuro incierto, también cae bajo el encanto de Dido.
Los antiguos escritores sugieren que habría permanecido allí con ella, que habría abandonado su misión divina por el amor, construyendo una vida junto a la reina de Cartago. Pero Mercurio interviene: en un sueño, el mensajero de los dioses se le aparece a Eneas con un mensaje claro. «¿Qué estás haciendo? Has olvidado tu destino. Italia te espera. Tu hijo Ascanio te espera. Los dioses han hablado». No es una súplica, es una orden.
Eneas se despierta en la oscuridad, desgarrado entre el amor y el deber. Debe elegir y elige el deber. Sin decirle nada a Dido, comienza en secreto a preparar sus barcos para zarpar. Cuando Dido descubre su intención, el dolor es insoportable. Lo maldice desde las murallas de la ciudad: «Vete entonces, pero sabe esto: fundarás tu ciudad, construirás tu imperio. Pero entre Roma y Cartago habrá una enemistad eterna. Mis descendientes lucharán contra los tuyos hasta el final de los tiempos».
Luego, en el acto final de su desesperación, Dido se arroja sobre la espada de Eneas que él dejó atrás, muriendo en una pira mientras las llamas elevan su cuerpo hacia los cielos. Su profecía será profética: siglos después, Roma y Cartago de hecho lucharían en tres guerras devastadoras —las Guerras Púnicas— que definirían el destino del mundo antiguo.

Sicilia y la muerte de Anquises
Eneas continúa su viaje, tocando nuevamente las costas de Sicilia. Allí realiza sacrificios y juegos en honor a su padre Anquises, quien finalmente muere. No en batalla, no en una aventura, sino de edad avanzada, habiendo visto el viaje de su hijo hacia su destino.
La muerte de Anquises es un punto de inflexión emocional. Eneas ha perdido a su esposa en Troya, ha abandonado el amor en Cartago y ahora pierde al hombre que lo crió, que lo guió desde la infancia. Está solo, con solo su hijo Ascanio y la responsabilidad de todo un pueblo.
Pero mientras las mujeres y los ancianos permanecen en Sicilia, demasiado cansados para continuar, Eneas una vez más se hace a la mar. Ahora una tempestad feroz ataca su flota; las olas devoran los barcos, hombres gritan pidiendo ayuda y en el caos su piloto Palinuro cae del barco al mar. Lucha, grita, pero la corriente lo arrastra lejos, muriendo ahogado, su cuerpo nunca será recuperado. Esta muerte aparentemente accidental tendrá consecuencias: cuando Eneas viaje a los Infiernos, verá el espíritu de Palinuro entre los muertos, todavía angustiado porque no fue enterrado adecuadamente.
El descenso a los Infiernos
Finalmente, Eneas llega a Italia, pero antes de establecer su ciudad, debe completar una última y extraña prueba: debe descender a los Infiernos. La Sibila de Cumas, una profetisa que vive en una cueva cerca del volcán Vesubio, se ofrece a guiarlo. Ella ha vivido por siglos, concedida por Apolo la vida eterna pero maldecida a envejecer eternamente; a cambio de su guía, Eneas debe ofrecerle un ramo de oro sagrado, que arranca de un árbol mágico en el bosque.
El viaje al Hades es una odisea por sí sola. A la entrada de los Infiernos, Eneas encuentra monstruos horribles: el Minotauro, la Gorgona o la Quimera. Cruzar el río Estigia, donde Caronte transporta a los muertos, requiere de monedas y un adiós definitivo a la vida que conocía. Incluso Cerbero, el perro de tres cabezas que guarda el Hades, duerme bajo el hechizo de la Sibila.
En el Hades, Eneas ve el espíritu de Palinuro, su piloto, todavía vagando sin descanso porque no fue enterrado; ve también el espíritu de Dido, quien lo ignora, incapaz de perdonar su abandono. Pero finalmente llega a los Campos Elíseos, donde habitan las almas bienaventuradas y allí encuentra a su padre Anquises.
En esta reunión, que es tanto momento de catarsis emocional como profecía del futuro, Anquises le muestra la gloria que será Roma. Le muestra a los grandes héroes que descenderán de su línea, los imperios que construirán, el destino de su hijo expandido a través de generaciones. «Ahora entiendes por qué sufriste», parece decir Anquises, «por qué abandonaste el amor, por qué continuaste cuando querías rendirte. Todo esto era necesario».
El cumplimiento del destino: Lavinio y la lucha final
Cuando Eneas regresa de los Infiernos, navega hacia el río Tíber. Allí lo recibe Latino, el rey de la región, quien reconoce en Eneas a un hombre de destino. Latino hace un pacto con él: le dará la mano de su hija Lavinia en matrimonio, uniendo los pueblos troyano e itálico.

Pero Hera, eternamente vengativa —pues Eneas es hijo de su rival Afrodita—, no permitirá que este matrimonio sea pacífico. Envía a Alecto, una de las Furias, para sembrar la discordia. Turno, el rey de los rútulos y un pretendiente rechazado de Lavinia, decide combatir a Eneas. Lo que sigue es una guerra final, donde Turno se alía incluso con Camila, una reina amazona, para intentar derrotar al héroe troyano.
La batalla es épica. Eneas, quien ha viajado por años, quien ha perdido tanto, quien ha sido guiado por los dioses, demuestra finalmente por qué fue elegido. Derrota a Turno en un combate singular, mata a sus aliados y triunfa. Con la paz establecida, Eneas finalmente puede casarse con Lavinia y de esta unión nacerá una nueva dinastía que gobernaría la región.
El final y la deificación
Sobre la muerte de Eneas, los relatos antiguos ofrecen varias versiones, pero la más extendida y poética es que fue arrebatado por los dioses durante una terrible tempestad. Mientras se dirigía en su barco, los cielos se oscurecieron, las olas se elevaron, el viento aullaba con violencia y en el momento culminante, Eneas desapareció.
No fue visto caer al agua, no fue visto muerto, simplemente desapareció, llevado por una mano invisible hacia el Olimpo. Los latinos, sus sucesores, lo adoraron como un dios. No tenía templos tan grandiosos como los de Zeus o Apolo, pero era venerado como el fundador, como el ancestro divino de la ciudad. Su nombre se pronunciaba en sacrificios, su muerte se recordaba como una apoteosis, una elevación de mortal a inmortal.
El significado histórico: Eneas en la cultura romana
Lo que hace a Eneas único en la mitología clásica es su rol como puente entre Grecia y Roma. Los romanos lo reclamaban como su ancestro directo, a través de Ascanio —también llamado Julo—, su hijo, desciende la dinastía de Julio, de la cual surgiría Julio César. Los romanos veían en Eneas la legitimación de su imperio: no era solo una conquista militar, sino el cumplimiento de un destino divino que se remontaba a los tiempos de la Guerra de Troya.
La Eneida, el épico poema de Virgilio escrito durante el reinado del Emperador Augusto, cuenta la historia de Eneas en detalle y lo presenta no como un guerrero de la Ilíada sino como el fundador de una civilización. Virgilio describe a Eneas como «pius Aeneas» —Eneas el piadoso— porque cumple sus deberes religiosos, honra a sus padres y respeta los designios divinos incluso cuando eso significa abandonar el amor.
En la mitología griega, Eneas era menor: un aliado de Héctor, un personaje secundario en la Ilíada. Pero en la mitología romana, Eneas se convierte en el personaje central, el héroe cuyo viaje establece la narrativa de todo un imperio.
Eneas es un héroe para una era diferente a la de Aquiles o Héctor. No es el guerrero puro que busca gloria personal, ni es el vagabundo sufriente que desea solo regresar a casa. Es el hombre que ha perdido todo —su ciudad, su hogar, su esposa— pero que continúa adelante porque entiende que existe algo mayor que él mismo: el destino divino.
Su viaje no es por azar. Cada tempestad, cada encuentro, cada pérdida lo acerca más a su propósito. Cuando se le pide que abandone a Dido, lo hace no por frialdad sino porque comprende que el amor personal no puede competir con la responsabilidad colectiva. Cuando desciende a los Infiernos, no es por venganza sino por visión: necesita ver el futuro para entender por qué ha sufrido el presente.
Eneas representa la idea romana de que el deber es más importante que la felicidad personal, que la responsabilidad hacia la comunidad supera los deseos individuales. Es, en muchos sentidos, el primer romano, aunque naciera troyano. Su historia continúa siendo relevante porque habla de personas que deben sacrificar lo que aman por lo que deben hacer, de generaciones que cargan las ruinas del pasado hacia un futuro incierto, de la fe en que existe un propósito más grande, aunque ese propósito solo sea visible cuando se mira hacia atrás.
Explora más
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Fuentes y bibliografía
Fuentes primarias
- Virgilio. La Eneida. Traducción de Rafael-José Díaz. Editorial Gredos, 1992.
- Homero. La Ilíada. Traducción de Emilio Crespo. Editorial Gredos, 1991.
- Ovidio. Metamorfosis. Traducción de Antonio Ramírez de Verger. Editorial Alianza, 2008.
- Plutarco. Vidas paralelas. Traducción de Antonio Ramírez de Verger. Editorial Gredos, 1996.
- Apolodoro. Biblioteca mitológica. Traducción de Margarita Segura Graiño. Editorial Akal, 1987.
Fuentes secundarias en español
- Cartledge, Paul. Alejandro Magno: La búsqueda de un nuevo pasado. Editorial Crítica, 2004.
- Grimal, Pierre. Diccionario de mitología griega y romana. Editorial Paidós, 1989.
- Burkert, Walter. Religión griega antigua. Traducción de Helen López. Editorial Paidós, 2007.
- Veyne, Paul. La sociedad romana. Editorial Crítica, 1988.
- Cary, M. y Scullard, H.H. Historia de Roma hasta el año 235 d.C. Editorial Akal, 1990.
Fuentes secundarias en inglés
- Horsfall, Nicholas. The Culture of the Roman Republic. Oxford University Press, 2015.
- Quint, David. Epic and Empire. Princeton University Press, 1993.
- Theodorakopoulos, Elena. Aeneas and Rome. Cambridge University Press, 2010.
- Hunter, Richard. The Shadow of Callimachus. De Gruyter, 2006.
- Martindale, Charles (ed.). The Cambridge Companion to Virgil. Cambridge University Press, 1997.
- Veyne, Paul. The roman empire, 1988.
Recursos académicos especializados
- Barchiesi, Alessandro. Poeta e pubblico nella Roma augustea. Edizioni dell’Ateneo, 2000.
- Quint, David. Virgil’s Aeneid and the Augustan Discourse of Nationhood. Yale University Press, 2008.
- Feeney, Denis C. The Gods in Epic: Poets and Critics of the Classical Tradition. Oxford University Press, 1991.
- Toll, Katharina. The Structures of the Aeneid: An Engaging Asymmetry. University of Michigan Press, 1997.
Preguntas frecuentes sobre Eneas
¿Fue Eneas un personaje histórico real?
No. Eneas es una figura mitológica, no histórica. Sin embargo, los romanos lo veneraban como su ancestro legendario, lo que le dio una importancia cultural enorme en la sociedad romana. La Eneida de Virgilio fue escrita como una obra épica que legitimaba la dinastía de Augusto mediante la conexión con Eneas como fundador.
¿Qué diferencia hay entre la versión griega y la romana de Eneas?
En la mitología griega, especialmente en la Ilíada de Homero, Eneas es un personaje secundario, un aliado respetable de Héctor pero nada más. Los romanos transformaron completamente su importancia, convirtiéndolo en el fundador de su civilización y el ancestro de sus emperadores. Esta transformación refleja cómo los romanos adaptaban la mitología griega para crear su propia identidad.
¿Por qué Eneas abandonó a Dido si la amaba?
Según la mitología romana, Eneas tenía un propósito divino mayor que su felicidad personal: fundar el imperio romano. Cuando Mercurio lo amonesta, Eneas entiende que el deber hacia su pueblo y hacia el destino que los dioses han trazado supera incluso al amor. Esta característica define a Eneas como el héroe romano ideal: uno que sacrifica lo personal por lo colectivo.
¿Cuál es la conexión entre Eneas y Julio César?
Según la mitología romana, Eneas tuvo a Ascanio, quien fundó Alba Longa y fue el antepasado de Rómulo y Remo, los fundadores de Roma. La dinastía Juliana, a la cual pertenecía Julio César, afirmaba descender directamente de Ascanio a través de la línea de Julo. Esto le daba a Julio César un linaje divino que se remontaba a la Guerra de Troya.
¿Qué significa que Eneas fuera «arrebatado por los dioses»?
La versión más común del final de Eneas es que desapareció durante una tempestad, siendo elevado al cielo por los dioses. Esto es una forma de deificación: los romanos creían que había sido transformado en un dios y ascendido al Olimpo. Esto lo diferencia de otros héroes que simplemente morían; Eneas fue esencialmente inmortalizado.
¿La Eneida es históricamente precisa?
No. La Eneida de Virgilio es una obra de ficción épica escrita siglos después de los supuestos eventos que describe. Virgilio escribió durante el reinado de Augusto (27 a.C. – 14 d.C.) sobre eventos que supuestamente ocurrieron durante la Guerra de Troya (siglo XII a.C., si es que fue histórica). El poema está diseñado para ser mitología, no historia.
¿Por qué los romanos necesitaban a Eneas como ancestro?
Los romanos querían legitimar su imperio conectándolo con la gloriosa época de la Guerra de Troya y la mitología griega. Al reclamar a Eneas como fundador, los romanos esencialmente decían: «Nuestro imperio no es accidental o fruto de la conquista, es el cumplimiento de un destino divino que comenzó en Troya». Esto daba autoridad religiosa y cultural a su poder político.
¿Ascanio y Julo son la misma persona?
Sí. Ascanio es el nombre que le da Homero al hijo de Eneas, mientras que Julo es el nombre que usa la tradición romana posterior. Algunas versiones cuentan que tenía ambos nombres, o que Ascanio era su nombre original y Julo era un apodo. Lo importante es que conectaba directamente a Eneas con la dinastía Juliana de César y Augusto.
¿Cuánto tiempo pasó Eneas viajando antes de llegar a Italia?
La mayoría de las fuentes sugieren entre siete y diez años de viaje. Esto es paralelo a los diez años de la Guerra de Troya en sí, creando una simetría en la narrativa: diez años de guerra, diez años de viaje hacia el destino.
¿La historia de Eneas influyó en la cultura europea posterior?
Enormemente. La Eneida se convirtió en uno de los textos más importantes de la literatura occidental durante la Edad Media y el Renacimiento. Dante Alighieri, en la Divina Comedia, incluye a Eneas como personaje y lo cita como ejemplo de piedad romana. La idea de Eneas como el héroe que sacrifica la felicidad personal por el deber colectivo ha sido una fuente de inspiración para escritores y filósofos durante casi dos mil años.












